La maté, porque era mía

Hoy voy a hablar de los celos y hasta dónde pueden llegar.

Generalmente la gente, al menos la de mi alrededor, entiende que los celos son resultado de la baja autoestima y eso es completamente falso. La baja autoestima puede estar presente, pero no  tiene nada que ver.

Además le da un toque pasional, emotivo y le resta importancia. Los celos no son ninguna broma y deberían preocuparnos más de lo que nos preocupan.

¿Qué son los celos?

Son una reacción ante una experiencia que se basa fundamentalmente en dos cuestiones: la falta total de inteligencia emocional y un concepto de propiedad enorme.

Os pongo un ejemplo típico. Imaginad a una pareja de chico y chica. El chico, aprovechando que su novia se ducha, coge el móvil de ella para leer sus mensajes. Abre una conversación de whatsapp y ve que está hablando con un chico. Él identifica que está tonteando con el otro chico y enfurece. Cuando ella sale de la ducha, sin entender el porqué, empieza la bronca.

¿Qué ha ocurrido?

Primero, lo que le empuja a coger el móvil de su novia no es la desconfianza, es el concepto de propiedad. La lógica es la siguiente: “Ella es mía, sus cosas son mías y dispongo de ellas cuando me da la gana”. Su reacción es a causa del analfabetismo emocional, él da por hecho que tontean porque lee los mensajes con un tono distinto, impulsivo, condescenciente y malintencionado, muy distinto probablemente al enunciado y, además, no tiene capacidad de gestionar la frustración que le genera la lectura de esos mensajes.

¿Por qué hay bronca?

Porque puede perder algo que entiende que es suyo y no es capaz de gestionar esa frustración de otra manera que no sea a través de la fuerza. Si no sabe controlarse, reinará el descontrol y éste último no se caracteriza por ser dialogante.

Y aquí es donde se genera un episodio de violencia, que no acaba, hasta que se cumple el factor desgaste. Es decir, se cansa de discutir. No le importan las consecuencias de lo ocurrido, tenía razones para cogerte el teléfono, para leerte los mensajes y para montarte un cristo. Porque en el fondo, hay un componente disciplinario.

Por otro lado, cree que es su deber poner orden en la relación, porque la relación es suya, no de los dos y ella está actuando indebidamente. Tener amigos es un acto, bajo esa lógica, indecente por parte de ella.

La exigencia de una propiedad de alguien irremediablemente implica control. Si no se garantiza la propiedad y otros influyen en sus decisiones, él no podrá controlar la situación por completo y no habrá garantías de estabilidad suficientes en la relación. También hay mecanismos de refuerzo garantes como el desarraigo social y emocional hacia todo lo que no sea él, porque entiende que es el único que tiene derecho sobre esa propiedad y el único modo de apropiárselo definitiva e indefinidamente. La deja sola, la aisla.

También hay un componente normativo. Nace de esa idea de amor dibujado por todo un modelo cultural con toda una historicidad que le precede y una implicación clave en nuestra socialización.

Ella, al incumplir esas normas prescritas, está retando la normatividad. Eso es interpretado por él como una traición al dictado de las normas de una relación funcional y hay todo un proceso reestructurador a través de medidas correctivas, como puede ser una bronca. En la que él fundamentalmente le explica por qué tiene que dejar de ser tan puta.

¿Qué deduce la chica y cuál es el resultado?

Al igual la primera vez, sigue hablando con su amigo, pero a la siguiente, tal vez, deje de hacerlo. La violencia es una manera de garantizar que su propiedad siga bajo su tutela, que es la única que da garantía de estabilidad a través del miedo y de la prudencia que aprenderá a golpe de gritos e insultos. Es decir, persigue el objetivo de no perder lo que entiende que es suyo a través de la disciplina. Da igual si ella es menos libre, la libertad la aleja de él. La libertad de ella claro, la de él sigue intacta. Por tanto, él exige el control de su mundo y el de ella.

