El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo (1ºparte)

El Intelectual lleva ciento cuarenta y tantos años muerto y eso no ha impedido que responda al llamado de la sangre de su sangre. Convertido en un fantasma que no espanta me ayuda a recolectar información, me indica qué libros revisar, guía mis dedos en el teclado cuando busco su legado en internet; me sugiere usar el peso de su nombre para facilitar mi tarea y acierta, casi un siglo y medio después de su partida, nombrarlo abre puertas para mí. Lo observo atentamente, es un hombre muy guapo aunque tenga una nariz enorme. Pelo oscuro, abundante y corto, bigotes y una barba tupida muy bien cuidada. Viste de negro, lleva una capa sobre una especie de terno y sujeta un bastón y un sombrero que se quitó apenas me vio. Sus modales son los de un caballero de todos los tiempos, se pone de pie cada vez que yo lo hago. Su presencia me hace feliz, sus ojos honestos transmiten calma y entendimiento. Le pregunto por sus hijos, El Intelectual asiente, parece dar una orden y entonces la calma se acaba. Los Hermanos Carajo llegan llenándolo todo; huelen a mar, a tinta y a pintura; suenan a olas, a rimas y a acordes de piano. Veo a los dos marinos, cada uno en su barco. Uno de ellos es blanco y lleva escrito: ‘Purísima…’ no alcanzo a leer el resto del nombre porque la inmensa sonrisa azul de su capitán, Fernando Carajo, con sus bigotes de chiste, me atrapa, la ternura que conocí en brazos con los mismos genes me envuelve. ‘Soltadla, soltadla o terminareis en el calabozo nuevamente, hermano’ dice el vozarrón del otro marino, mi favorito, desde su fragata. El Chapetón Carajo, lo reconozco aunque nunca lo he visto, abre los brazos de par en par para mí y abrazo a la leyenda. No es el hombre alto que imaginé, también es barbudo y sus ojos son azul intenso como los de su hermano. Orgulloso, infla el pecho y me pasea del brazo por su barco, me muestra el lugar exacto desde donde aventó al agua a un francés insolente y después de guiñarme el ojo me dice ‘Teníais razón, querida, sí, tengo uno’ y señala hacia la popa: ahí está su dragón.

IND119225 The Needlewoman (oil on canvas) by Blanchard, Maria (1881-1932)
oil on canvas
Private Collection
Index
Spanish, out of copyright

Julia Carajo lleva en la mano derecha el retrato del hombre que amó y me dice: ‘El secreto, querida, está en sentir las lombrices a tiempo, desenterrarse una misma y no callar jamás’. Ana Carajo está sentada tocando el piano con varios niños en el regazo. El resto de los hermanos viste como su padre, todos me hacen una venia, uno de ellos está acompañado por un mozo en cuyo uniforme leo ‘El Gallito Feliz’ y me ofrece un platillo, algunos de los hombres cargan niños y todos tienen periódicos. Veo a una pequeña triste pintando cubos; una niña me lee a Stendhal en francés y me lo explica en castellano; hay otra jugando a ser maestra junto a un niño enmascarado que me muestra el mapa de México; detrás de todos ellos y de la mano, un niño y una niña, primos hermanos, juegan al peligroso juego del amor. Cerca de los pequeños, un hombre adulto escribe con una pluma, detrás de él, los barrotes de la infamia, es él, el menor, Domingo Carajo, el que mejor entiende cuánto lo he buscado, ‘Preguntad querida, preguntad’. Percibo a la autoridad y sé que es ella, aunque es una mujer bajita sólo logro verla levantando la vista, tiene puesto un vestido de seda con puños de piel, ‘¿Divorciada, hija mía?’ ‘Elegiré un nuevo marido para ti’, la mismísima Divina Providencia acaba de hablarme. Mis espíritus me rodean, El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo me lo cuentan todo y yo escucho atenta con el alma abierta para escribir una historia que da vueltas, repitiéndose, repitiéndose, repitiéndose.

A mediados de mil ochocientos cuarenta El Intelectual y una mujer de familia blasonada y casa solariega se casaron. Estuvieron casados hasta que la muerte los separó, diez hijos vivos y cuatro periódicos después. El suyo fue un tiempo caótico, quizás más que el actual. Les tocó vivir las guerras carlistas, los regentes, los golpes militares, las revoluciones, la seguidilla de constituciones y de gobernantes; hasta contemplaron la increíble búsqueda de un rey extranjero para su país y vieron al italiano elegido renunciar a los dos años a reinar en un país cuyo idioma nunca entendió. Y así, entre el disparate y el tino, en una ciudad apodada La Marinera, la pareja perpetuó una estirpe de locos que algún autor ha descrito como ‘casta indómita y brava’.

