El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo (I)

El Intelectual lleva ciento cuarenta y dos años muerto y eso no ha impedido que responda al llamado de la sangre de su sangre. Convertido en un fantasma que no espanta me ayuda a recolectar información, me indica qué libros revisar, guía mis dedos en el teclado cuando busco su legado en internet; me sugiere usar el peso de su nombre para facilitar mi tarea y acierta, casi un siglo y medio después de su partida, nombrarlo abre puertas para mí. Lo observo atentamente, es un hombre muy guapo aunque tenga una nariz enorme. Pelo oscuro, abundante y corto, bigotes y una barba tupida muy bien cuidada. Viste de negro, lleva una capa sobre una especie de terno y sujeta un bastón y un sombrero que se quitó apenas me vio. Sus modales son los de un caballero de todos los tiempos, se pone de pie cada vez que yo lo hago. Su presencia me hace feliz, sus ojos honestos transmiten calma y entendimiento. Le pregunto por sus hijos, El Intelectual asiente, parece dar una orden y entonces la calma se acaba. Los Hermanos Carajo llegan llenándolo todo; huelen a mar, a tinta y a pintura; suenan a olas, a rimas y a acordes de piano. Veo a los dos marinos, cada uno en su barco. Uno de ellos es blanco y lleva escrito: ‘Purísima…’ no alcanzo a leer el resto del nombre porque la inmensa sonrisa azul de su capitán Fernando Carajo, con sus bigotes de chiste, me atrapa, la ternura que conocí en brazos con los mismos genes me envuelve. ‘Soltadla, soltadla o terminareis en el calabozo nuevamente, hermano’ dice el vozarrón del otro marino, mi favorito, desde su fragata. El Chapetón Carajo, lo reconozco aunque nunca lo he visto, abre los brazos de par en par para mí y abrazo a la leyenda. No es el hombre alto que imaginé, también es barbudo y sus ojos son azul intenso como los de su hermano. Orgulloso, infla el pecho y me pasea del brazo por su barco, me muestra el lugar exacto desde donde aventó al agua a un francés insolente y después de guiñarme el ojo me dice ‘Teníais razón, querida, sí, tengo uno’ y señala hacia la popa: ahí está su dragón. Julia Carajo lleva en la mano derecha el retrato del hombre que amó y me dice: ‘El secreto, querida, está en sentir las lombrices a tiempo, desenterrarse una misma y no callar jamás’. La otra mujer Carajo está sentada tocando el piano con varios niños en la falda. El resto de los hermanos viste como su padre, todos me hacen una venia, uno de ellos está acompañado por un mozo en cuyo uniforme leo ‘El Gallito Feliz’ y me ofrece un platillo, algunos de los hombres cargan niños y todos tienen periódicos. Veo a una pequeña triste pintando cubos; una niña me lee a Proust en francés y me lo explica en castellano; hay otra jugando a ser maestra junto a un niño enmascarado que me muestra el mapa de México; detrás de todos ellos y de la mano, un niño y una niña, primos hermanos, juegan al peligroso juego del amor. Cerca de los pequeños, un hombre adulto escribe con una pluma, detrás de él, los barrotes de la infamia, es él, el menor, Domingo Carajo, el que mejor entiende cuánto lo he buscado, ‘Preguntad querida, preguntad’. Percibo a la autoridad y sé que es ella, aunque es una mujer bajita sólo logro verla levantando la vista, tiene puesto un vestido de seda con puños de piel, ‘¿Divorciada, hija mía?’ ‘Elegiré un nuevo marido para ti’, la mismísima Divina Providencia acaba de hablarme. Mis fantasmas me rodean, El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo me lo cuentan todo y yo escucho atenta con el alma abierta para escribir una historia que da vueltas, repitiéndose, repitiéndose, repitiéndose.

