Concha Espina

En una ocasión, al finalizar una entrevista, le preguntaron a Concha Espina si podía añadir algún dato más de su biografía, y ella contestó que verdaderamente la vida de un autor había que buscarla en sus obras. Y aunque las obras de esta escritora santanderina y universal no son, salvo excepciones contadísimas, puramente autobiográficas, en muchas de ellas pueden apreciarse sus experiencias, sus viajes, sus sentimientos, sus opiniones y las situaciones vividas o personajes conocidos que actuaron como fuente de inspiración para sus obras. Con el fin de dar a conocer de un modo sencillo la vida de Concha Espina, de por sí interesante por ser una mujer avanzada, moderna y pionera en muchos aspectos, pero, sobre todo, de dar a conocer su obra y alentar su lectura o relectura, lo ideal nos parece que su semblanza y la referencia a sus obras sean consideradas conjunta y paralelamente. Porque Concha Espina fue una mujer escritora que triunfó en un universo literario plenamente masculino del Madrid de comienzos de siglo pasado, pero fue, sobre todo, una gran escritora, de proyección universal, por eso no debemos conformarnos solo con dar unas cuantas pinceladas a su biografía.

 

Nació en Santander el 15 de abril de 1869, en su domicilio familiar, en la calle Méndez Núñez, y fue bautizada en la parroquia del Santo Cristo. Su padre era descendiente de familia asturiana, y su madre de una familia noble de Santillana del Mar, aunque ella había nacido en Madrid. Concha Espina fue educada en el seno de una   familia acomodada, como una joven burguesa de la época, que estudiaba piano, historia y francés con profesores particulares en su domicilio, y que mostró temprana afición a la poesía. La ruina de los negocios del comercio de ultramar de su padre obligó a la familia a trasladar su residencia a Mazcuerras, a la casa de la familia materna de Concha Espina. Pronto mostró Concha Espina su gusto por escribir poesía, y de esta juvenil afición es ejemplo la publicación en El Atlántico, en 1888, de un poema titulado “Azul”, bajo seudónimo (Ana Coe Schnip). A lo largo de su vida como escritora publicó además tres poemarios: Mis flores (1904), Entre la noche y el mar (1933) y La segunda mies (1943), que atestiguan su vocación inicial, a pesar de que enseguida decide dedicarse a la novela siguiendo el consejo de Menéndez Pelayo, que le sugiere que se dedique a la prosa porque “la vida es prosa”. Comienzan las colaboraciones en la prensa santanderina.

 

En 1891 fallece su madre, que había contribuido al despertar de su sensibilidad y vocación literarias, y la había enseñado a disfrutar de su pequeña biblioteca doméstica. En 1893 se casa en Mazcuerras con Ramón de la Serna y Cueto, residente en la cercana localidad de Cabezón de la Sal, y cuya familia tiene negocios en Chile. Allí se trasladan ambos a los pocos días de su boda con el fin de solventar los problemas financieros de la empresa familiar, que a su llegada encuentran ya en quiebra. Tras el agravamiento de su situación económica y el nacimiento de sus dos primeros hijos, Ramón y Víctor, Concha Espina pide una oportunidad como escritora a un sacerdote de su parroquia de Valparaíso, que la anima a publicar sus primeros escritos en El Porteño, y se convierte en colaboradora habitual de El Correo de Buenos Aires.

 

Ya de regreso a España se instalan en Mazcuerras, donde nacen sus hijos, José, que murió a la edad de cinco años, y Josefina, y desde 1907 residirán en Cabezón de la Sal, donde nace Luis, el menor de sus hijos. Ese mismo año Concha Espina gana un concurso literario organizado por la revista santanderina La Semana, con un cuento titulado El Rabión, otorgado por un jurado presidido por Marcelino Menéndez Pelayo.

