Cuerpos

 

El mar rompía con fuerza y el primer cuerpo parecía una ondulación más entre las ondulaciones de las dunas. Con una larga melena rubia tenía la piel tostada como la arena que dejaba deslizar entre los dedos finos y juguetones. Un suave gemido salió de la boca del primer cuerpo. Los párpados se abrieron y unos ojos verdes brillaron en el fondo de unas bien delineadas cuencas. El primer cuerpo se irguió hasta quedar sentado y, tras desperezarse con placer, se puso en pie. Un sol de justicia brillaba en lo más alto de un cielo profundamente azul. La playa era una larga alfombra dorada y el mar hervía en lentejuelas. Con paso lento, apenas cubierto por un bikini rojo, el primer cuerpo salió de entre las dunas y se acercó a la orilla. Tenía el rostro arrebolado y las sienes perladas de sudor. La piel cubierta de protector dejaba tras de sí un aroma fresco de hierbas y aloes. Metió con cuidado los pies en la bulliciosa espuma. Retrocedió de un salto. El agua estaba fría y no pudo evitar un grito que al instante se transformó en risa. Volvió a meterse en el agua y esta vez soportó alegre el enroscarse de la moribunda ola en sus tobillos. Se agachó y remojo las manos.

Iba a extender aquel frescor por su pecho cuando vio al segundo cuerpo. Era apenas un bulto sobre la arena y la espuma. Pequeño, vestido y de piel oscura y extranjera. La menuda cara, vuelta al azul, mostraba unas cuencas vacías y unas hebras de alga asomando de la boca cerrada. Una de sus manos todavía parecía querer aferrarse a algo o, tal vez, iniciar un saludo o ensayar una llamada. El primer cuerpo volvió a retroceder de un salto, huyendo de nuevo del contacto del agua. Pero esta vez su grito no se transformó en risa: siguió resonando interminable y roto sobre las arenas, entre las dunas, junto al mar, bajo un sol de justicia.

Texto: Marisa del Campo Larramendi

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