Burro grande ande o no ande

El miedo congénito a ser una ‘mujer sola’ (se pronuncia bajito, sshhh) ha regido el destino de la señora desde siempre. Su abuela, una mujer amable y de bonitos ojos grandes que mereció mejor suerte, estuvo casada la mayor parte de su vida con un pobre diablo que hasta el nombre tenía feo, aficionado a ausentarse de su casa (y quién sabe, hasta de la ciudad) dejando a su esposa y a sus hijos sin explicaciones ni dinero siquiera para el pan del día; su cuñado, el único hombre que merecía el adjetivo en esa familia, se hacía cargo de ella y su prole, calladito y sin aspavientos, muerto de vergüenza ajena. No había mucho que pudiera hacer en ese entonces, siempre se consideró a sí misma una pobre mujer. Era fines de los años treinta, vivía en una ciudad ajena y casi se alegraba de las desapariciones del marido cuya presencia se manifestaba siempre con un hijo nuevo y más trabajo que hacer. Sólo había terminado la secundaria; sabía cocinar, lavar, planchar, limpiar la casa y parir con poca bulla. No tenía ningún referente femenino al cual acudir en busca del coraje cuya ausencia, sin embargo, percibía en su carácter. En los pocos momentos en los que eso sucedía estaba segura de estar perdiendo la razón: ¿Qué podría hacer? ¿Salir corriendo con mis hijos? ¿Y a dónde? Dios mío, ayúdame a conformarme, soy sólo una mujer. Dios ayudó a la abuela de la señora, se resignó a su destino de mal querida y concluyó que para eso nació hembra: para tolerar. Se sintió afortunada cuando finalmente enviudó al envejecer, aunque no lo confesó ni ante el espejo y tal vez entonces conoció algo parecido al alivio. Nunca se le ocurrió aleccionar a sus descendientes mujeres, alentar en ellas la necesidad de independencia, el amor propio, la rebeldía ante una mala estrella como la suya; la insumisión no existía en sus genes ni en su naturaleza y su mansedumbre le ordenó etiquetar los brevísimos instantes de lucidez que alguna vez rondaron su mente como arranques de locura.

La madre de la señora (una de las hijas de la pobre mujer) optó por hacerse la sorda, ciega y muda al enterarse de que su propio marido tenía en paralelo a otra familia, agradeció en silencio atávico que hubiera tenido la ‘delicadeza’ de hacerlo en otra ciudad y vivió su farsa en la tranquilidad de saberse su única señora en su tierra. Nunca consideró hacerse sabedora de la situación, exigir explicaciones al traidor ni mucho menos expulsarlo de su vida. Tener marido, aunque fuera compartido, era necesario para ella y no sólo porque él fuera el sustento de la casa. El hombre le daba estatus e identidad y enfrentar la vida sin uno le daba vértigo y absoluto pavor. Su mundo era bastante más amplio que el de su madre, tenía contemporáneas profesionales, viudas, solteras y hasta alguna osada divorciada, pero jamás consideró la opción de enfrentar la realidad. Si su marido no la amaba, o la amaba a medias, a ella lo mismo le daba, al marido no se lo quitaba nadie, ‘Burro grande, ande o no ande’, decía el refrán. Emprendió una competencia con ‘la otra’, a quien declaró su enemiga mortal e hija del mismísimo Señor de las Tinieblas, la depositaria de todo su odio, una mujerzuela malvada y mañosa que seguramente haría uso de pócimas y triquiñuelas inimaginables para hacer pecar al santo varón, así son los hombres pues, débiles, así igualito era mi papá y mi madre tan buena lo aguantó y su matrimonio fue un éxito. Procuró ser la ‘mejor’, la más amable, la más paciente, la que mejor lo ‘atendiera’. La traición le salió regia al farsante, él fue a la vez trofeo e indiscutible ganador de la contienda, el rey de la casa, Su Mismísima Majestad. Ella nunca se permitió verlo en su verdadera pequeñez, ni siquiera cuando necesitó una lupa para encontrarlo, lo achacó a sus años, estoy perdiendo la vista. Cuando cumplieron cincuenta años de casados hicieron una fiesta a todo dar, rebosantes de orgullo pasaron una serie de fotos gigantes ante los invitados, de recién casados, con el primer hijo, con todos los hijos siendo niños y adultos, con los nietos, la familia completa, ejemplar y feliz; el menú consistió en los platos favoritos del medio-marido, al hombre se le conquista, reconquista y asegura por el estómago. Al poco tiempo él tuvo una celebración muy parecida, aunque un poco más discreta, en la otra ciudad y la tragazón le provocó una cagantina de varios días. Cuando superó su malestar su doble cara le permitió guiñarse el ojo a sí mismo: ¡Eres un campeón!