Comienza a escribir su primera novela, La niña de Luzmela, y el matrimonio no supera las dificultades en su relación, originadas seguramente por los celos del esposo ante los primeros éxitos literarios de la escritora. Se separan definitivamente y ella le procura un empleo en México con el apoyo de sus amistades y de algunos miembros de su familia política conocedores de la difícil situación. Es entonces cuando decide trasladarse a Madrid con la ilusión y el propósito, pleno de dificultades económicas y las que planteaba la sociedad de entonces a una mujer separada y madre de familia, de publicar su primera novela, animada por algunos compañeros de Santander que empezaban a apreciar ya sus primeros escritos. La acompañan sus cuatro hijos, a quienes en el futuro proporcionará estudios universitarios y estancias en el extranjero, y su asistente, Julia de los Ríos, que fue su confidente, secretaria y ama de llaves. Comienzan sus colaboraciones en el diario ABC, en la revista Lecturas, y continúan en la prensa de Santander.

 

En 1909 publica La niña de Luzmela, ya compuesta con una prosa plena de riqueza léxica y de matices poéticos, y que presentará en la editorial Fernando Fe. En 1910 publica Despertar para morir y en 1912, Agua de nieve. Pero es en 1914 cuando llega a las librerías La esfinge maragata, a la que la Real Academia de la Lengua otorgará el Premio Fastenrath  en la primera ocasión en que se le otorga a una escritora. La autora se documentó “in situ” para la composición de este primer gran éxito novelístico, en el que describe el modo de vida de las mujeres maragatas, que integran una sociedad matriarcal que sin embargo vive pendiente de la presencia latente de los hombres ausentes, a los que respetan y esperan, aunque se saben víctimas de sus fracasos. En esa época es ya conocida en Madrid su tertulia semanal, “los miércoles de Concha Espina”, en la que participan escritores, políticos, periodistas, poetas, músicos…como Antonio Maura, Ortega y Gasset, Ricardo León, Antonio Machado, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Pilar Valderrama y Félix García, un sacerdote escritor y crítico de su obra. La idea de fijar un solo día a la semana para su tertulia se la proporciona su amiga María de Hazas, en vista de la preocupación diaria de la escritora, que apenas puede trabajar –y ella es la primera mujer en España que vivió únicamente de su trabajo como escritora, lo que le permitió “mantener su hogar con modesto decoro”- dado el aprecio que generaban ya en la sociedad madrileña su obra y sus méritos como escritora y tertuliana. En el reverso de sus tarjetas de visita o correspondencia constan su domicilio y el día semanal de sus tertulias (c/ Goya 77, miércoles).

 

En 1916 escribe la novela La rosa de los vientos y el ensayo Mujeres del Quijote, que en su primera edición llevará por título Al amor de las estrellas y será ilustrado por un joven pintor santanderino del que Concha Espina era mecenas, César Genaro Abín. Entre 1916 y 1920 publica narraciones cortas, ágiles y llenas de sentimiento, muy líricas y con bellas descripciones. En 1917 El jayón recibe el Premio Espinosa y Cortina, premio que otorgaba la Real Academia cada cinco años a una obra dramática. Se trata de un drama rural de gran belleza sobre la maternidad. Su autora lo adapta como obra de teatro a petición del autor dramático Martínez Sierra, y se estrena en Madrid en el teatro Eslava; posteriormente se estrenará como ópera en Río de Janeiro. En 1920, con la publicación de El metal de los muertos, novela inspirada en la huelga minera de Riotinto, de marcado corte social, se produce el segundo gran éxito novelístico de Concha Espina, y su obra se reconoce internacionalmente. Proliferan las reediciones y las traducciones al inglés, francés, polaco, holandés, sueco, checo, ruso, portugués, alemán e italiano de una novela modernísima por su carácter abierto, con el mundo minero como protagonista coral y sin fin definido, y abundan ya las traducciones de sus obras precedentes. Ese mismo año se publican conjuntamente las Pastorelas, breves relatos que Concha Espina había enviado a diferentes diarios locales santanderinos para su publicación individual.

