Ella se rindió

Mala mujer, adúltera, madre desnaturalizada que abandona a sus hijos, inestable e inmoral’, así la calificaron las personas de su medio. La chusma, siempre más práctica, ignoró sinónimos y simplificó: ‘Puta’. Hasta que ella se rindió y su muerte liberó a todos de los reproches susurrados por sus conciencias amordazadas y por fin dejaron de nombrarla, tanto dejaron de hacerlo, que sería fácil creer que ella siempre fue el fantasma que es hoy.

Ella se casó el año en que el gobierno del Perú promulgó la ley que permitía a las mujeres graduarse de las carreras universitarias que escogiesen: ‘Las mujeres que reúnan los requisitos que la ley exige para el ingreso a las universidades de la República serán matriculadas en ellas cuando así lo soliciten, pudiendo optar los grados académicos y ejercer la profesión a que se dediquen.’ Hasta entonces, la decena que osó educarse tuvo que hacerlo previa autorización presidencial y sin ninguna garantía de poder graduarse. Era mil novecientos ocho y ella tenía dieciocho años. No tuvo la audacia de soñar con ser universitaria, ella pensó que su vida estaría ‘lograda’ al casarse con el novio que la había escogido de entre todas las mujeres. Sabía muy poco de la vida, menos todavía de la intimidad matrimonial y absolutamente nada de los hombres cobardes. Pero sí sabía lo que se esperaba de una mujer de su condición: ser obediente y procurar la dicha y el bienestar de su marido, dirigir bien su casa, ser linda y prudente. Esa era la función para la que había sido preparada desde que nació. También sabía tocar el piano. Tenía un ajuar precioso lleno de vestidos a la moda, con faldas largas como las limitaciones de las mujeres de su tiempo. Y colchas, sábanas y manteles tejidos, pintados y bordados. Se casó ilusionada, se creía enamorada del novio que llegó desde otra ciudad para halagarla y pedir su mano. Casarse con su pretendiente significaba alejarse de su familia para vivir en la ciudad de él.  Sentía algo de tristeza por eso, pero estaba feliz y llena de confianza en el futuro, los hombres que golpean mujeres no se anuncian. Después de la boda la niña-esposa dejó su casa y partió con su flamante marido.

Se instalaron en la casona familiar llena de sus nuevos parientes, su suegra, sus cuñados, tíos, primos, sobrinos y el personal de servicio. Una casa llena y siempre entretenida, un caserón lindo y tradicional en el centro de la ciudad. Ella no pudo ‘llevar la casa’ porque ya había quien lo hiciera y entonces no supo qué hacer ni qué función debía cumplir. Escribía cartas a su gente y tocaba el piano para los parientes y las visitas. Se llevaba bien con su familia política, eran amables con ella, le gustaba la casa tan llena de actividad y también la ciudad nueva, se adaptó al clima porque era muy parecido al de su tierra, sólo un poco más seco. Lo único que no le gustaba era estar a solas con su esposo.

Él había cambiado, ya no era bueno sino tosco y agresivo, los halagos dieron paso a las burlas. Ella se estudiaba a conciencia, buscando el error en sus acciones pero por más empeño que ponía no lograba entender en qué fallaba, parecía incapaz de hacerlo dichoso. El primer golpe la sobrecogió, ella no sabía que un hombre podía golpear a una mujer; había sido educada en la creencia de que los hombres son creados, por un Dios sabio y misericordioso, más grandes y más fuertes que las mujeres para protegerlas, jamás para atacarlas. Ella era una niña casada y lo único que hizo cuando él la golpeó por primera vez fue encogerse. Después de ese primer golpe, que no dejó marca visible en su rostro, vinieron los demás, nunca más únicos. El dolor, el terror, la humillación y el sentimiento de fracaso absoluto y soledad se apoderaron de ella.  En algún momento pensó que su familia política intervendría, al fin y al cabo, vivía mucha gente en la misma casa pero nadie lo hizo; en una única ocasión, una de sus parientes, mujer, le susurró ‘¿Qué habrás hecho para que un hombre te pegue?’ ‘No vuelvas a hacerlo enojar, pídele perdón y espera a que se le pase’. Pero a él nunca ‘se le pasó’ y golpearla se convirtió en una rutina de la que ella jamás habló ni siquiera a su confesor. Pudo haber escrito a su familia pero no lo hizo, temiendo que también sugirieran que ella provocaba los golpes.