La señora es nieta del peregrino tarambana e hija del impostor y tiene, al igual que su abuela materna, instantes de claridad mental: Creo que mi vida no es lo que debería ser. Su proceder la hace protagonista de una secuela de la parodia que vivieron su abuela y su madre. Logró casarse hace veintitantos años contra todo pronóstico con el único hombre que se lo propuso, pese a que él rompió el compromiso y de paso sus modestas ilusiones; según supo inmediatamente de fuente fidedigna, se trataba de la ex, una mocosa atrevida que segurísimo lo habría hechizado con alguna poción maléfica. Cuando eso sucedió la señora (entonces señorita) actuó como ordenaron sus genes: identificó al enemigo en aquella chiquilla y emprendió una batalla a muerte con la determinación absoluta de ganar el trofeo con patas, al marido no me lo quita nadie. Cuando llegó al altar donde por fin la designarían señora, enfundada en su armadura blanca, tuvo que ignorar los ojos (tan esquivos, tan apagados, tan tristes) de su premio para poder seguir saboreando el triunfo.

Cuando la señora era señorita temió que no se lograría y una tarde su terror ancestral estalló en un llanto desesperado ante la única ‘solterona’ que conocía: ‘No quiero quedarme soltera, la gente sentiría lástima por mí’. Hacía muchos años que la señora (entonces señorita) había terminado su adolescencia y visto a sus amigas vivir amores y desamores, siempre testigo, nunca protagonista. La señorita era amena, entretenida y buena gente, linda más bien no. Se consideraba insuficiente y el poquísimo valor que se asignaba a sí misma, o quizás los modelos de conducta que aprendió a admirar, anularon cualquier posibilidad de que pudiera considerar sus cualidades como tales; su calidad de buena persona, su simpatía, su ingenio, su eficiencia en el trabajo, su capacidad para producir dinero… ninguna de ellas haría que el mundo se desplegara a sus pies. Debía casarse, era absolutamente necesario para realizarse. Dirigió su puntería hacia el hombre que más a su alcance tenía, él ni cuenta se dio hasta que estuvo inmovilizado bajo un cerro de atenciones y halagos que nunca imaginó merecer (‘Sé la mejor, la más paciente, la que mejor lo atienda’). Tanto miramiento resultó exactamente lo que el hombre-objetivo andaba necesitando, exhausto por llevar a cuestas el peso de su corazón roto por culpa de aquella, la mocosa.

La chica que le había roto el corazón provenía de una inacabable fila de mujeres que se aman a sí mismas, se saben suficientes y enfrentan la vida con la fuerza de su estirpe. La chiquilla nunca lo ‘atendió’, ‘contempló’, ni siguió manual alguno. Ella era simplemente ella. Le sonreía desde el fondo de su alma, que de una forma extraña parecía reconocerlo y se sentía en el lugar exacto. Ella le contaba historias, se sentaba en sus piernas y ensayaba besos que él notaba torpes aunque lenguas viperinas intentaron convencerlo de lo contrario. Él la observaba fijamente, lleno de asombro auténtico y al hacerlo despertaba en ella lo inverosímil: el recuerdo de la historia que aún no vivían. La supo ingobernable y se volvió loco por ella, lo supo suyo y se volvió loca por él. Ese par se amaba con un amor antiguo que renacía; un amor de los que escasean, de alma y piel, de cartas cursis escritas por manos sudorosas. Eran enamorados, ella no tenía ningún apuro en ‘echarle el guante’ y por eso cuando él hizo la pataleta de celos número treinta y nueve la chiquilla dejó clarísimo que nunca había oído aquello de ‘con los hombres hay que ser pacientes’ y lo mandó a volar bien lejos, ‘aurita que pa’luego es tarde’. Tiempo después, cuando sintió que su pelea estaba perdiendo toda proporción y se lo describieron sepultado bajo una montaña de ‘atenciones’ hizo lo que pudo por recuperar su relación, sin lograrlo. Ella no sabía nada de la vida, todavía no la aleccionaba a golpes, pero tenía la certeza absoluta (lo gritaba su alma) de que pertenecía al lado de él. Mil años después, sin saberlo, él puso en palabras exactamente lo que ella había sentido en esos tiempos al decirle: ‘No hay nada más mío que tú’, en una de las innumerables ocasiones en que la buscó.

