Periodismo

Me encanta el periodismo, siempre he entendido que es la profesión más libertaria que existe, siempre y cuando no haya presiones. Puede derrocar gobiernos, puede presionarlos y puede crear narrativas donde antes no las había.

Para mí, la información es un arma de doble filo. Puede usarse como herramienta de construcción igual que puede usarse como arma de destrucción. Debería funcionar como el contrapoder.

Imaginad que los medios de comunicación no informaran sobre la corrupción, de la violencia machista, de los desastres naturales, de las guerras, de las manifestaciones, de los movimientos sociales, de las dictaduras, de los gobiernos democráticos o que dicen serlo, de las políticas económicas de la unión europea, de los negocios de Estados Unidos con la Unión, de las consecuencias del capitalismo en otros lugares del mundo o de los “hijos de la ira” como los llama Jordi Évole a imagen de Dámaso Alonso.

Imaginadlo ¿Quién saldría beneficiado? Pensadlo un segundo.

Saben que un medio de comunicación se sustenta en el beneficio empresarial y por tanto, necesita fondos. Financiación que no cae del cielo, sino que sale de los bancos. Bancos que persiguen objetivos concretos -los mismos que el gobierno- y dan esa financiación a cambio de dibujar un escenario condicionado.

Por tanto, tenemos un medio de comunicación financiado por un banco que presiona al medio para que diga aquello que ellos quieren que digan, sin apoyo ni garantías gubernamentales y cambiando narrativas a través de información sesgada y manipulada o que simplemente no se publica.

¿Pensáis que un medio de comunicación que se financia a través de un crédito por La Caixa sacará en portada todos los desahucios de viviendas hipotecadas por esa caja o banco?

Y aquí entran los medios de comunicación públicos. Un organismo, sobre el papel, independiente, que no lo es y es de sobra conocido.

¿Por qué no escuchamos a los trabajadores de RTVE? A ver qué tienen que decir. Sobre todo cuando denunciaron que no les permitieron publicar las grabaciones del ministro del interior cuando conspiraba con el jefe de la policía para atacar a los opositores políticos en Cataluña. A todo eso, una ejecutiva elegida a dedo por el gobierno del PP.

Y aquí entra Venezuela, sin duda. Un ejemplo de cómo un gobierno es capaz de instrumentalizar el dolor ajeno a través de los medios, sin el más mínimo análisis geopolítico sólido, para desvirtuar todo un debate de fondo que les interpela directamente. Qué casualidad.

Que tengan que existir organismos públicos para garantizar la neutralidad -es decir, la honestidad- es la constatación de que los medios privados o no lo son, o no hay recursos que aporten suficiente garantía. En resumen, o es la cuna de la mentira involuntaria o por incompetencia.

Por el contrario, que los medios de comunicación sean dirigidos por las administraciones públicas y no por el propio medio, es la constatación de que se pretende controlar, hágase o no, pero cabe.

La credibilidad es la moneda de cambio de la información, así se paga. Sin embargo, siempre existirán aquellos -que sabiéndolo- seguirán adorando medios imputados por falsear documentos oficiales, por mentir, por sesgar y tergiversar informaciones.

Alienados del sistema que están tan metidos en el fango que no pueden salir de él y los peores, los que acumulan tanta riqueza económica por la mentira, que aun sabiendo que es falso, el egoísmo les llena los bolsillos con una sádica sonrisa.

Texto: Antoni Miralles Alemany

 

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