Contar una historia

A veces contar una historia demuestra más que varios estudios sociológicos las verdades que se pretenden demostrar. Bien, dejemos los ensayos a los expertos. Les contaré una historia:

 

Erase una vez una joven mujer, atractiva, con el poder que ejercen  la juventud y una cierta benevolencia de la naturaleza, con carácter alegre, comunicativa, seductora y empática,  en los tiempos en que salir de noche contenía el halo de aventura indeterminada y feliz de una seducción falaz y  sin mayores compromisos. Tiempos de juventud, risas y vientos destemplados que desgarran tabúes y rompían moldes establecidos. Estamos a finales de los ochenta.

 

Nuestra heroína, le había visto unas cuantas veces. Alto, delgado, con el pelo trigueño bien cortado, un bigote a la moda de la época loca que referimos. Unos profundos ojos esmeralda, que parecían pozos de incertidumbre y una boca seria, aunque a través de la insistente mirada de la joven, dejaba, a veces, entrever una sonrisa. Los ojos captadores de la joven le habían invitado varias veces. Él parecía resistirse, aunque no apartaba los suyos de la figura pizpireta y bailona de la chica. Noche a noche, se produjo un mudo acercamiento que culminó en una madrugada donde se conocieron. Hablaron poco, él parecía hermético, misterioso. La heroína de la historia tenía una clasificación para los hombres:

Buenorros y agradables pero con pocas luces= noche de sexo loco y poco más.

Buenos, con algo de cerebro y conversación amena= mucho sexo,  peligro de enamoramiento y apertura a más.

Interesantes=lo que surja.

El tipo de ojos verdes pertenecía al último baluarte, aunque tenía algo de los anteriores. No era lo que se considera un tío bueno, pero sí interesante, con la belleza decadente de un personaje de Visconti. La languidez de su mirada, su soledad nocturna y una cierta dificultad en conseguirle le aureolaban con el arrebato del romanticismo, porque nuestra chica era rompedora y revolucionaria pero romántica cual ovejita Dolly.

 

Para nuestra heroína, las relaciones entremezclaban sexo, conversación e interés, en caso que lo hubiera. Pero el sexo era patrimonio fundamental de aquellas noches locas de la década ochentera donde  se conocía poco al VIH y demás pejigueras que nublaron la fiesta poco después. La chica liberada por carácter un poco selvático, por lecturas feministas y procaces de la cultura que entonces  imponía, no era de perder el tiempo. Decidió proponerle pasar el resto de la velada en su casa, que era como decir en su cama. Bien. Él aceptó encantado. Era un correcto caballero, con mirada de esmeralda y modales de marqués; esbozó una media sonrisa a lo Gable que quedó diluida debajo del trigueño bigote. Omitimos el nombre, porque la heroína, lo olvidó pronto.

Llegados a la casa, la chica observó que la falta de destreza al besar  rebajaba su interés unos enteros, pero decidió tener paciencia. Los ojos del tipo seguían brillando acaramelados.  Al poco, ambos, dejaron las ropas, un tanto desordenadas, por el cuarto y pasaron a residir debajo de las sábanas. La torpeza y brusquedad del tipo era alevosa. Los ojos de esmeralda se tornaron nubarrones de acero mechaditos con hilos de sangre y el caramelo se tornó azúcar quemado. Mi heroína, comenzó a sentir un desagrado intenso. Intentó, con suavidad corregir los brutales envites del otrora correcto caballero, convertido de pronto, en lobo hambriento. No consiguió nada. Hasta que, sin previo aviso,  se intentó una penetración en seco. El dolor, la rasgada de piel, llevó a la chica salvaje y feminista a encorajinarse, apartando la corrección que hasta el momento mantuvo.

