El Verdugo

Dedicado a los que hicieron sufrir, a los que no sienten. Su infierno va con ellos, el nuestro fue padecerlos.

 

Un enorme bostezo me descoyunta el rostro, la tarde va cayendo con la lentitud de una marmota, Tono.  Prepararé la cena, como todos los días. Llegó la hora de  recogerse, cae helada y se adhiere a los huesos como si fuera mujer amante. Uno tras otro, se van yendo los días. Todos iguales,  parecen raíles simétricos por donde trascurre la vida, opaca y triste, pero sobre todo, aburrida, Tono. No como entonces, cuando a cada minuto surgía la novedad, no por esperada menos sorprendente. Las cosas sucedían, incluso antes de que las nombráramos. Vivíamos la vorágine de un tiempo en que sobraba fuerza y juventud. El poder llegaba de regalo, para disfrutarlo con la levedad de lo no conocido, como si fuera a durar siempre. Ahora todo es igual, un día se parece a otro como dos gotas de agua. Hoy, como ayer, los días se suceden con la lenta agonía de una similitud que apabulla la espera. Espera de no sé qué, Tono, si quieres que te diga, porque casi prefiero la condena a esto. Prefiero el drama a esta inacción que calza mi tiempo y mi vida.

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Prepararé para cenar una sopa de ajo, con el pan de ayer y el aceite quemado que quedó de freír las patatas de la comida. Hasta en eso hay tristura, Tono. Hasta en eso. ¿Quién nos iba a decir que nos veríamos llevando esta penuria? Aunque, a decir verdad, nunca nos sobró nada. Fuimos los desechos de los que con nuestros actos, se colgaron laureles. Lo sabemos, Tono, y lo sabíamos, en eso no hay nada nuevo. Los laureados,  lucían los uniformes  estrellados, cincelados de medallas, con  el olor de honores que a nosotros nunca nos llegaron. Hicimos el trabajo, tal como encomendaron, Tono, no me digas que no. Fue así, tal cual te cuento. Quizá nos excedimos, pudimos ser hasta crueles, según dicen ahora. Nada que no supieran ellos, incluso, si me apuras, que no potenciaran, o por lo menos aprobaran con el leve movimiento de cabeza, mientras la cara circunspecta dibujaba en la boca un rictus de asco, ante la sangre que salpicaba las paredes,  cuando sigilosamente nos visitaban. Porque nunca preguntaron cómo salían las confesiones. Como conseguimos las victorias sobre ellos, los viles comunistas, Tono, ¿o no te acuerdas? Como rechinaban las puertas, tras de nosotros, que hasta el aire se cortaba al llegar y sentirnos. No solo los detenidos, que a esos bien lo sabíamos, el alma se les iban  atisbando entre las sombras nuestra presencia. A ellos, a los otros, a los limpios. Esos que nunca se mancharon las manos,   salían cuando llegábamos nosotros. Se iban como ratas, ¿recuerdas Tono? Marchaban en silencio, con la cara contrita, como si fuera con ellos, lo que nosotros llegábamos a hacer. Porque sin nuestra fuerza, sin el duro correaje con que cincelamos los cuerpos, nunca se hubiera llegado  a donde debíamos llegar. Ahora, esos viles reptiles, lo lamentan. Nos evitan, nos juzgan, como si fueran nuevos, como si no supieran. De siempre, Tono, de siempre, se supo lo que hicimos. No entiendo a qué viene ahora los desmanes. Como si fueran nuevos, Tono, te lo juro.

Cena conmigo, si quieres, así nos hacemos compañía. Despacio, caminemos por el sendero viejo, mejor que por la calle, ahora está más transitada. No quiero sorpresas, ni encuentros fortuitos, Tono. Hay que tener cuidado, con los mancebos de la prensa, con esos y con los que difaman. Un día me encontré con uno cruzándome el camino. “Rata” me dijo, ¿puedes creerlo, Tono? Me dijo: “Rata,  ahora sales de las cloacas. Ya llegará mi turno. Entonces, verás…Rata” Así mismo me dijo, Tono. Sí, me encrespé, lo juro. No mucho, no quería montar un escándalo. Con buen gusto le hubiera partido en dos, si tuviera rebenque, o simplemente a mano abierta, de no estar en mitad de la calle. Tuve que amainar, Tono. La rabia, la soberbia y el sentir que la deshonra de los innombrables nos acecha. No son buenos los tiempos, Tono. La gente se está volviendo majara a base de tener el estómago vacío. Dicen que nos quieren llevar  a la Argentina. Y digo yo,  ¿qué coño se les perdió a aquellos, sobre nuestras vicisitudes? No tendrán ellos poco que callar, digo yo. Se sabe que tuvieron su ración. Al acabar lo nuestro, comenzó allá el baile. Y bailaron, ¡vaya si lo hicieron!, sin descanso, sin freno y sin tino. Conviví con algunos. Esos eran buenos tiempos, Tono, ¿los recuerdas? Marchamos los que no pudimos con la inacción, para allá. Continuamos el baile, en el momento que aquí  se ablandaron las costumbres. Llegaron los blandos, y nos fuimos allí. Nada comparable con lo de casa. Con los años primeros, cuando descubrimos el poder y las ganas de acabar con la morralla comunista. ¿Recuerdas Tono?

