Masculinidad Hegemónica

De todo este debate lo que me ha quedado más claro es que el castellano nace en el Big Bang.

Quiero matizar algo antes de empezar. Yo no me opongo a las personas que les parece una soberana estupidez lo que hizo Irene Montero, no penséis que este texto sigue la contra opinión académica, ni tal solo quiero que compartáis lo que escribo. Es solo una opinión.

Como dice la canción de MClan: “no es un final feliz, tan solo es un final”, pues no es una realidad objetiva, tan solo una realidad.

Lo que quiero decir es que las opiniones a favor, en contra y cualquier reflexión caben. Hasta el humor. Hay que reconocer que ha habido ingeniosas formas de humor que pretendían relativizar y en parte, entiendo cierto revuelo, pero jamás desde un ejercicio de la violencia. Porque la violencia no explica, ni razona, ni relativiza, solo ofende por ofender.

Algunos hombres hemos sido observadores de cómo se activa la masculinidad como una app de un móvil y de cómo responde la masculinidad hegemónica desde una violencia estructural, cuando son apoyados por la misma.

Hemos visto cómo se esbozaban argumentos de la “educación primaria”, como si no la hubiéramos cursado con la misma intensidad que ellos y careciéramos de la propia. Hemos visto como el clasismo campaba a sus anchas llamándonos “millenials” “ignorantes” “incultos” por no hacer leña de un error anecdótico. Porque de eso se trataba: de hacer leña y no del árbol caído, sino del que estaba por caer. Ya se encargarían ellos.

Hemos sido observadores de cómo los insultos más machistas eran vomitados casi sin razón y sin necesidad de corregir los errores gramaticales, porque para insultar no hace falta apoyarse en la RAE.

Hemos vivido como, al tiempo que se decía que “todos” incluía a todo el mundo, se utilizaba el “todas” solo para insultar.

Hemos visto cómo la burla, la violencia y las humillaciones a un movimiento de paz, de respeto, liberación, igualdad y tolerancia eran justificadas por algo que no tenía la mayor importancia. Por cuestionar, ya sea a propósito o no, UNA palabra del diccionario.

Una sola palabra del diccionario mal dicha por una mujer, puede acompañar la activación sin fin, sin filtros y con absoluta y total impunidad de la masculinidad y a una desproporción misógina brutal.

Hemos sido observadores de una verdad sin filtros. Queda probado que las jerarquías femeninas son mucho más cuestionadas, menos valoradas y más despreciadas.

Una palabra del diccionario mal verbalizada puede llevarte a ser cuestionada en todo tu trabajo, formación académica y valía como portavoz y como diputada. Solo por eso.

M.Rajoy aparece en los papeles de Bárcenas y hay 8 millones de personas que lo votan con el argumento de que: “todos roban” y “prefiero que me robe el profesional, porque a mí un comunista no me roba”.

Las jerarquías femeninas son claramente más cuestionadas, por cualquier cosa. Ha sido cuestionada por ser la novia de Pablo Iglesias, ha sido cuestionada por tener un cargo de responsabilidad, ha sido cuestionada por el uso de su cuerpo, ha sido cuestionada por su vestimenta, por su forma de expresarse, por sus comparecencias, por TODO y no desde la perspectiva política, sino porque es mujer.

Si a alguien le parece que lo digo porque comparto ideas con ella, no tengo ningún problema en decir que a Dolores de Cospedal le ocurrió lo mismo, a Inés Arrimadas también y las defendí por igual. Y seguiré haciéndolo, porque soy aliado feminista y por tanto demócrata. Aunque me horrorice lo que digan, defenderé que puedan decirlo, que tengan acceso a lugares de toma de decisión, que hagan lo que quieran y que jamás sean cuestionadas por ser mujeres.

No necesito decir que Inés Arrimadas es una “guarrilla” o desearle que la violen en grupo. No lo necesito y no quiero hacerlo. No lo necesito porque en un debate la hundo argumentalmente y no quiero hacerlo, porque en parte me alegra que esté allí por mérito propio y me da igual que sea mujer.

Cuando uno no tiene argumentos suficientes para atacar el argumento contrario con suficiente solidez, ataca a la persona. El problema es que la segunda opción en el caso de las mujeres es la primera. Porque en cierto modo sabemos que llamar: puta, gorda, fea o guarra a una mujer, interpela e impacta emocionalmente de otro modo. Sabemos que podemos hundirla sin necesidad de razonar, porque es más fácil, porque podemos, porque es una manera muy útil de desbancar a una mujer y porque al final, el contexto nos lo permite, dotándonos de una permeabilidad donde todo cabe y de una impunidad sin fin y sin filtros.

La masculinidad se activa para corregir, para disciplinar, para callar, para insultar, para hundir, porque la masculinidad es eso exactamente.

El feminismo no dice que la masculinidad se construya en un escenario de fragilidad, lo que dice es que en el momento en que se vulnera cualquier aspecto, por pequeño que sea, por poco que quiebre algo normativamente inquebrantable, habrá consecuencias.

Y las consecuencias, son de sobra conocidas.

La masculinidad, aquella construcción en la que los hombres nos socializamos, está hecha para disciplinar en base a unas normas que han constituido ellos mismos, apoyándose en un contexto que lo permite.

No me importa si es o no correcto portavoza, aunque desde luego no lo sea. No lo catalogaría ni de “lenguaje inclusivo” aunque tampoco creo que este debate sea académico. Pero todo ese debate pasa a un segundo plano, cuando algo tan nimio, tan pequeño y tan inocente puede ser violentado de una manera tan y tan brutal.

Y, sobre todo, cuando la voluntad es exigida por quien no le pertenece. Es el típico: “habla por mí, pero con mis argumentos”. Lo que se denomina: “voluntad alienada”. Al final, les hacemos creer a las mujeres que son mejores mujeres y más válidas si no cuestionan la normativa social.

Porque lo que todos esos le estaban exigiendo a Irene Montero es que hablara como debía, no desde una consideración gramatical, sino que se valían de ella para justificar el carácter disciplinatorio.

Lo que querían es que se callara, que se fuera a casa, que se metiera en la cocina, que es de donde NUNCA debería haber salido.

Además de que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, vamos a criticar su cargo diciendo que está allí: porque es la novia del jefe, una enchufada o que esto es el resultado de la paridad, pero no lo decimos porque seamos unos machistas asquerosos, sino porque ha dicho “portavoza” e incumple las normas gramaticales.

The woman speaks in a megaphone. Vector illustration

Y acabo.

¿Sabéis que es lo peor de todo? Que el ejército de misóginos no estaba solo en la bancada de la derecha.

Yo no sé si ella es la Portavoza de Podemos, pero lo que tengo claro, es que nosotros somos los portavoces del patriarcado y lo hacemos muy bien.

Antoni Miralles Alemany

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