Escribir

Sentarse a escribir es fácil, aunque dilatas en circunloquios el momento de entrar en la tarea, justo esa que te obliga a sentarte. La novela. Te deslizas como agua, entre otros meandros que son más llevaderos. Ese poema que llevas enganchado al recuerdo, con una frase, una imagen y pugna por hacerse mayor entre tus dedos. El relato que moscardea desde hace horas, incluso días y te da tanto gusto enfrentarlo al lienzo blanco de la pantalla o la hoja.

¡Que gusto hacer relatos! te dices, saboreando de antemano el placer de dar forma a la vaguedad que inunda la cabeza. Ir a los entresijos, documentar el personaje con aditivos varios para que cobre vida. Y luego darle salida. Sin preámbulo ni idea preconcebida. Hay veces que se cubren dos páginas, otras cinco, o diez, o más. Hay algunos que se disparan y vuelan hacia mares difusos y pueden hacer novela. Alguna vez pasó. Y te gusta, claro, porque la arcilla de las ideas se forma con las manos y no hay quien la sujete.

 

El artículo de opinión, más que arte difuso, es desahogo o dicha, porque se mueve entre ambos lados difusos. Placer te da bastante, es un gusto rozando la adicción. Es raudo, preciso, ciego, o da en la diana o muere de inacción. Y suele dar. En alguno has rozado la gloria, te dices, porque tener 70.000, 5.000, 4.000, 2.500 lectores en pocos días, es hoy épica pura. Y se consiguen. Sin fórmula, sin método, sin premeditación. Cuando pasa el milagro lo celebras excitada e incrédula. No puedes evitar la burbuja de la satisfacción y de autocomplacencia. Luego, publicas otra cosa, un relato elaborado, un artículo de investigación y lo leen 100 personas o como mucho 200 y tu burbuja estalla. Fruto de un día, fue, te dices con pesimismo no exento de una suave enfadura que no dura más que el tiempo que pasas rauda a otro proyecto.

 

Con prisa, con la premura justa de saber que hay mucho que hacer y el tiempo apremia porque no se regala. Por eso, apuras como avara, ese tiempo maldito y no dejas que nadie te lo robe, más que quien tú quieres. Los tuyos, tus amores y poco más. Quizá, alguna experiencia que supeditas siempre a obtener enseñanza o algo para luego escribirlo.

 

Eludes, como ahora, enfrentarte a la magna tarea de la inmersión amplia en la novela que siempre, indefectiblemente, tienes entre manos. No puedes vivir sin tener en danza, una, dos o tres. Lo sabes y vives con la angustia de que se te termine la imaginación, o los temas, o el interés. Pasados tantos años, dejas un poco el temor. Lo guardas entre algodones porque sabes que no suele pasar, por eso siempre tienes varias abiertas. Para evitar angustias y estremeceres de inacción.

 

Hace tiempo, cuando hacías oficio, te dijeron o leíste, que no debía pasar  día sin escribir unas líneas, un párrafo  y lo mantienes como rezo indiviso. Jamás quebrantado. Ni aunque suenen clarines, ni cañones a estribor. Jamás dejas de hacerlo. Has llegado a pensar que el  infierno debe ser eso: no escribir, no leer, no encontrar en el lienzo blanco de la pantalla el reflejo difuso de tu imaginación. No conoces peor castigo, ni cárcel, ni penal, que el olvido de que tienes entre los dedos el mundo y la capacidad de moldear mil universos chicos, y como Dios, crear.

Por eso tienes prisa, por eso el desaliento no te invade jamás.

María Toca

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

  1. hola Maria Toca, gracias por poner en palabras esa fea sensación de tener un libro en la cabeza y no poder escribir ni tan siquiera una linea, espero animarme con tu empujón!

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