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Podíamos cerrar las boites. Dejar en cueros vivos a las putas, cuando nos apeteciera. Recuerdas, Tono, la cara de borregos de los dueños de bares: “Ponga al señor César las copas que desee, y a la compañía. Que baje la Rosi. ¿Le apetece, Don César, la Rosi o lo que demande, señor César, que no falte de nada” Y la Rosi bajaba. Recuerdas, Tono, amigo, ¿cómo era la Rosi? Fina, larga y escueta, pero con grandes tetas, como me gustan a mí las mujeres. O como me gustaban, que ahora ni para eso estoy, con esta próstata que aprieta cuando orino, y no me deja  ni sentir que sigo siendo hombre. Entonces, era cuando apaciguábamos yeguas. Las domábamos al antojo del instinto, Tono, ¿recuerdas? Si alguna resistía, leña y saña. Y para adentro. Que en la trena se aflojan los corajes más zurrados. Lo sabes Tono, que todos se aflojaban en cuanto cruzaban el zaguán de la  puerta. Veían las luces del techo, las paredes desconchadas por el roce y amainaban la furia, hasta los más bragados. Con el olor ya se cagaban, Tono. Echo de menos ese aroma de sudor, sangre y esputos. Esa mezcla de guano, y escabeche de bocadillo, que tomábamos entre sesión y sesión, mezclado con vino peleón. Para nosotros no había lujos, ni refinados lunch. Esos iban para arriba. Allí donde la mugre no salpica, ni el miedo, porque lo encarcelábamos nosotros, a base de rebencazos y puños en el estómago. Nosotros vadeábamos las esquinas de la muerte, a fuerza de apuñalar el tiempo y la memoria de los que entraban machos, y salían ovejados, para siempre jamás. Bajaban la cabeza y cantaban, ¿recuerdas Tono? Como cantaban, hasta lo que no les preguntaba. Cantaban sin parar. Luego se quedaban en nada, se diluía el heroísmo que un minuto antes echaban a la cara. ¡Asesino!, me llamaban algunos. Asesino, me llamó la Candela. Y Rata, ella también me llamó rata, la muy puta. Quizá de todos, es de la única que siento lo que hice. Era mucha mujer la Candela, ¿verdad Tono? ¿La recuerdas? Con ese andar brioso, cimbreando caderas por los pasillos, mirando de frente, sin miedo, o con él, pero disimulado. Andaba como las reinas van al cadalso. Y supe en el momento que la vi, que me ensañaría.

Una mujer así no se tiene a merced todos los días, Tono. Es más, por la calle ni tan siquiera me miraría, eso lo sé, que no soy tonto, Tono. Era una reina. Por eso me ensañé. Que se enterara quien mandaba en el juego. Que supiera quién era el rey en el cobertizo. Porque aquello era mi reino. Yo su caudillo y ellos, todos, los súbditos. El único que no tenía miedo, que la sangre encendía mis venas con ahínco de fiera. Cuanto más daba más gozaba, cuanto más dolor, más fuerte me sentía. Por eso todos buscaban mi aquiescencia. Allí era yo el rey, y ella achantaría los aires de gran dama. Y lo hizo, al final, lo hizo, vaya que sí, aunque te juro, que entre las lágrimas y los cuajarones de sangre, aún chispeaban sus ojos, mirándome entre los desgarrones de lo que poco antes eran parpados. Y por la boca, antes deseada, ahora amasijo de baba, sangre y dolor, salía, como en susurro, apenas audible: “rata, feo, sin alma, desgraciado, contrahecho, inútil, impotente”. Entonces fue cuando descargué mi rabia, con el puño en su estómago, con toda la fuerza que la garlopa ingerida me dio en el momento. Descargué el puño tantas veces como pude, o como sentí que podía, hasta que los otros me apartaron, porque yo mismo sangraba por las manos de golpear a la puta. Pero la Candela no cedió. Por el pasillo la llevaban cuando entre sus labios tumefactos, y el poco aliento de vida que le quedaba, musitó, la muy puta: “Rata, feo, impotente…”Y nada más, porque se quedó dormida entre los brazos de los otros. Se la llevaron. Más tarde supe que murió. Duró unos días, lo justo para confirmar una buena coartada y dejar limpia a la unidad. No podré olvidar los andares de reina, cuando la detuvimos, en la pegada de carteles de Moratalaz, ¿recuerdas Tono? Como todos la miramos, con ansia.

