Hola Guapo

Hola, Guapo, soy yo, la que anda siguiendo tu rastro, investigando tu vida y desde hace un tiempo te encuentra sentado a su lado, con las piernas y los brazos cruzados, sonriendo con tu expresión de Amo del Mundo. Hay muertes tan despiadadas como tormentas atroces. Arrasan con todo, hasta con la vida que las precedió, eso pasó contigo, Guapo. Tu infarto fue un golpe de desconcierto, dejó un vacío tan cruel e inapelable que tu prole no tuvo más remedio que hacer de cuenta que nunca exististe. No necesitaron ponerse de acuerdo para designarte desertor, su instinto de conservación lo hizo por ellos. Tus nietos, cuando debíamos nombrarte, usábamos la versión masculina del nombre de tu esposa, eso ha de haber dolido, Guapo. Llevas setenta años bajo tierra y hace unos días una de tus nietas resumió el sentir de la familia: ‘¡Cómo se le ocurrió morirse al Carajo ese!’. Me ha tomado toda la vida perdonarte, sólo lo he logrado al comprender que no hay nada que perdonar, y al hacerlo he recibido el regalo de tu vida y de tu presencia callada y reconfortante. Por favor, no me hables, Guapo, o la infartada seré yo.

 

He venido al origen y te he traído conmigo. Camino por las calles cuya historia ayudaste a escribir y me siento en casa, he de deberlo a tu compañía. ‘Ve al mar’, me dijo un día un chamán sin que yo le preguntara nada ni supiera su oficio. ‘Ve al mar, el mar es tu abuelo’, repitió y me dejó helada. No corregí que el mar no podías ser tú, sino tu padre, ¿quién soy yo para corregir a un chamán que dice que el mar es mi ancestro? Hace unos días encontré las tumbas de tus padres, Guapo. Tu hija y yo las limpiamos y pusimos girasoles para ellos, nos guió el historiador del pueblo, observándonos con una expresión parecida al asombro. Toqué el mármol de tu padre, con la palma abierta, sin miedo, ‘Te encontré, Chapetón’, y por un instante él volvió a llevarme del brazo en su barco, orgulloso mostrándome a su dragón.

 

¿Cuántos meses de nacido tendrías cuando tu padre decidió que ya había visto bastante del infierno por capítulos que provocaron los invasores sureños? El bombardeo, el incendio, los saqueos, el bloqueo del puerto y las violaciones a las mujeres del pueblo. Ni las casas de los extranjeros respetaron en su orgía de violencia y alcohol. Tu padre esperó, pensando que el salvajismo pararía, ‘que hasta en la guerra hay códigos, joder’. Hasta el día en que la imagen de la Virgen del Carmen fue acuchillada y decapitada a gritos de ‘¡Traidora!’, y lo único que acabó fue la paciencia de El Chapetón Carajo y entonces cargó contigo, tus hermanas y tu madre de vuelta a su tierra, La Marinera*.

Qué lujo, Guapo, ser recibidos por tu abuela, La Divina Providencia, tus tíos fantásticos y el montón de primos de cuerpo presente, qué lujo. A ti poco te importaba, ¿no, Guapo?, que tu madre no estuviera muy a gusto con una suegra como aquella, tú tenías las rodillas de los tíos para escalar y soñar mientras te inventaban rimas hilvanando sus aventuras por los mares del mundo y el universo de los diarios, enseñándote que la palabra es la única herramienta útil en esta vida incomprensible, ‘ que tu tía Julia habló desde el vientre de tu abuela, chaval, y La Divina Providencia tuvo que convencer al pueblo entero de que era ventrílocua, os lo juro, hijo’. Y treinta años después del lanzamiento del primer periódico de la familia, tú estuviste en la fundación del quinto, Guapo, con ropita de gala y ojitos de asombro, cuando en mil ochocientos ochenta y seis tu tío Enrique Carajo fundó el precursor de la prensa moderna, aquel que Pereda llamó ‘El Océano’ en Nubes de Estío. Y tu tío Domingo Carajo, el Niño Prodigio que escribía a los dieciséis años, pluma en mano te inculcó la desconfianza hacia los curas y los militares, ‘que yo les tuve alergia, hijo, una alergia llorona pavorosa, y hasta ahora cada vez que veo a uno contengo un sollozo, ¡vaya con los condenaos!’ Y por lo circular que es la vida, tú también pasaste los veranos pegando estirones en casa de la matriarca, en el pueblo aquel con nombre de signo de puntuación que añoraste el resto de tu vida. Y cuánto reíste con el patatús que tuvo La Divina Providencia cuando cumpliste seis años, ‘¡Aaaveee Maaaría, Fernaaando, qué vergüenza, qué escándalo!’, reaccionó tarde la señora, la noticia ya estaba en los diarios de La Marinera, tu tío Fernando Carajo había descartado la palabra como herramienta y agarrado a bastonazos, nada menos que en una plaza pública, a un periodista que escribió infundios contra su amigo, el que creó a Sotileza, ‘se lo merecía, madre mía, y con gusto lo fajaría de noche o de día, no lo pensaría ni me pesaría’ contestó en rima Fernando Carajo estrenando bigotes de chiste.

