Ocaso de una famosa actriz

Su actitud ante la proclamación republicana fue la tercera gran incongruencia en la vida de Carmen. Aborreciendo la “fiesta nacional”, se vio en la conveniencia de contraer un efímero matrimonio con un torero de fama, como el mejicano Rodolfo Gaona. Siendo poseedora de la más hermosa voz que se había escuchado en los escenarios hispanos, fue rechazada en reiteradas ocasiones por parte de los empresarios que manejaban el negocio del cine sonoro. Y, ahora, para completar el tercer despropósito, resultaba que, habiendo sido la amante favorita del rey, quien le había dado dos hijos en su dilatada relación, hacía unas declaraciones pro republicanas y convivía con un poeta radical socialista, natural de la Marina Alta alicantina. E incluso, aquel mismo verano de 1931, formó parte del comité organizador de la tradicional verbena del Montepío de Actores, en la que se eligió la “Señorita República 1931”, compartiendo jurado con Alejandro Lerroux y Pedro Rico. ¡Y hasta se decía que se había afiliado a la Unión Sindical de Actores, de la UGT…! ¿Podía darse algún conjunto de mayores incoherencias…?

Ya durante el verano de 1930 la otrora famosa actriz teatral Carmen Ruiz Moragas inició su relación profesional con los estudios cinematográficos Des Reservoirs, que la Paramount acababa de adquirir en Joinville-le-Pont, pueblecito próximo a Paris, del que le separa únicamente el bosque de Vincennes. La experiencia no fue nada alentadora, por contra de lo que tantas veces le había vaticinado su vecina Catalina Bárcena, pues rodó en ellos únicamente una película que ha pasado sin pena ni gloria a los anales de la historia del cine, quizás a consecuencia del enrarecido y turbulento ambiente que presagiaba el cambio político en España por aquellos meses, así como la peculiar situación personal en la que quedó la querida del destronado rey de España, una vez instaurado el nuevo régimen. O, por qué no tenerlo también en cuenta, debido a la fuerte competencia de ciertas jóvenes y bellas actrices cuyos sueños profesionales volaban también hacia el moderno cinematógrafo sonoro. Se trató del drama “Doña Mentiras”, traducción de la escritora y periodista coruñesa María Luz Morales del film “The Lady Lies”, que había rodado Hobart Henley el año anterior. Aquella versión hispana fue dirigida por el acreditado cineasta chileno Adelqui Millar, y estuvo protagonizada por Miguel Ligero y Julio Peña, en los personajes masculinos. Pero el papel de la protagonista femenina no le fue encargado a “la Moragas” sino a su tocaya Carmen Larrabeiti, actriz bilbaína seis años más joven que aquélla, también formada como actriz por doña María Guerrero y casada con el hijo pequeño de ésta y asimismo actor, Carlos Díaz de Mendoza. Para la veterana quedó reservado un importante papel de noble y elegante dama, pero no el estelar femenino. El cine sonoro prefería frescos y bellos rostros, así como figuras juveniles con hermosa fotogenia, antes que una reconocida experiencia y capacidad declamatoria en los escenarios.

Su relación con el escritor y crítico literario Juan Chabás, que venía compatibilizando tiempo atrás con la cada vez más distante de don Alfonso, padre de sus dos hijos, fue confirmada con el traslado de la residencia del escritor al chalet de la Avenida del Valle, tras la proclamación de la República y el destierro real. Incluso, aconsejada y dirigida por su nueva pareja, quien creyó ver un manifiesto peligro en las más que conocidas relaciones que la actriz había mantenido con el derrocado monarca, realizó Carmen a la prensa unas oportunas declaraciones pro republicanas para asegurarse la tranquilidad popular, tanto de ella como de su familia, ante la nueva situación política. Y no es que le moviese a ello el reciente adoctrinamiento a que le pudiera haber sometido su nueva relación, por muy progresistas ideas que él defendiese, sino su propio interés en llevar a cabo aquel pronunciamiento, con la intención de hacer olvidar a la opinión pública sus largas e íntimas relaciones con el Borbón, dando a conocer las nuevas con el escritor alicantino.

