La Prostitución y el espejo de Virginia Woolf

 

Desde su habitación propia, Virginia Woolf decía que los hombres habían convertido a las mujeres en un espejo en el que se veían reflejados al doble de su tamaño. La autora de Al Faro no se refería tanto a ese famoso metro iridiado de los varones que les permite aumentar centímetros a discreción, cuanto al hecho de que utilizan a las mujeres para verse y gozarse engrandecidos. Las hembras pasivas, atentas, débiles y receptivas son la superficie bruñida ideal donde el macho contempla sus plumas, su fortaleza, su hombría y su inagotable actividad.

Claro que Virginia Woolf podría haber añadido que el hombre frente al espejo de la mujer  no solo aumenta al doble su tamaño, sino que también multiplica por dos, por tres o por cuatro sus personalidades. Y así puede ser el intrépido guerrero que hoya el cuerpo femenino como tierra conquistada; o el sofisticado galán que acaricia la piel de la mujer como si tomara una flor; o el marido agriado que no acaba de entender por qué debe ser el quien se caliente la cena; o, por no alargar mucho la lista proteica, el niño doliente que busca cobijo materno en regazo de mujer, tras alguna derrota en el campo de batalla de la sociedad.

Por supuesto que hay hombres que a trancas o barrancas, empujados o por decisión propia, han renunciado a este particular espejito mágico y pugnan por ver en la mujer que aman o desean una igual y una compañera. Y digo que pugnan porque, mal que nos pese y aunque presumamos de lo contrario,  los reflejos condicionados del patriarcado siguen guiando muchas de nuestras conductas, y en los estratos más profundos de la psique femenina aún subsisten los sueños del príncipe azul y el macho protector, y en la de los hombres todavía pervive la tríada de madre, criada y puta.

 

El debate sobre la prostitución.

 

La perspectiva liberal de las cosas ve la sociedad como una agregación de individuos “iguales” que pugnan por maximizar sus beneficios en una situación de “igualdad” de oportunidades. Esta visión del mundo individualista, competitiva y posesiva está conquistando nuestra forma de pensar y tomando posesión de nuestras conciencias, sin que nosotros mismos muchas veces nos percatemos de ello.

Los debates actuales sobre la prostitución son un buen ejemplo de esta insidiosa colonización liberal de “nuestra” mirada. Si uno vuelve la vista al pasado, comprobará que el pensamiento revolucionario siempre consideró la prostitución como una lacra. Y obsérvese que se ha dicho la prostitución, que no las prostitutas, a quienes el ideario emancipador nunca dejó de defender y de calificar de esclavas modernas. Sin embargo, esta condena sin ambages de la prostitución mantenida por la izquierda prácticamente a lo largo de toda su historia está perdiendo posiciones en la actualidad.

Y es que cada vez está más extendida entre la gente progresista la idea de origen liberal de que la prostitución es “un trabajo como otro cualquiera”. Sin duda, desde una cierta interpretación del término “trabajo”, se puede llegar a considerar la venta del cuerpo – o de “servicios corporales” –  como una de las formas posibles de la venta de la fuerza del trabajo, y por ende calificar al mercado del sexo como una de las “secciones” del mercado laboral. Sin embargo, no creo que esta identificación legitimaría la prostitución como trabajo, sino que por el contrario revelaría la naturaleza explotadora y alienante de todo trabajo en el capitalismo, siendo precisamente la prostitución el ejemplo extremo que pondría de manifiesto este carácter explotador y cosificador. En cualquier caso, resulta un tanto chocante considerar como un trabajo similar al que realizan funcionarios, médicos, mineros o limpiadores de cristales, una “práctica” que consiste en dejarse penetrar por cualquiera de los orificios del cuerpo, diez, veinte o treinta veces al día, por individuos que no te gustan o que sencillamente te repelen.

 

La prostitución, un espejo.

 

Si según Virginia Woolf el hombre hace de la mujer el espejo donde se ve al doble de su tamaño, la prostitución es el espejo en el que el macho triplica o cuadriplica sus dimensiones. Porque la prostitución no es un contrato privado entre dos personas libres, autónomas y maduras. La prostitución es una institución social que asegura al hombre un harén de mujeres. Siempre que quiera, todo varón podrá ser conquistador, sátiro, perverso, frívolo o comprensivo, tan solo tendrá que pagar el precio convenido. Gracias al alcahuete universal del dinero, el macho convertirá a la hembra que se tercie, de sujeto en objeto, de persona en receptáculo de su semen y deseo. Por mucho que se arguya que también hay putos – una minoría que en su mayor parte también “trabaja” para clientes masculinos – es este enfoque sistémico y de género el que mejor desvela la esencia de la prostitución. No olvidemos que la visión de género y la reivindicación de lo personal como político son los logros fundamentales del feminismo y las razones últimas de que incordie al patriarcalismo.

En el burdel, en un coche aparcado o en un oscuro portal, frente al cuerpo alquilado, ante la puta desnuda y a su servicio, el hombre, desconcertado ante su nuevo lugar en el mundo, inseguro de su papel actual con las mujeres, compensa su fragilidad, venga su puesta en cuestión, satisface sus deseos inconfesados, en definitiva, revive, disfruta y reproduce, aunque solo sea por unos momentos, su superioridad de macho y su dominio patriarcal.

Texto: Marisa del Campo Larramendi.

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