Populismo punitivo frente a seguridad y justicia para las mujeres y las niñas

***CORRECCIÓN PIE DE FOTO*** GRAF3560. SANTIAGO DE COMPOSTELA, 03/02/2018.- Juan Carlos Quer (d), padre de Diana, y Juan José Cortés (i), padre de Mari Luz, en representación de la plataforma creada recientemente en Internet que ha reunido 1,8 millones de firmas de apoyo, momentos antes de la conferencia de prensa que han ofrecido hoy en Santiago de Compostela para expresar públicamente su petición para el mantenimiento de la pena de prisión permanente revisable en el Código Penal. EFE/ Lavandeira jr
Hay que asumir que todos estos asesinatos terribles –Sandra Palo, Marta del Castillo, Diana Quer…– han sido crímenes machistas. La revolución feminista consiste, entre otras cosas, en nombrar, politizar, conceptualizar también la violencia extrema
BEATRIZ GIMENO

El aprovechamiento por parte de la derecha de los peores crímenes para tratar de imponer un sistema securitario que pueda ser usado con facilidad para controlar y castigar a toda la población es conocido; que las reformas de corte neoliberal van siempre acompañadas de aumentos en las penas también. Así como que es evidente que esto cala en la mayoría de la población y que es muy difícil combatirlo. Quienes defendemos un modelo de justicia basado en cambios estructurales y no en un marketing que atenta contra los derechos humanos sabemos de sobra lo que significa en términos emocionales oponerse a lo que exigen personas cuyas hijas han sido asesinadas. Sabemos lo que significa tratar de ofrecer argumentos racionales a quienes aportan emociones con las que la inmensa mayoría empatiza. De nada sirve poner sobre la mesa estadísticas que demuestran, sin sombra de duda, que el aumento de penas (en España ya se pueden cumplir 40 años) no hace descender en absoluto el número de los peores delitos, por lo que el endurecimiento de castigos no protege ni más ni menos. Sin embargo, estos cambios impuestos en caliente y a golpe de emociones siempre terminan desprotegiendo a los segmentos más vulnerables de la población (las cárceles están pobladas de gente pobre), favoreciendo la  impunidad del poder y recortando libertades básicas y derechos. Que dicha mentalidad punitiva, cuando se expande de manera acrítica, siempre contribuye a crear un clima de temor sin fundamento en el que nos vamos anestesiando ante la vulneración por parte del estado de los derechos humanos, ante el que vamos normalizando la terrible idea de que cualquier medio punitivo que emplee el Estado es aceptable con tal de conjurar determinados peligros que nunca son como nos cuentan. Tampoco sirve de nada mostrar estadísticas indubitadas que demuestran que las cifras de reinserción son, en realidad, muy bajas; los que no reinciden no salen en los telediarios, pero sí los pocos que lo hacen. De lo que se trata en realidad, y se consigue, es de que asumamos como reales peligros que no lo son tanto, mientras que se invisibilizan peligros mucho más reales, pero  que no se quieren combatir. El debate sobre el aumento de penas sirve, entre otras muchas cosas, para ocultar la realidad, y no para mostrarla.

Ahora estamos inmersos en la campaña para que no se derogue la prisión permanente revisable como han pedido la mayoría de los partidos políticos. El hecho de que esta campaña la protagonice el padre de una víctima le otorga muchas más posibilidades de tener éxito, puesto que la identificación de la gente con su dolor es mucho mayor y así, las peticiones de aumento de penas se presentan como supuestamente despolitizadas y transversales, como una demanda que surge de la propia sociedad. Pero no olvidemos que si dicha campaña no conviniera al poder, simplemente no tendría la visibilidad y el apoyo mediático sin fisuras que tiene.

El argumento más repetido en estas ocasiones es el que dice “que esto no le pase a ninguna otra niña”. Demostrar que aunque se implantara la pena de muerte con torturas estos crímenes seguirían ocurriendo en la misma medida parece no tener nada que ver con la cuestión. El apoyo de los poderes fácticos, de los medios de comunicación a este tipo de campañas es evidente. Durante las últimas semanas, quién se haya molestado en ver los telediarios de las principales cadenas habrá visto que en todas ellas la cuestión de la prisión permanente se ha planteado como una no-cuestión.

