La Maestra, La Artista y La Intelectual (Las Mujeres Carajo)(III)

La Maestra nació en mil ochocientos setenta y siete, un año después de la muerte de su abuelo, El Intelectual, en una ciudad apodada La Marinera. Su padre era periodista y fundador de diarios genético. La Maestra fue una de las primeras bebés de su generación y ello le dio el privilegio de gozar de su padre y de sus tíos fantásticos en carne y hueso y no en libros de historia, periódicos antiguos o jugando a ser espiritista, como sus descendientes. La Maestra nació cuando la valentía era lozana, natural y hereditaria.

La Maestra tenía cuatro años y esperaba ansiosamente el nacimiento de su nuevo hermano o hermana, la niña no veía la hora de que el nuevo bebé pudiera sentarse por sí mismo para tener un nuevo alumno en su escuelita de mentiras, ella siempre supo cuál sería su profesión. Un mal día la espera se volvió angustia, su madre cayó al bajar de un coche de caballos. La familia temió por las dos vidas. Unas semanas después, nació una criatura minúscula y deforme, con los ojos más lindos de la familia pero los más difíciles de encontrar. La cabeza de la recién nacida parecía salir de entre sus hombros, su espalda curva dibujaba la interrogación que sentían todos, ¿vivirá? La niña vivió. El hombre sensible y sabio que era su padre la amó más que a todos sus hijos juntos. Conocedor de la crueldad de la vida, creó una fortaleza para ella y sin saberlo, la inició en una carrera que la llevaría a la eternidad; él era aficionado a la pintura y puso un pincel en las manos de su hija apenas ella fue capaz de sujetarlo. La Artista encontró su camino de la mano de su padre, el único hombre que supo amarla.

Las niñas crecían protegidas por una familia numerosa, ruidosa y estrambótica, conocedora de los secretos de la tinta, las cartas de navegación y las aventuras. Tenían hermanos, muchos primos, nueve tíos y una abuela con la determinación de diez mujeres, La Divina Providencia. La familia aumentó de un momento a otro cuando el tío Chapetón regresó temporalmente con su propia tribu. Venían del sur de América, escapando de una guerra atroz y la escuelita de La niña Maestra tuvo más alumnos que nunca, voluntarios o no; La niña Maestra sabía ejercer la autoridad. Los juegos de la segunda generación de niños Carajo tuvieron un ruido de fondo extraño, como un murmullo sordo. Eran las beatas rezando el rosario suplicando lluvias, La Marinera estaba siendo azotada por una sequía tremenda. Cuando parecía que La Marinera estaba a punto de volverse un desierto, las autoridades eclesiásticas organizaron procesiones y todos los santos con sus mejores galas fueron sacados a pasear en hombros de los devotos. A Dios le gustó tanto el desfile que no midió su entusiasmo y respondió con un diluvio.  La inundación cogió a los niños Carajo realizando la danza de la lluvia en el jardín de la abuela. Empapados, fascinados y convencidos de su poder, se cubrieron de barro de la cabeza a los pies hasta que su abuela acabó la fiesta: ‘¡Ave María, parecéis cochinos!’.

La última epidemia de cólera del siglo XIX siguió a la inundación. Como suele suceder, la peste atacó principalmente a las poblaciones de pescadores y jornaleros. Las autoridades sanitarias, en su afán por desembarazarse de los cadáveres, cometieron uno que otro error y enterraron a algún muerto que estaba vivo. El pánico cundió y los deudos no permitían que sepultaran a sus difuntos; se armó el despelote*. Un ingenioso consiguió una solución, inventó un método para asegurarse de que ningún vivo pasara por fiambre: a cada cadáver se le ataba un alambre a la muñeca y al menor movimiento del brazo, una campanilla sonaba en la habitación del conserje del cementerio, donde hacían guardia varios parientes. Las niñas Carajo, criadas entre periodistas y por ende siempre al tanto de las noticias, encontraron el asunto muy truculento y el sonido de las campanillas les quedó para siempre asociado a los muertos vivientes y los vivos moribundos. Los dirigentes del clero, brillantes publicistas desde siempre, organizaron nuevas procesiones para pedir el fin de la epidemia. Todos los santos engalanados fueron paseados nuevamente, sin éxito, hasta que, como último recurso, los curas apelaron a la madre de Dios y sacaron una imagen de la Virgen de la Cama. El cólera se fue por donde llegó. ‘Debieron sacar a una mujer desde el principio, la epidemia hubiera terminado antes’ dijo La niña Maestra. La niña Artista, que vio las procesiones desde la ventana de su dormitorio, se persignó.

