Matilde Camus

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Ante todo agradecer a la Biblioteca Central en la persona de su director Alberto Peña Fernandez, a Raquel  Gutierrez San Sebastián por sugerir mi nombre, a José Ramón Saiz Viadero por la ayuda inestimable que me ha prestado para completar y llenar de vida esta conferencia y todo aquello en lo que me embarco. A ustedes por su amable atención en una tarde que el gusto anda en callejear. Mención especial quiero hacer a Matilde Guisandez Camus que se ha desplazado para escuchar lo que contamos de su madre y con sus amables palabras ha puesto confianza y colofón en mi persona para acometer esta charla. Todas ellas  han hecho el inmenso favor de traerme aquí para hablar de mi ilustre compatriota y vecina además de hacer que profundizara en su obra hasta llegar a amarla profundamente.

Soy coordinadora de un magazine cultural http://www.lapajareramagazine.com,    en sus páginas -que desde ahora les invito a visitar-  nos dedicamos desde hace dos años y medio a sacar de la oscuridad a mujeres que consideramos importantes por motivos diversos. Mujeres que han realizado grandes cosas en arte, literatura, fotografía,ciencia,  pero permanecen en una opacidad resultante de un cruel desconocimiento. Hay varios motivos para que ocurra esto: a mi entender el más importante, pero no el único,  es el ninguneo que se le produce a la mujer en los ámbitos culturales (en casi todos los ambientes, si me permiten el apunte), lo que potencia que  hayan permanecido en una oscuridad tan injusta como oprobiosa para ellas y para nosotras que nos perdemos su obra.  Ser mujer y escritora es más difícil que ser hombre y escribir. Se lo puedo asegurar. Parece que a nosotras se nos menosprecia como literatura menor, como obreras de la palabra de entidad doméstica y/o amorosa sin la importancia de la Literatura con mayúsculas, realizada, como no por hombres. Si lo dudan comprueben ustedes los nombres de los premios literarios y la nómina de la RAE , siendo como somos mayoría de lectoras…y de escritoras. Hay unos condicionantes que nos ponen  trabas, como en casi todas las actividades de la vida. El menosprecio y el ninguneo es uno de ellos y quizá el más sangrante. Por ese motivo me parece  importante que estemos hoy aquí agasajando y recordando a una mujer escritora, a una poeta de la talla de Matilde Camus.

 

El nombre de Matilde Camus ronroneaba en mi cabeza desde que comenzamos la andadura del magazine, les confieso que al ser de la tierra, casi de casa, me parecía un tanto exhibicionista traerla a nuestras páginas de La Pajarera Magazine. Conocía a Matilde Camus como casi todos ustedes, como poeta cotidiana que nos recreaba el paladar con una poesía cercana, salida del sentimiento de la vida cotidiana,  de amores y complacencias sencillas. Tanto es así  que nos acostumbró a admirarla dentro de lo cotidiano, del devenir de nuestro paisaje y paisanaje. Quizá por ese motivo se encuentra Matilde  un poco subestimada, pecado que les confieso a ustedes he redimido con el conocimiento de su obra. Cuando Raquel y Alberto me propusieron esta charla dediqué tiempo a leerla, a profundizar en su obra, al principio con el motivo de hablarles a ustedes de forma documentada, luego por puro placer literario, hasta convertirse, Matilde, en personaje cotidiano en mi día a día. Mientras la admiración crecía.

Descubrí entonces, al hurgar en su biografía, unos paralelismos sorprendentes con mi persona, tanto que me la acercaron como ser humano, además de encontrarme con la magnitud de su obra.

Matilde Camus procede de Monte, como yo, con las hondas raíces que da pertenecer a un pueblo que ha rondado con un ojo en el mar, tan cercano, abrupto y bello y por la tierra, con esa tradición de pequeñas vaquerías y  campos bien labradas que ha hecho a su gente tener el corazón partido: mar y/o tierra. Nacer o proceder de Monte, es algo importante…ni más ni menos que en otros lugares, no quiero yo ser supremacista, pero genera una forma de mirar, una visión tan profunda de la belleza natural que nos rodea que a la fuerza  marca y nos arraiga con fuerza a la tierra cántabra.

