Hablar sin sentir nada

Sentarse a esperar delante de un café, o de un agua con gas y rodaja de limón no tiene nada de extraño, salvo que a quien esperes haya sido durante demasiado tiempo garrote que acadabró años infantiles, voz maligna que destruyó ilusiones y sentencia que aniquiló ilusiones. Sentarse en una cafetería de extrarradio, un sábado de tarde, con cuatro o cinco parroquianos ocupando las mesas circundantes, que miran con ojos vacunos como la lluvia encharca las aceras y caminan apresurados lo que están a la intemperie, mientras ellos, en silencio, conservan el calor incierto de un aburrimiento crónico. Esperar a que llegue la que fue verdugo de tiempo sin costuras, quizá perturbe más de lo necesario.

 

Verla entrar renqueante, con la boca dibujada por un carmín sangrante,  el pelo encrespado por una laca rauda que apenas controla el despeine, con el paso moroso que apoya en un bastón de colorines, porque en ella todo está en desacuerdo con los más de ochenta años que ha vivido. Contemplar como el tiempo ha surcado un rostro bello, con aristas de maldad en todos sus rincones, aunque se haya estirado, cortado, inflado, en esa pugna perdida contra el paso del tiempo. Verla que titubea, que sube el escalón con el esfuerzo de una cadera maltrecha, de unas piernas que apenas sostienen la consistencia de un cuerpo descalabrado, recordando el tiempo que era erguida, insultantemente altiva, con un gesto de sibilina maldad disimulado entre nubes de humo que arrebolaban sus ojos de gata enrabietada. Contemplar que no es más que una anciana que está sola, que persigue recuerdos porque no le queda más que el poder que dan las cuentas corrientes que ella, aún, exhibe como cetro y corona.

Todo eso, lo contemplé en los segundos que duró su llegada. Al sentarse pude conversar como si no hubieran pasado años de desesperada lucha, años de terapia para asumir que no te han amado y que poco pudiste hacer para cambiarlo. Ser capaz de hablar, de conversar, hasta de sonreír como si no hubiera habido una cruenta guerra de más de cuarenta años, en la que perdiste la cordura muchas veces, y llenaste ríos con lágrimas de espanto.

 

Dar un trago al agua o al café, depende del día o de la hora, como si fuereis dos conocidas que se llevan racionalmente bien y hablar de futuro, de cosas que tan solo quieren ser importantes y no son más que una forma de pasar el tiempo. Mantener el tono distendido y luego al marchar a casa no sentir nada. O sí, una incierta lastima por saber que tú ya estás de vuelta y ella peleó en una guerra que ni tan siquiera fue declarada.

María Toca

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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