Un viaje en el tiempo

Es difícil contar cómo fue nuestro Regreso a la Tierruca. Todos los viajes son emocionantes, se planean y organizan con ilusión, una debe decidir qué lugares visitar, comparar precios, etcétera. Pero nuestro viaje a Cantabria fue muy distinto a cualquier viaje; para comenzar, no fue un viaje sino un Retorno. Cuando averiguaba qué sitios visitar, no buscaba lugares turísticos, lo que yo hacía era buscar en los diarios antiguos de Cantabria los sitios de los míos: los hermanos Gutiérrez Cueto, sus padres y sus descendientes: mi familia, a la que siempre apellidé ‘Carajo’ en mis cuentos. Nuestro retorno (viajé con mi mamá), traía tanta emoción que es un poco difícil explicarla.  

Soy la nieta de El Guapo, un hombre que fue siempre un fantasma para mí porque murió demasiado pronto o se enamoró de mi abuela demasiado tarde, según se vea. El origen de la familia Gutiérrez en Cantabria era algo así como un misterio que a nadie en Perú le interesaba mucho develar, como venganza involuntaria ante el infarto que nos privó de conocer a un hombre con una vida riquísima, mi abuelo.  

Hace un par de años quise saber de dónde venía la rama italiana de mi familia y hasta ahora no lo he logrado. Pero al buscarla en internet durante horas, digitando y volviendo a digitar el apellido que es el nombre de un pueblo en Turín, los que aparecieron fueron los Gutiérrez Cueto y los suyos, como si ellos quisieran mostrarse, más que eso, como si me exigieran prestarles atención…fue algo así como magia, o amor, que es lo mismo. En ocasiones, en lugar de ver, yo siento, no soy muy normal y descubrí que es genético. Lo que quiero decir es que mis espíritus me rodearon, tuve un caballero narizón de modales impecables frente a mí, un par de marinos locos, barcos y todo, peleando por abrazarme, uno de ellos, mi bisabuelo y el otro, el tío Fernando, el marino mercante más conocido de sus tiempos, una delicia con bigotes de chiste y carácter de mierdaTres maestras heroicas nacidas en el tiempo de la esperanza que pagaron muy caro su deseo de educar a su país y liberar a las mujeres, la mayor fue asesinada el día de mi cumpleaños treinta y cinco años antes de que yo naciera, un enano sublevado ordenó que le dieran un tiro; aquel tiro separó su rama del tronco de nuestra familia. He comenzado a escribir la vida de la familia Gutiérrez Cueto en cuentos cortos o no muy cortos, según voy constatando mis investigaciones y sintiendo a mis espíritus, todos los cuentos están publicados aquí, en La Pajarera MagazineBuscando información acerca de Consuelo Bergés, me sorprendí muchísimo al leer en un artículo suyo escrito antes de que yo naciera, que la historia de nuestra familia daba para una novela. Y es que nosotros repetimos la vida como si viviéramos en un círculo infinito.  

Después de este preámbulo larguísimo que me pareció necesario, cuento nuestro retorno a la tierruca, un viaje mágico en el que los de cuerpo presente nos juntamos con los otros, hechos de puro sentimiento. El mejor viaje de mi vida, el retorno al origen, al hogar. Cantabria, tan mía como Arequipa.    

Úrsula Álvarez.

 

Doce horas en un avión con más de trescientas personas. Parí el regreso a la tierruca. Soy claustrofóbicafibromiálgicaendometriósica con nervios tomados en zonas innombrables, tuve que adoptar posturas de araña con tal de no tener el poto* en el asiento. Y claro, para rematar, sentados a nuestro ladito tuvimos a una madre con tres infantes que se turnaban para berrear, como un coro con horas de ensayo. Oh por fin llegamos a la primera escala: MadridNos acercamos, tierruca. Hice mi entrada triunfal a Europa con los pelos enmarañados, caminando tiesa como un robot y con cara de idiota. El día en que comencé a investigar a mis ancestros aparecieron todos rodeándome, hermosos y fantásticos con sus narizotas, sus periódicos, sus barcos, sus aulas y sus luchas, mis locos valientes y hasta heroicos empezaron a susurrarme al oído, día y noche, noche y día: tierruuucatierruuuca, debes volver a la tierruuuca. Y cuando un grupo de espíritus locos me llama, yo obedezco 

