DESDE LA UTOPÍA. LA IGNORANCIA AUTOINFLINGIDA

La existencia es, cada vez más, un misterio irresoluble. Me desgajo de mi tiempo para ver si soy capaz de asimilar los cambios que me ofrece, muy contra mi voluntad y, aún más, contra mi juicio, una vida que parece dictada por la voz de otros.

Y no es que sea inmobilista, es simplemente que la dirección a donde me conducen los caminos que me ofrecen, no me gusta.

Mi madre me educó para considerar la ignorancia motivo de vergüenza y, más aún que la ignorancia, la pasividad ante ella. Y así lo sentí siempre.

La vanidad, aunque discreta, es un motor constante que me ha ayudado a alzarme sobre mis complejos de ignorante y escribir sobre aquello que percibo de lo que ocurre. Mentiría si dijera que soy experto o que mi palabra tiene algún valor fuera de mi mera apreciación personal o la de algún amigo que me entienda; solo es útil para quien comparte de antemano la idea y sirve de refuerzo a consolidar ideas propias. Es eso, o nada.

Mi incapacidad manifiesta para la concreción no me impide sentir, dolerme o, simplemente, estar triste y afectado por esta realidad que supera a la ficción por la derecha y la deja atrás tan rápido, o más, como es escrita.

Desgraciadamente hay una oleada de escritores, pensadores e intelectuales de renombre (no sé si de prestigio) que, encumbrados en enormes pedestales, solo superados en tamaño por sus egos, parecen no entender las diferencias entre la opinión personal y lo real. Convierten la rumia intelectual, pequeña y etérea, en dogma y, exponen realidades sin complejos, pero con muy pocos conocimientos y confunden la oportunidad con lo oportuno: La oportunidad es el espacio que se les ofrece para hacer llegar mensajes (que en lo literario a lo mejor son la repera) de ficción realista a, por lo que dicen, un público que ni de lejos los merece. Lo oportuno, sería mantener las opiniones en el limbo de lo abstracto y dejar los análisis de la realidad para gente que, güevos aparte, sea capaz de discernir los datos fríamente y ofrecer en función de la observación, soluciones acordes al problema. Sin generalizar, y sin poner el yo delante; o si se pone, que al menos no haga mucha sombra. Tristemente, el camino que va de lo abstracto a lo concreto y para el que yo no tuve nunca los conocimientos adecuados (me salvó la fortuna, mostrándome mis límites, si no…) es una senda tan plagada de aplauso fácil y gregario, que algunos egos no la pueden dejar de transitar.

Una vez en marcha la víscera pensante, solo queda la esperanza de que las glándulas estén de fiesta o, por lo menos distraídas. De lo contrario, la amargura del debate alcanzará apenas iniciado, el ámbito de lo personal y, quien no tiene hueco en paginas bien ilustradas, con foto del autor y editadas en papel couché, está en clara desventaja. La cultura general de los comunes es, para nuestra desgracia, y con la colaboración de gobiernos sucesivos, cada vez menos crítica y busca, cada vez más, el referente que, sin argumentos claros, suelten lo que a buen seguro consideran, observando la inflamación de las amígdalas de un calamar, verdades como puños, tan generalistas, que lo mismo se pueden aplicar a la batalla de Trafalgar como al descubrimiento de la tapa de aceituna…

Me tengo, por un hombre normal; y me tuve siempre como medida de lo que yo, sin más pruebas palpables que mi razonamiento, entendía como media. Afortunadamente me veo capaz de discernir la prepotencia de algunos autores, que, siendo tal vez buenos novelistas pero enaltecidos de un fervoroso sentimiento de paternidad humana monoparental, elevan sus méritos literarios a auctoritas políticas, por propia erección u otras consideraciones testiculares y sin pasar por la casilla de salida, más que por razonamiento. Aprovechan el espacio que genera la marea mediática y la comodidad ofertada como referente vital; se sustentan, con un nuevo modelo de analfabetismo, el funcional, del que algunos presumen y se vanaglorian penosamente, haciendo gala, ostentosa y vergonzosamente, de una ignorancia ganada como una medalla, en largas batallas para impedir con derroches tremendos de energía, que ni el más mínimo rastro de cultura o de sabiduría les penetre. Me puede la vergüenza, me duele, me apena… Es terrible que el poder nos niegue el derecho a la cultura pero me parece aún más atroz la ignorancia autoinflingida.

Me pregunto viendo esto, incómodo, en el borde mismo de la cama desde la que saltaré al vacío  apenas aterrice el sueño y se me lleve: ¿será que a lo mejor no soy humano?

Y sí, si que lo soy. Y miro alrededor y me pregunto: “¿…entonces esto?”

Jehtro Legrand

  1. Ojalá fueras un hombre normal, ojalá estuvieras en la media… eso significaría que la media estaría donde debería estar… pero, desgraciadamente, la media baja y baja, y parece poder seguir bajando sin límite, en esta España que exalta la mediocridad y rechaza el conocimiento y el esfuerzo…

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