Menos que sirven de más.

Por la mañana usa su calva para explicar a los alumnos que el Imperio Romano primero tuvo que pudrirse interiormente, es decir perder todo el cabello que se acumulaba en la coronilla, para convertirse en un viejo cascarón hueco que fuera fácilmente abordable por los bárbaros, los cuales se precipitaron casi todos por sus dos entradas, barriendo la zona frontal y dejando únicamente unas pobres franjas desprovistas de sex-appeal alrededor de las sienes y las orejas, que con el tiempo constituyeron el porche y jardín del  Imperio Bizantino. Un posterior  intento de implante llevado a cabo por Justiniano intentó recuperar el vigor de las raíces pilosas, pero se demostró caro y poco efectivo.

 

Por la tarde usa su calva para que Olga sople sobre ella lo segundo que más le gusta después de las velas de una tarta de cumpleaños: Los cuatro pelos que sobreviven milagrosamente en medio del secarral desértico del cráneo anaranjado expuesto a la luz del sol. Los pequeños morros de Carla remueven los restos esqueléticos de lo que una vez fue un pequeño bosque, y mientras por ellos pasan las últimas migajas de resuello, de seguro que su mente de cinco años se pregunta que se hizo de todo aquello, si fue un incendio u otra catástrofe la que se lo llevó consigo, o por qué en cambio en la coronilla del nuevo amigo de mamá hay que entrar con un machete.

 

Por la noche usa su calva unida a un nuevo bigote estilo Guadiana, para pasar lo más desapercibido posible en la cena de la Promoción 89 del colegio público “Vázquez Montalbán”. La gente no consigue ubicarlo enseguida y él aprovecha esta ventaja para perderse entre conversaciones intrascendentes, mientras con cierta vena perversa se dedica a  evaluar las arrugas, canas y ojeras conocidas, y también las no tanto. Se pregunta cómo llegó a gustarle tanto aquella y que le llevaba a tenerle tanta tirria a éste, y su personaje del hombre invisible se sostiene el tiempo justo para que cuando el resto termina por hilar pistas, él ya se ha excusado con un falso dolor de estómago que le ha hecho despedirse prematuramente del grupo.

 

Con el puntillo justo y alegre llega a casa y se contempla cientos de veces reflejado en los espejos del ascensor. Observando con más detenimiento algunas de las caras que se pierden en el infinito y más de un sucedáneo de flequillo peinado hacia adelante, deduce que no todos  lo llevan tan bien como él.

Texto: Jean Boucicaut

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