El aeropuerto de Madrid es un laberinto inspirado, segurísimo, en Harry Potter. Las flechas te guían a lugares que no existen, sales por una puerta, intentas regresar a través de ella y cuando volteas ya no está. Mi mamá y yo nos perdimos unas ochenta y dos veces, quizás más, vaya una a saber. Entramos a baños que nunca más pudimos encontrar. Los trabajadores del aeropuerto de Madrí (porque así se dice: Madrí, allí donde me perdí) son una muestra perfecta del estrés que sufre la humanidad en las ciudades grandes, preguntas algo y tienes suerte si no te cae un sopapo, ¡Ave María!, es horrible que la maltraten a una cuando está perdida, hambrienta y a punto de llorar de sueño y de dolor de poto. Por un momento pensé que nunca saldríamos del aeropuerto de Madrí, allí donde me morí. Cuando nos sentamos por fin en el avión rumbo a nuestra Santander, La Marinera, pensé que merecíamos una estrellita en la frente. Ya llegamos, tierruca, en ocho patas, pero llegamos.  

Una casona bonita y antigua, hotel escuela atendido por estudiantes amabilísimas que al ver nuestras caras de ultratumba entendieron que estábamos al borde del colapso. Dormimos o mejor dicho nos desmayamos y al amanecer comenzó la magia, como si el amor nos envolviera, respira mami el aire que ellos respiraron, volvimos a tu tierra, Chapetón. 

El primer lugar que vimos en Santander fue el monumento a Pereda y casi lloré. El tío Fernando estuvo en su inauguración, lo leí en varios diarios de hace mil años. Toqué las piedras del monumento con las palmas abiertas como quien acaricia el rostro de nuestro marino con bigotes de chisteExististe, tío Fernando, tú tocaste estas piedras y yo también. Vi el mar detrás, oooh mami mira el mar. Me acerqué decidida a observarlo pero oí al dragón de mi bisabuelo soplándome que aquel fue el muelle desde el cual él partió, vi unos bultos de fierro, se llaman noráis, creo, vaya con el nombrecito, allí amarraban los barcos antiguamenteA estuvo amarrado el tuyo, Chapetón, me guiaste con tus ojos de cielo, mi bisabuelo es genial cuando se trata de orientarme, enloquecí y di brincos. Estuviste a mi lado siempre, Chapetón, nada relacionado contigo me costó esfuerzo, todo me lo sopló tu dragón, hasta el momento en que en pleno centro levanté la vista y leí: Compañía de Bomberos Voluntarios de Santanderqué emoción, no sé si será el edificio original o no, pero sí sé que mi bisabuelo ayudó a fundarla en el año mil ochocientos noventa y cuatro y luego su hermano, Enrique Gutiérrez Cueto, recibió en su casa las propuestas para los uniformes, de una a tres de la tarde, lo leí todo en los diarios antiguos gracias a mi amigo, el hombre inmenso que se llama José Ramón.     

Qué bonito es Santander, La Marinera. Con su bahía y el mar cantábrico que entra y sale dibujando curvas y a ratos parece lago, el mar peruano forma una costa casi recta. Metí las manos en el agua y se me helaron, alaláu*, igualito al mar de Arequipa. Caminamos tanto en La Marinera que pensé que nos sangrarían los pies, pero no, quién sabe, quizás levitamoseso es lo que hace el amor¡El Ayuntamiento!  Y un etéreo Domingo Gutiérrez Cueto, nuestro jurisconsulto de lengua mordaz y pluma genial pasó a nuestro lado guiándonos al lugar donde fue concejal republicano en el siglo diecinueve, hola, querido Señor de Arriba, te dije que te encontraría, sabrosura. 

