De olas y autocrítica feminista.

Cualquier movimiento libre, con sentido crítico entre sus miembros, se convulsiona. No es el feminismo excepción, al contrario, vivimos en constante marea de movimientos pendulares y de olas feroces que amenazan devorarnos o al menos tragar un poco nuestro ímpetu. Hablamos de olas, para definir etapas de nuestra historia y las eruditas y estudiosas nos cuentan que andamos por la cuarta. Cuarta ola. Y me parece perfecto, porque en esta ola el feminismo se define como anticapitalista de raíz. Movimiento liberador que aborrece cualquier conducta que someta al ser humano.  Dentro de esta ola englobamos el movimiento abolicionista (abola) con toda la artillería que comporta mantener que la pura esencia de ese capitalismo denostado es la compra de la sexualidad humana. Observen que omito decir: compra de cuerpos, o alquiler de cuerpos. No, la prostitución compra el fingimiento del placer sexual de la mujer. Creo que en esa definición estaremos de acuerdo tanto las abolas como las regulacionistas.

 

Precisamente el movimiento feminista se está resintiendo de firme por esta disputa. Abolicionismo contra regulacionismo. Con la controversia iniciada y la lucha enconada que ciertos insultos y vejaciones , máxime si son proferidas desde diarios  “amigos”,  no contribuyen mucho a la paz. También nos quebró y nos sigue doliendo la disputa con el movimiento trans, llevándonos hacia posturas enconadas que poco o nada tienen de solidario y de hermandad entre colectivos marginados. Duele, duele mucho la fisura producida con el movimiento lgtb, debido a los vientres de alquiler, ya que ambos movimientos, lgtb y feminismo mamaron de la afrenta común del patriarcado. Tenemos el mismo adversario, eso nos unió frente a la lucha, pero parece disgregarse ante la consecución de terreno por parte del lgtb lo cual hace que la distancia se acelere. Como si una vez conseguidos los derechos se quisiera normalizar mimetizando con la sociedad burguesa. No son todos lgtb, pero sí los suficientes para producir dolor.

 

Entiendo, tal como decía al principio, que la disensión en cualquier movimiento es síntoma de vitalidad democrática y social. No creo en los círculos monolíticos exentos de crítica y de disensión; suelen ocultar heridas profundas que saltan como volcán a poco de abrirse la espita. No pasará en el feminismo porque desde siempre nos hemos convulsionado de forma continua y estentórea y si no recuerden la disputa ente las tres diputadas, Campoamor, Kent, y Nelken, en las Cortes republicanas en torno al voto femenino. Bien que suceda, pero no puedo obviar algo que me permito recordar a mis queridas compañeras luchadoras de élite y cátedra.

Vamos por la cuarta ola, haciendo artículos, desmenuzando argumentos, trazando líneas filosóficas perfectas y enconando discursos que nos hacen pensar. Tan solo quiero recordar, como integrante de un feminismo de base, vamos, de andar por el suelo y no por cátedras, que en la calle sigue caminando el patriarcado y el machismo  grosero y tabernario a su antojo. Que mientras nos descuernamos con  razonamientos de abolas o de regulas, hay mujeres que consideran salida airosa a su precariedad alquilar su sexualidad y sus órganos sexuales al mejor postor. Que hay niñas que mueren abortando en cocinas de América Latina;  violadas en lechos matrimoniales, porque ni saben que eso a lo que acceden en silencio,  es una violación. Que mientras gastamos tinta y pluma en destrozarnos entre nosotras no culturizamos a la mujer sencilla que calla y otorga por mantener la paz del hogar. O a la joven que se pliega al gusto del novio exigente que la impide llevar un pantalón ceñido.

Quizá, amigas y queridas compañeras de púlpito y cátedra, sobra un poco de retórica egocentrista y falta miramiento alrededor, a la base social que nos sustenta. Quizá de tanto  contemplar el intrincado argumento filosófico y sociológico nos olvidamos de escuchar a la calle. A las mujeres, niñas, que andan nadando entre el dolor, el maltrato y la vejación porque aún no saben que es el feminismo, porque sus maravillosas mamás andan a la greña por demostrar quién y cómo lleva razón.

 

Me considero partidaria del abolicionismo pero hay que escuchar a la otra parte. Hay que oír a las prostitutas, a varias, no solo a las que andan salvadas. A las ejercientes. Hay que escuchar a las trans, con detenimiento y con escucha activa dejando las posturas fanáticas de las terf en el cuarto oscuro de las cosas insanas. Quizá lo más duro, en mi opinión sea escuchar a quien piensa que nuestro cuerpo puede convertirse en nido de su deseo de paternidad, despojándonos de la personalidad y de la capacidad de amar a nuestros hijos.

Y luego, debatir. Lo que jamás debemos hacer es dejar de escuchar  la voz de la mujer normal, la que anda desclasada por el mundo, la joven con poca o nula conciencia feminista. Los hombres, que sienten que esta no es su lucha y que no tienen nada que hacer, cuando debieran trabajar de forma denodada por  conseguir la distopía de sus ancestros patriarcales. Esa y no otra son las principales labores de un feminismo de base. No nos perdamos en disgregaciones semánticas porque el patriarcado sigue matando, golpeando y violando.

Quizá cuando dejamos de mirar hacia arriba podemos encontrar puntos de fusión y de encuentro con las bases sociales que jamás deberíamos obviar.

 

María Toca

 

Sobre Maria Toca 538 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

Sé el primero en comentar

Deja un comentario