MANUEL DE COS. CUANDO LA HISTORIA SE CONVIERTE EN MEMORIA

Necrologica

  1. R. Saiz Viadero

 

El fallecimiento de Manuel de Cos (1920-2017) no por esperado deja de sorprendernos en nuestro ánimo a quienes le conocimos y apreciábamos, porque significa la desaparición de un ser entrañable y animoso, pero también la orfandad memorística respecto a una parte de nuestra historia común en que nos sume su muerte.

Conocí a Manolo Cos en Madrid, allá por los comienzos de los años 60 y, si fuera necesario precisar algo más, podría añadir que debió ser durante el verano de 1963. Por lo tanto, han transcurrido 54 años desde aquel momento en que, para un jovenzuelo en periodo militar obligatorio como era mi caso, significaba la penetración en un ambiente hasta entonces completamente desconocido.

Mi querido y siempre añorado amigo Julián Cuesta García consiguió que yo pudiera sacar partido de la ociosidad impuesta derivada de mi estancia en el Ministerio de Marina al presentarme en el local que el recién creado Club de Amigos de la UNESCO tenía en la madrileña Plaza de Tirso de Molina, mejor conocida por las gentes del lugar como Progreso, palabra que sin duda no resultaba demasiado agradable a los oídos del franquismo imperante.

En aquel club Manolo era punto fuerte y frecuente. No podría decir si ostentaba algún cargo directivo; posiblemente no, dado su carácter más activo que representativo, pero lo cierto es que podía uno encontrárselo en todo momento, debido a que vivía, o por lo menos tenía una tienda de artículos diversos, en una de las calles aledañas.

Ya practicaba por entonces, junto a la militancia clandestina que compartía con muchos de los demás socios y socias, otra disciplina cual era la del vegetarianismo, por lo cual solía encargarse de vigilar la dieta que observábamos cuando la duración de las actividades nos obligaba a permanecer a jornada completa. Y las broncas eran amables pero insistentes, dada nuestra tendencia a saciar nuestro apetito mediante la ingesta del socorrido bocadillo de chorizo, algo que él odiaba.

De su compromiso político no podría decir más, debido a que me enseñaron a practicar la prudencia de no preguntar, por aquello de que “cuanto menos supiera, menos podría decir”. Eran tiempos en los cuales acababan de ejecutar al dirigente comunista Julián Grimau, después de haberle sometido a torturas diversas, culminadas con arrojarle por la ventana de las dependencias policiales.

Eran tiempos, también, en los cuales el club estaba sometido a una gran vigilancia por la Brigada Político-Social a través de los confidentes encargados de transmitir cuanto ocurría en su seno, a veces completamente magnificado para así poder justificar su sueldo o las gratificaciones correspondientes.

Manolo lo sabía y procuraba establecer un control de los sospechosos para limitar sus movimientos por las dependencias del club. En los dos años que permanecí allí, forzoso pero gozoso, supe más de la vida política que en toda mi anterior trayectoria, sin necesidad de tener que ahondar en las  interioridades personales de las gentes a las que conocí y traté, entre las cuales se encontraban dos militantes tan destacadas como Juana Doña y Eva Forest. Y también Manolo de Cos, como paisano que era.

La otra actividad que podía destacarse en Manolo era su pasión por la fotografía, poniendo su cámara al servicio de los actos del club, primero, y del PCE después, una vez fue legalizado en el momento de la transición democrática. Raro era el acto en que a Manolo no se le veía con su cámara fotográfica de procedencia rusa, antes de  sustituirla por una de video, obteniendo constancia de la celebración de centenares de mítines, en un archivo personal que guarda, entre otras imágenes, las correspondientes a la celebración de un mitin multitudinario en el Hipódromo de Cueto, con la presencia de un Santiago Carrillo recién incorporado a la vida política pública, y que paralizó la ciudad de Santander en un día del mes de junio de 1977. Manolo Cos, con su cámara, fue el encargado de dar fe de la legalidad del PCE en España y, por extensión, en Santander.

A quienes le conocimos, y compartimos con él tantas cosas a lo largo de este medio siglo también largo, nos queda la memoria de su terquedad militante, la dramática y valerosa historia familiar que poco a poco fuimos aprendiendo, su conocimiento de las cuevas situadas en la parte occidental de Cantabria, su pasión por la Naturaleza…

 

Personalmente me queda, también, su testimonio gráfico y la posibilidad de rememorar su peripecia juvenil en el batallón 91 compuesto por penados republicanos deportados a Canarias, mediante la revisión de un documental dirigido por el realizador Ciani Martín en el año 2005 con el título de Palabras de piel. Esclavos del franquismo. No sé si el propio Manolo, co-protagonista de dicho documental, pudo verlo alguna vez, pero ahí se encuentra narrada en primera persona una parte fundamental de su vida, aquella que explica su comportamiento posterior a lo largo de una existencia dilatada y permanente de casi un siglo, caracterizada por los rasgos sobresalientes del valor, la estrategia y la tenacidad como pasiones de una antigua militancia.

 

José Ramón Saiz Viadero

Sobre J. Ramón Sainz Viadero 9 Artículos
Escritor, historiador, periodista, conferenciante. Especialista en historia de Cantabria y del cine español. Ha sido asesor cultural del Ayuntamiento de Santander, y concejal en las primeras elecciones municipales.

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