A lo que vinimos, mamáRodilla en la aceranariz al suelo, a rastrear nuestros lugares aunque ya no existan. El olfato que heredé de mi tatarabuelo, El Intelectual, bautizado Cástor Gutiérrez de la Torre, muerto en mil ochocientos setenta y seis pero de espíritu presenteme llevó hasta donde estuvo su casa, la esquina exacta en la que formó un hogar con su mujer, La Divina Providencia, bautizada Concepción Cueto y SánchezLa cuesta más empinada, tenía que ser, claro. Subimos agachadas¡Ave María! Estas cuestas van a matarnos, mamá, sube, dale,  que ya llegamos, es por acá, este es su barrio, acá vivieron su infancia nuestro Chapetón y sus hermanos. Lo logramos. Te dije que encontraría tu casa con el olfato que me legaste, gracias por no legarme también tu narizota, que con la mía tengo más que suficiente, Intelectual. ¡Uy! vivieron frente a una iglesia, pucha, ¡pobres! logré verlos pequeños, llevados de las orejas por su madre a oír la misa diaria, caminad hijos míos, ¡no os desviéis Domingo! El amor, presente, tangible y audible nos rodeó a mi madre y a mí. Crucé la pista para observar la fachada de la iglesia en la que esos niños fantásticos pasaron horas helándose y me sobrecogió una loza llena de nombres: los muertos en la Guerra Civil a manos del bando republicano. Giré hacia el otro lado de la puerta de la iglesia pensando encontrar otra loza con los nombres de los republicanos muertos a manos deotro bando y no la encontré. ¿Ah? Me impresionó. Me dolió. Mucho. Pero nada pudo contra el amor de mis espíritus pequeñitos, tal como los imaginé y describí en mis cuentos, creo que soy médium.  

Aplanamos las calles de La Marinera como estaba planeado. Nos despeinó el viento del norte, nos mojó la lluvia de mayo como canta Nandito-el-papacito. Encontramos, o creímos hacerlo, los lugares aproximados donde estuvieron La Abeja Montañesa, de Cástor, y El Atlántico, de Enrique, en el siglo diecinueve. Sorprendimos a mi amiga María, a quien debo tantísimo, en su trabajo. Había esperado ver una señora alta e imponente y abracé a una mujer más o menos de mi tamaño con ojos muy dulces y voz suave. Fuimos a librerías y a un paraíso repleto de libros antiguos con páginas mohosas, sillones parlantes que decían tooomaaa asssieeentoooponeeeooosss cóoomooodaaani más ni menos que El Dorado y quise tener a Pimienta* en mis brazos para quedarnos ahí para siempre.  

A las once de la mañana del día acordado vino a recogernos mi prima Carmen, bisnieta de Julia Gutiérrez Cueto, la mujer que se desenterró a si misma con la fuerza de su voluntad como escribí alguna vez. Julia, la abuela que tejió las alas de su nieta, una niñita de ojos inmensos que terminó siendo una mujer aún más inmensa llamada Consuelo Bergés. Carmen, mi prima, a la que nunca había visto pero con la que había hablado mil veces y cuya ayuda fue incalculable para armar el rompecabezas que es la historia de nuestra familia de orates. Un abrazo a lo peruano, a lo Gutiérrez, de esos que rompen huesos e inundan los ojos, hola querida, henos aquí. Hacia Torrelavega partimos. Carmen nos cedió su dormitorio, con una hospitalidad que sabía a hogar, a familia, a dos hermanos que se reúnen a través de sus descendientes casi dos siglos después. Carmen conversando, Carmen contando historias, Carmen disponiendo, oye primuca tú eres igualita a la Julita que no cerraba el pico jamás. Puesss sssí, (así suenan los españoles para los oídos peruanos). A pasear por Torrelavega  

¿A qué hora llega la Evita (en peruano), la Evuca (en cántabro)? La pobre Evuca tuvo un disssgusssto muy grande esssta mañana, tuvo que comprar otro boleto pero ya essstá en camino en el autobússs. Comimos sobaos toda la tarde, qué rico es el sobao, yo quiero comer sobaos todos los días de mi vida y tomar zumos de naranjas cántabras todas las horas de mi vida desparramada en los sillones parlantes de la anticuaria de libros en Santander  con Pimienta durmiendo sobre mis piernas 