A mediados de mil ochocientos cuarenta El Intelectual y una mujer de familia blasonada y casa solariega se casaron. Estuvieron casados hasta que la muerte los separó, diez hijos vivos y tres periódicos después. El suyo fue un tiempo caótico, quizás más que el actual. Les tocó vivir las guerras carlistas, los regentes, los golpes militares, las revoluciones, la seguidilla de constituciones y de gobernantes; hasta contemplaron la increíble búsqueda de un rey extranjero para su país y vieron al italiano elegido renunciar a los dos años a reinar en un país cuyo idioma nunca entendió. Y así, entre el disparate y el tino, en una ciudad apodada La Marinera, la pareja perpetuó una estirpe de locos que algún autor ha descrito como ‘casta indómita y brava’.

Era el tiempo en que todos conocían el rostro de la muerte; estaba siempre presente, caminando entre la gente, entrando en sus casas y arrebatando a los seres amados disfrazada de epidemia, de incendio, de revolución, de duelo por ‘honor’. La Parca mostraba especial predilección por los niños; un recién nacido, un infante o hasta un niño bien cuidado podía pasar de los brazos de su madre a los suyos de un momento a otro. El Intelectual y su mujer habían logrado disputarle cuatro niños hermosos cuando él logró su anhelo y fundó su primer diario, considerado ‘el órgano del movimiento intelectual’ de su época. Quizás su enorme nariz lo dotó de un olfato infalible para detectar el talento en los escritores a los que dio tribuna. El día en que lanzaron la primera edición toda su familia estuvo a su lado para apoyarlo. Los Carajitos, con su ropa de gala y ojitos de asombro vieron a su padre entrar a la historia. Su mujer en cambio, no disfrutó el instante porque al contar a los niños sólo llegó a tres. Unos pasitos mojados y apurados la tranquilizaron, el Chapetón Carajito, fiel a su costumbre, se le había escabullido y venía del muelle arrastrando sus botitas saladas. Cuando terminó la ceremonia de inauguración de El Periódico cada niño tenía una hoja en la mano; El Chapetón Carajito no la leyó, él la dobló cuidadosamente e hizo con ella un barco de papel, su hermano Fernando Carajito lo imitó. Los niños no tenían idea de que estaban dando forma a la metáfora perfecta, el tiempo en su discurrir circular los pondría a ellos y a sus barcos en los diarios y en los libros de historia. Quien sí notó el momento fue el periodista que era su padre, les sonrió y les hizo un cariño en la cabeza, ‘mis niños navegarán la vida’, se dijo a sí mismo y no se equivocó.

El mismo año del lanzamiento de El Periódico llegó a La Marinera una gran novedad, un francés osado pretendía volar en un globo aerostático llamado ‘Águila Audaz’. El entusiasmo de Los Carajitos fue incontenible y su madre los llevó al Instituto Santa Clara a presenciar el acontecimiento. Ella estaba embarazada y toda la familia sabía que esa vez sería una niña, no por clarividencia colectiva sino porque la bebé hablaba desde el vientre de su madre;  no se trataba de balbuceos de bebé sino de frases coherentes y precisas, un día hasta anunció que su nombre sería Julia. La madre, intranquila por la idea de que su vientre parlante soltara una perorata frente a toda la ciudad, se enfocó en lo urgente y escogió a la vecina más chismosa de la ciudad para contarle, como quien no quiere la cosa, que estaba practicando la ventriloquia. El ‘Águila Audaz’ se elevó, voló y desapareció ante el público fascinado. Los Carajitos siguieron mirando el cielo por tanto tiempo que éste aprovechó la ocasión, se metió en ellos y los tiñó de azul. ¡Ave María, estos niños no son normales! pensó la madre, pero al observarlos tuvo que reconocer que se les veía muy lindos, decretó que así habían nacido y sanseacabó. Cuando El Intelectual llegó a su casa encontró a Los Carajitos estrenando ojos de cielo y discutiendo el destino del globo: ‘¡Salió al espacio!’ ‘Está en América!’ ‘¡Llegó a la China!’ ‘Está en el África y al francés se lo comieron los caníbales’, el vientre de la madre habló: ‘Voló una legua y media, cayó y un carro tirado por bueyes lo está trayendo de regreso a la ciudad, el francés está vivo aunque parece una araña aplastada’, Julia Carajo decía la verdad, como lo hizo siempre.

