Capítulo XXVIII Mujeres en Negro: Café Iruña

No le tengo miedo a volar, nunca se lo he tenido pero, la entrada al Aeropuerto de Sondika requiere del Comandante una pericia especial. Los vientos cruzados y el encajonarte entre montañas buscando la pista por la cabecera 21, hacen de los aterrizajes en Bilbao un momento de peligro, que generalmente los pasajeros no llegan a sentir por suerte para ellos, y que aquella mañana sentir rotundo y fugaz sobre la aeronave de Vueling. La cara pálida de una de las azafatas, oculta tras la cortinilla de la tripulación y sentada en su banqueta plegable me confirmó que ese destino no era de los favoritos de los tripulantes de líneas aéreas.

El check–in con Herz fue rápido como siempre, y un tal Nacho puso a mi disposición enseguida un Opel Astra negro y flamante, con 92 escasos kilómetros.

A las 14,3 horas, tras haber dejado el Opel en el parking de El Corte Inglés llegaba hasta el Café Iruña. Bilbao 1903 figura sobre su escaparate y ya acordamos en Marruecos que nos veríamos justo en él, y justo a esa hora al día siguiente de la llamada de Aitor, y salvo causas de fuerza mayor. En una de las mesas del interior me esperaba aquel vasco grandullón y con cara noble, que había dado ya buena cuenta de una bandeja de pinchos variados, que allí preparan de manera excepcional, y de media botella de txakoli que enseguida me ofreció con una sonrisa.

–¿Cómo estás sevillano?

–Bien Aitor, bien. No esperaba que nos viéramos tan pronto, esa es la verdad.

–Esta gente que tienen prisa por recoger su cosecha.

Levanté ambas manos en señal de que las cosas se harían a mi manera, es decir, sin prisa, y apenas si me dejó tiempo.

–No te preocupes, ellos saben cómo son las cosas y que nosotros marcaríamos los tiempos. Es solo que no quieren que el asunto se retrase por ellos.

Sobre la silla dispuesta entre él y la pared había una bolsa de deporte de Adidas. Parecía repleta y desde luego, no lo estaba de ropa deportiva.  Hice un gesto con mi cara hacía ella levantando las cejas, y tras mirar a mi alrededor con disimulo afirmé.

–Ahora dirás que vienes de machacarte en el gimnasio.

Sonrió con la franqueza altisonante de los que carecen de picardía.

–No te creas que no he sudado hasta llegar al Café. Es verdad que como me dijiste, este sitio es muy seguro. La proximidad con la sede del PNV hace que se pueda transitar por el centro con toda tranquilidad pero, la bolsa pesa como un mal matrimonio, y aunque he venido en taxi hasta aquí, no es precisamente cómoda.

Pidió más vino y otra bandeja de pinchos.

–Yo tomaré mejor cerveza sin alcohol. No olvides que estoy trabajando, y además para ti.

–Perdona porque tienes toda la razón. En realidad me quedo como al perro que le quitan pulgas. Ahora es cuando ya estoy tranquilo. Tanto peso junto no lo he manejado nunca. Otra cosa son las transferencias electrónicas, los pagarés, las letras de cambio, los endosos y todas esas fórmulas que utiliza nuestro Director Financiero, pero esto me queda un poco grande, lo reconozco…

Nuestro encuentro fue breve. En apenas veinte minutos ambos salíamos en sendos taxis y en direcciones opuestas: él rumbo a casa, y yo con la bolsa de Adidas rumbo a Portugalete, allí me bajaría y tomaría otro de vuelta al parking de El Corte inglés de Don Diego López Haroko. Bilbao era una ciudad maravillosa y acogedora pero, con cerca de 600.000.€ en billetes de 50 no quería permanecer allí ni un minuto más. Tan solo me quedaba una gestión. Introduje en el navegador del Opel la dirección de SEUR en el Polígono  Legizamon; en la calle Araba esperaba a mi nombre un paquete no muy grande: dentro mi pistola y dos cargadores llenos.

Víctor Gonzalez

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Escritor madrileño aunque sevillano de adopción. Periodista. Vocal de Asociación Literaria Aljarafe. Comunicador y conductor de programas de radio, sobre literatura en Radiópolis. Ha recibido diversos premios y publicado novela juvenil, novela negra y relatos.

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