Tarde de circo

Llegaba a casa con un bolsón del que emergían cientos de fichas multicolores. Introducía la mano imantada más por el colorín que por la significancia de lo encontrado. El padre trabajaba en la empresa eléctrica e instalaba los cables que daban vida a las Ferias y el regalo de las fichas formaba parte de la propina por el trabajo realizado. Era una bolsa de plástico compacta, llena, que prometía diversión. No a mí, que era poco dada a  entretenimientos infantiles. Lo que se dice una niña repelente que dedicaba horas a la ensoñación, leer y escribir a escondidas por puro pudor. Las diferentes diversiones que entusiasmaron y siguen entusiasmando a las niñas me producían un soberano aburrimiento, cuando no un tantico de miedo. Era el caso.

La barca, los coches de choque con su violencia con  música atronadora de canciones horterillas de atrasados veranos, los disparos de cañón torcido a dianas irreales para conseguir un peluchón con olor a guano y polvo viejo, la tómbola vociferante que animaba la suerte de llevarnos una cacerola o una Chochona infame,  no me producían ningún entusiasmo . Al contrario, el ruido y la furia de las voces que se solapaban con alevosía unas a otras, me sobrecogían hasta empequeñecerme.

Algunas cosas del recinto ferial, en cambio, me producía una ilusión que mariposeaba en el estómago. Los churros calientes y dulzones que robabamos del cucurucho común. La manzana coral que mordía con ansia, el algodón de azúcar que pringaba mis dedos y emborronaba la boca con adherencias dulzonas, eso sí me gustaba. Aunque la madre, prestosa a la imagen, dosificaba con dureza las golosinas, siempre podía mancharme mi glorioso vestidito azul lleno de lazos y floripondios. O quitarme el apetito: “ya sabes que la niña come mal y eso es todo porquería que le quita el hambre” El padre, más condescendiente pero sumiso, intercedía;  algunas veces había suerte y algo caía. Las luces, los gritos y las golosinas competían entre sí por mi atención pero lo que de verdad me emocionaba hasta producir desasosiego era el circo.

El padre llegaba con varias invitaciones, las justas para la triste familia que componíamos y alguna persona más con la que cumplir, según decía él. Y allá nos íbamos con el vestido de lazitos, las trenzas bien ordenadas, la cinta blanca que sujetaba las orejas soplillo, según opinión materna, mientras mi prima con menos protocolo y nulos lazos, me daba la mano con el mismo entusiasmo.

Al encenderse las luces del espectáculo mi imaginación acompañaba a los artistas hacia un mundo de saltos, de contorsiones, trampolines y trapecios, con los brillos que desprendían las volatineras, el polvo de tiza que mantenía las manos de los porteadores sin sudor y sin miedo. La madre cejijunta, mostraba desinterés mientras criticaba lo criticable detestando según costumbre cualquier diversión ajena. El padre no iba, su cadena de trabajo sin fin le impidió vivir cualquier momento de asueto, a menos que se escapara alguna noche, que empapado de ginebra Larios, Ducados y canciones montañesas mal cantadas para luego retornar cauteloso ante la bronca desmedida de la Patrona  -así llamaba él a la madre- A veces también la abuela nos acompañaba o alguien desconocido. Daba igual la compañía. En el circo yo mimetizaba con la pista, los colores, los payasos, los terribles domadores que blandían rebenques contra tristes leones o tigres (¡oh! incorrección animalista).

El ensueño no era colgarme de un trapecio, ni domar animales. No. El ensueño era marchar con ellos por los caminos errantes, dormir en carromatos sin pertenencia a lugar alguno. Despertar con el alba en lugares desconocidos y trashumar como ser sin patria ni bandera. Un sueño de libertad,  sin orden que posiblemente augurara el libertarismo que me adorna de mayor.

Se cerraba la pista. Se apagaban las luces. Volvíamos a casa y mi lugar retornaba a los libros prestados, a la soledad de la hija única encerrada en  jaulita de oro. Quizá, en el fondo,  me identificaba con los tristes leones sin furia que yacían en celdas de castigo para servir al divertimento o al mero adorno. Tal era mi caso. Adornar sin mucha molestia una familia típica que guardaba demasiados secretos en el bargueño

María Toca

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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

2 Comentarios

  1. Yo también soñaba con irme con el circo. Pero los animales me partían el alma y los payasos me daban terror. Aun así alucinaba con pasar unos días con ellos, más cerca de los leones que de los payasos

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