¡Ya llegó la Evuca, el autobússs ssse adelantó! Mi mamá y Carmen van paseando como quien tiene todo el tiempo del mundo…y yo empiezo a desesperar, la pobre Evita (a lo peruano) está esperándonos allí solita, después de haber tenido la valentía de venir a pasar unos días con unas locas que dicen ser sus parientes y le mandan árboles genealógicos que dicen: mira, Evita, yo vengo del Chapetón Cueto y tú de su hermano Enrique, el capitán de El Atlántico. Tu papá tenía razón, Evita, el Capitán Fernando Gutiérrez Cueto existió. Y la Evita ha sido tan valiente y tan confiada de creernos y no pensar que somos unas locas peligrosas descendientes de caníbales y ha decidido correr el riesgo de venir a pasar unos días con nosotras, ésta es valiente como su bisabuela, creo que yo no me atrevería a ver a unas Gutiérrez sin pedir primero un certificado de salud mental. Y encima sabrá Dios por qué ha debido pagar doble pasaje y ha llegado antes que nosotras y está esperando solita en la estación de autobuses de Torrelavega sin saber si nos disponemos a acuchillarla en un ritual satánico o no¡Apúrense pues mami y Carmen que la Evita está solita! Pero mi mamá y Carmen caminan del brazo mirando el perejil*, como se dice en el Perú. Entonces yo caminé a toda velocidad (y no corrí como dijeron ellas después) sólo caminé rápido pensando ¿y ahora, cómo la reconozco si no tiene ni una foto en el Facebook? Pero la reconocí. Estaba sentada pasándose la mano por el pelo, se veía cansada y tomó un sorbo de una botella de agua. Yo sentí, porque yo siento más que veo, no soy muy normal,  yo sentí que yo no era yo sino mi abuelo, El Guapo, y ella no era ella sino su bisabuela, Aurelia Gutiérrez, y que por fin los dos primos hermanos se daban el abrazo que la ignominia les prohibió. La apachurré y seguro le hundí varias costillas mientras mi abuelo, El Guapo, sonreía feliz. La Evita (a lo peruano) se esforzó mucho para no atorarse con el agua que acababa de tomar ni expulsarla en un chorro sobre . Glamorosa es la Evita, Gutiérrez, sin duda. Osss juro yo compré un passsaje para sssalir a lá ocho é la mañana y al llegar a la essstación dijeron que lo que compré era para lá ocho é la noche del día anterior, osss juro que no sssoy sssubnormal. Ésta es Gutiérrez, de hecho. Mi mamá y Carmen la abrazaron y del brazo la llevaron, con una naturalidad que se me metió en los ojos como agüita y cogí su mochila con ruedas, creo que tenía miedo de que se nos escapara.  

Y entonces no fueron dos hermanos sino tres los que estuvieron juntos a través de nosotras, Sixto (El Chapetón), Julia y Enrique, y los demás hermanos también se acercaron, y la siguiente generación se unió, y no fuimos sólo cuatro Gutiérrez sino muchos, cuatro de carne y hueso y el resto hechos de puro sentimiento. Y entendí por qué Cantabria tira de mí y por qué El Intelectual, bautizado Cástor Gutiérrez de la Torre, me ayudó hace más de un año a escribir El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo, ¿viste, Intelectual? Tu árbol está completo, tatarabuelo.  