Estuviste allí cuando el tiempo del espanto arremetió contra la familia y la fuerza de La Divina Providencia, el dragón de tu padre, la rapidez mental de tu tía Julia y la pluma privilegiada de todos tus tíos resultaron inútiles para evitar las bajas, aunque te enseñaron a contarlas y a llorarlas de pie. Y de pie estaban, parchándose el alma, cuando tenías once años y el tío Javier Carajo llenó baúles y partió a México, ‘híjole, cómo te lo explico, mi querido escuincle, voy para allá porque el corazón me lo ordena, hijito’. Nadie en la familia se extrañó cuando poco después envió un telegrama: ‘Híjole familia. Encontré Paz’, era una descripción literal y no una metáfora, la mujer que lo aguardaba para enseñarle el amor se llamaba Paz. ‘Perteneces a una raza de gentes estrambóticas, hijo mío, hazte a la idea de una vez’, te dijo La Divina Providencia mientras preparaba su equipaje apuradísima para llegar a la boda y evaluar a la segunda y penúltima nuera que no pudo elegir. Creciste y viste al país de tu padre cambiar para siempre al perder sus ‘provincias de ultramar’ y oíste de primera mano las historias de la vil naturaleza humana que contó el tío Fernando Carajo al regresar de aguas cubanas convertido en un mito, un capitán sin barco que pagó con su propio dinero los salarios de su tripulación. Cuando aquel militar denunció al tío Domingo por injurias y después sepultaron a La Divina Providencia, pensaste que no podría haber nada peor, no tenías idea, Guapo, de que el tiempo del espanto aún no había sucedido en realidad. Ni los tuyos ni tú tenían forma de saber que la vida deparaba para tu generación cosas mucho peores; que la mayor de tus primas sería asesinada por cobardes uniformados y para colmo en nombre de la patria, que un hijo suyo moriría en un campo de prisioneros y dejaría a un niño añorando su estirpe sin hallarla jamás, que tu prima artista pasaría hasta hambre en búsqueda de la belleza y la libertad, que herirías de muerte a un corazón que te amaba, que el país que considerabas tuyo intentaría tragarse a sí mismo arrancando a dentelladas su propio corazón y que tus descendientes sólo lograrían sobreponerse a tu muerte obviando tu vida.

 

Estrenaste el amor y el siglo veinte, luciste capa y sombrero en la universidad que no presta lo que natura non da, y fue entonces que la expresión de Amo del Mundo terminó de instalarse en tus ojos, Guapo. Viste al tío Domingo Carajo casarse por amor con una muchacha que obedeció a su corazón pese a la oposición de su madre…’que no, hija, que no, esa familia es de pura gente estrambótica, éste hombre anda criticando a los sacerdotes y al glorioso ejército, hija mía, eso no puede traer nada bueno, comprende, escoge otro novio, vaya por Dios’. Como no pudo resignarse a tener a un Carajo por yerno, decidió no nombrarlo jamás. Así fue como Domingo se convirtió en ‘El señor de arriba’, para carcajadas de toda la familia, cuando la pareja se instaló en un departamento en el segundo piso de un edificio, justo encima de La señora de abajo. Dejaron de reír cuando ésta llegó corriendo a avisar: ‘El señor de arriba está preso’. Y a partir de entonces el apellido Carajo quedó anotado en una lista infame que los cobardes repasaron, repasaron y volvieron a repasar para no olvidarlo jamás.