El Intelectual y su mujer siguieron trayendo hijos al mundo y luchando, a veces sin éxito, por conservarlos vivos. La impotencia estuvo a punto de vencer a la mujer, comenzó a tener pesadillas y tuvo una premonición: tiempos peores estaban por venir. Intentó invocar al presagio para hablar cara a cara y hasta apeló a sus parientes en el más allá para que le indicaran cuándo sucederían todas las desgracias juntas, pero fue en vano. Entró en estado de alarma y nunca salió de él, se transformó en una mujer autoritaria y posesiva con el deseo justo pero imposible de mantener a su familia absolutamente a salvo. Poco a poco fue convirtiéndose en una dictadora y terminó siendo recordada como La Divina Providencia, la mujer que se consideró a sí misma la única intérprete válida de la voluntad de Dios.

Un diario de la época afirma que en La Marinera, sólo quince de cada cien menores iba a la escuela. Entre esos quince estaban Los Carajitos, incluidas las niñas. En su casa sobraban los libros, los pianos, las visitas de escritores y pensadores reconocidos, las conversaciones larguísimas e interesantes. Los Carajitos iban creciendo y acompañaban a su padre al periódico. El Intelectual se sorprendía al verse repetido en Enrique Carajito, parecía el más ecuánime en ese grupo de niños enemigos del silencio y era un santo al costado de su hermano mayor, El Chapetón. Éste no sólo seguía yendo al muelle, ahora subía a los barcos, sabía los nombres de todos los capitanes y hasta de la tripulación, normalmente lo seguía su hermano menor, Fernando Carajito. Una epidemia más poética que las habituales atacó a La Marinera: el amor. La prensa publicaba a diario las quejas de los ciudadanos, nadie podía dormir por culpa de las serenatas que daban los enamorados. Los Carajitos, aún muy chicos para entender que el amor comienza robando el sueño y termina causando cataclismos, se contaban entre los más ofendidos por la falta de respeto al descanso ajeno. Felizmente, cuando ya todos parecían moros debido a sus ojeras, llegó el verano y como cada año, La Divina Providencia llevó a su tribu completa a veranear en casa de su familia, en un pueblo con nombre de signo de puntuación, frente al mar, por supuesto.

Los Carajitos fueron creciendo y aumentando, ya eran ocho cuando, como era previsible, El Chapetón Carajo se embarcó en su primer viaje como Tercer Piloto ‘Agregado’ (practicante) de la marina mercante. De pie en la popa del velero, donde se ubicaban los oficiales, vio a su familia como nunca más volvería a verla: El Intelectual con los ojos húmedos pero felices, ‘Seguid tus sueños hijo mío’, La Divina Providencia serísima sin entender por qué diablos ese Carajo no cedía ante su voluntad divina, Julia llorando abiertamente con el corazón roto por primera vez, la dulce y pequeña Ana observándolo con amor, el calmado Enrique mirando todo para escribirlo y pintarlo después y entre los demás hermanos, los ojos azules de Fernando Carajito viéndolo como a un héroe. Con los años, El Chapetón ascendió a segundo piloto, a primer piloto y finalmente a Capitán, dio tres vueltas al mundo y en una de ellas encontró a un ser mitológico, se hicieron compañeros y sólo así puede entenderse todas las hazañas que se le atribuyen. (‘El Chapetón, fundador de ciudades, El Demonio de Los Andes, …no hubo guapo ni matón ni pícaro que no tuviera que rendir tributo a los puños y al mal genio del iguñés, … cuando un representante del gobierno intentó hacer cierta fechoría administrativa, El Chapetón lo arrojó por un balcón a la vista de la multitud…’. Víctor de la Serna bajo el seudónimo de Juan Pérez, Diario La Región, Santander, 8 de enero de 1925, tres años después de la muerte de El Chapetón).