 

En 1921 sorprende a los lectores con Dulce Nombre, novela con protagonista femenina, siguiendo su línea más generalizada, aunque ambientada de nuevo en su pueblo materno. Los personajes femeninos serán siempre una constante en su obra como protagonistas, unas veces como arquetipos y otras veces, como en Dulce Nombre, más como protagonistas individuales, ejes de una historia en la que la sociedad, o la familia, o ambas, impiden el desarrollo de la vida de la mujer que ella desea o siente necesaria. La idea de reivindicar una sociedad que no existe pero que tiene que alcanzarse se repite en las novelas de Concha Espina, y la mujer es la encargada de lograr ese propósito, sorteando todas las barreras que por costumbre o tradición le resultan impuestas desde el exterior.

 

En 1922 se publican Simientes y Cuentos, series de relatos breves similares en extensión a las Pastorelas. En el período comprendido entre 1923 y 1927 continúa sin interrupciones su labor literaria: publica la novela El cáliz rojo (1923), quizás uno de sus más especiales relatos, esta vez ambientado en la Selva Negra, y Tierras del Aquilón (1924), nueva serie de relatos breves con la que obtiene el Premio Castillo Chirel; ambos son fruto de su estancia en Alemania en visita a su hijo mayor.

 

Ese mismo año la ciudad de Santander la nombra hija predilecta, y el ayuntamiento cede unos terrenos de los jardines de Pereda para su monumento, realizado por Victorio Macho y sufragado por suscripción popular, a iniciativa de José del Río Sainz, después de que Concha Espina participara, junto a muchos intelectuales del momento, en la petición de indulto a un joven poeta anarquista. La suscripción popular, con donaciones de todos los lugares del mundo, fue lo que más ilusión le hizo a la autora, según confesó en una entrevista, pero también el hecho de que en la parte posterior del monumento se habilitaran unos estantes de piedra a modo de  pequeña biblioteca formada por las obras más destacadas de escritores de Cantabria, que estarían a disposición de los santanderinos y visitantes que disfrutaran de un rato de lectura al aire libre en los jardines de Pereda.

 

En 1926 escribe Altar Mayor, ambientada en la basílica yen la hospedería de Covadonga, a petición de los canónigos, que celebraban el veinticinco aniversario de su inauguración; esta novela es objeto de la concesión del Premio Nacional de Literatura, junto a Wenceslao Fernández Flórez, aunque después de la polémica ocasionada por la concesión ex aequo Concha Espina dice entregar su importe a la suscripción del monumento a Cervantes. En 1927 viaja a Estados Unidos como visitadora profesora, invitada por el Midelbury College y distintas universidades americanas. Visita también Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, y en todos los lugares es calurosamente recibida y homenajeada por los admiradores de sus obras, como muestran la prensa de esos lugares y la española. La Hispanic Society de Nueva York le concede su Medalla de Arte y Literatura, como preámbulo del cargo de vicepresidenta, que ocupará desde 1943. A su regreso el rey le concede a Concha Espina la Banda de Damas Nobles de la Reina María Luisa, entregada por primera vez por méritos literarios, el Gran Cordón de Isabel la Católica y el cambio de nombre para la localidad de Mazcuerras, que será sustituido por el de Luzmela, el topónimo literario que dio título a la primera novela de la autora, y que entrará en vigor veinte años después. Además le ofrece Alfonso XIII un título nobiliario, que Concha Espina no acepta. También a su regreso a España, el académico sueco Wuulf la propone como candidata al Premio Nobel de Literatura, y curiosamente solo la Real Academia Española no la acepta, de ahí que no se le otorgue. En 1928 se propone su candidatura a ocupar un sillón vacante en dicha institución, en la que no será aceptada, sin más argumentos que su condición de mujer, y a pesar de haber sido galardonada ya con los grandes premios de la Real Academia de la Lengua, el Castillo Chirel, el Espinosa y Cortina , el Fastenrath y el premio Nacional de Literatura.

 

En 1929 escribe La virgen prudente, ambientada, como muchas de sus novelas, en Madrid, y centrada en las dificultades de una mujer para brillar intelectualmente en un mundo eminentemente masculino, y publica Siete rayos de sol, recopilación de cuentos del folclore castellano y mexicano.