Eso tiene una relación directa con la cosificación. Si ella es mía, ella es una cosa de la que puedo disponer siempre y cuando lo desee y cuando no puedo o parece que deja de ser mío, me enfado. En realidad es un pensamiento muy primario e infantil. Cuando lo tengo, no le hago caso, pero cuando me lo van a quitar, me quejo.

El amor no es un estado permanente de sensaciones. En general, suele ser plano, pero se exige que sea un mundo de fantasía y al ser algo inalcanzable, genera todavía más estadios de miedo a la pérdida y frustración, por tanto, él reforzará cada vez más el control.

Sin embargo, es patente que durante toda nuestra educación se nos inoculó un amor terriblemente tóxico, que nos deberíamos cuestionar con mayor frecuencia.

Ese amor que mata, que duele, que hiere, que te destroza por dentro, por el que hay que luchar, proteger incluso morir. Cueste lo que cueste, hasta la salud de mi novia, hasta mi familia, mis amigos, hasta la cárcel si hace falta. El máximo sacrificio de mi vida por un amor infinito.

Todo está justificado siempre que sea por amor. Puedo perseguirla por amor, llamarla 10 veces cada día, mandarle decenas de mensajes, escribirle por todas las redes sociales, exigirle respuesta, incluso no hacer caso de las amenazas de denuncia y seguir, seguir y seguir porque “la quiero tanto…”. Da igual su opinión, da igual si ella no quiere, da igual todo.

Dicho así parece una locura, pero es que resulta que lo es. No es bonito, no es romántico, no es pasional, no es amor. Se le llama violencia de género. Él es un maltratador y ella una víctima.

Socioculturalmente, él tiene el rol de proveedor de bienes materiales y ella de proveedora de bienes psicoemocionales. Al carecer de ellos en la ruptura, ella tendrá problemas esencialmente asociados a esa pérdida material, aunque evidentemente también implica rupturas muy profundas, sin embargo, él perderá el sustento emocional, aquello que cree que le equilibra y, por ende, en la ruptura o una inminente separación se desequilibrará y es capaz de cualquier cosa.

El concepto de propiedad, el analfabetismo emocional, la incapacidad de gestionar las frustraciones, el miedo a la pérdida, la posesión, el descontrol emocional, el sentimiento de impunidad, el rol de proveedor, la obsesión por recibir amor pasional… Todo eso es resultado de la masculinidad hegemónica y del concepto de amor romántico.

Una fantasía tan falsa, insana y tóxica como difícil de mantener, que exige una dedicación obsesiva, sobre una relación que debería ser normal. Normal, en el único sentido que debería tener esa palabra. Me refiero a algo ordinario como establecer una relación de confianza, amistad, amor recíproco y consentido sin expectativas inalcanzables.

A veces, algunos hombres, bajo el desequilibrio y su incapacidad de gestionar lo que les genera la pérdida o algo que identifiquen con una posible pérdida, pueden llegar hasta el extremo de matar.

Cada asesinato machista es un “la maté, porque era mía”. No era suya y nunca lo fue, pero para un déspota permitir la libertad en todas sus manifestaciones, extensiones y proyecciones, siempre es un problema.

Si alguien lo lee y le ocurre lo descrito, espero que lo que acabo de escribir sea la causa de vuestra ruptura.

Si ha sido así y me odiáis, ya me daréis las gracias algún día.

Lo peor que ha podido hacer la sociedad es infantilizar el amor romántico, la obsesión, el acoso y la persecución, mercantilizándolo y conviertiendo la violencia machista en un producto. Claro ejemplo de eso es Mr Wonderfull.

Las imágenes que habéis leído os deberían preocupar más de lo que os preocupan. No es amor, no es pasión, no es romántico, ni bonito. Lo que puede generar o en lo que puede degenerar es un delito público muy grave, que hay que denunciar de tener constancia.

Después de lo escrito, os sugiero leer los cartelitos de nuevo y si os remueve algo… estáis de enhorabuena.

 

Antoni Miralles Alemany

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