La señora quiere vivir tranquila la vida que ella y sus antecesoras ensalzaron: el marido, los hijitos. Ha decidido mantener su matrimonio para cumplir el mandato ancestral de tener marido (no puedo quedarme sola, la gente sentiría lástima por mí) y porque le da la gana, sean los tiempos que sean. A diferencia de su abuela, ella no ha catalogado sus instantes de claridad mental como ‘arranques de locura’, sino como ‘romanticismo irracional’. La señora está segurísima de que el amor no existe, es un invento de los poetas y los cineastas, lo que importa es vivir en Armonía y tener el Respaldo de un Hombre. Cada vez que ha sentido peligrar la estabilidad de la vida que ha decidido vivir ha usado las armas que su progenie le ha alcanzado, desde el más allá y el más acá: hacerse la sueca (así son los hombres pues, débiles, así igualitos eran mi papá y mi abuelo, y mi madre y mi abuela, tan buenas, los aguantaron y sus matrimonios fueron un éxito), intentar ser la mejor y la más paciente y atenderlo (nunca descuidarlo). Pese a ello y para su pasmo, cada cierto tiempo percibe la presencia de su enemiga, a la que venció en el altar, como si se tratara de un fantasma, el problema es que está viva. Puede verla en los ojos dolientes de su esposo y hasta olerla (¿Huele a incienso?) en su piel, hay momentos en que jura que si estira la mano la tocará, ¡ahí está! sentada en las piernas de él, contándole historias al oído, ¡él la mira con cara de idiota! La señora nunca ha sido observada con asombro y por eso lo confunde con idiotez, a lo mejor tiene razón y es lo mismo.

La aparición detestable logra que la señora pierda la compostura y ha llegado a desobedecer el mandato de su ADN en ocasiones. La primera vez su pregunta surgió como un estornudo, indetenible: ‘¿Tú realmente la quieres, no?’ El ‘Sí’ la dejó perpleja varios días, pero si el amor no existe, ¿qué tipo de encantamiento es éste que dura tanto tiempo? Cuando la señora logró reaccionar se dio cuenta de que había arruinado la receta materna de hacerse la sorda, ciega y muda. Se reprendió a sí misma y se comportó, hasta que muchos años después, advirtiendo finalmente la inminencia del fracaso, no pudo más y le enrostró al hombre las fotos de su boda, en las que destacaban los ojos tristes: ‘¡Mira la expresión de tu cara en nuestro casamiento!’. El autogol fue tan evidente que se desbarrancó; sumida en la impotencia sintió que casi llegaba al fondo y se victimizó: ‘Me estás matando’; llegando aún más bajo se comparó con la ‘rival’, insultándola y denigrándola en una explosión de indignidad que hasta a ella misma asqueó y terminó, en el fondo del precipicio, amenazando: ‘Nuestros hijos te odiarán’.

La señora nunca sabrá cuál de sus armas (aunque la victimización y la amenaza probaron ser mortíferas) le dio lo que considera una victoria, o si ésta se debe al mensaje que aquella mujer le hizo llegar: ‘Nunca participé en la carrera que iniciaste’, hastiada de ver al hombre entrar y salir de su vida como un calor intermitente. La mujer (ya no es mocosa) llegó a enfermar de espanto cuando tuvo que usar binoculares para poder verlo, tan lejano (estando a su lado) y minúsculo ¿será que va a esfumarse? Decidió seguir el Protocolo de Emergencia que lleva en sus genes y apagar sus sentimientos, tal como hicieron las mujeres de su estirpe cuando enfrentaron situaciones cuya solución no estaba en sus manos: lo expulsó de sí misma. Ella hasta llegó a decirle ‘Ya no te amo’ para escapar de esa tragicomedia absurda y repetitiva. Sin embargo, el anhelo de él por ella es tan fuerte que al estallar de nostalgia logra hacerla aparecer, aun en forma de fantasma. Entonces él la sienta en sus piernas, como cuando era suya; acerca su oído a los labios que añora y escucha atentamente las historias que la mujer cuenta, no pierde detalle y hasta hace comentarios, como un loco que habla al vacío. Cuando los relatos terminan, el fantasma desaparece y la piel de él queda oliendo a incienso de coco.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Arequipa, 2018

 

Sobre Ursula Álvarez 38 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

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