Era el tiempo en que todos conocían el rostro de la muerte; estaba siempre presente, caminando entre la gente, entrando a sus casas y arrebatando a los seres amados disfrazada de epidemia, de incendio, de revolución, de duelo por ‘honor’. La Parca mostraba especial predilección por los niños; un recién nacido, un infante o hasta un niño bien cuidado podía pasar de los brazos de su madre a los suyos de un momento a otro. El Intelectual y su mujer habían logrado disputarle cuatro niños hermosos cuando él logró su anhelo y fundó su primer diario, considerado ‘el órgano del movimiento intelectual’ de su época. Quizás su enorme nariz lo dotó de un olfato infalible para detectar el talento en los escritores a los que dio tribuna. El día en que lanzaron la primera edición toda su familia estuvo a su lado para apoyarlo. Los Carajitos, con su ropa de gala y ojitos de asombro vieron a su padre entrar a la historia. Su mujer en cambio, no disfrutó el instante porque al contar a los niños sólo llegó a tres. Unos pasitos mojados y apurados la tranquilizaron, el Chapetón Carajito, fiel a su costumbre, se le había escabullido y venía del muelle arrastrando sus botitas saladas. Cuando terminó la ceremonia de inauguración de La Abeja Montañesa, cada niño tenía una hoja en la mano; El Chapetón Carajito no la leyó, él la dobló cuidadosamente e hizo con ella un barco de papel, su hermano Fernando Carajito lo imitó. Los niños no tenían idea de que estaban dando forma a la metáfora perfecta, el tiempo en su discurrir circular los pondría a ellos y a sus barcos en los diarios y en los libros de historia. Quien sí notó el momento fue el periodista que era su padre, les sonrió y les hizo un cariño en la cabeza, mis niños navegarán la vida, se dijo a sí mismo y no se equivocó.

El mismo año del lanzamiento de La Abeja Montañesa llegó a La Marinera una gran novedad, un francés osado pretendía volar en un globo aerostático llamado ‘Águila Audaz’. El entusiasmo de Los Carajitos fue incontenible y su madre los llevó al Instituto Santa Clara a presenciar el acontecimiento. Ella estaba embarazada y toda la familia sabía que esa vez sería una niña, no por clarividencia colectiva sino porque la bebé hablaba desde el vientre de su madre;  no se trataba de balbuceos de bebé sino de frases coherentes y precisas, un día hasta anunció que su nombre sería Julia. La madre, intranquila por la idea de que su vientre parlante soltara una perorata frente a toda la ciudad, se enfocó en lo urgente y escogió a la vecina más chismosa de la ciudad para contarle, como quien no quiere la cosa, que estaba practicando la ventriloquia. El ‘Águila Audaz’ se elevó, voló y desapareció ante el público fascinado. Los Carajitos siguieron mirando el cielo por tanto tiempo que éste aprovechó la ocasión, se metió en ellos y los tiñó de azul. ¡Ave María, estos niños no son normales! pensó la madre, pero al observarlos tuvo que reconocer que se les veía muy lindos, decretó que así habían nacido y sanseacabó. Cuando El Intelectual llegó a su casa encontró a Los Carajitos estrenando ojos de cielo y discutiendo el destino del globo: ‘¡Salió al espacio!’ ‘Está en América!’ ‘¡Llegó a la China!’ ‘Está en el África y al francés se lo comieron los caníbales’, el vientre de la madre habló: ‘Voló una legua y media, cayó y un carro tirado por bueyes lo está trayendo de regreso a la ciudad, el francés está vivo aunque parece una araña aplastada’, Julia Carajo decía la verdad, como lo hizo siempre.

El Intelectual y su mujer siguieron trayendo hijos al mundo y luchando, a veces sin éxito, por conservarlos vivos. La impotencia estuvo a punto de vencer a la mujer, comenzó a tener pesadillas y tuvo una premonición: tiempos peores estaban por venir. Intentó invocar al presagio para hablar cara a cara y hasta apeló a sus parientes en el más allá para que le indicaran cuándo sucederían todas las desgracias juntas, pero fue en vano. Entró en estado de alarma y nunca salió de él, se transformó en una mujer autoritaria y posesiva con el deseo justo pero imposible de mantener a su familia absolutamente a salvo. Poco a poco fue convirtiéndose en una dictadora y terminó siendo recordada como La Divina Providencia, la mujer que se consideró a sí misma la única intérprete válida de la voluntad de Dios.

Un diario de la época afirma que en La Marinera, sólo quince de cada cien menores iba a la escuela. Entre esos quince estaban Los Carajitos, incluidas las niñas. En su casa sobraban los libros, los pianos, las visitas de escritores y pensadores reconocidos, las conversaciones larguísimas e interesantes. Los Carajitos iban creciendo y acompañaban a su padre al periódico. El Intelectual se sorprendía al verse repetido en Enrique Carajito, parecía el más ecuánime en ese grupo de niños enemigos del silencio y era un santo al costado de su hermano mayor, El Chapetón. Éste no sólo seguía yendo al muelle, ahora subía a los barcos, sabía los nombres de todos los capitanes y hasta de la tripulación, normalmente lo seguía su hermano menor, Fernando Carajito. Una epidemia más poética que las habituales atacó a La Marinera: el amor. La prensa publicaba a diario las quejas de los ciudadanos, nadie podía dormir por culpa de las serenatas que daban los enamorados. Los Carajitos, aún muy chicos para entender que el amor comienza robando el sueño y termina causando cataclismos, se contaban entre los más ofendidos por la falta de respeto al descanso ajeno. Felizmente, cuando ya todos parecían moros debido a sus ojeras, llegó el verano y como cada año, La Divina Providencia llevó a su tribu completa a veranear en casa de su familia, en un pueblo con nombre de signo de puntuación, frente al mar, por supuesto.

Continuará.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Arequipa, 12 de marzo 2018 / Santander, febrero del 2020

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Sobre Ursula Álvarez 37 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

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