Allá andabas, ya un hombre, en la tierra de tu padre que sentías tuya, cuando por aquello de la vida repitiéndose, de pronto fue perfectamente claro lo que tu tío Javier Carajo quiso decir cuando tenías once años e intentó explicarte que su corazón le ordenaba ir a México. El tuyo comenzó a gritar: Perú, Perú, Perú. Debo volver a Perú, fue sentir más que decidir. El reclamo del sur del mundo fue tan enérgico que olvidaste que amabas y eras amado. Esa fue la peor burrada de toda tu vida, Guapo, la peor; amaste mal y lastimaste, he ahí el problema del amor cuando es de estreno. Llegaste y te instalaste aquí, frente al mar de maravilla que me acoge en tu nombre y fuiste un extranjero en tu país. Mientras tú paseabas estas calles, llenas de casas de madera que ardían a cada rato y buscabas desesperadamente el origen del grito que te extrajo de la Madre Patria sin darte tiempo a calcular el impacto de tu partida, allá en la tierruca* el tío Fernando Carajo sintió vibrar a su bastón. Agotó la poquísima paciencia con la que nació al dedicarse concienzudamente y por mucho tiempo a observar a su sobrina favorita, hasta que finalmente creyó haber descifrado el misterio. Su conclusión hizo que se le desrizaran los bigotes, Guapo. Llegó trayéndola, hecho una tromba, con el bastón saltimbanqui en la mano derecha. Acompañado por tu padre, te arrastró de las patillas y cobró el honor de la familia con tu firma en el registro civil. Frente a los hermanos Carajo más temibles, tus ojos perdieron, aunque fuera por un instante, la expresión de Amo del Mundo, ¿o no, Guapo? Sólo unos días le tomó a tu prima reaccionar, coger el primer barco de vuelta a su tierra y nunca, jamás, volvió a obedecer a nadie.  Cuatro años después, publicó el primero de sus libros (tu suerte estaba echada, Guapo), entró en la política y fue una mujer admirable y admirada. Mucho tiempo después de su divorcio firmó un testamento desheredándote, en el que te llama ‘mi marido’ y afirma ‘me abandonó’. Como el mundo es ahora una película de ciencia ficción, esa parte del documento es pública y está en internet, algún ‘historiador’ soslayó la riqueza de aquella vida valiente y vencido por el morbo terminó generando una venganza genial que quizás mereciste, por burro.

Mientras las patillas volvían a crecerte y tus ojos recuperaban autoridad, La Gran Guerra se anunciaba pero el mundo estaba observándose el ombligo. Tu padre y tú, atentos a la radio,  confirmaron lo que el tío Fernando Carajo había resumido al volver del conflicto en el que se vio atrapado: la naturaleza humana  no dejará de desilusionarnos. El puerto que era esta ciudad fue afectado cuando se paralizaron las exportaciones e importaciones. Con tan poco que hacer en la agencia de aduanas y tu paciencia a punto de acabarse por no encontrar la razón de tu regreso, fundaste tus propios negocios y comenzaste a viajar por el país,  sintiéndote siempre en tierra ajena.

‘Yo me enamoré de tu madre porque sus ojos tenían más fuego que mi amigo el dragón, hijo mío’ te había contado El Chapetón alguna vez. Creciste entre mujeres como ella y La Divina Providencia, tu tía Julia Carajo, que se desenterró a sí misma cuando la vida la hundió, tus primas con sus arengas feministas acabadas de inventar y la única vez que habías intentado responder al desafío en la mirada de la prima que creíste amar, quedaste bizco por varios días. Por eso te impresionó tanto el miedo en los ojos hermosos de aquella señora,  a la que viste encogerse cuando su marido se le acercó en una reunión a la que fuiste invitado. ¿Eh? ¿Cómo es esto posible, vaya? La tarde que visitaste a su marido y la sirvienta te mandó a esperar en el vestíbulo, oíste lo que oíste (vaya, ¿estoy oyendo mal o esos son golpes?) y tu vida dio un vuelco de cataclismo que sacude hasta hoy. Ese fue el único recado que nos dejaste, Guapo. He tenido que investigar, averiguar, deducir e interpretar cada uno de los hechos que constituyeron tu vida, salvo por aquel amor con características de hecatombe que tenías que vivir. El amor que puso todo patas arriba, o en su lugar, según se mire; el amor que limpió y ensució tu nombre a la vez. Cuando recibí tu recado, palabra por palabra, sentí una felicidad tan grande, pero tan grande, que no me cupo en el pecho, Guapo, gracias por el honor, Hombre. Cuánto valor ha de haber requerido mandar el mundo al carajo en ese tiempo y vivir una vida inundada por la señora. Estrenaste por fin tu país, es por ella que yo debía volver, pensaste cada amanecer al ver a la señora renacer a tu lado. Intentaste curarle el alma y el intento casi te cuesta la vida, cuando ella se rindió tuviste ganas de partir con ella. El cuchicheo de los ruines hasta se atrevió a culparte (‘la humanidad nunca dejará de desilusionarnos’), pero tu estirpe nunca ha sido carne de carroña, por esa razón y porque los necesitabas, acudieron en tu ayuda los espíritus de La Divina Providencia y del tío Javier Carajo a recordarte: ‘las bajas se cuentan y se lloran de pie, hijo’. Con ellos sosteniéndote,  tú contaste y lloraste a la señora, al mundo con su olor, a tu dicha y a tus sueños. ‘La razón para que volvieras a estas tierras no está muerta, hijo’, te dijo La Divina Providencia cuando besó tu frente al despedirse. Con la fuerza de tus ojos de Amo del Mundo, obligaste a la gente a llamarte ‘viudo’ para honrar la memoria de la señora que no fue tu esposa aunque si lo fue y hasta un niño te dio, y viudo fuiste los veinte años que te tomó sanar.

