Hasta el coño

Soy consciente de que es de mal gusto hablar de uno mismo. Y de mucho peor quedar, si se quiere destacar entre las gentes de elegancia acreditada, hacerlo desde el púlpito propio (o sea, el rinconcito que le tengo realquilado a la jefa) pero, qué esperaban, una siempre ha querido parecerse a Juan Luis Cebrián en algo, aunque sea en esto.

Mientras espero la llamada al orden de la Audiencia Nacional o de los juzgados de la Plaza de Castilla, que no sé muy bien a quién han de dirigirse las querellas por difamación de poderosos, les aclaro que, en realidad, no vengo a hablar de mi libro, sino del ‘libro’ de la jefa de todo esto y del suyo propio, sí, del de ustedes, que es el de todos. Los que ahora mismo tengan la intención de tildarme de pelota me pueden ir dejando sus comentarios, perfectamente organizados por orden de insustancialidad, apuntados en la barra de hielo, que serán atendidos como sin duda merecen en cuantito tenga un rato para que me importen.

Si ustedes son lectores más o menos habituales de este nuestro espacio ya sabrán que ‘la jefa de todo esto’ es una tal María Toca, una delincuenta habitual que osa pensar por libre y disponer de su ironía y su ternura, su palabra y su respeto, a mayor gloria de quienes le prestamos atención, y que lo hace con la sanísima intención de entretenernos, desasnarnos o provocarnos para que nos atrevamos a pensar por nosotros mismos. En ocasiones guarda la oscura intención de que hagamos todo eso, y más, a la vez. Habrase visto atrevimiento igual.

Esta semana, y por razones que ni vienen al caso ni merecen que les dediquemos un segundo de nuestro escaso tiempo, María se ha tenido que enfrentar en las redes sociales a lo más mediocre del género humano que está presente en esas redes sociales, que no es que sea mayoritario, pero provocan muchas ganas de mandarlo todo a hacer puñetas. Por agotamiento, mayormente.

Como persona normal y sensible que es, María se ha visto desbordada y ha amagado con mandarlo todo y a todos a hacer puñetas digitales. Y hasta ahí podíamos llegar.

Que ya está bien de aguantar callados y modositos, mandamases mediante, la tiranía de los biempensantes, por definirles sin que medie insulto imputable de por medio. Ya está bien de soportar no solo sentencias absurdas, que ya me parece a mí suficiente aguantar, sino también salidas de pata de banco despatado de los guardianes de la moral, de uno y otro lado, a la menor oportunidad que les parezca a ellos que se les dé, contando como oportunidad cualquier opinión que ronde la mierda de uñas que puebla su córtex cerebral y no sea de su agrado, igual da que se haga una ironía acerca de nuestras tan atávicas y católicas costumbres en Semana Santa o se dé fe del fallecimiento de una política de 46 años. Todo viene bien para partirle la madre a quien sea, que no es que se caractericen por su discrecionalidad los semovientes estos.

Imagino que a estas alturas de la aventura digital a la mayoría de ustedes, que son personas de sensibilidad normal y educación tirando a impresionante, siempre según mis baremos, mucho más anormales y sociópatas que los suyos de ustedes, les hayan entrado ganas más de una vez, y más de una docena, de mandarlo todo, digitalmente hablando, a esparragar y que tal día hiciera un año. Pues no. De eso, nada. ¡Que les necesitamos a todos, queridos!

Si María, ustedes y tantas y tantas personas normales se hastían de los imbéciles que consiguen no perderse entre los bits de internet ni cagarse en los desfiles y deciden volver a habitar exclusivamente el mundo analógico habrán ganado ellos. Habrán ganado los mediocres, esos que no ven una ironía ni aunque se la señalen con luces de neón sobre fondo negro; los que no diferencian una humorada desafortunada, y hasta si quieren (que hasta eso les puedo conceder) una falta de respeto, con un delito condenable por la Audiencia Nacional; los que creen que por saber leer de seguido la eme con la a han entendido lo que leen y que, en caso de ser capaces de llegar al final de la lectura, esto les da patente de corso para juzgar toda la trayectoria de alguien el mismo día en que fallece y que el juicio les dé a devolver; los que opinan que usted y yo, por ser malditos rojos, amenazamos sus creencias, su libertad de expresión y hasta su vida; los que opinan que este y aquel, por no ser rojos, amenazan sus creencias, su libertad de expresión y hasta su vida; los que viven con tanto miedo a que el mundo no sea como ellos lo han diseñado en su delirante mente que prefieren imponernos el miedo a los demás y no se nos ocurra a nadie llevarles la contraria, que usted no sabe quién soy yo…

Y esto es solo el principio, porque peores que estos mediocres son los mezquinos que aprovechan, sin exponerse, el rebufo de los anteriores a la par que intentan mantener un complicado equilibrio entre la presunción de bonhomía y el más claro afán de revancha de vaya usted a saber qué.

Como esto me está quedando más largo que mi esperanza sobre el género humano, me voy a despedir de ustedes, hasta la próxima, con una muy sentida petición y dos más que sentidas aseveraciones. Les ruego que, por lo que más quieran, no abandonen por mal que se ponga la cosa. Y les aseguro, en plan Scarlett O’Hara (y ahí van las aseveraciones), que me declaro enemiga acérrima de los mediocres y los mezquinos, los únicos especímenes del género humano, a Dios pongo por testigo, que me tienen hasta el coño.

 

Kim Stery

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