El Desagüe

El desagüe desbordó la contención. El agua brotaba brujuleando con pequeños detritos que colapsaban el fregadero. Volvían las escamas de pescado, el minúsculo trozo de fruta olvidado, el soliviantado trozo de pan que emergía de la inmensidad de una tubería enlodada. Y allí contemplando las burbujas flotantes me quedé quieta, inerme ante el desastre. Cuando el agua amenazaba desbordarse, reaccioné.

En la repisa del aparador, ese que guarda el tiempo detenido en un cajón, conteniendo una amalgama de menudencias residentes de tiempos ya perdidos, estaba la vieja agenda, inútil en los tiempos de móviles y agendas electrónicas… Busqué, como un náufrago se aferra a un trozo de madera, mientras con mirada aviesa contemplaba cada poco como subía el volumen del agua que amenazaba  derrame y desastre.

Arrojé mis ojos sobre el nombre aquél, que solo la desesperación había hecho salir de ese armario  añejo donde guardamos lo falto de interés. Alberto (fontanero-contactado en Billilove en el 2009-no conocido) Recordé que hablé unas cuantas noches con él, cuando mi soledad dolía por el abandono. Hasta dejarle en un impasse por el interés que otro  despertó y mereció  mi tiempo. O  quizá fue el trabajo que me absorbió, o la falta de ganas. O la simple costumbre que me hizo olvidar el solitario desencanto para hacerme con él y disfrutarlo con deseo de no perderle nunca.

No conocí a Alberto-fontanero, porque algo distendió mi interés o se diluyeron las ganas de más experimentos. Hoy le había recordado por el desaguisado que amenazaba mi cocina, su nombre saltó a mi frente con el resorte de la desesperación. Fueron las burbujas de detritos las que me hicieron rememorar aquella frase: “moza, apunta mi teléfono. Conocer a un fontanero manitas en estas épocas es un tesoro. Verás cómo algún día me necesitas”  Reí con ganas al escuchar  su frase escrita del tirón, en aquel chat que, ahora, se me antojaba antiguo, dicho por él que era lacónico y escueto en todo lo demás. Apunté  en el momento, diciéndome que bien estaba tener ese teléfono a mano, por si alguna necesidad precarizaba mi solitaria estancia en una soltería no buscada. Jamás utilicé su número. Hasta hoy que el agua desborda mi fregadero, resurgen del abismo pepitas de melón fosilizadas, y escamas de mil pescados retenidos entre las tuberías.

Con aprensión marqué los números, estableciendo un dialogo conmigo: No estará. Habrá dado de baja el teléfono. No sabrá quién soy. A buenas horas. Debí llamarle entonces, establecer lazos de amistad. Un fontanero manitas es joya preciada en manos de una solitaria incapaz de hacer bricolaje. Me recriminaba con cierta acritud, mientras el tono del teléfono sonaba en mis oídos.

-Diga-

-Disculpa ¿eres Alberto?-

-¿Quién pregunta?-

-Soy Mónica. No me recordarás, claro. Hace mucho tiempo que  me diste el número. Hablamos en Billilove  ¿recuerdas?… Es que tengo un drama en mi cocina y recordé que eres fontanero. Por si puedes ayudarme-

Un silencio escaso aplacó mis nubladas esperanzas.

-Ah, sí, la mozica aquella que acababa de dejarlo con su pareja y era muy arisca. No me llamaste nunca-

Su voz me hizo viajar en el tiempo, al momento justo que olvidé a base de obviarlo. El tono distendido encendió, de nuevo, mi esperanza.