Comenzó el tiempo de ir a la escuela. La niña Maestra, que tanto había ansiado el momento, sufrió un gran desengaño. ‘La escuela no es un lugar para pensar, papá, me siento un borrego que espera en el matadero y creo que la profesora es la persona más triste que he visto’. Cuando le llegó el turno a La niña Artista, la experiencia fue mucho peor. Los niños del colegio hacían escarnio de su deformidad y el camino de su casa hacia la escuela era un auténtico calvario. ‘Ahí va la bruja’ gritaba la chusma. Doblada y pequeñita, La niña Artista conoció por primera vez la brutalidad de la ignorancia a través de un roce en su espalda. Volteó y vio a un mendigo restregando un billete de lotería en su joroba, ‘para la suerte, bruja’. Su padre ordenó que fueran en coche a la escuela y decidió salir más temprano de su oficina en el diario para poder pasar más tiempo con su niña Artista. Dedicó sus tardes a enseñarle a dibujar y a pintar, mandó a hacer un cabestrillo especial para ella y cuando vio que su niña era mucho más talentosa que él, contrató al mejor profesor particular de la ciudad. ‘Tenéis mucho talento, hija mía’. La niña Artista rompió el corazón de su padre cuando contestó ‘Cambiaría todo mi talento por un poco de belleza’.

Las niñas vieron al tiempo del espanto atacar a su familia y de golpe aprendieron a vivir sin varios de sus seres amados. Comprendieron la intransigencia y la invencibilidad de la muerte cuando ésta se llevó a la roca de la familia, su abuela, La Divina Providencia y con ella, a la historia de los primeros diarios de la familia, los vientres parlantes, las alergias lloronas y las aventuras marítimas. Al año siguiente, sin saberlo ni sospecharlo, La Maestra y La Artista se convirtieron en tías. En el año mil ochocientos noventa y nueve, en una casa miserable en un pueblo miserable nació una bebé, la contradicción hecha vida, nieta de un aristócrata e hija de una sirvienta semianalfabeta, el resultado de la ardiente irresponsabilidad de un adolescente dominado por la testosterona y el egoísmo. Julia, la abuela paterna de la criatura, se enteró de su existencia cuando la niña tenía más o menos dos años y con permiso de la madre ausente, llevó a su nieta a su palacio y la crió como a una hija. La niña, un saco de huesos con ojos gigantes y pulmones enfermos, fue revisada por todos los médicos de la región. ‘¿Qué a ésta niña le falta el aire?’ ‘Ajá… pues yo creo que lo que ella necesita es amor, libertad y espacio’. Julia siguió su instinto y calmó los ataques de asma de su nieta a punta de abrazos y caricias mientras le susurraba instrucciones para ser libre. Le enseñó a leer y también a trepar las repisas de la biblioteca para alcanzar hasta los libros más altos aunque estuvieran en otros idiomas. Así Julia tejió las alas de La niña Intelectual, bisnieta de El Intelectual y no hubo fuerza en el mundo capaz de hundir a esa mujer. La Intelectual llevó para siempre en su alma los consejos de su abuela, ‘Hablad, hija mía, hablad, que si una calla, el alma pesa y la tierra nos traga’. ‘Sabrás que estáis hundida cuando sintáis los gusanos sobre tu piel, si eso sucede, os sacudís, hija mía, con toda la fuerza de la rabia’, ‘Ser libre y ser mujer no son palabras opuestas, hija mía’.

