Los Van der Eynde por José Ramón Saiz Viadero

 

 

Una vez más he tenido la posibilidad de verle en la pequeña pantalla. No es, pues, la primera ocasión que me topo con su figura y a buen seguro que tampoco será la última, dado el cariz que los acontecimientos político-jurídicos han tenido tomado en Cataluña en el transcurso de los últimos tiempos.

Habrá quienes después de leer lo que antecede tendrán en su mente el nombre de cualquiera de los dirigentes más destacados del independentismo catalán. Yo simplemente señalo la presencia de una persona a la cual, pese a la sonoridad y connotaciones de su apellido,hasta la fecha no conocía, y que repentinamente no solo se me ha mostrado como alguien familiar, sino que ha venido a rescatar del disco duro -ya casi repleto- de mi memoria más personal, los recuerdos de un tiempo que ni siquiera él mismo ha vivido, y desconozco si habrá heredado algunos conocimientos acerca del pasado santanderino paterno. Unos conocimientos que yo quiero compartir.

Me estoy refiriendo a Andreu van den Eynde(París, 1975), abogado defensor de la ex presidenta del Parlament Carme Forcadell y también del ex vicepresident del Govern de Catalunya Oriol Junqueras, cuya presencia cobró un cierto protagonismo mediático sobre todo en los difíciles momentos en que su defendida se encontraba al borde de entrar y de no poder salir tan pimpante de las mazmorras. Finalmente, parece que se llegó a una solución de compromiso a la catalana –pagando, eh– y la amenaza cernida sobre la ya ex presidenta haya conseguido demorar su tiempo de entrada en prisión.

Mientras tanto, la intervención de su letrado ante las cámaras de televisión era constante y, viéndole vistiendo una actualización de la trenka utilizada por los progres de los años 60, incluso por los anteriores al mayo del 68, ha venido a mi memoria una imagen bastante más juvenil correspondiente a otro Van den Eynde y, por ende,me lleva a rememorar el papel que tanto él como algunos más de su generación jugaron en el despertar sociopolítico de una parte de la juventud santanderina, durante la etapa conocida a nivel mundial como la década prodigiosa.

Y al decir esto estoy hablando de Arturo van den Eynde Ceruti (Santander, 1945-Barcelona, 2003), alguien a quien conocí a comienzos de los 60 y con quien tuve ocasión de mantener una estrecha amistad y camaradería durante los breves años que permaneció en nuestra ciudad, antes de trasladarse primero a Madrid y luego ya definitivamente a Barcelona, para seguir sus estudios de Arquitectura, los mismos que por impedimentos de su lucha política quedarían sin terminar.

La vida, habiendo comenzado en caminos convergentes, nos llevó muy pronto por senderos divergentes, hasta el punto de que ahora mismo creo recordar que desde entonces no volvimos a coincidir nunca, ni a vernos una sola vez siquiera. Por eso, entre otras razones, considero necesario recuperar esta historia para refrescar mi propia memoria y también para el conocimiento de quienes no vivieron unos momentos, tan ricos en acontecimientos como turbulentos en devenires, que de vez en cuando retornan desde el pasado, aun cuando sea modificando sus protagonistas, sus nombres y, a veces, también sus roles.

Fue, no podía ser de otra manera, el Ateneo santanderino de la Plaza Porticada el escenario propicio y propiciado para nuestro encuentro casual. Y llegado a este punto de partida me veo obligado, una vez más a hacer una referencia elogiosa del comportamiento de su presidente de entonces, Ignacio Aguilera Santiago (1907-1989), director a la vez de la Biblioteca Menéndez Pelayo, quien a su llegada decisiva a una vetusta y decadente entidad cultural con algo menos de cincuenta años a sus espaldas pero que ya había sufrido varios traslados por el imperativo de incendios sucesivos, impulsó la necesaria renovación de su actividad, incluyendo en ella la participación de dos sectores inéditos por lo insólitos hasta la fecha: las mujeres y los menores de edad, que para nuestra sociedad machista y dada a la gerontocracia venían a significar lo mismo o algo muy parecido. Con su inteligencia liberal y un ingente trabajo, la docta casa (como así solía denominarla él mismo) llegó a sumar cerca de dos mil soci@s en unos pocos años.

Arturo van den Eynde, y yo mismo,tuvimos la oportunidad de encontrarnos entre los beneficiados por esa política cultural de integración en el Ateneo de aquellas voces que hasta ese momento permanecían silenciadas. O, cuando menos, afónicas dentro de un amplio y bastante generalizado espectro social aquejado de continuo catarro intelectual, a la vez que siempre sometido a la vigilanciade una Brigada Político-Social que, para mayor escarnio, tenía su sede en la acera de enfrente, contando a menudo con la colaboración de la Delegación Provincial de Información y Turismo, ubicada en los bajos del propio Ateneo. Dicho sea esto sin otra intención mayor que la mera orientativa, urbanísticamente hablando.

Como no se trataahora de hablar excesivamente de mí mismo, no diré de dónde venía yo en aquellos momentos, pero sí que nos interesa rebuscar en el entonces corto pasado de un personaje al cual solamente sacaba yo cuatro años de distancia cronológica, los suficientes en aquel momento para poder ubicarnos en sendas laderas de una minoría de edad legal cuya frontera durante el franquismo se fijaba en los 21 años.

Pero el análisis de tal procedencia, así como otros rasgos ya sobresalientes del carácter de Arturo, fundamentales para conocer tanto su personalidad como el tiempo que la vio madurar hasta llegar a convertirse en un personaje mítico para una parte de la clandestinidad política, lo dejaremos para una investigación algo posterior.

Por lo tanto, y de momento, hasta ahí llego.

José Ramón Saiz Viadero

 

 

 

 

 

 

 

 

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Escritor, historiador, periodista, conferenciante. Especialista en historia de Cantabria y del cine español. Ha sido asesor cultural del Ayuntamiento de Santander, y concejal en las primeras elecciones municipales.

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