-¿Qué crees que estás haciendo?-

-Lo que hemos venido a hacer… follar ¿qué si no?-

-¿Tú crees que son formas? Me haces daño, no me gusta nada como lo estás haciendo-

-Disculpa, chica, es que estoy ansioso. Estás muy buena-

-Ya, querido, pero no es disculpa. O lo haces bien, o de inmediato sales de mi cama. Esto no es un asalto-

-Vaya. Soy brusco, es mi forma de actuar. Me lo han dicho antes que tú, pero no pasa nada. Tú te dejas ahora, yo desahogo, y luego ya, calmado, lo hacemos a tu modo-

-¡Cómo! ¿Crees que esto es el sarampión? que hay que pasarlo para disfrutar. Por si no lo sabes, aquí o lo pasamos bien ambos desde el principio, o no se hace nada y tú te vas con viento fresco-

-Estoy en tu cama, estamos desnudos. Tú has querido. Tú me has traído a tu casa-

-Sí, para disfrutar, no para darte placer mientras lo paso mal-

-Pero si no tardaré casi nada. Me desahogo rápido y ya está, ¿no lo entiendes? Es solo un momento, no sé qué problema tienes, chica-

-Tío, tú eres un tarado. Eso que dices es una jodida violación-

-La loca eres tú-

Con esta última frase, él antes considerado correcto caballero de  ojos esmeralda,  embistió de nuevo a la heroína, con ardiente vigor. Ella, como era previsible, saltó de la cama, se zafó del brazo de oso, le miró bien fijo a los ojos y le sopló cerca del rostro.

-Hijo de puta. Puedes violarme, porque tienes fuerza, porque eres un tío grande y yo pequeña. Puedes, pero te juro por lo más sagrado, que no volverás a tener un minuto de tranquilidad. En cualquier esquina, es cualquier calle, te vas a encontrar a alguien que te haga lo que intentas hacerme o más. Te juro por dios, que en tu puta vida dormirás tranquilo, porque te destrozaré. Piénsalo-

La desesperación hizo que las palabras silbaran cual acero entre las paredes de una habitación solitaria de una casa solitaria. Se cortaba el aire.

Él la miró. Comprobó que en los ojos de ella brillaba la dignidad, el odio infame a la vejación y la creyó.  No se dio cuenta de que la heroína jugaba de farol. Era tal su rabia que le trasmitió un odio infame y la certeza de machacarle.

Se levantó del lecho. Comenzó a recuperar la ropa. Al punto la miró fijo. Ella seguía en la cama, tapada hasta el cuello, con la mirada fiera y un ligero temblor en las piernas, que apenas se notaba.

-Solo te pido una cosa- dijo el tipo, acercándose de nuevo- me voy a ir, porque eres una zorra asquerosa, pero hazme un solo favor y no te molestaré más. Tienes que prometerme, jurarme por lo que más quieras, que no le dirás a nadie lo que hago-

-No te preocupes. No ha pasado nada, si te vas, no hay problema. Aquí no ha pasado nada-

-No, lo que quiero que te calles, es que me voy. Lo que me da vergüenza y no quiero que nadie sepa, es que me das mi

edo, tía. Que estás muy loca y me voy por eso. Lo que me avergüenza es no tener valor para follarte mil veces hasta que sangres por los ojos-

La heroína de la historia, comprendió entonces que la lucha sería larga, que había algo terrible, que luego supo que se llamaba patriarcado, que había arado la historia haciendo que un hombre correcto, normal, prefiriera que le llamaran violador a que supieran que ante la negativa, optaba por irse. Que no era un loco, ni tan siquiera agresivo. Era un tío normal y hasta amable.

Nuestra heroína, siguió conquistando chicos guapos. Incluso se enamoró alguna vez, precisamente del más feo de los que ocuparon su lecho. Nuestra heroína siguió con su vida, tuvo muchos encontronazos con el patriarcado, pero aprendió la lección que la vida le dio. La lucha no era contra un comportamiento concreto, no. La lucha era contra la historia.

 

María Toca

Sobre Maria Toca 520 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

1 Comentario

Deja un comentario