Feminazi, de Marisa del Campo Larramendi

NO LES SIGA EL JUEGO: NO DIGA FEMINAZI.

Que las palabras tienen dueño es máxima conocida; que ciertos términos se adueñan de nosotros es algo menos reconocido. Desconocimiento peligroso porque algunos vocablos pueden llegar a enfermar nuestra razón sin que nuestro aparato ideológico defensivo se aperciba de ello. Las voces no son meras etiquetas que ponemos a las cosas, muy por el contrario “hacen” cosas, construyen realidad, fomentan visiones del mundo. En buena parte somos nuestros decires, y su buena salud es también la nuestra. La semántica es un campo de batalla, y los significantes y significados aguerridos soldados que se disputan nuestra habla. Y a fuer de sinceros, deberíamos reconocer que en el terreno de la salud semántica social estamos perdiendo la batalla. La lengua de serpiente de los de arriba está colonizando nuestro lenguaje. El uso cada vez más extendido del demagógico término “feminazi” es buen ejemplo de lo que hablamos.

No hay mejor manera de combatir una idea que crear e imponer una imagen ridícula, tenebrosa o repulsiva de ella. Los medios de domesticación de masas se han aplicado con fruición desde siempre a esta tarea. Toda la geografía progresista de nuestras sociedades se ha visto erosionada por las aguas fecales vertidas por los curas y mandarines de los poderosos. Feminismo, ecologismo, pacifismo, multiculturalismo, movimientos antiglobalización han sufrido esta cirugía anti estética que desfigura su ideología, afea su rostro y los convierte en espantapájaros, esperpentos o muñecos diabólicos.

¿Algunos ejemplos? Veamos:

Contra los derechos laborales, la imagen del obrero que cobra el subsidio y no busca trabajo.

Contra los pacifistas, el tópico del tonto útil que no se da cuenta que el mundo está lleno de lobos.

Contra el ecologista, la figura del fanático retrógrado que nos quiere devolver a la era de las cavernas.

Contra la emigración, la caricatura del astuto centroamericano que viene a hacer turismo sanitario a España.

Contra el activista antiglobalizador, la estampa del joven antisistema que se dedica a romper escaparates y mobiliario urbano en las manifestaciones.

Contra los homosexuales y lesbianas, el trampantojo de los poderosísimos grupos de presión que forman en la sombra y desde los que manipulan a una sociedad excesivamente condescendiente.

Contra el feminismo…

Bueno, contra el feminismo teníamos en los tiempos de las sufragistas, la histérica presa de furor uterino; en épocas más recientes, la progre, fea, baja y gorda que no se jalaba un rosco; ayer mismo, la resentida que hace denuncias falsas, que impide al amoroso padre la custodia compartida, que provoca y luego dice que la meten mano; y hoy, y ya llegamos, la rebelde, la pesada, la protestona, la mandona, la marimacho, la marisabidilla, la medio boyera, la que no calla, la que culpa a los hombres de todo, la del contra el machote machete, en una palabra, la feminazi.

El círculo difamador se cierra: imagen degradante más término vejatorio igual a triunfo ideológico.

Y es que la expresión “feminazi” – como “buenismo”, “políticamente correcto” o “ideología de género” – es un concepto creado, vehiculado y fomentado por los curas y mandarines del neoconservadurismo. Se trata de desprestigiar el movimiento feminista colgándole un sambenito que muy poco tiene de santo y benigno, y sí mucho de demoníaco. Maniobra ideológica despreciable porque trivializa un término de terrible significado e historia y con el que sería mejor no jugar: hay palabras que nunca se deben usar en vano. Maniobra ideológica, sin embargo, astuta pues logra lo que pretende: embarrar el terreno, desviar de lo importante, mixtificar, confundir y calumniar.

No existe el feminismo, existen los feminismos: de la igualdad, de la diferencia, liberal, marxista, anarquista, queer… Y estos diversos feminismos han hecho grandes aportaciones, tanto en el terreno práctico – con significativos avances en las libertades de las mujeres y también de los hombres –, como en el teórico – con la creación de categorías y claves intelectuales que abren al entendimiento parcelas de la realidad social antes oscuras, por ejemplo: patriarcado, trabajo doméstico, biopolítica, lo personal es político, etcétera –

La lista de grandes pensadoras feministas es muy larga. Citemos algunas: Mary Wollstonecraft, Flora Tristán, Clara Zetkin, Alejandra Kollontai, Victoria Kent, Emma Goldman, Simone de Beauvoir, Judith Butler, Silvia Federici, Julia Kristeva… Con todos sus virtudes y defectos, aciertos y errores, avances y retrocesos, debemos a los feminismos importantes conquistas en la emancipación de los humillados y ofendidos, y en la comprensión de nuestra realidad y de nosotros mismos. En defensa de la verdad histórica y de nuestros propios derechos y libertades, no podemos consentir que se meta a todos los feminismos en el tendencioso saco de lo “feminazi” o se pretenda sumirlos en el silencio voceando a los cuatro vientos tan ignominioso término.

Por supuesto – y este es el momento de verdad que los curas y mandarines manipulan – existe una corriente del feminismo minoritaria que puede considerarse maniquea. De la misma manera que junto al marxismo crítico y creador, se formó un marxismo determinista que quiso reducirlo todo a la economía y creyó encontrar el abracadabra de la historia en la aplicación mecánica de una fórmula – infraestructura/superestructura –, a la sombra de los feminismos críticos y creadores, ha nacido un feminismo simplista que piensa que todo puede ser explicado usando un visión reduccionista del concepto “Patriarcado”. A ese marxismo disecado se le llamó marxismo vulgar. Empleemos para ese feminismo doctrinario, parecido término: feminismo vulgar, y debatamos con él para sacarlo de su dogmatismo. Pero nunca utilicemos las palabras del enemigo. Están envenenadas. Usemos las nuestras. La salud semántica social va en ello.

Texto: Marisa del Campo Larramendi

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