Capítulo XXXI Mujeres en Negro: Café y algo más

Al abandonar Guadalcanal en dirección a Cazalla paré al pie del Cerro Monforte. Conocía bien aquel lugar, pues sobre su altiplano se asentó un poblado Íbero del que escribí hace tiempo un artículo extenso y bastante documentado. El sueño me rendía, y la desviación hacia el cerro era un lugar seguro y a salvo de la vista de otros vehículos. Eché los seguros y cerré los ojos pensando en ese algo más que me había sugerido Diana a mi llegada. Necesitaba el contacto de su cuerpo y ya quedaba poco.

El olor a café llegaba hasta su descansillo. Aporreé la puerta suavemente con los nudillos, y enseguida me abrió con el pelo enmarañado, cara de sueño y una sonrisa tan gatuna como a aquella hora era capaz de impostar.

Al entrar dejé sobre el suelo la bolsa de Adidas, y al lado un troler negro. Rodeé su cintura con los brazos y ella se dejó hacer.

–Bésame cazadora, vengo molido.

Aplasto sus labios contra los míos con la delicadeza que precede a la apertura de los mismos. Quedé esperando algo más pero no se dio.

–Acabo de hacer el café. ¿Querrás una tostada con tomate y jamón? Tantos kilómetros seguro que te han dado hambre.

Me precedió camino a la cocina. Llevaba un camisón muy corto que transparentaba sus pechos rotundos y naturales, y marcando el límite de los mismos, sus pezones tal que un par de fresones oscuros y apetecibles. Un tanga blanco y mínimo me mostraba unas nalgas tersas y tan para acariciar que no pude por menos que preguntar.

–¿Qué era ese algo más que me prometiste por teléfono hace un rato?

Soltó una carcajada muy bajito.

–La tostada con jamón y tomate, ah y aceite de oliva del bueno.

Otra vez la cazadora jugaba con su presa y yo no estaba dispuesto a entrar en ese juego.

–¿Qué pasó la otra noche Diana? –Pregunte a bocajarro.

–¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú.

Me ofreció el plato con una suculenta tostada y se sentó en la banqueta de al lado mirándome muy seria.

–¿De verdad me lo preguntas?

–Claro que de verdad. Me desperté desnudo en el sofá, pero la botella de Jägermeister que había en la mesa ha borrado mi disco duro. Espero que con el tuyo no pasara lo mismo.

Se levantó contoneándose hasta el frigorífico y extrajo de él una botella de zumo de tomate. Se sirvió un vaso, le agregó pimienta y sal y se sentó de nuevo, esta vez un poco más cerca de mí.

–Querido mío, creo que no pasó nada diferente a lo que llevamos viviendo los últimos veinticinco años, pero no podría asegurarlo, mi disco duro está tan borrado como el tuyo.

Nos echamos a reír y sin apenas darnos cuenta, estábamos cogidos de una mano.

–Tengo que irme a trabajar. Quédate aquí si quieres y descansa. Yo volveré a la noche. Ya sabes que las llaves están… bueno, qué te voy a decir. Muchas gracias por el millón de flores. Verás que están intactas porque me ocupo de que no les falte el agua cada día. Me recuerdan a mi poli favorito.

Oía el rumor del agua de su ducha, y una idea se entrecruzó por mi cabeza mientras terminaba con la tostada, pero no, ahora no era el momento, ella tenía que marcharse y yo necesitaba descansar.

Salió de la habitación enfundada en un traje negro muy entallado, y sobre unos tacones también negros, tan bonitos como peligrosos.

–¿Me esperarás aquí a la vuelta?

–Te esperaré. Prometo prepárate una sorpresa para la cena, de la que nunca te olvidarás.

En mis labios dejo un ligerísimo beso para proteger su carmín. Yo me quedé saboreando aquel leve gusto a manteca de cacao, fresa y sensualidad.

Víctor Gonzalez

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Escritor madrileño aunque sevillano de adopción. Periodista. Vocal de Asociación Literaria Aljarafe. Comunicador y conductor de programas de radio, sobre literatura en Radiópolis. Ha recibido diversos premios y publicado novela juvenil, novela negra y relatos.

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