Vamos, vamos, Perú

El penúltimo mundial de fútbol en el que la selección peruana participó fue en el año 1982. El lema era: Peee-ruuú-España-Ochentaidos-tararaaaatararaaaaaa… Hasta ahora recuerdo cómo el corazón se encogía en mi pecho de niña peruana cuando lo gritaba. También había una polca: Perú campeón, Perú campeón, dice en caaada palpitar mi corazón. Lo cantábamos con toda el alma y sólo ahora analizo la letra y entiendo por qué me conmovía tanto. Durante los partidos de eliminatorias para ese mundial todas las familias peruanas, de todos los barrios peruanos, de todos los colores en los que venimos los peruanos, de todas las clases, de todas las tendencias políticas, se juntaban para gritar GOOOL o llorar la desgracia. Cuando Perú ganaba un partido, mis papás nos metían a mis hermanos y a mí al auto y salíamos llevando la bandera del Perú a dar bocinazos a la Plaza de Armas de Arequipa, donde nos encontrábamos con todos los arequipeños en plena euforia colectiva, lo mismo pasaba en todas las Plazas de Armas del Perú. En ocasiones la gente se bajaba de los carros para abrazarse, ganaaamooos, qué viva el Perú, carajo. Yo cantaba Perú campeón, Perú campeón, dice en caaada palpitar mi corazón, mirando todo desde el carro de mi papá. Eran noches mágicas. Pero somos peruanos y entonces también lo éramos, no duramos mucho en ese mundial.  No recuerdo muy bien si fue durante o en las eliminatorias, pero una vez Perú jugó contra Camerún. A buscarlo en el globo terráqueo, cuando supe que era un país africano me pegué un susto…imaginé a sus dioses exóticos absolutamente invencibles; creo que el mismo pensamiento pasó por todas las mentes de mi país porque poco después aparecieron en televisión nuestros chamanes, los de la costa, los de la sierra y los de la selva, lanzando escupitajos, sosteniendo hierbas y bichos y entonando cánticos aterradores.

Ese fue el último mundial que vivió mi generación de chica. Quién sabe si molestamos demasiado a los dioses extranjeros pero pasaron treinta y seis años para que Perú volviera a jugar en uno. Nos cayó una maldición por querer jugar a ser un país feliz.

El Perú sin fútbol es un país muy triste. Una tristeza inmensa nos recorre desde Tumbes hasta Tacna, luego va tierra adentro, rodea la sierra, sube a nuestra selva, se harta del calor agobiante y se suicida en el Amazonas. Nuestras diferencias y nuestras injusticias nos desunen, nos llenan de una desconfianza mutua que se percibe en nuestras miradas y actitudes. Quizás lo único que nos unió alguna vez fue el terror, aprendimos a vivir temiendo las bombas terroristas puestas por peruanos para matar peruanos. Mientras los pobres volvieron a su rutina de amanecer tristes entre esteras y cartones en sus chozas de toda la vida, los no-pobres volvieron a su rutina de dormir tristes tras ver en las noticias la corrupción que golpea, amenaza y hasta hace llorar.  Aprendimos a vivir así, con poquita fe, con alegrías personales, familiares y quizás grupales, pero nunca nacionales, con excepción de la vez que ganamos a Chile en el Tribunal de la Haya, pero eso sólo lo celebró el peruano culto y el resto del país ni se enteró. Treinta y seis años sin celebrar juntos.

Como si los dioses que nos lanzaron aquella maldición hubieran sido exterminados por un furioso Dios Inti del brazo de Santa Rosa de Lima y ayudado por la fuerza de nuestros chamanes, hace un tiempo un grupo de futbolistas peruanos comenzó a ganar partidos.  ¿Ah? Aurita vuelven a perder, dije yo, que pasé más o menos veinte años sin ver un partido de futbol ni un noticiero por idéntica razón. Pero esos chicos siguieron metiendo goles…aurita viene un optimista a decir que volvemos a un mundial, ¿por qué no podemos pensar en cosas importantes? Una no podía caminar en paz en el Perú, de susto en susto andábamos, de pronto un movimiento igualito a un terremoto (país sísmico, para colmo, por supuesto), seguido por un grito gutural y colectivo que despertaba recuerdos mágicos: ¡GOOOOOOOOL! Una tarde hará dos años estaba leyendo un libro en mi cama y los oí: bocinazos en la calle, una caravana de autos reventando los oídos del mundo, tatatá, tatatá, Pe-rú, Pe-rú, Pe-rú. Me asomé a la terraza para poder ver bien y recibí una cachetada de niñez, fue como ver a mi papá y a mi hermano agitando la bandera peruana en la Plaza de Armas de Arequipa abrazando a extraños. ¿Qué pasó? Ganamos otra vez, parece que de verdad podemos ir al mundial, que viva el Perú Carajo. A la pucha.