El mundo respiró aliviado con el fin de La Gran Guerra, juró por todos los dioses que nunca más permitiría algo similar y celebró bailando charlestón. Las mujeres acortaron sus faldas y sus cabellos. El más entusiasmado con la nueva moda fue tu padre, El Chapetón Carajo, ‘vaya, vaya, qué bien se les ve a las mozas con esas faldas tan cortas ¿eh, hijo?’ y así estaba en tu retina, sonriente frente al mar del puerto que amó, cuando te avisaron que acababa de morir. Llegaste a esta ciudad para enterrar a la leyenda y buscaste a su compañero, planeando llevarlo contigo. Lo hallaste tan muerto como a su amigo, vaya, me hubiera hecho bien tu compañía, pensaste mientras colocabas disimuladamente al Dragón Carajo en el ataúd de tu padre.

Tres años después de la muerte de tu padre, fuiste convocado para llevar su puerto al progreso y entraste a la política, cuando ésta era ad honorem y oficio de caballeros. Un diario de la época dice del lugar: ‘…el segundo puerto del país impresiona favorablemente tanto desde la cubierta del vapor como al caminar por sus calles limpias… un malecón que es una hermosa terraza al mar y sus placitas aseaditas, con marcado sello de balneario y una playa de arena extensa, reverberante, decorada por hermosísimas rocas que desafían las furias del océano y que invitan al dolce far niente…hoteles con relativo confort y orquesta a la hora de las comidas, un ameno y acogedor club, esta ciudad es además la estación inicial del ferrocarril del sur, quizá la línea de América que ofrece mayor y variado interés al viajero, por las regiones que atraviesa’. Un lugar bonito, con muchos problemas muy serios, entre ellos, la escasez de agua y la frecuencia de los incendios. ‘Vaya, manos a la obra, en nombre de mi padre’, dijiste y te zambulliste en el problema del agua. Pasaste un tiempo evaluando la situación como ‘Inspector de Aguas’, cerrando el caño a los inconscientes, creando y criando enemigos, hasta que, en palabras de los ‘notables’ del momento: ‘con una clarividencia envidiable ideó la solución que todos creíamos un bello sueño.’  ‘Con fe ciega y lleno de entusiasmo’ viajaste a la capital con tu propio dinero sin pedir ni un céntimo al municipio, abandonaste tus negocios de Rey Midas, listo para convencer a una empresa y al mismísimo gobierno de la necesidad impostergable de agua potable y servicio de desagües, un mercado y un camal adecuados, una alameda, agua salada para los servicios higiénicos, instalación moderna de alumbrado eléctrico y regadío diario de todas las calles, nada menos, Guapo, nada menos, para transformar este lugar en el primer puerto del país. Lo conseguiste, el contrato se firmó, el gobierno aprobó y ‘el elemento serio’ se regocijó. Entonces la realidad desaforada de este país estalló en tus narices y en las del ‘elemento serio’,  porque todo eso que ideaste sólo era posible aumentando los arbitrios y claro, hubo un patatús colectivo muy parecido al terrorismo, que aunque la palabra no se usara en los años veinte, no significa que no lo fuera. Les cayeron encima, sobre todo a ti (la clarividencia se paga), con campañas de desprestigio, agresiones físicas y hasta con fuego. ‘Los notables’, tanto del puerto como del país completo, salieron en defensa del contrato en varios idiomas aunque jamás dominaron la jerigonza lumpen. El gobierno apoyó tímidamente, como suele hacer en nuestras repúblicas de realidad irreal. Al poco tiempo, cuando las obras iban avanzando (el mercado ya estaba listo), una nueva revolución mandó tu clarividencia envidiable al carajo. Sólo diez años después de tu brillante idea, una mínima parte de ella se concretó y décadas después, el mercado que soñaste y mandaste a diseñar fue declarado ‘una joya arquitectónica del Perú’ y ‘monumento nacional’.  