La vida continuó en La Marinera. Javier Carajito nació, cumplió dos años y tenía a toda la familia perpleja por la palabra que usaba cada vez que se sorprendía, ni El Intelectual con toda su erudición pudo saber qué significaba a pesar de buscarla en todos los diccionarios: ‘¡Híjole!’. Era mil ochocientos sesenta y nueve y El Intelectual fundó su segundo periódico con Enrique Carajo como redactor. Esta vez se trató de un bisemanario que fue considerado por algunos conservadores como un ‘agitador liberal’ y las amenazas anónimas comenzaron a llegar tanto a los diarios como a la casa de la familia. La Divina Providencia sufrió un patatús creyendo que a lo mejor éste era el aviso de que el tiempo del espanto estaba por iniciar, pero descontando el soponcio que ella sufrió, nada más grave pasó. El Chapetón escribía con frecuencia y El Intelectual leía sus cartas en voz alta para la familia, eran escritos entretenidos y cargados de ternura, un mal de familia, eso de expresar mejor las emociones en el papel. Los Carajo vivían a través de las cartas del Chapetón todos los detalles exóticos de los lugares que él iba conociendo. La más sorprendente de todas sus misivas incluía algo así: ‘Hace varias semanas encontré un animal muy extraño, parecía estar enfermo y tenía cara de cachorro, me conmovió y lo traje conmigo. Lo instalé en mi camarote y lo alimenté como hacíamos en casa con los hermanos menores. Ahora está sano, ha perdido su expresión desvalida y parece quererme mucho, me sigue como un perro faldero. Llegué a dudar de mi cordura y estoy seguro de que no vais a creerme, pero creo que se trata de un dragón. Ésta es la segunda hoja que les escribo, la primera la quemó el condenado, la marinería está espantada pero ya me encariñé con él…’ ‘¡Híiijooole!’ dijo Javier Carajito y El Intelectual y los hijos mayores abrieron la enciclopedia intentando encontrar algún animal que coincidiera con la descripción pero sólo lograron hallarlo en la sección de mitología. La Divina Providencia recordó entonces que su hija Julia habló desde antes de nacer, recordó también cómo el cielo se metió en los ojos de sus hijos y ella tuvo que convencer a la ciudad entera: ‘¿Que el color de los ojos de mis hijos ha cambiado?’ ‘Es que sois todos locos o qué?’ ‘¡Que así los parí yo, con ojos de cielo, vaya!’, observó al menor de sus hijos hablando lenguas, llegó a la conclusión de que sus hijos eran estrambóticos y por eso ella fue la única que no dudó de la cordura de su hijo marino. Se sentó a escribirle una carta… ‘Hijo querido, adiestrad a tu mascota, no vaya a quemaros el barco…’