En cuanto a su actividad profesional, tras la desalentadora experiencia fílmica, así como su alejamiento de los grandes escenarios españoles, reapareció en los de provincias en marzo de 1932 con “Manon Lescaut”, adaptación teatral versificada de la famosísima novela del abate Prevost, recreada en diversas versiones operísticas y debida en esta ocasión a las plumas de Luis Fernández Ardavín y Valentín de Pedro. Ya Benavente había realizado una primera versión escénica que representaron precisamente María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza. La crítica, que mantenía aún en la memoria la magnífica interpretación de quien fuera su maestra, comparó ambas cuando Carmen se presentó en el madrileño Teatro Cómico un mes más tarde, quedando ésta muy por debajo de aquélla. ¿Sería posible que con la salida de España de su protector y amante hubieran concluido las buenas críticas a las que tan acostumbrada había estado siempre a lo largo de toda su carrera? A la siguiente semana representó en el mismo escenario madrileño la lujosa y amable comedia “Esta noche o nunca”, de la húngara Lili Hatvany y traducida por Tomás Borrás. La obra, diametralmente distinta a la anterior, había sido ya estrenada en el Teatro Principal de Palma de Mallorca hacía un mes, intentando Carmen superar las últimas malas críticas recibidas y conseguir reproducir el gran éxito que la versión original – “Tonight or Never” – había tenido en el neoyorquino Belasco Theatre. En 1931 había sido también llevada a la pantalla por Mervin le Roy, en una producción de Samuel Goldwyn, e interpretada por Gloria Swanson, con vestuario de Cocó Chanel. Pero, las críticas en esa nueva ocasión no fueron mucho mejores que las del drama francés…

En cualquier caso, y a pesar de los numerosos intentos renovadores que se venían manteniendo desde hacía algún tiempo, con la llegada del nuevo régimen político no se podía decir que hubiera cambiado radicalmente la escena española. En general, se continuaba manteniendo la demanda que imponía una burguesía teatral reaccionaria, por mucho que fuese intentada su modificación, tanto por una buena parte de empresarios como de autores y actores. Precisamente por ello, el propio gobierno republicano tomó la iniciativa de poner nuestro teatro clásico y popular al alcance del pueblo, como parte de su objetivo programático de elevar el nivel cultural de la población española. Trataba así de rescatar el espectáculo del feudo de esa burguesía, a la que había estado dirigido en los últimos tiempos, para devolvérselo a las clases populares. Por iniciativa del socialista Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública, fue enseguida impulsado el ambicioso proyecto educativo de las Misiones Pedagógicas, que trataba de llevar los conocimientos culturales a todos los rincones del país. La “extensión teatral” supuso la puesta en marcha del itinerante Teatro del Pueblo que, formado por estudiantes y profesores universitarios y dirigido por el dramaturgo Alejandro Casona, recorría las zonas rurales del país para llevar las obras de nuestro teatro clásico. Otras acciones similares fueron los grupos de teatros universitarios, como “La Barraca”, de estudiantes madrileños y a cargo de Federico García Lorca, o el valenciano “El Búho”, bajo la dirección del buen amigo de Chabás, el escritor valenciano Max Aub. Por no mencionar los constantes intentos de combinar el teatro comercial con el de cámara, que venían siendo llevados a cabo por experimentados comediógrafos de la talla de Valle Inclán, el propio García Lorca o Cipriano Rivas Cherif, que habiendo obtenido hasta entonces distintos resultados, contaban ahora con el decidido apoyo del nuevo régimen.