Miren los paralelismos: mi padre era de tierra, amaba su ganadería , los sembrados,  siendo feliz cosechando, libando a las ubres de las vacas su oro blanco, con el que aplacaron hambres y desnutriciones durante generaciones muchos integrantes de Cantabria. Mi tío, en cambio,  era lobo de mar. Con una barquichuela de las que atracan en la Maruca, salía en busca de bogavantes (llocántaros, los llamaba él) y de langostas, para aumentar el pecunio familiar, como lo hacía mi padre con la ganadería . Ambos, además,  trabajadores de empresas del momento, mi padre en Viesgo, el tío en Corcho. La economía mixta típica de los pueblos del cinturón de la ciudad.

Proceder de Monte es un grado…porque nos hace añorar su paisaje cálido, las suaves nubes que amohínan el paisaje y lo visten de grises gredales. Crea carácter, les aseguro el hecho de  haberse perdido por la costa, por la Punta de la Mesa o por los Carabineros, crecer en los prados de Rostrío,  contemplando la grandeza de ese mar eterno que nos moja como savia y nos llena la sangre de vida es indeleble. Y Matilde pasó su infancia visitando Monte, viviendo en Monte rodeada del amor de sus abuelos. Se le debió colar en su alma el paisaje pinturero y colorista para hacer que creciera una poeta grande. Como les digo, al perderse por esa costa, casi es imposible no hacer poesía, o pintura…o cualquier movimiento cultural. Imagino a Matilde contemplando el paisaje siendo niña desde la tristura de una huérfana solitaria e imagino como sembraba en su alma la poesía que luego brotó como fruta exquisita.

 

Matilde nació hace cien años, un 26  Septiembre de 1919, llegó al mundo con los felices veinte sin intuir lo que se le avecinaba porque la historia se puso muy cruda mientras crecía. Hija de Francisco Gómez, natural como les dije, de Monte y de Matilde Camus, de Cueto (hay innumerables matrimonios entre ambos pueblos, la mezcla de nativos de ambas poblaciones ha forjado las familias de vecinos entrelazados

Matilde abrió los ojos  sintiendo el calor maternal solo veintiocho días, justo los que sobrevivió la madre. Era tiempo en que las mujeres parían en casa y la muerte se escondía detrás de la puerta esperando llevarse a la parturienta o a la cría. Esta vez arrebató a la mujer, dejando al padre de  la pequeña  sumido en una tristeza que no se le marcharía nunca quedando  la  niña al cuidado de un ama de llaves que la crió como si fuera salida de sus entrañas. Con el tiempo, Matilde, observando como los otros niños llamaban madre a sus acompañantes, aprendió a llamar así a la buena mujer que la crió como tal.

No creo que su orfandad adoleciera de falta de amor porque en el portal número tres de la Cuesta de la Atalaya (segunda casualidad, yo vivo más arriba, justo al lado en la misma calle) soplaba un aire de ausencia pero el amor sobraba. El bueno de Francisco Gómez (el padre, porque Gómez es el primer apellido de Matilde) amaba tiernamente a su hija, sobrándole  ternura para ella y cubriendo la falta de madre.

El buen hombre trabajó primero en  una farmacia cercana pero las guardias y el lento horario le alejaban demasiado de la pequeña. Poco tiempo después, Francisco abre una droguería en la Plaza de la Esperanza. Con ello, mejora la situación económica de la familia y el padre puede estar más tiempo con la hija que crece entre ensoñaciones.

Es posible que a Matilde  vivir en la Cuesta de la Atalaya le proporcionara la contemplación de  la ciudad desde arriba. Ver los tejados que se solapan hacia la bahía entre brumas y calmas matutinas también tiene mucho de educación en la hermosura ,como en sus visitas a Monte,  Matilde aprendió a amar profundamente a una ciudad que se extendía bajo sus ojos. Mientras la  pequeña añoraba la vuelta del padre desde las ventanas de su hogar  soñaría con dar forma a esa visión esculpiendo palabras que más tarde saldrían de sus manos en forma de poemas sublimes.

