No te desagas de mí

No te deshagas de mí.

Te lo suplico, no te desprendas de mí.

No me abandones en el desván. Tengo miedo a la oscuridad. Soy alérgica al polvo y a los ácaros. Como tú, creo.

No me dejes tampoco en el sótano. La humedad no me viene nada bien. Ni a mí ni a nadie. En el reino de las telarañas me trastornaré.  Tenlo por seguro. No lo podré remediar, me conozco.

Ni desván ni sótano, por favor.

No se te ocurra tampoco dejarme tirado de mala manera en un mercadillo cualquiera, a la espera de una alma generosa. Te confieso que antes que los fríos tableros de los rastrillos me quedo, de todas todas, con la noche oscura del desván de casa.

Ni me anuncies en todas esas páginas web que proliferan por Internet.

¿Qué haces? ¡Ay! No me tires al contenedor. ¡Cómo huele de mal! Se me encoge el alma solo con pensar que planeas reciclarme.

Te lo ruego, no te deshagas de mí.

Sí, ya lo sé, estoy descolorida, oxidada, rayada,  pasada de moda, rota, suturada, pegada. Poca prestancia la mía, te lo concedo. Nada que ver con el primer día que entré en tu vida, hace unas cuatro décadas. Nuevecita, reluciente, de color negro con toques dorados discretos, dentro de un elegante maletín.

 

¡Cuántas aventuras compartidas!

Recuerda que soy parte tuya. Soy memoria tuya.

¿No confesaste, un día, en público: “sin ella no sería quien soy”?

 

Escúchame, por favor. Aún no he terminado.

No te impacientes. Espera.

No te tomes las cosas a la ligera. Te podrías arrepentir.

 

Acércate. Mírame

Áseme. Tócame. Acaricia mis formas.

 

Cuando te sientas sola y mayorcita, allí estaré. Te lo prometo. Te seguiré haciendo compañía.

Gustosa, te cuchichearé al oído nuestros secretos.

 

De noche y de día, nos seguiremos contando historias rocambolescas, hasta que se nos seque la imaginación.

Te lo pido por última vez, no te deshagas de mí.

 

Dicho y hecho.

No me deshice de ella. No pude. No puedo.

No podré deshacerme de mi Olivetti eléctrica. Nunca. Jamás.

Dominique Gaviard

 

 

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