 

Hacia la mitad de la década de 1930 comienza a perder paulatinamente la visión, difícil circunstancia que apenas afecta a su capacidad de trabajo. El 13 de julio de 1934 obtiene el divorcio, con la ayuda de Clara Campoamor, diputada por el Partido Radical. Concha Espina se había mostrado partidaria del divorcio, y en una entrevista concedida a El Sol en 1931 había afirmado que era una verdadera necesidad social.

 

En 1935 regresa a América por última vez, para representar a España en el cuarto centenario de la fundación de Lima.

 

La Guerra Civil la sorprende veraneando en Mazcuerras, en donde permanecerá hasta la llegada de dos de sus hijos -que llegan desde Reinosa con las tropas franquistas en dirección a Santander en agosto de 1937- acompañada de dos de sus nietas y la madre de su yerno Regino Sainz de la Maza. Su producción literaria en esos momentos, llena de temor por el presente y de incertidumbre por el futuro, está formada por una serie de relatos titulada Luna roja –uno de los cuales, La carpeta gris, puede informar al lector sobre su trabajo, sus preferencias de géneros y su propósito como escritora- , una novela ambientada durante la guerra en Santander, titulada Retaguardia, y el diario Esclavitud y libertad. Diario de una prisionera, sobre el tiempo transcurrido en su casa de Mazcuerras durante la guerra, que no figura en las obras completas de la autora y que ella nunca quiso reeditar. Tras la guerra continúa escribiendo con la ayuda de una plantilla guía y es operada en la clínica Barraquer, en Barcelona, aunque no recupera totalmente la visión. A partir de entonces escasean sus obras de literatura comprometida con las injusticias sociales y el empeño en mejorar la situación individual y social de la mujer, hasta entonces siempre presente en la mayoría de sus obras, y hay una evolución en sus temas, más dedicados a otros asuntos como estudios, biografías, novelas sobre personajes reales, etc…

 

En 1944, la Editorial FAX publica, por primera vez, sus Obras completas, que ella misma supervisa, con prólogo de su hijo, el periodista Víctor de la Serna. En 1945 es propuesta, de nuevo sin éxito, como candidata al Premio Nobel de Literatura. Varias crónicas, biografías, series de cuentos y una obra de teatro se suceden hasta la composición, en 1947, de El más fuerte, un retrato de la vida burguesa en Madrid.

Ese verano, su pueblo, Mazcuerras, le dedica un monumento en la plaza cercana a su domicilio en dicha localidad. El día 5 de diciembre de 1947, su amigo el escritor José María de Cossío, recién ingresado en la Real Academia Española, propone que la escritora ocupe otro sillón vacante en dicha institución, intento de nuevo infructuoso. En 1948, durante un homenaje en Mazcuerras, en donde veraneó siempre, salvo unos años transcurridos en Comillas, le imponen la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, y en 1949 obtiene la Medalla de la Academia de Letras y Artes de la ciudad de Córdoba.

 

El 10 de septiembre de 1950, José María Girón le impone la Medalla de Oro del Mérito al Trabajo, que la escritora afirmó que de verdad creía  merecer”. El homenaje coincide con la aparición en las librerías santanderinas de la novela Un valle en el mar, que dedica a su ciudad natal, “la tierra y el mar de mi juventud”, y ambienta en los pueblos del lado sur de la bahía santanderina, con descripción casi fotográfica, gracias a la imagen que recordaba de todas las ocasiones en que la había contemplado en su juventud.

 

En 1952, la autora hace una pequeña incursión en la crítica literaria, publicando y comentando, en De Antonio Machado a su grande y secreto amor, las cartas que Antonio Machado escribía a Guiomar, a petición de su destinataria, Pilar Valderrama. La última novela de Concha Espina apareció en 1953; se titula Una novela de amor y narra la estrecha relación amorosa juvenil entre Marcelino Menéndez Pelayo y su prima andaluza, Conchita Pintado.