Va creciendo la niña y se cruza otra casualidad. Ambas, Matilde y yo estudiamos en el mismo colegio, el San José… Desde niña mostró ademanes de poeta. Escribía para su padre pequeños poemillas desbordada de amor filial porque su sensibilidad se afinaba y brotaba con palabras entrelazando versos. Más tarde, cuando llega la pubertad,  sigue describiendo las mareas que agitan su interior en forma de amores juveniles.

Malos tiempos para la lírica, y más si salían de la mente femenina. Matilde guarda sus poemas con pudoroso recato; tan solo los muestra en la intimidad del hogar a sus familiares directos. La suerte estaba echada y en su entrada en el Instituto Santa Clara (ahí no estudié yo…pero voy a votar) el destino quiere que sea  alumna de Gerardo Diego.

Destaca en Lengua y Literatura, en lo demás no tanto (como yo)   absorbe desde el primer momento las clases de Diego, sellando un afecto y admiración mutua que duraría  hasta la muerte del maestro. Bebía sus enseñanzas y se atreve a mostrarle algo de su obra, que primeriza y niña, ya tiene el sello del genio.  Diego, se da cuenta de que la niña tiene poesía dentro, que arde en ella la pasión por la lírica y unos ojos (los ojos de poeta) que le hacen ver lo que otras personas no ven. Lleva dentro una ola inmensa de belleza que saldrá más pronto o más tarde. Y el poeta apoya a la niña Matilde desde el principio. La ayuda a sacar ese mar  de sensibilidad que le brota cada poco. Decide proteger ese don, cuidar de que la pequeña no pierda el gusto por las letras.

 

Matilde, como no podría ser de otra manera, es lectora empedernida y adora (otra vez las coincidencias) las novelas de Elena Fortún, admirando al personaje de Celia como tantas niñas de la época. Incluso se escribe con la autora –Matilde niña envía cartas infantiles a la protagonista de las novelas de Fortún, Celia-. Que gran escritora, Elena Fortún y que injustamente olvidada.  La hemos reivindicado desde La Pajarera y en cada oportunidad que tenemos. Y volvemos a lo que se decía en un principio. Ser mujer, escritora es sujetarse a un menosprecio cultural porque es inadmisible que una autora que no solo creó una literatura infantil de altura, sino que escribió “Celia en la Revolución” magnífica y definitiva novela sobre la guerra civil que les recomiendo encarecidamente, merece lectura y revisión

 

Los años pasan, se desgarra España en una contienda cruel  y cruenta. En 1936, un joven madrileño pasa las vacaciones de verano en Santander, como tantos otros. El 18 de Julio está en la ciudad, quizá ajeno a los aconteceres que parten el país en dos. No puede volver a Madrid  decidiendo quedarse en nuestra ciudad. Matilde y Justo Guisandez García se conocen ese verano y sellan un pacto de amor hasta la muerte. Como en los folletines, vivirán toda la vida juntos y se irán a la otra con solo veinte días de diferencia. Tiempo de sobra para reclamarse el uno al otro y seguir compartiendo lunas, banquetes de mar y sombras en las alturas.

Justo , poco después de la fecha nefasta, es reclamado por una hermana desde Badajoz y allí marcha, herido de amor para siempre. Es elegido poco después  Delegado del SEU (sindicato universitario) tornando al poco tiempo a Santander y a su Matilde. Ayudará en las primeras publicaciones de  la poeta desde su cargo universitario. Se convierte en el garante del talento de su mujer. La estimula y presta su apoyo en todo momento, cosa poco frecuente en los varones de entonces…y en los de ahora.

Se casan en 1943 cuando los jinetes del miedo cabalgan por Europa mientras  España sigue desgarrada por el hambre y la oscuridad. Matilde, fiel a la época oscurantista y triste, hace lo que debe…Dedica el tiempo a criar hijos, a conformar un hogar amoroso, pero no por ello deja de escribir y de leer. Tan solo se oculta bajo el suave manto del hogar y la familia.

Permítanme ahora,  hacer un paralelismo entre Matilde y  la enorme Rosalía de Castro que derramaba su  obra entre los pucheros de la cocina del Pazo de Padrón, mientras contemplaba por un ventanuco tallado en la cantería de la cocina la suavidad del paisaje gallego, al Sar, corriendo en pos de un mar lejano y sinuoso. Entre fogones, sin oropeles, cuidando a niños y contemplando el paisaje soñado compuso Rosalía la más excelsa poesía que podemos tener en dos idiomas, gallego y castellano sin menoscabo en ninguno de ellos.

