La maté porque era mía. Colaboración de Marisa del Campo Larramendi

LA MATÉ PORQUE ERA MÍA

Llamémosla Ana, llamémosla María, llamémosla como queramos porque la mató pues era suya.

Mató esos pequeños sorbos de café que daba en la amanecida, mientras miraba aún somnolienta el perezoso despertar de la jornada.

Mató el gesto contrariado frente al espejo cuando reparaba en esas canas cada vez más abundantes y atrevidas.

Mató ese andar gracioso, entre de jilguero y gacela, con el que alegraba el saludo del quiosquero y el sonrosado rostro de la panadera.

Mató las horas inclinada sobre los documentos del trabajo, el pincho de tortilla a media mañana, las fugaces miradas a la ventana añorante de domingos.

Mató las tardes libres, el taller de cerámica, los paseos por el parque, ese endemoniado Pilates y esas sesiones de cine donde soñaba.

Mató las risas de cascabeles entre las castañuelas de las amigas con sus guiños cómplices ante los Brad Pitt de opereta.

Mató las charlas sin fin en torno al chocolate caliente y al pastel que engorda donde se sucedían las bromas, las opiniones, las verdades y alguna que otra mentira.

Mató sus enfados repentinos, ese mohín de niña, esa mirada felina que a veces brillaba en sus ojos cuando la vida le daba la espalda y el mundo parecía cerrar sus ventanas.

Mató las noches de marcha y copas, las noches de miedo y soledad y también las noches en que simplemente dormía.

Mató la cama y los besos, la cama y los lloros, la cama y la añoranza de estrellas que arrebujada en las sábanas en ocasiones la perturbaba.

Sí mató sus sorbos de café, su andar gracioso, sus horas de trabajo, sus tardes libres, sus charlas de amigas, sus noches locas, sus noches tristes, sus noches de luna llena y ansia crecida.

Si todo eso mató de diez cuchilladas o de dos disparos, ¿qué más da?, porque llamémosle Ana, llamémosle María, llamémosle como queramos, aquella mujer era suya y solo suya.

 

Texto: Marisa del Campo Larramendi

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