 

En 1954, en un solemne acto en Santander, se le concede la Medalla de Oro del Mérito Provincial.

 

Participó en casi todos los géneros literarios y colaboró en prensa, radio y diversos acontecimientos sociales, como pregones de Semana Santa y sindicatos de obreros. Muchas de sus obras fueron adaptadas al cine: así, por ejemplo, Vidas rotas, película basada en El jayón; Altar Mayor; La esfinge maragata, La niña de Luzmela, o Dulce Nombre.

 

Concha Espina falleció en su domicilio madrileño de la calle de Alfonso XII el 19 de mayo de 1955, cuando se encontraba escribiendo una novela de carácter autobiográfico, acababa de enviar un artículo al ABC que se publicaría como homenaje al día siguiente de su fallecimiento, y revisaba la segunda edición de sus Obras completas, que apareció ese mismo año.

 

Puede considerársela, sin duda, una mujer adelantada a su tiempo, pionera en el modo de afrontar la problemática femenina desde la literatura reivindicando el progreso de la sociedad a partir de necesidades individuales, pionera también por sus innumerables viajes y experiencias derivadas de estos —siempre reflejadas en sus obras—, por ser la primera mujer que vivió de su trabajo  como escritora y también la primera que tuvo un monumento en vida.

 

Se consideraba admiradora de José María de Pereda, Amós de Escalante, Manuel Llano, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán y Marcelino y Enrique Menéndez Pelayo, y también “autodidacta por necesidad”, pues sostenía que había leído menos de lo que hubiera deseado, ya que había dedicado la mayor parte del tiempo a escribir. Dado lo prolífico de su obra y el tiempo en el que transcurrió su carrera literaria, a lo largo de más de cincuenta años, participó de distintos estilos, como romanticismo, costumbrismo, realismo, regionalismo y modernismo: su estilo es ecléctico y muy variado, tanto en los temas como en los géneros, pero el denominado “realismo ilusorio” de una de sus protagonistas, escritora como ella, en La carpeta gris, puede definir su propia obra, pues sintetiza narración y poesía, realidad y deseo. También la caracterizan su exquisita prosa, sus descripciones y su cuidado léxico, cargado de neologismos, arcaísmos, y siempre del argot más adecuado para cada relato, aprendido por ella mediante el uso de diccionarios y mediante el trato con personas pertenecientes a los distintos ambientes sociales de sus obras (derecho, agricultura, ganadería, minería, jardinería, pesca y navegación…). Su estilo es, en fin, el estilo de una escritora que quiso ser poeta y que, desde el punto de vista cronológico, se sitúa en la Edad de Plata de la Literatura Española, junto a los escritores de la Generación del 98.

 

Su trabajo incansable, junto a su vocación literaria y al éxito universal de sus creaciones, traducidas a muchísimos idiomas, es un componente básico de su dilatadísima carrera literaria, que la llevó a ser propuesta en más ocasiones al Premio Nobel. Su ex libris y mote de su escudo: “Velar se debe a la vida de tal suerte que viva quede en la muerte”, cierra el prólogo a sus Obras completas, cuya tercera edición tuvo lugar en 1970. Son las obras completas de una autora que, en palabras de Gerardo Diego, es “la escritora, el escritor, más cantábrico que darse pueda, y a la vez una gran escritora española y una escritora universal”.

 

Cristina Fernández

3 Comentarios

  1. Hace dos días estuve en Mazcuerras y, allí, en su pequeño cementerio, hay una tumba con una sola inscripción: Concha Espina. Sin embargo, en las biografías que he consultado, consta que está enterrada en el cementerio de La Almudena, en Madrid. Agradecería mucho si alguien puede aclararme esto.

    • Me confirma Ramón Saiz Viadero que sus noticias es que sus restos se encuentran en La Almudena, no obstante, confirmaremos del todo cuando se reincorpore de sus vacaciones Cristina Fernández Gallo, autora del reportaje de @LaPajareraMgzn y experta en la figura y obra de Concha Espina ya que realizó su tesis sobre la autora. Reitero mis saludos.

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