Sin oropeles ni honores, como Rosalía; en su casa, cuidando del hogar,  compuso Matilde Camus una obra, tanto la poética como la de investigación, porque fue intenso el amor a su tierra y la dedicación a sonsacar los detalles de un paisaje y paisanaje que en su prosa encontró acomodo. Matilde respira Cantabria y Cantabria ensoñó e inspiró a Matilde, fusionando el alma de una poesía sencilla y bella con el arte de lo sublime. Y como  Rosalía se nutrió de los humedales, de las visiones de un mar –Rosalía de ese Sar embelesado y de los suaves campos galaicos- que las llevaron muy lejos de sus rincones. Como les decía al principio, nacer   aquí  con el embeleso de los verdes, con la bruma que amohína un paisaje que parece sueño, es tener muchos números para ser poeta. Y Matilde lo fue hasta las últimas consecuencias, haciendo de su vida un continuo fluir literario.

Matilde sigue escribiendo, sigue leyendo, nutriéndose en su casa mientras los hijos crecen . Callada y concisa, como solemos andar las mujeres, que a falta de tiempo y con sobra de labores sacamos horas a los minutos. Matilde escribe en  casa, esperando su lugar y el momento de salir a escena, sin abandonar su vocación porque respira literatura.

Creando una obra de hermosura inigualable, alentada por Justo Guisandez  que fue su colaborador más estrecho, el que insuflaba valor a la timidez y humildad de la poeta, también no olvidemos,  empujada por  Gerardo Diego que jamás abandonó a la alumna aventajada.

 

En 1965, se quiebra uno de los amores profundo de Matilde. Muere el padre; los hijos han crecido y ella sigue en contacto con Diego… Se decide a dar el salto.  Va introduciéndose en el Ateneo de Santander, da a conocer algo de su obra, comienza a publicar con timidez pero saboreando el fruto de tanto tiempo.

Su primer libro (Voces) se concibe casi como se hizo, dentro del ámbito familiar. La portada la dibuja Justo Guisandez, ella firma como Matilde Camus, como forma de honrar a la madre perdida y salta a la posteridad. Lo prologa, como no podía ser de otra manera, Gerardo Diego.

Más de treinta libros siguieron al primero. Innumerables poemas. Nombro su obra poética a continuación:

  • Voces(1969).
  • Vuelo de estrellas(1969).
  • Manantial de amor(1972).
  • Bestiario poético(1973).
  • Templo del Alba(1974).
  • Siempre amor(1976).
  • Cancionero de Liébana(1977).
  • Corcel en el tiempo(1979).
  • Perfiles(1980).
  • He seguido tus huellas(1981).
  • Testigo de tu marcha(1981).
  • Testimonio(1982).
  • La preocupación de Miguel Ángel(1982).
  • Tierra de palabras(1983).
  • Coral montesino(1983).
  • Raíz del recuerdo(1984).
  • Cristales como enigmas(1985).
  • Sin teclado de fiebre(1986).
  • Santander en mi sentir(1989).
  • Sin alcanzar la luz(1989).
  • El color de mi cristal(1990).
  • Tierra de mi Cantabria(1991).
  • Amor dorado(1993).
  • Ronda de azules(1994).
  • Vuelo de la mente(1995).
  • Reflexiones a medianoche(1996).
  • Mundo interior(1997).
  • Fuerza creativa(1998).
  • Clamor del pensamiento(1999).
  • Cancionero multicolor(1999).
  • La estrellita Giroldina(1999).
  • Prisma de emociones(2000).
  • Vivir, soñar, sentir(2005).
  • Cancionero de Liébana(2006).
  • Motivos alicantinos.
  • Antología Poética (2011).

 

 

También hace una importante obra de investigación en la que destacan las obras:

 

Observamos en su obra de investigación que dedica tiempo a sus lugares comunes, que explora los rincones por los que sus ojos han paseado con la curiosidad de la investigadora y el amor de la hija de la tierra.

