El genio (momentos de un genuino hijo de puta)

Al levantarme, como cada día, encuentro la mirada pausada, verde, brillante de esmeralda de Carolina. Avanza hacia mí con pasitos lentos y sensuales; se abocina entre mis brazos mimosa y complaciente. Es el saludo matinal que me templa el alma y me torna a la almena de la vida. Esa vida que contemplo desde arriba sin más patrimonio que el intelecto y la brutal fuerza de mi ego. Catalina lo sabe. Intuye que necesito ese empujón de humanidad para recordarme quien soy, porque nací y que hago en este mundo de orates en el que me siento cada vez más extranjero. Pobre Carolina, tan paciente en su soledad de espera a que mis ojos abran la mañana y encuentre el pretexto perfecto para ronronear a mi alrededor. Carolina me pertenece. Yo a ella no, porque soy indisolublemente libre. Habitante de la caverna hecha a mí medida pero solapada por el medio. Ella en su soledad me ofrece un tiempo para caricias, para ligeros arrumacos antes de que la voz sumisa y compulsa de Elisa me indique que el desayuno ya está listo.

 

Desperezo el cuerpo. Expulso de mi lado a Carolina con no disimulado desabrimiento, calzo las pantunflas desgreñadas por el uso y me tomo el primer café de la mañana. Mordisqueo el bollo suizo que Elisa ha subido poco antes  (muy poco antes, Elisa, te tengo dicho que fríos no me gustan) rezongo casi siempre ante los ojos desolados de la mujer que atiende mis necesarias trivialidades. Elisa se despista cada poco. Hay que zaherirla con rebenque de voz firme. Elisa se atora cuando le indicas más de tres cosas. Y eso me irrita mucho. Me crispa hasta el punto de amargarme el día. Carolina, presta a mi engreimiento, se roza con mis piernas. Enviste con su hociquito bigotudo la pernera que asoma por el pijama que siempre se acorta al levantarme, como si quisiera consolarme de mi rabia mal contenido. El gesto de su cariño  me calma. Quizá por eso la mirada de Elisa la busca cada poco, como cómplice en caso de alteración mayor. Carolina es mi  ventura y la suya. De no ser por ese cuerpo tibio que templa destemplanzas habría arremetido más de una  vez contra la cara pánfila y obscena de Elisa sobre manera cuando me contempla como sin entender que es lo que quiero, cual es mi demanda;  casi siempre es que desaparezca, que salga del habitáculo donde estoy en silencio, quedamente, sin aspavientos y no vuelva hasta que mi voz la demande.

 

Elisa es joven. Todo lo joven que se puede ser mirada desde la atalaya de mis sesenta años. No llega a la treintena por tanto no es que sea joven (las mujeres florecen a los veinte y marchitan fugazmente a los treinta, por mucho feminismo que se calcen, siempre es así, cosas de la naturaleza) es joven para mí, quiero decir.

La conocí cuando era apenas una niña. Sus piernas gordezuelas, el pecho enhiesto, grande, cual ubre de matrona,  unos ojos vacunos y asentados me dejaron perplejo con la mirada puesta, sin recato ninguno, en su entrepierna.

 

Elisa estaba meando cuando la conocí. Meaba entre meandros de piedras limítrofes de campo. Aparecí de pronto. Escuché el chorrito que chispeaba contra las piedras y me lo imaginé. No tanto que fuera una cría, sino que  la curiosidad de mirón que me adornó desde siempre guió mis pasos hasta ella. Sí, me gusta mirar ¿cómo se puede ser escritor celebre de otra forma? Mirar y contemplar los entresijos de la vida para plasmarlos en papel. Es mi función y la misión encomendada de mi vida.  Me gusta sorprender al humano o a la humana (seamos correctos, hagamos inclusión) cuando está desprotegido, o perdiendo la dignidad que le ampara en momentos comunes. Elisa estaba meando entre unas piedras y esa imagen la sigo utilizando para follármela sin piedad cuando me antoja. Aunque le rechinen los dientes y no quiera. Aunque se le velen los ojos con el telón del sinsabor. Me la follo porque estaba meando aquella vez y no puedo resistir la tentación cuando lo pienso. Se lo digo cuando me contraría: “no hubieras sido tan cerda de mear en público. Fue y será ocasión de placer para mí. Y tu responsabilidad si no te gusta como quiero follarte” Elisa me mira con los ojos vacunos, asiente y se deja. Elisa siempre se deja, con esa lealtad porcina que tanto detesto y tanto necesito. No podría ser de otra manera y resistir el tiempo que resiste. Elisa se deja que para eso está. Y Carolina nos contempla con pasividad, aunque creo que mi ritual la enerva el celo. Que todo puede ser.