Al año y un mes de su boda, nació su primer hijo. Las golpizas pararon por un tiempo pero recomenzaron, eran la forma en la que el cobarde se comunicaba con ella, asegurándose de que quedara claro quién mandaba y quién tenía la fuerza.  Consecuentemente, la embarazó de nuevo inmediatamente. Ese segundo embarazo fue diferente, mucho más incómodo y con más malestares. Ella se sentía muy pesada y sabía que había algo diferente adentro de su vientre, para colmo, su molestia se juntó con El Fin del Mundo.

La prensa anunciaba que el cometa Halley iba a pasar tan cerca de la tierra que su cola podría azotar al planeta y hacer volar en pedazos a todos los terrícolas y su hábitat. La locura se apoderó del mundo, los folletos apocalípticos proliferaron en todos los idiomas, en Estados Unidos algunos fanáticos se crucificaron intentando conseguir así un salvoconducto para entregar a San Pedro, constructores con buen ojo para los negocios ofrecían planos de búnkeres hechos de cemento y hierro y los vendedores de telescopios ganaron fortunas gracias a los optimistas. Fue entonces que a ella se le ocurrió por primera vez que la muerte era un escape y rezó con todas las fuerzas que quedaban en su alma para que el cometa se la llevara. En el Perú, un periódico desde Lima trataba de calmar a los peruanos explicando y volviendo a explicar el recorrido del cometa que se da una vuelta por nuestro planeta cada setenta y tantos años pero fue en vano, la gente menos instruida, y ella por pura fe, estaban seguros de que morirían, ya fuera por el impacto o por los ‘gases tóxicos’ que el Halley ‘traería consigo’. La ciudad en la que ella fue tan infeliz tenía un observatorio astronómico instalado por la Universidad de Harvard y hacia allá partió el cobarde con sus amigos para ver pasar al Halley justo cuando ella comenzó el trabajo de parto. El cometa Halley fue visible en el Perú a las nueve de la noche del dieciocho de mayo de mil novecientos diez.  Ella no sólo no explotó en pedazos ni salió volando por el espacio sino que pasó dos días pariendo con dolor y estupefacción no a una, sino a dos bebés, al ver que eran mujeres pidió al Dios que no le hizo el favor de hacerla blanco del cometa que las librara de un destino como el suyo. La mujer recibió a dos vidas cuando lo que ansiaba era la piedad de la muerte a los veinte años de edad.

Con cierta frecuencia el cobarde recibía gente en la casa familiar. Ella era atenta y prudente con las visitas como le habían enseñado a ser. Uno de los visitantes era diferente a los demás. Para comenzar, no parecía tener en mucha estima al cobarde. Hijo de español, alto, hermoso, de carácter fuerte (que algunos confundían con altanería), vozarrón y ojos sagaces, era el dueño entre otros negocios de una agencia de aduanas en el puerto más cercano. Hacía pocos años había regresado de España, a la que consideraba su país y se burlaba de sí mismo diciendo que en su tierra era ‘gente’ y en el Perú ‘agente’. ‘El Agente’ parecía notar que ella se contraía cuando el cobarde se le acercaba o le hablaba. Ella sintió mucha vergüenza al pensar que alguien ajeno a la casa pudiera saber la humillación que vivía, sus miserias no debían ser visibles y por lo tanto siempre trató de evitar estar en la presencia de esos ojos que parecían comprenderlo todo.