Carmen, por su parte, no se conformaba con ser invitada a inauguraciones y actos protocolarios, y se resistía a darse por vencida en sus desafortunadas experiencias fílmicas, volviendo a ponerse ante las cámaras en 1934. En esta ocasión no le hizo falta cruzar la frontera, pues fue en España donde rodó, a las órdenes del antiguo miembro de su compañía teatral, Florián Rey, quien el año anterior se había reintegrado al cine español procedente de los estudios de Joinville, la desenfadada comedia “El novio de mamá”. Los papeles masculinos les fueron encomendados a Enrique Guitart y a Miguel Ligero, pero el estelar femenino lo fue en esta ocasión a la bellísima y joven actriz Imperio Argentina, quien con sus escasos veintiocho años era ya toda una consagrada estrella del cine sonoro. Su dominio de la canción y la danza le había posibilitado la interpretación de ciertos números musicales en algunas de sus películas, habiendo ya rodado con Maurice Chevalier o el mismísimo Carlos Gardel. La película obtuvo un gran éxito de crítica y público pero, sin embargo, la participación de Carmen volvió a quedar relegada a un papel secundario de elegante dama de la alta sociedad. Al parecer, esos iban a ser únicamente los cometidos que para ella tendría reservados el nuevo medio de expresión. Definitivamente, el cine sonoro le había pillado un poco a trasmano de su trayectoria artística.

Sin embargo, especializada como había estado durante toda su vida en papeles de nuestro teatro clásico, no podía dejar pasar la oportunidad que le brindaba la conmemoración del tercer centenario de la muerte de Lope de Vega, en 1935. En la primavera interpretó el papel de doña Sol de su famosa comedia “La corona merecida”, sobre el escenario del madrileño teatro María Guerrero, como una función más del ciclo a dicha efemérides dedicado que había organizado “la TEA” (el Teatro Escuela de Arte, que había fundado y auspiciaba Cipriano Rivas Cherif). Éste había cedido en aquella ocasión la dirección escénica de la obra a Juan Chabás, en la que sería única ocasión en que coincidirían las trayectorias escénicas de la pareja. A pesar de ello, la amable crítica de la obra justificó la pobre acogida obtenida en que “quizás la representación se resentía de la falta de ensayos de conjunto”. Pero lo cierto fue que en las mismas páginas se anunciaban las más de cien representaciones de “Yerma”, por la compañía Xirgú-Borrás, en el Español, o las treinta del gran éxito de la comedia de Ramos de Castro¿Por qué no te casas, Perico?”, en el María Isabel. Por no citar el clamoroso triunfo que se le auguraba a la comedia recién estrenada en el escenario del Cómico, “Morena Clara”, de Quintero y Guillén, que protagonizaba la joven actriz sevillana Carmen Díaz.

Definitivamente, el largo período en que había estado alejada de los escenarios propició que Carmen Ruiz Moragas hubiese perdido también en ellos su privilegiado puesto de primera actriz. Durante aquellos críticos años en la evolución del teatro español, un importante y dilatado elenco de actrices, como dicha sevillana, Irene López Heredia, Pepita Meliá, Josefina Díaz de Artigas, Lola Membrives, Isabel Barrón, Rosario Pino y, sobre todo, Margarita Xirgú, habían ido invadiendo también nuestros escenarios – o se habían mantenido y sabido evolucionar en ellos –, siguiendo siempre las nuevas pautas interpretativas imperantes, con lo que habían hecho olvidar a la diva de la escena clásica de otrora. Y no es que la mayor parte de ellas la superasen en oficio; ni siquiera algunas la ganaban en juventud. Los escasos años en que se había dedicado únicamente al cuidado de sus hijos, que habían sido, desafortunadamente para ella, coincidentes con la gran evolución sufrida por el teatro español, habían propiciado que ni los empresarios teatrales, la prensa especializada, ni siquiera el propio público, recordasen sus antiguos éxitos de años atrás, por mucho que Carmen lo tratase de achacar únicamente a la nueva situación política y a su antigua relación con el depuesto monarca. Se negaba incluso a constatar cómo ni siquiera su actual vinculación personal a un destacado intelectual republicano y hombre de teatro como Juan Chabás, le facilitaba la reconquista del puesto que años atrás había conseguido, justamente, alcanzar en el escalafón de actrices.