Mientras tanto, en La Marinera, el talento de La Artista no cabía en la ciudad y apoyada por su padre, ella decidió ir a Madrid a estudiar con los grandes. Padre e hija no volvieron a verse, el periodista murió sin previo aviso y al desafío de vivir señalada en las calles, con dolores permanentes y siguiendo una carrera ‘poco práctica y sin futuro’, La Artista tuvo que añadir el dolor de la ausencia siempre presente de su padre. La viuda y sus hijos partieron hacia la capital y allí hicieron sus vidas. La Maestra, ya graduada, empezó a ejercer. Siendo mujer, sus únicas opciones en la época eran enseñar a niñas de primaria o a profesoras y muy pronto confirmó lo que había sabido desde pequeña, Lo que hay que formar es maestras y no alumnas. Al mismo tiempo, se enamoró y se casó. Era el primer lustro del mil novecientos y La Maestra no consideró jamás la idea de dejar de trabajar, ni cuando alguna amiga conservadora le llamó la atención por  no ‘dedicarse a su hogar’. El problema con los burros no es que hablen sino que opinen, pensó La Maestra.

La Artista ganaba medallas de Bellas Artes y postulaba a becas para seguir sus estudios en París. Viajó por primera vez a la Ciudad Luz en el año mil novecientos nueve; sola, cuando las mujeres de su tierra no iban ni a tomar helados sin acompañante. Cuando llegó a Paris entendió por qué ese destino la había obsesionado desde siempre: allí la aguardaban la paz y el respeto de la gente; su trabajo despertaba más interés que su cuerpo contrahecho. Cuando se acabó el tiempo de la beca, postuló a otra y volvió. Compartió casa con una pareja de artistas, un pintor mexicano y su esposa rusa. Juntos viajaron por Europa para inspirarse y los niños belgas probaron ser peores que la chusma española, le arrojaron piedras y tierra mientras ‘la bruja’ intentaba pintar. La Artista fue a la estación de policía y logró que le asignaran un gendarme para trabajar a salvo. Tiempo después, La Gran Guerra dejó de gatear y dio sus primeros pasos, como un bebé diabólico que amenazaba con tumbar al mundo si se lo permitían. Se lo permitieron y La Artista no tuvo más remedio que volver a su país porque éste era zona neutral. Allí pasó tiempo con los suyos, retrató al mítico tío Fernando Carajo y también pintó un cuadro de un grupo de mujeres en un jardín, presumiblemente, las mujeres de la familia en casa de una de ellas. Forzada por la Gran Guerra a vivir donde no quería, La Artista siguió los consejos de la gente ‘práctica’ y se graduó de maestra de dibujo para asegurarse un ‘salario fijo’; ni entonces ni ahora los pintores han podido comer pintura.  Mientras La Artista preparaba las lecciones para los alumnos que tendría en su nuevo trabajo, un escritor reconocido y referente cultural, organizó una exposición que agrupaba a los llamados ‘pintores íntegros’ y pidió a La Artista que participara junto a Rivera, Gris, Lipchitz, entre otros. La exposición vanguardista no sólo fue un fracaso sino un escándalo, los titulares pedían al Señor Gobernador ‘que por favor recogiera a esos pobres muchachos que hacían cosas absurdas que llamaban cuadros y esculturas’. Los ‘pobres muchachos’ están ahora en todos los museos y libros de historia del arte. Llegó el día de la primera clase de La Artista como maestra y el recibimiento de sus alumnos fue muy parecido al que tuvo la exposición de los ‘íntegros’, ‘¡Eh, bruja!, ¿y el resto del circo?’. Fue entonces que La Artista sintió escalofríos y escuchó claramente el sonido de las campanillas truculentas de su niñez, aquel tintineo que indicaba muertos vivientes y vivos moribundos, Debo marcharme. En plena guerra mundial y arriesgándose a pasar hambre, La Artista volvió a París, aunque en alguna ocasión tuvo que dejar la ciudad para refugiarse en el campo huyendo de las bombas. Quizás por gratitud al país que la trató con amabilidad, comenzó a usar el apellido francés de su madre. Participó en todos los eventos artísticos y ganó el respeto, la admiración y la amistad de todos los grandes del momento, casi todos hombres, y para ellos ella nunca fue ‘una mujer que pintaba’ sino una igual. A pesar de ello, La Artista opinaba que sus obras no tenían mucho talento aunque sí mucho trabajo y tal vez por eso firmó muy pocas. Quien quizás sea el pintor más famoso de su país solía decir que La Artista era ‘más bien burra para negociar’ sus ventas y la asesoraba en esos asuntos. Junto a él y otros, La Artista expuso en el año mil novecientos veinte en Paris y su nombre fue aclamado. La Artista murió en la ciudad que sintió su hogar a los cincuenta y un años luego de haber pintado por cuarenta y ocho. Tenía planeado pintar flores.

