El poeta y las aceitunas

 

Llegué con la camisa pegada, y manchando la axila. Notaba como gotitas descaradas bajaban por la caldeada espalda, dejando la sensación de caricia mojada. El sol apretaba. No eran más de las once de un veraniego sábado norteño y ya anticipábamos bochorno y bruma. Pensaba  acabar cuanto antes, enfundarme el bikini y dejar que el Cantábrico me refrescara un poco. Aceleré el paso. Tan solo restaba de la compra semanal, las aceitunas.

 

No eran aceitunas corrientes las que allí se vendían. Ni sombra de ese pastiche verdusco y blando cuyo sabor es a  sal y  bolsa de plástico.  En chiringuito aquél, tenía un conjunto tan diverso de aceitunas que era difícil elegir. Amalgama de diversidad, con colores, sabores, aliños, diferentes A veces las compraba con hueso, aderezadas con ajo y aceite, otras de Aragón, o de Málaga. Algunos días me unía al desorden y adquiría unas ensartadas por un ajo crujiente, en salmuera divina. Gloria de sabor, que rondaba en el paladar durante más tiempo que el  empleado en masticar.

 

Hoy tenía previsto coger las normales. Sin hueso con sabor a anchoa. Poner una cuantas en las ensaladas, supone alegrar el semblante de endivias crujientes, de remolacha morada, de maíces alberos. Les daba el surtido de fiereza y el cambalache de sabores que me perdía en las ensaladas veraniegas que eran casi mi sustento diario. Ese claroscuro que supone estrellar en la boca los agridulces. El mar de contrastes que desconcierta al entendimiento.

 

Sí, estaba decidido: aceitunas sin hueso, ajos en salmuera y bonito escabechado. Ningún sitio como aquél para tal homenaje. Por eso había una cola considerable que debía templar con paciencia debajo del sol. La axila expectoraba;  por el canalillo comenzaba a caer otra gota con su lento paso parecido a una sutil caricia. De pronto le vi.

 

El poeta, con terno cerrado, el pelo en maraña, la boca fruncida en rictus amargo o sarcástico, poco definido. Era el poeta. Ni rastro de aquella belleza que le hizo legendario años atrás. En su gesto obsceno conservaba el recuerdo de todas las bocas (muchas) que pudo besar. El poeta en la cola esperando adquirir aceitunas, casi me deslucía su aurea frente.

 

Intenté ocultarme detrás de un señor de  Cartagena que  compraba sin dudar hasta apurar existencias y de una señora con dos nietos que ululaban de aburrimiento y ganas de irse. Me quedé muy quieta observando al poeta. Su escaso pelo que, artimaña feroz, intentaba cubrir la tonsura, se desmembraba con la precaria brisa.

Le llegó el turno. Doscientos de las de Aragón, pepinillos, cebolletas y cuatro  gildas para tomar ahora. Sí, no me las envuelvas, que de camino…Tomó el poeta su carga, pagó y se fue comiendo sus gildas chirriándole el gesto ante el amargor. Mientas a mí casi se me pasa la vez, viendo como el  prosaísmo  ganaba de largo al poeta y a su poesía. Le vi marchar, encorvado con los hombros caídos y el paso vacilante,su frente brillaba bajo el sol perlada de sudor. El terno seguía atado y él renqueaba mirando de soslayo a las jovencitas que se le cruzaron. El poeta, caminaba por el sendero decrepito que ningún verso puede evitar. Cuando dobló la esquina y se perdió en la ciudad, mordía la segunda gilda.

 

María Toca

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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