Fernando Carajo se debatía entre su amor a las letras y su amor al mar, él mismo explicó a un sobrino nieto cómo escogió su carrera: ‘Mira hijo, cuando me vi con la soga al cuello, me tiré al mar’. Quizás la vida esperaba que él optara por las letras y por eso le dio una carrera tan accidentada desde el inicio. En uno de sus primeros viajes como ‘Agregado’, navegando los mares del oriente la tripulación del velero se amotinó, asesinó al capitán y a los oficiales e hirieron a Fernando Carajo que tuvo que hacerse el muerto para salvarse. Cuando los bandidos se descuidaron, Fernando Carajo, con la ayuda del carpintero del velero, logró reducirlos y condujo el buque hasta Manila. (‘El imberbe mozo cabuérnigo, rubio y enérgico, duro como una peña de sus montes dejó boquiabierto al Capitán de Puerto con la historia increíble del valor y la pericia de aquel rapaz que sin cumplir los veinte había sido capaz de semejante hazaña’ Rafael González Echegaray, Capitanes de Cantabria). Cuando la familia se enteró, El Chapetón Carajo quiso asegurarse de que su hermano estuviera a salvo en sus próximos viajes como practicante y lo llevó consigo en sus barcos, con resultados casi peores. En su primera travesía juntos, los hermanos discutieron por cuestiones técnicas, sus genes estrambóticos ganaron, se agarraron a golpes y Fernando Carajo terminó en el calabozo del que sólo salió al llegar a América (‘Que así eran de enérgicos y porfiados los hermanos… en cuestiones de amor propio.’ Manzanillo de Cuba, WordPress). Los marinos Carajo se amaron mucho pero su naturaleza les impidió compartir embarcación. Durante su larguísima carrera, Fernando Carajo no encontró ningún dragón, su hallazgo fue bastante más brutal: él conoció la naturaleza humana y de alguna manera logró sobrevivir al impacto. (‘Hombre duro, arrogante y orgulloso casi tanto como valiente, indomable e inflexible, vivió su particular aventura que le dio derecho a figurar como héroe de la patria y a sufrir también el crudo dolor del olvido de la misma’. Manzanillo de Cuba, WordPress)

En mil ochocientos setenta nació Domingo Carajo y con él sus padres cerraron con broche de oro su aporte al mundo. El bebé Domingo Carajito sufría de unos ataques de llanto al inicio inexplicables; de un momento a otro su carita se volvía roja y se hinchaba, los pelos se le paraban como si fuera un puercoespín y arrancaba un llanto desesperado y lo que era peor, contagioso. Toda la familia Carajo lloraba con él sin saber por qué; hasta El Intelectual, Enrique y Antonio Carajo sollozaban en sus oficinas en los diarios; El Chapetón, desde el otro extremo del mundo, envió un telegrama a su padre: ‘Informad qué sucede. Gimoteo sin razón ni control.’ Periodistas al fin, con los bolsillos llenos de pañuelos salieron a investigar por qué lloraba el niño. Su hipótesis era tan descabellada que tuvieron que realizar varios experimentos para comprobarla, cuando lo lograron, El Intelectual tuvo que aceptar que su mujer tenía razón, sus hijos eran estrambóticos: Domingo Carajito era alérgico a los militares y a los curas. Bastaba la presencia de alguno a cien metros del bebé para hacerlo berrear como un poseído, ‘¡Híjole!’ ‘¡Cómo chilla éste escuincle!’ sollozó Javier Carajito de tres años, su madre no entendió y ese fue el único llanto que no desperdició en ese tiempo. La Divina Providencia decidió dar láudano al bebé para poder bautizarlo, la iglesia andaba excomulgando periodistas y no se trataba de regalarle argumentos. Cuando cumplió su primer año Domingo Carajito había superado los ataques de alergia llorona pero durante toda su vida desconfió de cualquier uniformado y el tiempo le dio la razón.

En el año mil ochocientos setenta y tres El Intelectual fundó su tercer y último diario. Meses después fue el primer periodista invitado a formar parte de la Real Academia de la Historia. Al poco tiempo, La Divina Providencia eligió un marido para Julia Carajo, en la que posiblemente fue la decisión más injusta de su vida; Julia amaba a otro y su madre improvisó una respuesta: ‘Pues amad a éste, hija mía, que el amor es una decisión’ sin imaginar que más de cien años después las parejas insatisfechas usarían esa frase como bálsamo para sus corazones agrietados. Enrique Carajo se enamoró perdidamente de una mujer de ascendencia franco-polaca; rubia y casi traslúcida de tan blanca; La Divina Providencia estuvo de acuerdo con la elección. El Chapetón Carajo escribía que le gustaba mucho el sur de América. Fernando Carajo navegaba en correos de una compañía trasatlántica. Los demás hermanos Carajo estudiaban o ejercían de periodistas aunque uno de ellos andaba encerrado en la cocina inventando platillos y aturdiendo a las sirvientas para conseguir sus secretos culinarios, tiempo después pondría un restaurante. La dulce Ana, muy distinta a su hermana, crecía sentada al piano. Tres años después, El Intelectual murió. Tal vez la vida, en una de esas contadísimas ocasiones en las que muestra misericordia, quiso ahorrarle al hombre el tiempo del espanto.