Lo primero que hicimos las cuatro como familia fue ir a una comida en casa de José Ramón y su esposa. Una confusión confusísima, porque en el Perú la vaina es así: desayuno, almuerzo y comida; y en Cantabria la vaina es asá: desayuno, comida y cena. Aclarada la confusión lingüística llegamos al pueblo de José Ramón, que ya que estamos de lingüistas,  debería llamarse Alegrilla. Fuimos con María. Vamos a conocer a un hombre inmenso, ha estudiado a las nuestras, tengo tanto que preguntarle. Lo apachurré tal como había amenazado en el millón de mails que le mandé atormentándolo a preguntas. Y después me sucedió algo que no me sucedía hacía muchos años: me sentí tan feliz que me atolondré;  yo, que iba a escuchar, hablé como un ‘loro loco’, como me llamaban mis papás cuando era chiquita y no cerraba el pico.  Creo que no hice ni una de las preguntas que debía porque se me olvidaron todas. Y cuando Ramón me invitó a entrar a un lugar donde tenía todos sus ‘libros repetidos’, no lo hice…os juro que no soy subnormal, diría la EvucaA la pucha, eso pasa cuando soy muy feliz. Lo que sí logré fue un pequeño milagro: que Ramón sonriera para una foto, es la única foto suya que he visto en la que él sonríe. No entré al cuarto de los libros repetidos, qué animal.   

Carmen, la única nacida en la tierruca, nos llevó a conocer nuestros lugares como una niña feliz que comparte sus muñecas, con una generosidad que desconocía lumbago, cansancio, gastos y estaciones de tren en las que no atiende ni un alma sino una máquina satánica imposible de entender para cuatro despistadas genéticasEl verdísimo Molledo, donde nació La Divina Providencia, tan hermoso, lleno de caracoles caminando en las ‘aceras’ como se dice allá, yo recogiéndolos para tirarlos a los jardines, aurita te aplasta un auto¡Qué coche, acá losss caracolesss ssse comen! Carajo, los españoles son caníbales. Molledo, donde la Evuca quiso ver ‘los praooos mientras yo imaginaba a nuestros ancestros nuevamente de niños jugando en ese paraíso verde cuando visitaban a su abuela, la del retrato pavorosoUcieda y la casa en la que nació El Intelectual, curiosamente en una calle bautizada hace poco con el nombre de María Blanchardasí es, Intelectual, la calle donde naciste lleva el nombre de tu nieta. Ucieda y el palacio en el que vivió la tía Julia alentando en su nieta Consuelo el ansia de saber 

Cabezón de la Sal. Quizás el pueblo que más me conmovió. El único en el mundo en el que viviría feliz aunque no tenga mar. Qué lugar tan hermoso, con su centro chiquitito cuyas calles El Intelectual ayudó a construir cuando fue concejal en el año mil ochocientos cincuenta y uno, donde nació Fernando Gutiérrez Cueto. Quisimos ver su casa pero ya no existe y no me dolió, su presencia lo inundaba todo, sentí olor a loco todo el tiempo. Cabezón de la Sal donde las emociones fueron más intensas. Yo escribí ingenuamente, antes de llegar a Cantabria, que iríamos “a detenernos frente a la casa saqueada e invadida que sin embargo sigue tan de pie como estará siempre su dueña, quien nos llamó ‘tribu de gente rara’ con toda razón”. No sabía lo que habían hecho con la casa que Ana Gutiérrez Cueto habitó, en la que formó una familia con su esposo el notario, en la que nacieron varios niños de los que sólo dos sobrevivieron al primer tiempo del espanto que atacó a nuestra tribu; la casa de Matilde. De ella sólo quedan un par de árboles y su nombre en una absurda placa de bronce, su nombre escrito por ignorantes, su nombre escrito sin ningún derecho. ¿Sientes rabia?, me preguntó mi prima Carmen. No. Siento dolor. Y he de procesarlo para escribir acerca de ello después, porque ésta vaina trata de amor y no de venganza de ignorantesCabezón de la Sal, qué bien cuentas la historia de nuestra familia, con tu belleza y tu horror, incluyendo la ya conocida placa en la fachada de la iglesia. Y qué rico es tu Cocido Montañés, vi a mi mamá comer tres platos seguidos por primera vez en toda mi vida. Ah, y me caí con gran estrépito, estuve a punto de llegar a la carretera y ser aplastada por un auto. Y antes de eso, la Evuca y yo entramos a la biblioteca del pueblo, un lugar antiguo, precioso y silencioso en el que muchos ojos voltearon a mirarnos como quien dice: ¿qué hacen aquí estas turistas? Pues las turistas estaban viendo los librosmal genético, cuando de la barriga de la Evuca salió un rugido más feroz que la lengua del tío Domingo y el silencio de la biblioteca se desmayóUuuy, hay que alimentar al sssueco, dijo la Evuca y salimos disparadas a comer Cocido Montañés, donde me caí. Así somos de glamorosas las Gutiérrez.    

