Acabáramos. Este día del padre no lo vi venir.

Ayer fue el día del padre en España, en la mayor parte de Latinoamérica se celebra el tercer domingo de junio. Desde que mi papá partió yo hago de cuenta que ese día no existe, claro, cuando lo logro, a veces es imposible, el problema de uno son los demás, dice Mafalda.

Ya escribí acerca de mi papá, como decimos los peruanos, es muy raro que un peruano diga ‘padre’, nos suena demasiado solemne, los peruanos somos muchas cosas menos solemnes. Pero podría seguir escribiendo acerca de él todos los días y no acabaría. 

De sus manos cuadradas, limpias y ásperas, en parte por el clima sequísimo de Arequipa (él era de la generación de hombres que no usaba crema ni bajo tortura) y en parte porque era artesano de vocación. Siempre con un serrucho, un martillo, un alicate y un ingenio a veces increíblemente inútil y otras veces genial. Cuando le dio por hacer esculturas de piedras…parecía un Buendía, ni más ni menos, creando universos monstruosos de piedras de río. Hizo una lámpara para mí y no es pavorosa porque la hizo para mí. La base son unos niños (dijo el artista) mirando hacia adentro, como quien observa la felicidad allí donde nadie la imaginaría. No alumbra nada, mi lámpara, pesa una tonelada, mi lámpara, es muy difícil limpiarla (piedrita por piedrita), pero es mi lámpara y tendrán que sepultarme con ella.

De las herramientas de mi papá. Heredé su taladro, no tengo ni idea de cómo se usa, lo tengo más como arma de defensa personal. También su martillo, gastadísimo, boté el mío a la basura cuando recibí el suyo. No sirvo de nada con un taladro, un martillo y uno de sus alicates y entiendo que las cosas materiales no importan, salvo las herramientas de mi papá.

De sus frases. ‘Acabáramos’. ‘Quicusita, ¿no?’ cuando él metía la pata y se daba cuenta muerto de la risa (¿qué cosita, no?). ‘Cholapaburra’ cuando la que se equivocaba garrafalmente era yo. ‘Hijita linda y querida’, siempre, todos los días, en todo momento. ‘A cruzar el Rubicón’, cuando necesitaba ánimos. ‘A la pucha’, cuando se sorprendía.

De su dominio del idioma, él era mi libro de sinónimos y antónimos, mi diccionario con patas. Cuando me casé y me mudé a Lima, el castellano se me fue achicando, es increíble. Tenía que llamarlo para preguntarle… ‘¿cómo se dice cuando algo habla, pa?’ ‘Elocuente, cholapaburra’. Un día le pasó a él, cuando yo era adolescente. Estábamos jugando PICTIONARY en familia, un juego en el que alguien dibuja y el contrincante tiene que adivinar. La palabra era ‘toallero’ y el dibujo era clarísimo, mi papá estaba a punto de explotar de frustración porque se le olvidó la palabra ‘toalla’ y gritaba: ‘aaay, ¡la cosa esa para secarse!’ Mi enamorado de esos tiempos lo instó a rendirse: ‘ya, tire la toalla’, mi papá lo miró agradecidísimo, gritó: ‘TOALLEEERO’ y ganó feliz. A mi enamorado casi lo mataron.

De su ‘Blancuimierda’. Así se llamaba su caballito de plástico blanco. Mis papás y mis tíos jugaban carreras de caballos, con dados, en una pista de madera hecha por él, cortada con serrucho por él, pintada por él. Yo gritaba desgañitándome: ‘¡BLANCUIMIERDA RARARA!’

De su frío. Mi papá siempre tenía frío y dormía como un esquimal. Se envolvía la cintura con una chalina de alpaca, a manera de faja. Encima su pijama, con un polo de algodón adentro. Sobre todo, una chompa viejita, de esas horribles que siempre abrigan más. Para remate, un gorro de lana y medias. Era un espectáculo a la hora de dormir, mi papá. Eso me lo legó, no el hecho de ser friolenta sino el deseo irreprimible de disfrazarme de ropavejero apenas llego a mi casa.

De su lealtad hacia mí, nacida de sus entrañas, de esa forma suya de ver la vida desde mi perspectiva y entender siempre mi postura, como si cuando yo nací él y yo hubiéramos sellado un pacto sin palabras: tú y yo somos del mismo equipo y sanseacabó. De su llanto cuando el dolor era mío, de su dicha infinita cuando yo era feliz, de su forma de guardar mis secretos.

De su conocimiento de filosofía y música clásica. Lo de la filosofía sí que no pudo legármelo, soy cholapaburra, completamente. Un día hice el intento, apoyándome en mi amor por él y por mi hermano cogí Así habló Zaratustra… nones, ni por la fuerza de mis genes. El lobo estepario menos que menos, conmigo no van esas cosas, aunque el más culto de mis amigos dice que alguno de mis escritos contienen filosofía, cuán poco sabré que le dije ‘¿qué te has fumado?’ Lo de la música clásica sí que me lo legó aunque póstumamente. Sólo ante su ausencia inapelable empecé a buscarlo en su música, con una ignorancia indigna de su hija, reconociendo sus melodías favoritas basada sólo en las que más me conmueven. Si las siento, eran las suyas. Y ahí ando encontrándolo.

De sus estornudos que hacían saltar el techo y temblar a las paredes. De su forma de sonarse la nariz, como si la vida se le fuera por allí.

De sus errores, que lo lastimaron más a él que al resto.

De su forma de mirarme, como si yo fuera el milagro más grande del mundo, porque eso creía él. ‘No sé qué habré hecho en otra vida para merecerte, hijita linda y querida, en ésta no he hecho nada tan grande’ me dijo una vez.

De su amor por mí. De mi amor por él. De eso podría hablar todos los días y ni así se acabaría. Te amo, papá.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

20 de marzo 2019

Sobre Ursula Álvarez 18 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

Sé el primero en comentar

Deja un comentario