Mientras su tía artista pintaba la vida, La Intelectual creció en el palacio de sus abuelos, independiente e insumisa, con cierta tendencia a la soledad y clara preferencia por los libros sobre las personas. Había leído la biblioteca completa, antes de tener la edad reglamentaria estudió para maestra y comenzó a ejercer en la academia de una mujer de la familia. Fiel a su estirpe, además de dictar clases, La Intelectual escribía artículos en varios diarios. Tal como su abuela Julia predijo cuando era una pequeñita, La Intelectual necesitaba espacio y pronto viajó a ver mundo. Vivió un tiempo en América del Sur, en donde tuvo el atrevimiento de evidenciar la hipocresía de la moda del indigenismo. En el año mil novecientos treinta publicó su primer libro. Entonces vivía en Buenos Aires, desde donde colaboraba con varios diarios sudamericanos y españoles y dirigía una revista. Feminista y republicana hasta la médula, cuando supo que en su país acababa de instaurarse la Segunda República y por ende renacía la esperanza, regresó a su tierra a hacer patria. Tal vez por ser veintidós años menor que su tía La Maestra, por ser soltera o por tener ojos de advertencia, a La Intelectual nadie se atrevió a decirle que debía ‘dedicarse a las labores propias del hogar’, los burros parlantes enmudecían ante su mirada. La Intelectual trabajó codo a codo con las mujeres que marcaron la diferencia en su país y rechazó cualquier puesto político o público. Defendió desde varias revistas y diarios el voto para la mujer, la alfabetización y hasta la importancia de los métodos anticonceptivos. Publicó su segundo libro, la biografía de una feminista nacida en mil ochocientos veinte, quien se disfrazó de hombre para poder asistir a clases de derecho y pronunció frases como éstas: ‘Abrid escuelas y se cerrarán cárceles. La educación de las mujeres hasta aquí podría llamarse, sin mucha violencia: Arte de perder el tiempo. Todas las cosas son imposibles, mientras lo parecen. Cuando no comprendemos una cosa, es preciso declararla absurda o superior a nuestra inteligencia, y generalmente, se adopta la primera determinación’. En el año mil novecientos treinta y cinco La Intelectual publicó un tercer libro, de tema político y en tono de denuncia, obedeciendo a su instinto de conservación, lo firmó con un seudónimo. Su corazonada era cierta, el tiempo de la barbarie estaba a punto de comenzar.

La Maestra llevaba veinte años ejerciendo su profesión, diez de ellos como pedagoga, en distintas ciudades de su país. Años antes había sido becada y viajado por Europa para estudiar las condiciones de la educación en otros lugares. Llegó a ser catedrática en una universidad y directora de una escuela normal. La Maestra no pudo ni quiso escapar de la necesidad ancestral de escribir artículos. Llamó a las escuelas españolas ‘almacenes de niños’, señalando lo obvio: ningún sistema nervioso era capaz de aguantar a ochenta niños en un salón de clases. Se sintió un pez en el agua escribiendo y afirmó que la educación debía ser laica, insistió en que no era un lujo sino una necesidad primordial. Tuvo la osadía de publicar el resultado de la investigación que hizo en una comunidad minera, revelando los salarios, regímenes de vida, vivienda, higiene, asistencia de enfermos y heridos y exigió para los hijos de los mineros una enseñanza digna donde se formaran ‘seres fuertes y conscientes y no carne propicia para toda explotación’. Zambullida en la tinta que acogió a su abuelo, a su padre y a sus tíos, gritó ‘¡Mujer, Despierta!’ exhortando a sus congéneres a trabajar, a votar y a luchar por sus derechos. La Maestra ganó sílaba a sílaba y palabra a palabra el recelo del clero y los militares rebeldes, su apellido hizo que los cobardes recordaran a un periodista que treinta años antes les cantó su verdad. ‘¿La metemos presa a ésta, como al tío?’ ‘No, presa no’. Un mes después de estallar la revolución que terminó en guerra civil, La Maestra fue fusilada por cobardes uniformados, tenía cincuenta y nueve años y estaba muy viva. Un mes después salieron las listas de los profesores ‘sancionados’, en las que los rebeldes no tuvieron necesidad de incluirla.