La vida continuó a pesar del dolor de la ausencia y La Divina Providencia siguió criando a sus hijos menores mientras iba casando a los mayores. La naturaleza dulce y tranquila de Ana Carajo hizo que la unión con el notario elegido por su madre se llevara a cabo sin tropiezos. Los nietos ya caminaban, nacían nuevos y la casa volvió a llenarse de vida y de periódicos recién lanzados. El Chapetón Carajo regresó temporalmente a La Marinera trayendo consigo a la familia que había formado en el sur de América, llegaron huyendo del infierno provocado por los soldados enemigos de la tierra en que vivían; un episodio ignominioso protagonizado por invasores que atacaron y quemaron un pueblo sin ejército. ‘¡Híjole! ¡Bienvenido manito!’ dijo Javier Carajo al abrazar a su hermano y el marino entendió. Enrique Carajo fundó un periódico y no pudo evitar ponerle el nombre de un océano, ese diario es considerado actualmente ‘el precursor de la prensa local del nuevo siglo’, Domingo Carajo con sólo dieciséis años fue su más entusiasta colaborador y en la ciudad lo apodaron ‘el niño prodigio’. Domingo llamó ‘Un cero entre dos admiraciones’ a un periodista polémico de cara redonda y patillas largas. ‘Un día Domingo va a tener un problema gordo, espero estar muerta y que nadie venga a contármelo a la tumba’ dijo La Divina Providencia y tuvo razón. Uno de los niños de Julia Carajo dejó muda a toda la familia cuando un buen día dijo a una de las sirvientas: ‘Quisiera ser bizco para verte dos veces, hermosura’. Una de las hijas de Ana Carajo, que resultó mucho más Carajo que su madre, convocó a toda la familia en el salón, subió a la mesa y arengó: ‘Voto para la mujer’, su abuela le dio la razón aunque se repitió a si misma: Nos salieron estrambóticos.

La muerte pareció recordar a la familia Carajo y arremetió contra sus niños llevándose a varios, entre ellos a tres hijos de Ana Carajo. La familia se vio forzada a postergar su dolor para enfocarse en lo urgente una vez más, tuvieron que refugiarse en su casa de verano en pleno invierno porque en La Marinera llovían muertos, brazos, piernas, torsos achicharrados y hasta trozos de barcos, un navío con la bodega repleta de dinamita ilegal estalló en el muelle causando la tragedia más grande que se conoció en una ciudad habituada a las desgracias. Cuando ya Los Carajo estaban de regreso en su ciudad y se alistaban para llorar sus pérdidas, Ana Carajo murió en los brazos impotentes de su madre. El presagio se estaba cumpliendo. Unos meses después, la cocinera de la casa, completamente aturdida por la presencia de La Parca a toda hora, mató a dos más sin querer, confundió el veneno para roedores con harina y sirvió amorosamente dos filetes de pescado, así murieron un hijo de El Intelectual que llevaba su nombre y el hijo mayor de Ana Carajo. Uno de los militares más poderosos de la época se ofendió por algo que escribió Domingo Carajo y lo denunció por injurias. Fernando Carajo, navegando en aguas cubanas, se vio atrapado en la guerra entre su país y una emergente potencia, se volvió la pesadilla de los gringos y salvó la vida aunque perdió el barco (‘El capitán don Fernando se ha quedado sin barco y España sin sus provincias de Ultramar’. Rafael González Echegaray, Vida Marítima, Capitanes de Cantabria). La Divina Providencia murió a los ochenta años en mil ochocientos noventa y ocho. No vio al menor de sus hijos preso y nadie fue a su tumba a contárselo.