La manera en que se ha presentado ha sido la de dar la voz únicamente a los familiares de las víctimas (niñas todas ellas), y a personas favorables al aumento de las penas. En ningún caso se ha recogido en estos programas la opinión de juristas especializados, organizaciones de derechos humanos que vienen exigiendo la derogación de la prisión permanente y que podrían explicar de manera muy clara que el aumento de las penas no hace que disminuyan los delitos. Tampoco se menciona siquiera en la información que se ofrece que esta es una cuestión sometida a debate social y político. Se presenta como un asunto de razón inapelable,  aunque lo que se está haciendo con dichas informaciones es construir, en ese mismo momento, dicha razón, que podría ponerse en duda con informaciones veraces que mostraran el conflicto, la opinión de los expertos, la mención a las estadísticas conocidas, la historia y la realidad en otros países, e incluso la posición de la mayoría de los partidos políticos en este momento. En definitiva, no hay nada más pedagógico que presentar algo que está en cuestión como un hecho consumado sobre lo que ya no hay debate alguno.

Lo que tampoco aparece en estas informaciones es el papel del feminismo en este debate. El feminismo parece que no tiene nada que ver con la cuestión a pesar de que las asesinadas son todas mujeres y los agresores todos hombres. Aquí también compete al feminismo revelar la verdadera inseguridad de mujeres y niñas, como ya ha hecho la campaña #MeToo que ha mostrado la prevalencia del acoso sexual en todos los ámbitos. Hay que asumir de una vez por todas que todos estos asesinatos terribles: Sandra Palo, Marta del Castillo, Diana Quer, Miriam, Toñi y Desiré, Anabel Segura, Mari Luz Cortés, todas las que podamos recordar, todos esos crímenes han sido crímenes machistas, violencia sexual contra las niñas, violencia de género. No podemos seguir tratando estos crímenes como si no tuvieran nada que ver con la misoginia. La revolución feminista consiste, entre otras cosas, en nombrar, politizar, conceptualizar también la violencia extrema. Y los agresores sexuales no son de género indefinido, como no lo son sus víctimas. Asumir eso sí ayudaría, y mucho, a mejorar la seguridad de las mujeres y las niñas. Ayudaría también a mejorar esta seguridad entender que los políticos que hacen ahora campaña aprovechándose de estos asesinatos son los mismos que se niegan a educar contra el machismo, a gastar en prevención o en educación, que son los mismos que se ríen del feminismo, los mismos que hacen declaraciones machistas o los que dicen que el machismo no se puede combatir desde el gobierno.

El populismo punitivo utiliza en su beneficio los asesinatos más terribles de mujeres y niñas al mismo tiempo que silencia su componente machista, niega que este machismo pueda prevenirse y que necesita ser combatido en su misma raíz. Y no solo no lo combate, sino que en realidad lo protege, también penalmente. Lo protege cuando no se esfuerza en desmontar la justicia patriarcal que es la que condena a un hombre a 1.000 euros por practicarle sexo oral a su nieta, o a otro a un curso de igualdad por intentar quemar viva a  su mujer. La misma que pregunta a una mujer violada si cerró bien las piernas o la que entrega la custodia de los niños y niñas a maltratadores. La seguridad de las mujeres y de las niñas mejoraría mucho si se asumiera de una vez por todas que la posibilidad de que una mujer o una niña sea violada, abusada, o incluso asesinada, por un miembro masculino de su familia, por un profesor, por un individuo respetado de su comunidad, es infinitamente mayor que la de toparse con un asesino por la calle. Eso en términos de seguridad real, por muy horrible que sea cuando ocurre. Exacerbar peligros que, por más duros que sean, son remotos para ocultar los verdaderos peligros es lo que sabe hacer perfectamente este populismo punitivo y es a lo que las feministas nos deberíamos negar. Ninguna seguridad llegará a las mujeres de discursos que no tienen en cuenta el sistema del que nace la violencia machista. Los machistas no van a protegernos, así de simple. Y esto no vale sólo para el machismo, vale para todo. Cualquier debate sobre las penas necesita alejarse del foco emocional y mantenerse siempre dentro del respeto de los derechos humanos y de una cierta idea de la mejor sociedad que queremos construir. La emoción y la venganza no pueden estar en la base de la respuesta que demos como sociedad a la barbarie,  o nos convertiremos en parte de ella.