Pasada la ‘cuarentena’ luego del nacimiento de las gemelas ella volvió a quedar embarazada. Parecía que su vida consistiría en parir hijos concebidos sin amor y sufrir vejaciones en el dormitorio. Una tarde el cobarde inició otra sesión de golpes, como siempre, ella no reaccionaba y eso parecía irritarlo más. Oyeron sonar la aldaba y luego una empleada de la casa tocó a la puerta del dormitorio, el cobarde tenía visita. Él gritó a la empleada que mandara a la persona a esperarlo y siguió con su pasatiempo favorito, tan enajenado que no cayó en cuenta de que su dormitorio quedaba muy cerca del lugar en el que la visita lo esperaba. Molesto por la interrupción, decidió dar a ‘su mujer’ un par de golpes más para después salir a recibir a tan inoportuna visita. Súbitamente, el cobarde sintió un empellón que lo apartó de la niña-esposa-madre-embarazada y presa del pasmo recibió un puñetazo. Cuando levantó la vista se dio con ‘El Agente’ hablando suavemente a ‘su mujer’. El hombre arrinconó al cobarde y se llevó a la mujer.

El examigo del cobarde no era santo, ni héroe, ni súper hombre. Ya sospechaba que lo que presenció sucedía y cuando escuchó los golpes desde el vestíbulo en el que esperaba no pudo contener el mandato de su estirpe. Sin embargo, no estaba preparado para la conmoción que le causó la visión de la mujer minimizada. Se acercó a ella para revisar la gravedad de sus heridas y no pudo hacerlo porque no eran el rostro y al verla tan indefensa y humillada le habló de la forma más suave que pudo, garantizándole con su propia vida que estaba a salvo. Se la llevó con lo que tenía puesto y el cobarde impidió que se llevaran a sus hijos. El examigo sólo tenía dos manos y pensó que el tema de los niños se resolvería más adelante, por las buenas o por las malas. Puso a la mujer a buen recaudo y mandó llamar a un médico. Ella estaba en un estado de aturdimiento casi catatónico, no lloraba, no lo miraba, no hablaba, hasta que se desmayó y él vio sangre, la mujer estaba perdiendo al bebé que tenía adentro.

Las bocas que se habían mantenido tan cerradas apañando el abuso se abrieron con gritos imaginativos de ‘adúltera, mala mujer, mala madre’. Ella tenía veintiún años, había sido golpeada desde los dieciocho, no conocía (a medias) más que a un hombre y aun así se volvió la ‘puta’ más conocida del sur del país.  El examigo fue llamado ‘traidor, roba mujeres, mal amigo’. Se dijo que el bebé que no nació no era del marido sino ‘del otro’. La noticia corrió por la sociedad de entonces a tal velocidad que antes de que ella recuperara la voz, ya su familia en la otra ciudad se escondía adentro de su casa para evitar ser señalada en las calles de piedra rosada. Nada era cierto y ‘El Agente’ mandó el mundo al carajo y siguió protegiéndola con su fuerza, su fortuna y su voluntad mientras esperaba a que ella reaccionara para apoyarla en lo que decidiera hacer.

Siguió un tiempo muy difícil, ella no sanaba ni del cuerpo ni del alma cuando sus parientes llegaron para averiguar lo qué había pasado. Al encontrarla bajo la protección del hombre creyeron que el rumor era verdad, no supieron qué hacer y con las mismas se regresaron: ‘ante la duda, abstente’.  Apenas pudo pensar con relativa claridad, ella decidió que debía recuperar a sus hijos. El hombre contrató abogados para ayudarla pero no pudieron hacerlo, legalmente ella no tenía ‘medios’ para mantenerlos ni la ‘moral’ para hacerlo. El divorcio, aun siendo una ‘mala palabra’ ya existía en el Perú pero en la práctica sólo significaba una ‘separación de cuerpos’; tanto la violencia física como el adulterio eran causales válidas, sin embargo, no hubo ni un testigo dispuesto a declarar las golpizas reales aunque sí varios listos para contarle al juez el adulterio irreal…y una adúltera sin patrimonio no podía tener a los niños. El último acto de abuso del cobarde fue no concederle el divorcio ni siquiera bajo el falso argumento de su infidelidad, al hacerlo la hubiera liberado y eso era algo que su pequeñez no podía permitir.