La trayectoria artística de la gran actriz catalana Margarita Xirgú podría ser tenida como contrapunto de la de Carmen. Diez años mayor que “la Moragas”, de frágil constitución física e hija de un obrero metalúrgico, por lo que procedía de una extracción social muy distinta a la de ésta, había carecido de una similar y rigurosa formación escénica en cualquier compañía de grandes actores. Tuvo que aprender el oficio “a pie de obra”, formando parte de los cuadros escénicos de aficionados de los ateneos obreros, lo que no le impidió ir adquiriendo un grado de profesionalidad y cultura suficiente como para ser reconocida por su proyección intelectual, introduciendo en España las tendencias más actualizadas del teatro universal. Mucho más dúctil, intuitiva, tenaz y desinhibida que Carmen, siempre dispuso de un más amplio repertorio, poniendo en escena personajes tanto de nuestro teatro clásico como de los más vanguardistas de la escena mundial, rompiendo todos los moldes que hiciera falta romper. Llevó siempre la delantera a Carmen no sólo en esto, sino también en la consideración crítica de su arte interpretativo sobre las tablas, en las giras por los escenarios americanos, y hasta incluso en el celuloide, por poco satisfecha que estuviese siempre de sus escasas intervenciones en este moderno medio. “Prefiero ser segunda actriz en el teatro que estrella en el cine”, aseguran que declaró con rotundidad en una ocasión.

Por cierto, diez años antes que Carmen Moragas interpretase “La madona de las rosas”, lo había hecho ya “la Xirgú” en “Guzmán el Bueno”, exitosa obra pionera del cine mudo español dirigida por Fructuoso Gelabert, por lo que difícilmente le podía corresponder a aquélla el título de primera actriz española intérprete de una película, que algunos la otorgaban. Pero, posiblemente, en aquellos primeros años del siglo el renombre del autor – don Jacinto Benavente – beneficiase en popularidad incluso a los actores que le acompañaron en sus intentos cinematográficos, motivo por el que algún informador pudo sostener esa incorrecta e interesada calificación. En cualquier caso, la gran ventaja que tuvo la actriz catalana sobre ella – amén de su propio talento interpretativo, justo es reconocerlo – fue que no abandonó nunca la escena hasta casi su muerte en su exilio uruguayo, en 1969, bien fuese interpretando, enseñando a hacerlo, o dirigiendo representaciones. Su vinculación con las modernas ideas escénicas de Cipriano Rivas Cherif y, sobre todo, con el teatro comprometido de Alejandro Casona, Rafael Alberti y, mucho más aún, con el de su gran admirador Federico García Lorca, la llegaron a situar no sólo en la cima de la interpretación española, sino universal. Por el contrario, los amplios espacios que la prensa diaria dedicaba a la información teatral no reservaban una simple línea a cualquier comentario sobre Carmen Ruiz Moragas. La deseada maternidad le había hecho abandonar los escenarios – ¡como a tantas otras mujeres sus respectivos cometidos laborales…! – precisamente durante los críticos años en los que el teatro español sufrió su total renovación, luchando con todas sus fuerzas y desde todos sus flancos contra aquel nuevo y potentísimo enemigo que era el cinematógrafo, más aún desde que se sonorizó. Y, para su desgracia, cuando quiso regresar, comprobó que no había sitio para ella, tanto en uno como en otro espectáculo.

Y a pesar de todo ello, no se daba aún totalmente por vencida. Quizás animada por el propio Chabás, quien debió también de gestionar los apoyos oficiales correspondientes, los primeros días de aquel otoño de 1935 se anunció en la prensa – ¡por fin, aparecía una noticia sobre ella…! – que Carmen estaba a punto de emprender una gira por el norte de España, patrocinada por la Junta de Iniciativas del Tricentenario de Lope, para representar varias obras del “Fénix”, entre ellas “La buena guarda” y “El castigo sin venganza. Llevaría además para estrenar algunas obras representativas del teatro actual, como el drama de Eusebio Gorbea titulado “Julia Moltó”, así como la comedia de Pedro Sánchez Neyra y Felipe Ximenez de Sandoval “El pájaro pinto”, y la versión española de “Estos tiempos difíciles”, del dramaturgo francés Eduardo Bourdet. La dirección correría también a cargo de Juan Chabás, y el primer actor sería el catalán Pedro Codina, antiguo compañero de Carmen en los lejanos años de pertenencia a la compañía de doña María Guerrero. Era todo un programa muestra del teatro español clásico y actual que, además, estaba sin duda diseñado a su medida.