Caí, claro, como todo el Perú. Todo el Perú, qué bonito suena eso. Los peruanos de todas las clases y de todos los colores en los que venimos los peruanos, los peruanos educados y los sin educar, los peruanos flacos y los peruanos gordos, los peruanos blancos, los peruanos negros, los peruanos cholos, los peruanos indígenas, los peruanos rubios, los peruanos pelirrojos, los peruanos de pelo lacio y los peruanos de pelo de oveja como yo (que somos pocos, pero somos); todos, como si fuera imposible contener más tiempo una emoción tan justa y tan necesitada.  Los niños en las calles, incluyendo los tres infantes de mi familia, vestían la camiseta de la selección peruana…todo el mundo vestía esa camiseta, versión viejo panzón, versión chica sexy, versión madre de familia de gran tetamenta, versión cara, versión barata, de algodón pima*, de nylon de última categoría. Y las sonrisas, las sonrisas por fin en los rostros de los extraños. El Arriba Perú de despedida al comprar algo en una tienda. Los bocinazos. Los banderazos. Los niños copiando el corte de pelo de Paolo Guerrero, mi Paolo, tu Paolo, nuestro Paolo*.

Pero claro, somos peruanos. Justo antes de clasificar para el mundial de Rusia 2018 Paolo Guerrero, capitán de nuestra selección, dio positivo en una prueba antidoping. Lloré. Paolo juró y volvió a jurar en nombre de la alegría peruana que se trataba de un error o de una contaminación accidental (y yo le creo) y exigió que se volviera a hacer la prueba, que se investigara, que el asunto se aclarara. Fue como cuando un globo se desinfla. Pppiiiuuuuu sonó nuestra esperanza al salir disparada de ese globo inmenso y feliz. El Perú se detuvo en seco y observó pasmado cómo el más querido, el goleador más grande que hemos tenido, el mayor responsable del renacimiento de la esperanza, fue sancionado de inmediato. Clasificamos para el mundial, sin Paolo. Peruanísimos: felices pero tristes.

Volvimos a un mundial. Como un parto, un regreso sufriente, peruanísimo como el Pisco*. No sabíamos si Paolo jugaría o no, y así, pariendo, sufriendo, gozamos. La gente enloqueció, muchos vendieron sus carros y hasta sus casas para poder pagar los pasajes a Rusia. Una de mis mejores amigas pospuso una remodelación urgente en su casita recién comprada para ir a Rusia. Cadenas de oración, hasta una figura de Jesucristo fue fotografiada con la camiseta de la selección peruana de fútbol, como yo soy hereje me pareció una idea genial y lamenté mucho no tener figuras religiosas en mi casa para colaborar con la causa.

El Perú se quedó medio vacío porque todo el que pudo se fue a Rusia, con los bolsillos llenos de estampitas del Señor de los Milagros, Santa Rosita, la Beatita de Huarmey y segurísimo, algún amuleto chamánico, seguriiísimo. Los hinchas peruanos llegaron a Rusia y la invadieron con sus banderas, sus himnos y cantos, su alegría infinita con sabor a identidad, felices pero tristes. Mi amiga, la que viajó para allá, me contó que bastaba estirar la oreja para saber dónde estaban los peruanos. Te acercabas y venían los abrazos de los extraños, Viva el Perú Carajo, a cantar la clásica polca o las canciones acabaditas de inventar: Cóoomo no te voooy a queeerer, si ereees mi Peruuú queriiido, el país bendiiito que me viooo nacer. O el Vaaamos, vaaamos Perú, porque yo creo en ti, vamos, vamos Perú. La bandera peruana colgada al cuello como la capa de un súper héroe, los disfraces de incas, de Machu Picchu, la felicidad inmensa de sentirse una nación. Fue tanta, pero tantísima, la alegría de los peruanos unidos (qué bonito suena eso: peruanos unidos) que mi país ganó el título de La Mejor Hinchada del Mundo.