La revolución dio paso a una seguidilla de presidentes. La crisis económica mundial afectó a toda América Latina y una nueva moneda se estrenó en el país. Uno de los gobiernos efímeros aprobó el Divorcio Absoluto, vaya, y ahora para qué me sirve, pensaste, cargando el peso cada vez más intolerable de tu corazón muerto; hubieras querido abrirte el pecho, arrancarlo, echarlo a la basura y andar ligero por fin.  Tus negocios seguían floreciendo, más allá de toda lógica, no había crisis financiera que pudiera con ellos, era como si la vida comenzara a ofrecerte disculpas después del estruendo que causó tu sueño de modernizar el puerto de tu padre al estrellarse contra el piso. Creo que ya es momento de volver a la tierruca, pensabas mientras caminabas en la plaza principal de una ciudad apodada Blanca. El portal pareció llenarse de luz y oíste risas, oliste perfume de mujer y un aroma dulce que no supiste identificar.  ¡Vaya! ¿Qué olor es ese, tan dulce y delicado? Un grupo de mujeres muy bonitas acompañadas por una señora vestida de luto, evidentemente, la madre, caminaba en tu dirección. ‘Buenos días, señor’, dijeron dos ojos de advertencia al notar que observabas a sus hijas. ‘Buenos días, señora’, respondiste quitándote el sombrero y su mirada te recordó a tu madre y a tu abuela, ¡vaya, pero sí parece una réplica!  Las jóvenes también saludaron y cuando ellas siguieron su camino, reconociste el aroma, ¡ajá! Es el olor de la miel, vaya… ¿y por qué será que la señora me miró con ojos asesinos? De pronto tuviste antojo de dulces de miel. Una cuadra después de cruzarse contigo, una de las mujeres comenzó a disparar preguntas: ‘¿Quién es ese señor tan serio?’ ‘¿Por qué está tan serio?’ ‘Creo que está triste, demasiado triste…parece que le pesa el corazón’. Y en voz mucho más baja, a la hermana que tenía más cerca: ‘Pero es guapísimo, ¿o no?’ ‘Más que guapísimo, ¡es gua-paaa-zooo!’, suspiró, en el instante en que tú ordenabas ‘sírvame un dulce de miel, por favor.’

La tarde siguiente entraste a la casa a la que habías sido invitado y al pasar al salón quedaste envuelto en olor a miel. Vaya. Allí estaban las hermanas lindas y la anfitriona te las presentó, vaya. Cuando te acercaste a saludar a la última, el olor dulce se intensificó, la mujer levantó la vista para mirarte y entendiste que ella era el origen del aroma, la miel está en el color de sus ojos, vaya. Te sentaste junto a ellas y fingiste estupendamente una conversación coherente y correcta que nunca pudiste recordar, mientras que con todo el disimulo del que eras capaz, te dedicaste a observar a la mujer de los ojos de miel. Qué suavidad de maneras, qué ternura inspira esta mujer, vaya. Un mozo se acercó con una bandeja, ella te ofreció uno de los bocaditos y susurró: ‘tenga un dulce, para que sonría’. Las hermanas se fueron juntas un tiempo (que pareció un segundo) después y tú te quedaste en la reunión para averiguar todo lo que necesitabas saber, aunque no tenías ni idea de lo qué harías con la información. Supiste que la matrona que acompañaba a las mujeres el día anterior, era la viuda de un italiano y las mujeres lindas, sus hijas. Tus amigos te contaron que durante la guerra que obligó a tu padre a llevarte a la Madre Patria cuando eras un bebé, la señora de ojos severos había donado metros de sartas de perlas auténticas al glorioso ejército de la patria y éste correspondió al gesto estafando a su marido, el italiano, haciendo quebrar su curtiembre al no pagar las botas que le encargó. Te enteraste también de que la matriarca (¡te recordaba tanto a las mujeres de tu estirpe!) andaba más que atenta a sus hijas, a eso se debió la mirada asesina, vaya. Y así como tú averiguaste, al día siguiente y sutilmente, te averiguaron a ti, Guapo. ‘¡Viudo!’ ‘Con razón está tan triste… lo suyo no es seriedad, es una tristeza que pesa’.