Pero, desafortunadamente, pocos días más tarde de esta sensacional noticia para los planes profesionales de nuestra actriz, se publicaba la del retraso de la gira a causa de la inesperada enfermedad que acaba de contraer. Un par de semanas después, ya a mediados de septiembre, se anunciaba la definitiva sustitución de Carmen por la joven actriz Rosario Coscolla. La enfermedad era más seria de lo que en un primer momento se pensó, tal como quedó confirmado cuando a primeros de noviembre la prensa daba la noticia de que Carmen Ruiz Moragas acababa de ser sometida a una delicada intervención quirúrgica, con un inicial feliz resultado. No obstante, una nueva y trágica desgracia vendría a oscurecer el panorama humano de la actriz, pues el 19 de febrero de 1936 fallecería su querida madre, doña Mercedes Moragas Pareja, de forma inesperada.

Aparentemente repuesta de sus graves dolencias, tanto físicas como anímicas, y con intención de completar su convalecencia así como de superar la desgracia familiar, marchó a Valencia, a la casa familiar de que Chabás disponía en Las Marinas de Denia, para pasar una temporada de descanso. Mantenía entonces el proyecto de representar grandes obras del teatro universal, como «Berenice» de Racine, en cuya traducción colaboró con Juan durante su recuperación. De igual manera, iniciaron entrambos la redacción de “Vacaciones de una actriz”, narración en la que quedaban vertidas sus opiniones sobre la situación del teatro español. Desgraciadamente, hubieron de regresar urgentemente a Madrid por sobrevenir a Carmen una rápida recaída, falleciendo finalmente en su domicilio de la Avenida del Valle, al mediodía de la festividad del Corpus Christi, el jueves 11 de junio de 1936, un mes antes de estallar el golpe militar con el que se inició la guerra civil. Contaba entonces 38 años de edad.

A la tarde siguiente se celebró el entierro, al que asistió un buen número de amigos y cuantioso público madrileño, pero en el que se echó en falta una más nutrida representación del mundo teatral del país. Efectivamente, quedaba así confirmado que la estrella artística de Carmen hacía ya tiempo que se había eclipsado, aunque ella se hubiese venido resistiendo a reconocerlo. ¡Qué lejos quedaban ya sus numerosos éxitos escénicos…! La fúnebre comitiva subió a pie desde el chalet de la Avenida del Valle hasta la glorieta de Cuatro Caminos, en que reemprendió en coche el trayecto hasta el cementerio del Este, donde la ilustre actriz recibió sepultura. Al parecer, Alfonso de Borbón, que mantenía ocasionales contactos telefónicos con su antigua amante, siguió el desarrollo de su enfermedad desde el exilio, asegurándose finalmente del cuidado de los niños – mediante la apertura de una cuenta bancaria en una entidad suiza – quiénes, una vez comenzada la guerra civil, quedaron a cargo de su abuelo y su tía María, casada con José Gasset, de la dinastía de los políticos y periodistas liberales.

EUSEBIO LUCÍA OLMOS

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EUSEBIO LUCÍA OLMOS es graduado social y diplomado en Relaciones Laborales, profesión a la que ha dedicado toda su vida, tanto en entidades públicas como en empresas privadas. Su aproximación académica a las ciencias sociales y humanidades le acercó al estudio del movimiento obrero en nuestro país, así como a la importante contribución de éste a la historia nacional. Esta dedicación ha tenido también su correspondiente proyección literaria, con intención de acercar al gran público hasta una serie de importantes e interesantes hechos históricos. Hasta el momento ha publicado múltiples relatos y artículos en diversos medios, el capítulo sexto de la Historia del Socialismo Español (1989-2000), que inició el profesor Tuñón de Lara, y una novela larga (“Cosas veredes”, Endymión, 2009), sobre la huelga general revolucionaria de 1917.

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