Hicimos fiesta de pijamas, las cuatro parientes que acababan de conocerse. Mi prima Carmen se cayó de la cama inflable en la que dormía la Evucaqué querencia al sssuelo tiene esssta familia, dijo la dueña de la cama. Nos reímos a carcajadas y compartimos recuerdos de los veranos de infancia, muy parecidos pese a que trascurrieron en distintos continentes, ha de ser la fuerza de la sangre, aquelltendencia atávica que nos hace repetir la vida uniéndonos aunque no lo sepamos. Nos contamos todo lo que el tiempo nos permitió. Carmen y la Evuca aprendieron que en Arequipa los nombres propios llevan “el” o “la” delante y también aprendieron el significado de  alaláu, poto, calato*, guagua* y hasta siqui, que es poto en quechua. La última noche juntas, el colchón inflable de la Evuca comenzó a soltar aire con ruidos sospechosos de rato en rato, ¡osss juro que no sssoy yo! Sí, claro, te tocó un colchón flatulento, mamá, la Eva es una pedona. 

Nos despedimos. Cuando saludé a Carmen, bisnieta de Julia,  con un abrazo-rompe-huesos, la conocía bastante bien de haber conversado horas por teléfono, pero al abrazarla para despedirme lo hice de una prima de verdad, como si hubiéramos vivido en la misma ciudad del mismo país en el mismo continente toda la vida, mi familiaYo había pedido a la bisnieta de Aurelia que atravesara media península para conocernos y la bisnieta de Aurelia accedió con la misma curiosidad, pero cuando me despedí de ella no lo hice de la bisnieta de Aurelia sino de mi prima, la Evuca que dice praooosss y tiene un sueco feroz en la barriga. Las cuatro Gutiérrez tuvimos una despedida romantiquísima y algo húmeda, con esos abrazos inacabables que daba mi tío Carlos Gutiérrez Usseglio. El romance fue interrumpido a bocinazos por el chofer del autobússs que nos esperaba, estaba apurado y no cree en familias que se reencuentran atravesando siglos y océanos, seguro era de Madrí.   

Para terminar nuestro periplo por nuestros lugares, mi mamá y yo pasamos dos días en el pueblo con nombre de signo de puntuación: Comillas. Nos despatarramos glamorosísimas en la playa mirando el cielo que ellos miraron cuando eran niños y venían a veranear. Vimos su casa, situada, por supuesto, en la cuesta más alta del centro del pueblo, a la que volvimos a subir agachadas y con la lengua afueraVolví a ver a nuestros locos pequeñitos corriendo disparados hacia la playa, seguidos por su madre, “Despacio, ¡Ave María! Qué querencia al mar tienen essstosss niñosss 

Para José Ramón. Me compré un millón de libros, Ramón, ¡un millón!, dejé vacías las librerías de Cantabria. Un par de ellos están firmados por un tal Saiz Viadero…os juro que no soy subnormal. 

Úrsula Álvarez Gutiérrez  

Arequipa, 6 de junio del 2019 

 

*poto: peruanismo para ‘culo’ 

*alaláu: arequipeñismo, derivado del quechua, interjección que significa: muy frío 

*Pimienta: mi perrita, pequeño pedazo de mi corazón 

*mirando el perejil: frase peruana que significa algo así como perder el tiempo mirando la calle 

*calato: peruanismo para ‘desnudo’ 

*guagua: arequipeñismo para bebé y niño/niña.  

Sobre Ursula Álvarez 30 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

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