VI Capítulo novela Mujeres en negro: Catusa y Diana

He vuelto a casa tras un fin de semana largo en casa de mi amante Nuria. Empresaria consorte de un hombre que vive a caballo entre Amsterdam y Sevilla, encuentra conmigo –cuando lea estas líneas me dará la razón­—toda la acción que su holandés errante y bastante mayor que ella, no le da.

Su nombre real es otro pero, la discreción de un caballero conoce límites que dejan lo excelso en sus altares, y Nuria sabe cómo encontrar la altura más elegante, la más salvaje de todas en cualquier rincón de su bonito chalet.

Al abrir la puerta de casa, Catusa ha venido como una flecha a restregarse contra mis piernas. Es su forma de recriminarme que mi asueto caliente, haya sido para ella una sucesión de horas en soledad.

Mientras desahogo la bolsa de viaje, mi gata corre por toda la casa. De vez en cuando entra en la habitación y salta sobre la cama para seguir con sus carreras recorriendo todas las estancias. Necesita contacto humano, y con lo de Marruecos a la vista, tendré que pensar en alguien que se pueda quedar con ella dos o tres semanas. Creo que tengo una idea: Diana.

Pasadas las siete de la tarde toco el timbre de su puerta. Llevo en una mano una bolsa con marisco recién cocido, como para dos o tres cenas. En la otra un estuche con tres botellas de Albariño, de las bodegas de Pazo de Barrantes. Es el mejor sin duda pero el favor bien lo merece.

Me recibe bellísima como siempre. Cada detalle cuidado con esmero: manicura, maquillaje, el pelo suelto sobre los hombros, un perfume sutil y maravilloso, y un vestido rojo palabra de honor en una popelína de lo más suave.

Se ha colgado de mi cuello sin dejarme desocupar las manos, y me ha plantado el pico habitual, aunque algo más largo y cálido que de costumbre, y al final a entreabierto algo los labios, ofreciendo un aroma de menta fresca que invitaba…

Pensé que el fin de semana con Nuria me habría aplacado para varios días, pero es bien cierto que no hay mujer buena sino nueva. He contenido a duras penas mi tentación y tras dejarlo todo en la cocina, comienzo con mis explicaciones sobre mi viaje al moro, y que necesitaré que se quede con Catusa algún tiempo.

–Acepto —me ha dicho sin dudarlo un segundo, –pero piénsalo bien, no te la devolveré hasta que no me hagas el amor como a una gata en celo.

Víctor Gonzalez

 

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Escritor madrileño aunque sevillano de adopción. Periodista. Vocal de Asociación Literaria Aljarafe. Comunicador y conductor de programas de radio, sobre literatura en Radiópolis. Ha recibido diversos premios y publicado novela juvenil, novela negra y relatos.

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