Ella no podía ni ver a sus hijos y sufrió mucho por eso. Estaba casada sin marido en una ciudad ajena,  pequeña y con bocas muy grandes, alojada en casa del hombre que la salvó a costa del buen nombre de ambos, sobre todo, claro, el de ella. El mundo era increíblemente hostil con una víctima que cometió el pecado de ser salvada, si hubiera permanecido en casa del cobarde tal vez hubiera muerto a golpes, pero ‘señora’ y con un nombre sin mancha. Salía muy poco a la calle para evitar las miradas despectivas y los cuchicheos a su paso. La gente fue muy mala, pero hasta el chisme más sabroso se gasta con el tiempo, sobre todo si uno de los protagonistas tiene influencias, dinero y muy poca paciencia, nadie osó  faltarle al respeto frente a él. Ella estuvo por un tiempo en una especie de limbo mientras él la tranquilizaba reiterándole su protección sincera.

Poco a poco él se dio cuenta de que nunca había llegado a su casa con tanto apuro antes de que ella la habitara. Las sonrisas de la mujer, tan escasas, parecían iluminar no sólo el lugar sino algo adentro de él. Con una ternura que no recordaba sentir desde su niñez, él observaba a esa mujer de alma abollada despertar de la pesadilla que él presintió y luego presenció. Supo que ella enriquecía su mundo e hizo todo lo que pudo para hacerla sentir a salvo y lo más cerca posible a la felicidad y entonces confirmó que estaba enamorado con un amor delicado e inmenso. Ella fue valiente, muy valiente y correspondió su amor entregándole lo poco que quedaba de sí misma; estrenó besos y caricias, tuvo momentos en los que revivió sus ilusiones e instantes en los que pensó que finalmente podría ser feliz.  Él la contemplaba cada despertar maravillado ante la pureza que irradiaba y besó cada una de las cicatrices que tenía tanto en el cuerpo como en el alma. Ese amor gigante, limpio y puro estuvo a punto de salvarla. Para darle un nuevo comienzo él la llevó a vivir cerca del mar que ella adoraba. Un día ella lo hizo inmensamente feliz al anunciarle que iban a tener un hijo. Ese niño fue bautizado con el nombre de su padre y los apellidos de ambos. Vivieron frente al mar como un matrimonio, ella fue la dueña y señora de su casa y de su vida, la madre de su primogénito y como a tal la trató siempre.

Tal vez el nacimiento de su nuevo bebé volvió a abrir las heridas que ella tenía en el alma y ni el amor gigantesco que el hombre tan hombre le dio, alcanzó para salvarla. Un día se encontró a sí misma revisando los diarios buscando saber si algún otro cometa estaba en camino para liberarla. Decidió rendirse y se mató.

Él estuvo a punto de enloquecer de dolor y seguramente el amor por su hijo lo salvó. Vivió como viudo y así se hizo llamar para honrar la memoria de la mujer que amó y no pudo salvar. Le tomó veinte años sanar.

En tu nombre, caballero.

Bibliografía:

  • La incursión de las mujeres a los estudios universitarios en el Perú: 1875-1908. Artículo de Odalis Valladares Chamorro. Universidad Nacional Mayor de San Marcos
  • Diario El Comercio, Lima Perú
  • Diario El Pueblo, Arequipa Perú

 

Úrsula Álvarez Gutiérrez/Entre Histerias e Historias (Facebook)

 

 

 

Sobre Ursula Álvarez 10 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

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