 

Hace días que no la toco y está despistada. Hace días que Elisa no me motiva nada. No siento el hervor de antaño ante sus andares pastueños con los muslos deslavazados, cada vez más gordos, la papada que cuelga del belfo, los ojos alobados cuando me mira, inquieta. Sí, Elisa me ha dejado de gustar hace  mucho. Queda el rescoldo animal de una pasión furtiva, o casi, porque podría tomarse por mera pulsión de actividad sexual. Esporádica, perdida entre semanas. Ella lo sabe y lo siente. Me doy cuenta que anda sigilosa, cada día más dispuesta a agradarme por el miedo que respira a cada paso.

 

 

Miedo a perderme. Miedo a que la eche a la calle y se quede tan sola como merece su infame sumisión. Y bien que quiero esa sumisión, quizá ese sea el único motivo de soportarla aquí. En mi casa. Junto a mí perennemente, con los pasos contados, haciendo las labores del hogar insalubre que formamos;  corrigiendo los textos, cometiendo mil errores que, furibundo, le apunto.  Porque Elisa es torpe a posta o con  saña de una orate  confiada. Si no fuera por la labor que desarrolla dando forma a los escritos que realizo, o cubicando toda la utilería doméstica hace  mucho tiempo que la hubiera expulsado de mi vida o al menos de mi casa.

A ver, las pasiones andan bien domeñadas. Son sesenta años que pueden no parecerlo pero son suficientes para, al fin, pasar de las mujeres. Se me entienda, que siempre pasé de ellas bastante, apenas fueron meros subterfugios gozosos en una vida intensa y triunfante. El sexo fue otra cosa. Atadura y milagro. Necesidad o forma descabellada de gozo. No pude prescindir de ellas, aunque a fuer de sincero las deteste cordialmente. A Elisa más que a ninguna, quizá porque la tengo cerca.

 

Noto que cada vez se distancian más las noches en que la busco. Y que puedo pasar perfectamente sin ella tiempo y tiempo, apenas sin notarlo. Pero aquí la dejo seguir. Aunque me pese su presencia lobuna y adormilada que no responde más que con monosílabos, siempre huidiza como si temiera el desenlace de algo imprevisto y negativo para ella. La traté siempre bien. No tiene queja de eso estoy bien seguro. De vez en cuando una cena en la ciudad, alguna copa, un cine, sin más que ambos, porque no soy gregario y me molesta la presencia de extraños. Aunque a veces  añoro la complacencia de gente conocida, es cierto. La vaga diversión  de una discusión sobre arte, música o  literatura ¿Cómo percibir el prestigio de mi obra si no es contrastada por otras mentes que la admiren? tan solo que no compensa el ruido que produce el meandro de compartir con alguien mis querencias. No compensa tener que escuchar las memeces que el comportamiento social impone. No. Yo solo quiero hablar de lo interesante, no sobre las vaguedades e insustacias de otros que no tienen ni tino ni mente ni tan siquiera un poco de sentido común.

Por eso vivimos aislados. En Buenospicos, aldea segura donde no llegan visitas indeseadas. Que por llegar no llega ni el periódico, por eso baja cada día Elisa al pueblo más cercano, Corremás, a buscarlo. Y el pan y el vino. Y los bollos del desayuno. Llega deslomada porque hay más de cinco kilómetros de  subida en canal. Con botellas, la compra y el periódico, que me pienso, no sé cómo puede tener esas ancas de vaca con tanto recorrido que realiza a diario. Luego la veo comer y me doy cuenta de que es inevitable. No es que coma mucho, que no, porque mis ojos la avisan y si no obedece  llegan mis palabras como freno a su gula. No es eso. Pero al cabo del día la veo en plena faena de rumia permanente. Cual vaca regurguita  alimentos, la escucho masticar por la casa adelante. Aprovecha cualquier descuido o permanencia cerca de la despensa para robarse alguna chuchería, un pellizco al chocolate, una galletita de nada, algún snack. De poco sirven mis regañinas que la ofenden al máximo, según cuenta en los escasos momentos de lucidez que tiene. Que se fastidie, me digo. Que se aguante por ser esclava de la gula. Por eso no me atrae por sus ancas de vaca que mueve por instinto. Por eso y porque mi potencia sexual se canaliza en componer los versos que luego ella corrige. Y he de decir, que aún con errores garrafales y con la ortografía de una niña pequeña, les da buen tino. Les da el lustre que el pueblo llano exige.

 

Ella es la correctora de mi genio en apuros. Quizá porque los versos salen sublimes y hay que desmembrarlos un poco para hacerlos accesibles al gran mundo. Para eso sí que sirve. Cuando amenazo con echarla o me quejo de su apatía y silenciosa presencia, es mi agente quien interviene y pone paz. Incluso un día me dijo que si ella marchaba con él que no contase…porque el genio está en la corrección. Me dijo el gran cretino, como si me hiciera falta, a mí, al genio verdadero. Al escritor de fama jamás le será imprescindible la corrección de una simple sinsorga. Por eso, quizá, también la desprecio un poco.

Fin

María Toca

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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