No sé qué autoridad futbolística autorizó al último minuto que nuestro Paolo* jugara en el mundial, algo así como una licencia temporalísima mientras la investigación continuaba. Pero nuestro goleador llevaba demasiados meses sin jugar (ni en el jardín de su casa, por reglamento) y quizás el resto del equipo estaba un poco desmoralizado. Tal vez tuvimos mala suerte (somos peruanos), jugamos un poco mal o hasta muy mal. Y claro, nos tomó menos tiempo salir del mundial que llegar a él. Pero estuvimos allí después de treinta y seis años. Y por primera vez en la vida, el Perú asombró al mundo con su alegría y lo dejó estupefacto cuando una nación multicolor, multirracial y a punto de explotar de una felicidad triste cantó a la vez: Sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores contigo Perú, somos tus hijos y nos uniremos, y así triunfaremos contigo Perú.  

Con la selección de regreso en Perú, la vida volvió a la normalidad.  Ocupamos el tercer puesto entre los países más peligrosos para las mujeres.  Nuestro congreso y nuestro gobierno nos avergonzaron hasta hacerme pensar que el mío es un país de mentira. El cataclismo llamado Odebrecht barrió con el Perú. Esa vaina de Odebrecht es algo así como un símbolo de estatus: si esa empresa no te embarró, no eres nadie en política.  Volvimos a desconfiar unos de otros y a mirarnos como antes. Unos cuantos fiscales parecieron luchar por la justicia y por un segundo olieron a jabón hasta que su entusiasmo (quién sabe) fue tan exagerado que comenzaron a apresar antes de probar culpas, mientras sujetos demostradamente asquerosos escapaban por las fronteras. Los incendios se desataron, como si el Perú estallara por combustión espontánea de tanto sufrimiento. Desconfía, peruano, tu país arde.

Ha comenzado la Copa América y ayer Perú ganó tres a uno. Grité ¡GOOOL PERUUUAAANOOO CARAAAJO! y lloré, claro, soy peruana.  Y como la selección es peruanísima, nuestro próximo partido es contra Brasil, nada menos, felizmente Alemania no queda en América. Mi país se viste de camisetas rojo y blanco. La gente sonríe en la calle. Las conversaciones de los extraños que alcanzó a oír, dicen: tres cero gana Perú y se acabó, carajo. Los peruanos siempre decimos “carajo”,  cuando estamos felices y cuando estamos enojados.

Que ganemos, por favor. Quizás ganando partidos de fútbol esa sensación de identidad que tuvimos cuando enternecimos hasta a los rusos el año pasado  cantando Contigo Perú* como la nación multiétnica, multicultural y multicolor que somos, se quede por fin con nosotros y ocupe el lugar del fantasma que se nos suicidó en el Amazonas. Quizás el fútbol sea el camino para los peruanos, por algo se empieza. Quizás jugando a ser un país feliz logremos serlo alguna vez.  Quizás. El Perú sin fútbol es un país muy triste.

Los peruanos tenemos la mejor comida del mundo (digo yo), una de las mejores, dicen los que saben, y un licor mágico* capaz de transformar a un adefesio en un hombre hermoso e interesante. Tenemos cantantes de nivel mundial, escritores fantásticos como Bryce Echenique y hasta un premio nobel que va por el mundo vanagloriándose de ser arequipeño. Nada de eso ha unido a los peruanos. Nunca he visto a un cholo abrazar a un blanco porque Arequipa fue declarada patrimonio cultural de la humanidad. Nunca he visto a peruanos llorar de alegría cuando Juan Diego Florez canta ópera en italiano vistiendo encajes.

Sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores contigo Perú*.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Arequipa, 19 de junio 2019

*algodón pima: Tipo de algodón de gran calidad originario de Perú.

*mi Paolo, tu Paolo, nuestro Paolo: Frase que se puso de moda en Perú durante las eliminatorias al mundial 2018, refiriéndose a Paolo Guerrero.

*Pisco: Destilado peruano de uva. Trago mágico que quema las tripas, alborota las hormonas, nubla el juicio y levanta el piso. Debe ser tomado con moderación. Denominación de origen. Pisco es un pueblo en la costa central del Perú. Atención: Si la etiqueta no dice “Hecho en Perú”, significa que No es Pisco.

*Contigo Perú: Vals peruano compuesto por Augusto Polo Campos y cantado principalmente por El Zambo Cavero. De ese vals son los extractos: Sobre mi pecho llevo tus colores y están mis amores contigo Perú. Somos tus hijos y nos uniremos y así triunfaremos contigo Perú.

Sobre Ursula Álvarez 30 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

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