Lo único bueno que sucedió durante el tiempo del espanto fue que Javier Carajo siguió el mandato de su corazón y viajó a México apenas terminó la carrera de abogacía. Por fin se sintió en casa. ‘Ya era hora de que llegaras’ le dijo la mujer que lo reconoció al instante. Javier Carajo murió a los cuarenta y nueve años junto a su esposa y a su hijo en el país cuyo llamado obedeció. El único hijo de Javier Carajo nació diciendo ‘¡Híjole!’ y todo el mundo entendió, cuando creció se dedicó a esculpir máscaras y figuras estrambóticas.

Domingo Carajo estuvo preso algunos años por el delito de defender lo que pensaba. Se le considera uno de los periodistas de mayores dotes intelectuales de su época, aunque su profesión fue la abogacía. Después de cumplir su condena, Domingo Carajo se hizo cargo de la educación de una de sus sobrinas artistas debido a la muerte prematura de su hermano Enrique. El periodista anticlerical y anticastrense escribió en distintos diarios hasta el día en que murió a los cincuenta y un años, casado y sin hijos.

Fernando Carajo sobrevivió a todos sus hermanos y vivió ochenta y ocho años. Se convirtió en el patriarca de la familia a pesar de que por aquello de las historias repetidas, no tuvo hijos propios. Estuvo casado con una aristócrata a la que enamoró con sus hermosos ojos de cielo, sus modales de caballero, su inmensa cultura, los versos que le escribió y pomos de ylang-ylang en cofres de madreperlas que le compró en el oriente. Fernando Carajo peleó con su mujer cada día de su matrimonio y la extrañó cada día que vivió después de que ella murió. A fines de los años veinte del siglo veinte, uno de los nietos de su hermano El Chapetón Carajo lo recogió de su casa en las montañas para llevarlo a pasar navidades en la capital. ‘Paseemos por la ciudad para que todos vean que mi sobrino de Perú ha venido a buscarme para ir a Madrid’ pidió. En aquellos tiempos era costumbre que los trabajadores como los carteros, los serenos y los recogedores de basura pasaran tarjetitas con versos escritos por ellos para recibir el aguinaldo de navidad. Cuando Fernando Carajo leyó la tarjeta del barrendero, tomó su pluma y escribió al dorso: ‘Quien hace versos tan malos, en vez de darle dinero debían de darle palos’. Fernando Carajo se reunió con los suyos en el año mil novecientos treinta y nueve.

Gracias, desde el más allá y el más acá, a José Ramón Saiz Fernández, Escritor y Doctor en Periodismo. Académico C. de la Real Academia de la Historia, por su ayuda.

Nota al lector: Si reconoció a algún personaje, es posible que sea usted un ‘Carajo’ o esté muy bien informado. Escribí este cuento envuelta por el amor, la ternura y el sentido del humor de mis espíritus, por lo que es posible que me hayan tomado el pelo, o no. Esto es lo que ellos me contaron y no es, ni pretende ser, una biografía. Úrsula Álvarez Gutiérrez/Facebook: Entre Histerias e Historias

Úrsula Álvarez

Fuentes:

– Recuerdos, conversaciones, correspondencia y fotografías pertenecientes a la familia ‘Carajo’.

– Historia de la Prensa Santanderina por José Simón Cabarga. Centro de Estudios Montañeses. Institución Cultural de Cantabria, Diputación Regional. https://books.google.com.pe

– Nueve mujeres en las cortes de la II República. ((El perfil humano de las primeras diputadas españolas) Francisco Márquez Hidalgo. https://books.google.com.pe

– La vida en Santander a mediados del siglo xix. Por Benito Madariaga, con un informe del arquitecto Manuel Gutiérrez sobre el proyecto de reforma y ampliación de la ciudad. Santander 1984. https://books.google.com.pe

– Diario La Región. Santander. Edición del 8 de enero de 1925. Facilitado por el Presidente del Centro de Estudios Montañeses, Francisco Gutiérrez Díaz.