-Ya, y lo siento. Yo…estaba un tanto desequilibrada entonces. Ahora te llamo por si puedes arreglarme el fregadero.  Está atascado. Mana agua a borbotones, temo que se desborde. Llevaba tiempo  trabándose y hoy ha petado-

-Que sí mujer, que voy para allá. Estoy en casa. Es domingo, no tenía nada que hacer. Ya sabes, viendo la tele y está de pena. Me vendrá bien salir un poco-

-Gracias, pero esto es trabajo. No te pienses nada raro-

Jodó, la Mónica. Ahora sí que te reconozco. ¿Quieres un fontanero o no?-

-Que sí, pero es que no quiero que pienses…-

-Mira moza, yo pienso poco y lo poco que pienso es bueno, así que cojo las herramientas y voy, o no. Como quieras, bonica, que tú me has llamado-

-Está bien, gracias. No te moleste, era por aclarar. Ha pasado tanto tiempo…que dirás: esta loca a que llama-

-Yo no digo nada. Voy para allá-

Ignoro las razones de la mente que me impulsaron a correr a la ducha, alisar mi pelo mientras delineaba los ojos con el eye liner, en maniobra difusa, a la vez que me perfumaba. Poco después, colgaba de mi cuerpo un diminuto vestido con hombro caído en desigual factura. A poco de acabar, sonó el teléfono.

-Ricura, o me das la dirección o te busco con mis poderes mentales-

-Disculpa, calle Montessori número once, tercero derecha-

-Bien, estoy cerca, no tardo nada-

A los cinco minutos, contemplados por mis ojos expectantes en el reloj del salón, sonó el timbre del portal. Mientras subía, ahuequé los cojines, recogí las diversas revistas que yacían por el suelo en mero afán de atildar un desorden que ahora me parecía inicuo.

Salí al recibidor, dando la última visión al pelo  y a la raya del ojo. Abrí. Ante mí se ocultó el espacio que quedaba en el rellano. Un cuerpo amazacotado de hombre inmenso, que portaba un cajón de herramientas en una mano, la otra trotaba del timbre a su bolsillo, mientras una sonrisa amplia iluminaba un rostro picado de viruela, lo suficiente para hacerlo diferente pero no desagradable. El pelo le retozaba por la frente dando saltos ante los soplidos que soltaba por su boca, abocinada para el caso.

-Gracias, Alberto, no sé qué habrás pensado, a estas alturas, llamarte para esto-

-Que voy a pensar, moza, que tienes un atasque. En el fregadero, digo. Venga, me vas a dejar pasar o te lo arreglo desde la puerta-

-Pasa, perdona-

Franqueé la entrada, con la inseguridad de ver profanada mi casa por los pasos de un gigante que movía el suelo a su paso. Hacía demasiado tiempo que un hombre no entraba en mi hogar, tanto que su presencia debía extrañar hasta a las paredes. Cautelosa, le conduje hasta la cocina, escuchando su tenso respirar cerca de mi cabeza, tanto que hasta el pelo resurgía a su paso produciendo un suave cosquilleo que no sabría decir si era por su respiración o por mi  hiperestesia.

Mostré el desaguisado, le dejé, cual cirujano sacar de  su cajete los instrumentos que me sobrecogían a poco de mirarlos. Me fundí con la pared de al lado, quedándome muy quieta por si necesitaba algo de mí.

-No te quedes ahí de pasmarote. Si tienes algo que hacer, hazlo, esto va para largo-

Salí de la cocina, aliviada. El espacio era reducido. No me gusta cocinar, como liviano, cosas  sencillas que no requieran mayores estridencias. Una mesa ínfima, dos banquetitas, las alacenas que contienen mis útiles, electrodomésticos y poco más. Volví al salón intentando eludir la presencia hercúlea en mi espacio. Tomé el libro que poco antes dejara en la repisa.  Cuando lo tenía casi olvidado, atronó con su voz mi lectura ficticia.