 

Diversos nombramientos y honores se le hacen durante su vida, longeva, ya que murió a los noventa y tres años, veinte días después  de que lo hiciera  su compañero de vida, Justo Guisandez que andaba esperándola impaciente allá por las alturas. Vivieron un gran amor y el privilegio de ser almas gemelas que se cruzaron en el momento más hostil de nuestra historia moderna. Como para creer en los milagros, si me permiten el agasajo.

Les leeré, si me lo permiten algunos de los poema de Matilde Camus, para que comprueben por ustedes la finura poética y el talento de la artista.

 

 

TIERRA Y MAR

He nacido al frescor de tierra verde.

He sentido en mi entraña el latigazo

del mar gris, de su vivo maretazo

que lame nuestras costas o las muerde.

.

Diseñaré el contorno que concuerde

en mimo de mis versos, de mi trazo.

Sobre la mar vecina seré abrazo,

seré amor inmortal, que las recuerde.

.

Tierra y mar, equilibrio de paisaje,

entre bruma y caricias de oleaje

me conceden su plástica fortuna.

.

Mi pasión tan redonda y desbordada,

se diluye en poemas de otoñada

derramándose en miel sobre mi cuna.

 Yo Soy de la Montaña

Yo soy de la Montaña vertebrada
llena de húmedos pulsos de  rocío,
de campos soñadores,
de arroyos cantarines y de  ríos;
de casonas hidalgas
y de  ruido de albarca en los caminos.

Yo soy de esta vestida tierra herbosa
donde el sol nos envuelve con cariño,
donde la bruma besa nuestros rostros
y las playas se aroman con sus pinos.

Soy de estas costas, duras y norteñas,
donde se encrespa el mar embravecido,
donde hay temblor de algas
bajo espumas de armiño.

Yo soy de la ladera más hermosa
de nuestro litoral santanderino.
Aquí la primavera es voz mojada
rompiéndose en fulgores y estallidos.

YO QUISIERA

(A mi querido padre)

Yo quisiera elevarme, de puntillas,

hasta llegar a verte.

Y quisiera subirme en las agujas

de los altos cipreses.

.

El dolor de mi mano hecho caricia

rozaría tus sienes,

al dejar en tus blancos cabellos

frescas hiedras silvestres.

.

Yo quisiera cubrir tu cuerpo anciano

con finos tallos verdes,

y en tu querido rostro, ya rugoso,

dejar besos calientes.

.

Con aquel fervor íntimo y redondo

que te ofrecí yo siempre;

te volvería a dar ¡tanta ternura!

como tu te mereces.

HAS LLEGADO HASTA MÍ

Has llegado hasta mí como un milagro

florecido de gozo sobre nieve.

Tu deslumbrante amor, vivo y auténtico,

ha enfocado la luz sobre mi frente.

.

He visto en las fronteras del espíritu

los pétalos de un beso que se ofrece

escuchando canciones, duplicadas,

en misteriosas lunas todas verdes.

.

He creído soñar de tanta dicha

viendo que mis arterias se me pierden

y creyendo morir, junto a tu pecho,

la muerte he bendecido una y mil veces.

.

Que no es muerte morir entre tus brazos,

muerte fuera vivir, si no me quieres,

arrancada de tí, de tus raíces;

.

de ese tronco viril que me protege

deshaciendo ante mi feminidad

todo un mar desbordado de laureles.

VILLANCICO LEBANIEGO

En el valle lebaniego

el Leño vuelve a ser cuna

y en su Madera se acuna

el Niño, orlado de fuego.

El monte duerme en sosiego:

aún, no es Gólgota, es Belén

y recibe el parabién

de la excelsa Criatura,

porque el Cristo de su altura

se llama Jesús, también.

Con esta lectura termino, solo me resta pedirles que se acerquen a la obra de la poeta de Cantabria, beban de su savia y encuéntrense con el aire del Cantábrico, el verdor de nuestros montes, la lejanía y nostalgias que las brumas manantiales inundan nuestros corazones. Déjense llenar del aire cálido y umbrío de la obra de Matilde Camus que nos hará amar la tierra, el arte que hay en ella y la poesía plena de excelencia de la poeta de Cantabria: Matilde Camus.

Muchas gracias por su atención.

María Toca

 

 

 

Sobre Maria Toca 641 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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