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Beatriz Gimeno es activista en favor de los derechos LGBT y diputada de Podemos.

Sobre Beatriz Gimeno 12 Artículos
Feminista. Diputada en el Parlamento de la Comunidad de Madrid por Podemos. Activista derechos lgtb

  1. Estoy de acuerdo con casi todo, y la actuación del PP en este caso me parece vomitiva, pero… ¿qué castigo se le pone al violador reincidente, cuando está demostrado que en el 99% de los casos la rehabilitación es imposible? ¿Creamos “granjas” donde puedan llevar una vida mas o menos normal pero sin contacto con posibles víctimas? ¿Cadena perpetua? ¿Castración? ¿O les dejamos que en 5 años salgan por buena conducta y vuelvan a violar? Me parece que hay que poner el máximo empeño en dar otra oportunidad a los que cometen un error, por terrible que sea, pero en mi opinión también hay personas que no se pueden rehabilitar… ¿qué hacemos con ell@s?

    • Estoy de acuerdo en que muy pocos se rehabilitan, según criterio de psicólogos clínicos que los tratan en prisión.Y se produce un gran problema que habrá que solventar sin menoscabo de rescindir derecho tan duramente conseguidos. Endurecer las penas que existen, el problema es que se minusvaloran los delitos machistas. Tenemos en mente las palabras de algunos jueces/as: “cierre las piernas” O los juicios paralelos a las víctimas de los delitos machistas, miremos lo ocurrido con la Manada. Ese es el problema de raíz, que no se toman en serio la violencia machista. Hay leyes, se pueden mejorar, pero jamás, en mi opinión, pueden tomar el feminismo como disculpa para menoscabar la libertad y los derechos. Gracias Jaime por tus opiniones.

  2. Hola Jaime, yo creo que a toda persona que mata hay que ponerle un castigo muy fuerte, pero igual castigo debe tener el que mata a su pareja, como el que mató a Diana. Están las penas de …. pongamos 20 años sin posibilidad de revisión. Creo que una persona que se pasa en la cárcel 20 años sin salir para nada, no tendrá ganas de volver nunca a incumplir la ley.

    • Estoy de acuerdo. Y prestar mucha atención a las señales que se producen antes de los crímenes machistas. Analizamos en otro artículo de @LaPajareraMgzn los cabos sueltos del crimen de Diana Quer: http://www.lapajareramagazine.com/dudas-y-certezas-en-el-crimen-de-diana-quer ¿Cómo es posible que un acusado de violación, abusos y maltrato anduviera sin control? Hay mucha dejación en las agresiones machistas. Recordemos, que la ministra Monserrat, reconoció en el Senando haber dejado sin fondos el tema de la violencia contra la mujer. No se forma, no se implica a las autoridades, se menoscaban los derechos de las mujeres (por ahí anda Juana, con una denuncia por maltrato desde 2016 sin ser notificada aún) Ese es el problema. Gracias Margarita.

    • Margarita, puede haber quien se rehabilite al poco tiempo de cometer un crimen, y también quien nunca lo haga. En el caso de las agresiones sexuales, desgraciadamente, la reiteración delictiva está mas que probada… y además, generalmente, las penas son intolerablemente leves, mientras que la víctima queda marcada durante muchos años… y muchas veces para siempre. Para muestra un botón:
      http://sevilla.abc.es/sevilla/sevi-carcel-quinta-violar-nuevo-mujer-sevilla-201703121747_noticia.html
      En mi opinión, una persona así no puede vivr en sociedad bajo ningún concepto… ¿qué hacemos con ellos? Estoy en contra de la pena de muerte y de la prisión permanente, pero habrá que pensar en alguna solución aceptable humanitariamente, pero sobre todo, que no penalice a las víctimas…

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