-Esto ya está. Vaya montón de mierda que tenías, bonita. Cuida de que no se vuelva a atascar-

-No sabes cuánto lo agradezco Alberto, estaba desolada al ver la inundación-

-Sí, normal, es peligroso. Ya te dejo unos productos para que, de vez en cuando,  utilices para desatascar y limpiar el desagüe-

-Gracias. ¿Cuánto te debo?-

-Son cincuenta euros y una copa de vino. Sin copa te cobro la salida ,  que es jornada de domingo. Tú misma-

-Bien, entonces, espera que te sirvo el vino-

-No se trata de tomarlo solo. El trato es que lo tomemos juntos y charlemos. Si quieres, claro-

Tomé dos copas, obviando los diversos objetos que había en el suelo, esperando la mano que los volviera a colocar en su sitio. El vino reposaba en la nevera desde hacía lo menos una quincena de días, olvidado. Frío, casi helado empañó  las copas al servirlo. Le dirigí al salón donde los cojines seguían ahuecados. Él, desde la altura de su cuerpo, contemplaba la cálida tarde que se adormecía mientras acariciaba el ventanal. Un sol de primavera languidecía detrás de las montañas mientras en la bahía remoloneaba un barquito pequeño.

-Coño, moza, tienes una casa bonita. ¡Qué vistas!-

-Sí, por eso vivo aquí. Tener la bahía tan cerca, las montañas a mano, es como estar en el campo viviendo en la ciudad-

Tomó la copa de mi mano. Al hacerlo, su piel rugosa, áspera como esparto, melló la mía, fina, casi transparente. Yo ardía. Él volvió a sonreír.

-No me llamaste nunca, jodía y mira que me gustabas. Eras la más guapa de todas las que conocí entonces, y la más maja. Hablaba contigo muy cómodo-

-No estaba preparada. No fue nada personal. Acababa de romper mi relación…-

-Sí, ya sé, lo recuerdo con precisión exacta. Tu novio te abandonó por una buena amiga. Creías que el mundo se acababa y que ninguno merecía la pena-

-Veo que lo recuerdas. Así fue, tal como cuentas-

-Y ya lo remediaste. ¿Volviste a confiar?-

-Si me preguntas si me curé, sí, de largo. El tiempo es  medicina y aclara las ideas. Me di cuenta del favor inmenso que me hicieron. Llevaba una vida tediosa, con un hombre aburrido, que hoy posiblemente aburra a otra. O no, quizá con ella sea feliz. El caso es que no éramos para estar juntos. Claro que me volvió la confianza. Entonces estaba herida. Hoy ya estoy curada-

-¿Te casaste o tienes algo en quien pensar ahora?-

-No me casé. No me casaré nunca. No pienso en nadie-

-Mala cosa, maña. Mala cosa andar sola. Yo tuve una novia poco después de conocerte a ti. Murió hace dos años. Sigo solo desde entonces, porque tengo que cerrar heridas. Fue duro, una enfermedad corta, sin miramientos y una agonía tremenda y rápida-

-Lo siento-

-Ya voy curando, no creas, aunque fue duro, la quería, sabes. Me río, hablo con la gente, pero aún sigue aquí. señaló con un golpe su pecho- Tuve un tiempo que no quería ver a nadie, ya no duele y puedo volver a mirar. La quise mucho. Ahora ya solo me acuerdo de ella al dormirme y verme solo. El resto del día voy casi feliz-

El vino se había agotado en las copas. Volví a servir. La tarde caía con la dulzura de los atardeceres que todo lo atenúan. La bahía sembrada de luces comenzaba a titilar en el fondo. Al poco tiempo, me vi envuelta en sus brazos, atenazados mis pechos por unas manos grandes, que zarpeaban en busca del calor que irradiaba mi cuerpo.

El lunes, al despertar comprobé que Alberto dormía amarrado a mi cuerpo, mientras el descoyunte  que sentí me recordaba la noche vivida. Y por si la memoria fallaba, las dos copas más la botella vacía, que en el suelo yacían, me hicieron recordar.  No hice más que envolverme en su pecho, que velludo y recio me recibió con ganas. Hoy no haría nada más que seguir allí, anidada y segura. No trabajaba, las vacaciones habían comenzado dos días antes, justo cuando la tubería se atascó. El futuro quedaba detrás de la ventana. El sol, se asomaba, descarado inundando la estancia. Alberto resopló mientras su mano buscó oquedades que le esperaban receptivas y húmedas.

FIN

MariaToca

Sobre Maria Toca 243 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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