‘Tenga un dulce, para que sonría’, te había susurrado la mujer. Lo intentaste, pero no pudiste recordar la última vez que habías sonreído de verdad. Quizás la última vez que esbozaste una mueca parecida a una sonrisa fue cuando lograste que se firmara aquel contrato que debió haber sido lo mejor que le pasara al puerto de tu padre, pero no lo fue. ¿Tal vez cuando mi padre me comentó lo bien que lucían las mozas con las faldas más cortas?  Intentar recordar tu última sonrisa te pareció un esfuerzo inútil, seguiste trabajando y viajando, olvidaste que querías regresar a la tierruca y sin darte cuenta entraste a todas las dulcerías que encontraste y pediste dulces de miel.

Muy serio, entraste a la siguiente cena en la ciudad blanca, buscando como quien no busca, esperando como quien no espera, ansiando como quien no ansía, preparado para enfrentar el tamaño de tu disparate. Recordabas a aquella mujer demasiado linda, demasiado cálida, ¡demasiado mujer, vaya! para ser verdad. ¡Y el olor! ¡Dónde se ha visto que alguien huela a miel!  La encontraste como quien no encuentra y no hubo disparate que enfrentar, vaya. Entonces sí que la escuchaste con atención, para recordarlo todo después, te enterneció su historia de ser La Ayudante Oficial de Don Rufino (el empleado más fiel que una familia tuvo jamás), ‘…desde que aprendí a caminar, creo, siempre lo ayudo, me gusta mucho pintar, arreglar cosas, la carpintería, la electricidad, la gasfitería, la jardinería…’ Vaya. Te alarmaste cuando interrumpió su conversación con un ataque de estornudos, ‘achís’, ‘achís’, ‘achís’, ‘achís’, ‘achís’… contaste doce en total, ‘me pasa a menudo, ya estoy acostumbrada’, sonrió tranquilizándote. Y cuando no tuviste más remedio que ponerte de pie, porque ella se iba con el mujerío que la acompañaba, te sentiste ligero. ¿Eh? El muerto que cargabas en el pecho acababa de resucitar, estaba ligerito, ligerito y dando brincos. Casi te caíste del susto, Guapo. Y del puro susto, te pusiste más serio. Serísimo, te despediste de los anfitriones inventando una disculpa y serísimo saliste a caminar. Serísimo, espantaste a los cuatro gatos que tuvieron la mala suerte de cruzarse en tu camino. Al día siguiente, fue preciso que te hicieran un retrato y yo tengo una copia de él. He puesto esa fotografía sobre la chimenea de la casa que he alquilado frente al mar de tu padre. La cara de Lobo Feroz con la que posaste hace un trabajo estupendo espantando a los fantasmas que llenan este lugar escalofriante, Guapo.

Con el susto a medio superar, tu clarividencia envidiable resultó útil por fin y reconoció al misterio del amor. No hay tiempo que perder, vaya. La mujer dulce con ojos de miel asintió sonriendo y estornudando, e inmediatamente después tuviste que aceptar, por enésima vez,  que la vida no hace más que dar vueltas repitiéndose a sí misma. Tal como la suegra de tu tío Domingo Carajo se sentó en el hecho de que él fuera ‘el periodista con mayores dotes intelectuales de su época’, para llamarlo: ‘El señor de arriba’, la tuya no sólo no cayó ante tu verbo ancestral (persuadí a un presidente, pero no a mi suegra, vaya), sino que te llamó: ‘Un hombre que peina canas’ y finalizó: ‘de ninguna manera, señor’. Tus ojos de Amo del Mundo, tu oro, tu ‘casta indómita y brava’ y tú, fueron despachados cual piojosos, Guapo. La mujer dulce con ojos de miel probó que debajo de tanta ternura anidaban la insumisión y la determinación de su madre y de la tuya, de la mismísima Divina Providencia, de tu tía Julia Carajo y de todas tus primas feministas y te envió un mensajito con caligrafía nerviosa. Obedeciste y allí estaba ella con sus hermanas y Don Rufino, para servirle, señor, he venido a acompañar a la señorita y no la dejo hasta que lo mande Dios. No hubo vestido, velo ni invitados, Don Rufino lloró como un padre durante la brevísima ceremonia que estuvo a cargo de un sacerdote con expresión suspicaz.