– Matilde de la Torre, Don Quijote, Rey de España. Estudio Preliminar de Antonio Martínez Cerezo. Impreso por Cantabria 4 Estaciones, https://books.google.com.pe

– Mujeres para la historia. Por Antonina Rodrigo https://books.google.com.pe/

– Clericales y anticlericales: el conflicto entre confesionalidad y secularización en Cantabria (1875-1923). Julio de la Cueva Merino. Ed. Universidad de Cantabria 1994. Asamblea Regional de Cantabria. https://books.google.com.pe/

– Guía oficial de España1876 (Harvard College Library, The Gift of Edward Hickling Bradford of Boston, A.B. 1800, M.D. 1873) https://books.google.com.pe/

– Tesis Doctoral de Enrique García Domingo, Directora: Dra. Cristina Borderías, 2013: El trabajo en la marina mercante española en la transición de la vela al vapor (1834-1914). Universidad de Barcelona, Departamento de Historia Contemporánea, Programa de Doctorat: Societat i Cultura

– Diario El Sol, Madrid. Edición del día viernes 6 de noviembre de 1931. Crónica: Estampa Española, Los Centenes del Capitán. Por Víctor de la Serna.

– Diario El Liberal. Madrid. Edición del día miércoles 24 de Febrero de 1897. Crónica: Cartas de Cuba, de Batabano a Cienfuegos. Escrito por Luis Morote en Cienfuegos el 31 de Enero de 1897

– https://brevehistoriahispanica.wordpress.com/2012/09/28/el-siglo-xix/

– www.huellasdemujeresgeniales.com

– http://quefluyalainformacion.blogspot.pe

– www.elpais.com

– https://manzanillodecuba.wordpress.com

– http://www.publico.es/

– www.eldiariomontanes.es

– http://www.cantabria102municipios.com/

– www.cantabria24horas.com

 

 

 

Sobre Ursula Álvarez 1 Artículo
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

5 Comentarios

  1. Qué artículo tan maravilloso. No he podido levantar los ojos del texto hasta terminarlo. Me ha recordado un poco a Gabriel García Márquez (desde mi ignorancia). Sublime

    • Y a mí. Es un cúmulo de casualidades, Charo. Úrsula contactó conmigo después de leer el artículo sobre Consuelo Bergés…es su sobrina, y sobrina nieta de Matilde de la Torre. Casi merece un relato este encuentro. Úrsula Álvarez nos ha enviado varios relatos, en concreto este tiene continuación con dos más. Preparate porque son magia pura, literatura de la buena. Y nuestra Úrsula un ser exquisito.

  2. ‘¡Ave María, siguieron saliéndonos estrambóticos!’ dice La Divina Providencia. ‘Seguid tus sueños, hija mía’, me mira con ojos húmedos El Intelectual. ‘Hablad, hija, hablad’, aprueba Julia Carajo, de la mano del hombre que amó. ‘¡Híiiijole, esta historia sigue repitiéndose!’ canta Javier Carajo. ‘A estos no los callamos ni un siglo después’ refunfuñan en el infierno los miserables que apresaron a Domingo Carajo. Domingo, libre, me sonríe sin soltar su pluma. ‘No, no nos callan’, sonríe La Maestra, vivísima aunque la asesinaran y grita ‘Seguid despierta, Mujer’. La Intelectual me guiña el ojo, no necesita decir nada. El Capitán Fernando Carajo, con sus bigotes de chiste, ríe a carcajadas en la cubierta de su barco.
    El dragón de mi bisabuelo ha llevado mis historias, con cuidado y sin quemarlas, a través del océano de Enrique Carajo. Hemos vuelto al origen. Son para ti, Chapetón Carajo, desde el fondo de mi corazón.

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