Empezó la guerra civil en el país que se había abstenido de participar de la locura mundial de la Gran Guerra. La península arremetió contra sí misma, mordió su propia mano, pateó su propia testa y acuchilló su propia espalda. El caos reinó en la tierra de La Intelectual y ella no escapó. Supo muy pronto que su tía, La Maestra, había sido asesinada y tal vez fue entonces que empezó a insultar a los curas y a los militares, según dice un poema dedicado a ella. Durante los tres larguísimos años La Intelectual ayudó a su bando desde una agrupación de mujeres. Finalmente, los republicanos fueron derrotados, la tierra se abrió y los engulló. ‘Desentiérrate hija mía, sacúdete con la fuerza de la rabia’, le susurró el espíritu de su abuela Julia; La Intelectual obedeció, huyó a pie y logró llegar a Francia clandestinamente donde vivió hasta que alguien la delató. Fue devuelta a su país. Gracias a la protección de un pariente suyo del bando ganador, se libró de ir presa, pero la dictadura le prohibió dictar clases y escribir, ‘A ver cómo sobrevive ésta, si lo único que sabe hacer esa familia es joder’. La Intelectual, de profesión maestra y de ocupación escritora, sobrevivió. ‘Si no puedo escribir mis ideas, escribiré las de otros’. Tradujo nada menos que a Descartes, Saint Simon, Proust, Montaigne, Flaubert, entre otros y se enamoró de Stendhal. Durante su larguísima carrera como traductora llegó a ser la mejor y en su momento exigió y obtuvo los derechos de autor de sus traducciones, ‘porque si el autor pone el alma y el hueso, el traductor pone la piel’. Apenas le fue posible, volvió a escribir sus propias ideas. En la última entrevista que dio para un diario, a los ochenta y tantos años de edad, se negó a ser fotografiada porque no había ido a la peluquería.

La Maestra, La Artista y la Intelectual no fundaron diarios ni ciudades, no sofocaron motines de facinerosos ni aventaron a canallas desde los balcones como sus antecesores. Ellas sólo fueron mujeres libres. El ¡Mujer, Despierta! de La Maestra sigue levantándonos a muchas cada mañana, La Maestra fue asesinada pero vivió. La Artista logró que la belleza que anhelaba quedara asociada a su nombre para siempre. La Intelectual vivió dos guerras mundiales y una guerra civil, escapó de un campo de concentración, fue capturada por la Gestapo y aun así murió de vieja con las alas intactas y la respuesta inmediata.

Nota al lector: Mis espíritus, El Intelectual, La Divina Providencia y sus hijos, Los Hermanos Carajo, partieron dejándome a sus niñas. Las escuché, observé y abracé cuanto necesité. Puede que ellas me hayan contado sus vidas o las haya imaginado yo al contemplar sus obras y leer escritos de y acerca de ellas. Esta historia no es, ni pretende ser, una biografía, y está escrita desde el amor, la ternura y la admiración a nuestras antecesoras. Queden en paz, mujeres libres.  

Gracias a los médicos Germán Málaga y Jorge Valdivia Tejada, Arequipa, Perú, por aclararme que el mal que padeció La Artista era congénito y no se debió a la caída de su madre embarazada.

Úrsula Álvarez

/ Entre Histerias e Historias

*despelote: peruanismo para ‘caos’

 

Fuentes:

Sobre Ursula Álvarez 10 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

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