 

Reestrenaste corazón, recordaste para qué servía y cómo usarlo mientras comías palomitas de pasta de almendras rellenas con dulce de zanahoria, turrón de Venecia, tocino del cielo, alfajores fritos y mil dulces más, ‘para que sonrías’, pero la seriedad llevaba veinte años hospedada en tu rostro, estaba enamorada de él y no le dio la gana de abandonarlo. Eras feliz y lo fuiste mucho más cuando recibiste un telegrama de la tierruca: ‘Segunda República instaurada’. Vaya, ahora sí que es momento de volver, a hacer patria. Pero primero, debías hacer las paces con tu suegra. Poco a poco ella fue midiendo y pesando tu alma, algo bueno concluyó porque terminaron siendo amigos, tanto, que tu primera hija llevó su nombre, quién me lo iba a decir, vaya. Ya había nacido tu segunda niña cuando La Parca, tan aficionada a los bebés de la familia en el pasado, se hizo presente anunciando al auténtico tiempo del espanto. Cargó con la mayor de tus pequeñas y supiste que cosas espeluznantes estaban por suceder, los golpes nunca vienen solos. Con la premonición tan tangible como un mueble, apuraste los preparativos para el retorno definitivo a la Madre Patria, con tu esposa y la niña (la criatura más hermosa y estrambótica que la ciudad blanca haya visto jamás) cuando llegó un telegrama del tío Fernando Carajo: ‘No vengáis hijo’. ‘La palabra es la única herramienta útil en esta vida incomprensible’, te habían dicho los tíos fantásticos cuando eras un niño en La Marinera y el corazón se te encogió, algo terrible está sucediendo. La explicación llegó, a medias y confusa, por las noticias. En el país que amabas, unos militares acababan de dar un golpe de estado que generó una guerra civil de horror incalculable y partió la patria de tu padre en dos mitades abriendo un boquete profundo que estaba engullendo a los tuyos. No diste crédito a lo que sentías cuando agradeciste, desde el fondo de tu alma, que tu padre y tus tíos estuvieran muertos y el tío Fernando tuviera más de ochenta años. Las noticias llegaban escasas y distorsionadas, tuviste que seguir la sucesión de horrores basado en tu instinto. Soñaste con tu prima, La Maestra, quien hasta hacía poco andaba despertando mujeres, y lloraste. Repetiste a tu padre, El Chapetón Carajo, al gritar: ‘¡pero qué diablos es esto, que hasta en la guerra hay códigos, joder!’. Ni en la tierruca, ni en América, la familia pudo obedecer al mandato ancestral de contar y llorar las bajas de pie porque  no hubo forma de contarlas. Pegado a la radio estabas, cuando la prima que jamás te perdonó se vio forzada al exilio y el bando enemigo intentó vejarla instalando su sede nada menos que en su casa, luego de saquearla y quemar documentos de una familia que siempre se levantará de las cenizas, jamás cerrará la boca ni guardará la tinta. La humanidad jamás dejará de desilusionarnos, recordabas, al tiempo que tu sobrina de cerebro brillante, quizás la más valiente de todas, llamaba al espíritu de su abuela, Julia Carajo, para ayudarla a desenterrarse. Los dos bandos perdieron la brújula y la barbarie absoluta terminó de poseer a la tierra que amabas. En medio de aquel infierno, sin que nadie lo supiera, un hijo de tu prima,  La Maestra, murió prisionero en un campo infausto y su huérfano pasó la vida intentando armar su árbol genealógico con pistas insuficientes. Ochenta años después, aquel niño ha encontrado a los suyos a través de su hija, sea el hallazgo hecho en tu nombre, Guapo.

 

Tres años duró el infierno de la guerra civil y el tío Fernando esperó a que terminara para poder morir, tenía ochenta y ocho años. Los tuyos perdieron. Vaya, volvamos ya, mujer, que es necesario contar las bajas, hay que contar las bajas, mujer, vaya. Pero ésta vez la atrocidad había sido tan inmensa que un solo país no pudo contenerla, ésta explotó y se esparció por el mundo dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial, aquella que los poderosos habían jurado no volvería a suceder jamás. Y pegado a la radio la pasaste, listo para levar anclas en cualquier momento, ‘que ya nos vamos, mujer, que ya nos vamos, hijos’. Y al final el único que se fue, fuiste tú, por ese infarto, Guapo. Tenías sesenta y seis años y tu presencia era más que necesaria. Moriste, Guapo. Pero antes de morir, viviste.

Para mi abuelo, el clarividente.