Mientras iba en la lechera, relamíamos los labios, pensando en el cobertizo y la Candela a nuestra merced. Me la quedé, porque me pertenecía. La había visto en otras ocasiones, la llevaba prendida en los ojos. No la detuve yo las otras veces. Solo esa noche. Les dije a los demás, que ni se les ocurriera birlarme a la Candela. Era mía, mi privilegio y mi saña. Por eso la tuve y la disfruté como pude. La muy puta. Por eso, porque no pude, me llamaba impotente cuando la llevaban hacia fuera. Ya le hubiera gustado, Tono, que a todas les gusta. Gritaban y tal. Pataleaban con saña, a veces hasta nos escupían en arrebato de rabia valiente. Nada, Tono, que lo sé, es la condición humana, y más de la mujer. Les gusta el poder. Les gusta que las ensarte y las ordene. Incluso que las pegue. Si no, Tono, ¿a qué entonces esa rebeldía, ese furor en llevarnos la contraria, ese afán verdinegro en contradecirnos? Les gusta, Tono, no lo dudes. Por eso a la Rosi, la dejaba bien puesta, y contenta, que siempre repetía conmigo. Suplicaba que no me fuera con otra. Tan solo fallé con la Candela. No conseguí quebrantar a esa puta. O sí, cualquiera sabe.

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Ahora vamos para casa, que el relente se nos echa encima, la tarde se nos acaba, como tantas. Volvamos despacio, encenderé el hornillo y haremos una sopa de ajo, para los dos. Nos haremos compañía, Tono, que la soledad es dura. Y más ahora, que nos quieren juzgar, y Dios sabe que nada de lo que dicen es motivo de perdón. Había que hacerlo y lo hicimos, ¿dónde está el mal, entonces? A ver ¿a qué vienen ahora a juzgarnos,  llevarnos  donde los ches? que bien hicieron ellos barrabasadas, aprendieron bien pronto, y hasta nos superaron cuando lo de Videla. Incluso con el general se corrieron buenas juergas.

 

Llegamos, Tono, enciendo  ahora la luz, que alumbra poco, porque los gastos ahogan. La paga es tan exigua Tonto que  eso sí que debía avergonzarlos. Lo que nos dejan, no da para vivir. Tan solo me permito este cuartucho, con la cocina, y el retrete aquí mismo, ya ves, Tono, apenas tapado con una cortina, hacemos las necesidades dentro de la cocina, como si fuéramos animales. Cagar donde se come, Tono, no te jode. Nosotros, que fuimos poderosos, tenemos que alumbrarnos con bombillas de cuarenta. Y dejar que el frío aplaque nuestras ansias, porque no llega la pensión para estufas de más enjundia. Y sopas de ajo, cuando los otros, los que se llevaron la gloria, sin mancharse las manos, viven en casas lujosas, comen caliente, duermen con mujeres de lujo. Nosotros en la escoria. Como entonces. Durmiendo en las cloacas. Donde  viven las ratas, en los subterráneos. Donde no suenan los golpes, y si suenan se amortiguan con las paredes tapizadas de gritos antiguos, y de sangre quemada por el tiempo. Allí medramos, por eso ahora no me extraño de vivir aquí mismo.

 

Cenemos, mientras podamos. Con el calor que da la sopa que hago, nos podremos dormir, con cierta consistencia. No, no sueño, Tono, ¿qué habría de soñar? Pesadillas  no tengo, ni con gritos, ni con lamentos, sueño. Que duermo bien tranquilo. Algo lamento, sí, quizá lo de la Candela, o quizá no haber sido más duro. Lamento, haber dejado ir a más de uno. Son los que hoy me gritan y atestiguan contra mí, sin piedad. Ves Tono, lo que digo. La piedad es lo malo. De eso me arrepiento. No haber sido más duro,  no haber dado más vergazos. De eso y de no haber quebrado a la Candela.

Ahora, Tono, ponte ahí, cerca del plato. Y no manches el suelo, que mañana tendré que fregar y los riñones se doblan, que uno ya no está para estos trotes. Tono,   luego, a dormir al cajón, que  mi cama la dejas llena de pulgas, y no siento tanta soledad, aún, para compartir lecho con un perro y sus pulgas…

 

María Toca

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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