Nota: El apellido Carajo, evidentemente, no existe. Sin embargo, tanto esta historia, como ‘El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo’ y alguna otra en la que aparece un personaje aquí presente, son mi interpretación de la vida de una familia de carne y hueso, polvo y cenizas, mar, tinta y pintura, logros y fracasos, memoria y olvido.  Comencé a escribir ‘Hola, Guapo’ envuelta por la curiosidad que sentía por mi abuelo, no sólo muerto sino olvidado y casi inexistente, y la terminé acompañada por su espíritu, materializado a mi lado por la fuerza del amor. Es así como intento devolverle su vida, porque la palabra es la única herramienta útil en esta vida incomprensible, y nosotros, los Carajo, la usamos, salvo claro, cuando preferimos un bastón. Espíritus acompañando, sosteniendo y ayudando a sus descendientes a desenterrarse, gritos que atraviesan El Atlántico, dragones y ojos que poseen al mundo, pueden ser cosas difíciles de creer, aunque, en opinión de una Carajo, la vil naturaleza humana lo es mucho más, y sin embargo, existe. 

Úrsula Álvarez Gutiérrez / Facebook: Entre Histerias e Historias

*La Marinera: apelativo con el que se conoce a una ciudad en el norte de España.

*la tierruca: apelativo que se le da a Cantabria.

Gracias al Historiador Lic. Enrique Chávez Jara, Mollendo, Perú, por su ayuda y gentileza.

Gracias  a José Ramón Saiz Fernández, Escritor y Doctor en Periodismo. Académico C. de la Real Academia de la Historia, quien me ayudó a escribir un relato anterior: El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo.

Fuentes (en el orden en que son referidas):

  • Recuerdos, conversaciones, correspondencia, documentos y fotografías pertenecientes a la familia ‘Carajo’ (incluyendo ‘el recado’).
  • https://cavb.blogspot.com/2013/08/mollendo-bombardeado-por-chile-doce.html
  • http://gdp1879.blogspot.com/2015/03/telegramas-sobre-mollendo.html
  • http://gdp1879.blogspot.com/2015/03/escala-sobre-mollendo.html
  • Historia de la Prensa Santanderina por José Simón Cabarga. Centro de Estudios Montañeses. Institución Cultural de Cantabria, Diputación Regional. https://books.google.com.pe
  • Capitanes de Cantabria Siglo XIX. Rafael Gonzales Echegaray. Diputación Provincial Santander. Institución Cultural de Cantabria. Instituto de Estudios Marítimos y Pesqueros. Juan de la Cosa.
  • https://vidamaritima.com/
  • http://quefluyalainformacion.blogspot.com/
  • Diario El Comercio, Edición Número 42229. Artículo de Fabio Camacho. Lima, 28 de Febrero de 1926, página 12.
  • Un intento de solución de los problemas urbanos de Mollendo en la segunda década del siglo XX. José Coloma Gygax. Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo.
  • Los personajes de mayor figuración y las casas comerciales de Mollendo en los años veinte. Documentos. José Coloma Gygax. Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo.
  • Las elecciones municipales de 1926 y los vecinos notables y comerciantes de Mollendo. Documentos. José Coloma Gygax. Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo.
  • https://sites.google.com/site/elperuysuhistoria2/contrato-ugarteche-90-anos
  • Diario La Prensa. Edición Número 13809. Lima, Jueves 12 de agosto de 1926, página 1
  • Diario El Peruano. Edición del Lunes 16 de agosto de 1926.
  • Diario La Patria. Edición Número 1640, Mollendo. Miércoles 25 de agosto de 1926.
  • El grave problema de la escasez de agua potable en Mollendo en 1925. Documentos. Guillermo W. Coloma Elías. Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo.
  • Diario El Comercio. Edición Número 42199. Lima, miércoles 10 de febrero de 1926, edición de la mañana, página 2.
  • http://blog.pucp.edu.pe/blog/juanluisorrego/2008/11/10/los-anos-30-la-crisis-mundial-y-sus-efectos-en-el-peru/

 

Sobre Ursula Álvarez 10 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

4 Comentarios

  1. Hola “Guapa”: qué bueno lograr adentrarse con tu historia en las realidades por años olvidadas. Sigue, sigue escribiendo hasta que el mar se agote, pues su tinta imprimirá no solo los pasados ignorados, sino -en algún momento- adentrará el futuro para cambiar tanto dolor con el cual se ha cargado. Abrazos.

  2. Increible narrativa. Esta historia complementa los anteriores relatos de la familia Carajo. Soy una gran admiradora de estas historias. Buen trabajo Ursula Alavarez Gutierrez.

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