El Intelectual, La Divina Providencia y Los Hermanos Carajo (2ºparte)

Los Carajitos fueron creciendo y aumentando, ya eran ocho cuando, como era previsible, El Chapetón Carajo se embarcó en su primer viaje como Tercer Piloto ‘Agregado’ (practicante) de la marina mercante. De pie en la popa del velero, donde se ubicaban los oficiales, vio a su familia como nunca más volvería a verla: El Intelectual con los ojos húmedos pero felices, ‘Seguid tus sueños hijo mío’, La Divina Providencia serísima sin entender por qué diablos ese Carajo no cedía ante su voluntad divina, Julia llorando abiertamente con el corazón roto por primera vez, la dulce y pequeña Ana observándolo con amor, el calmado Enrique mirando todo para escribirlo y pintarlo después y entre los demás hermanos, los ojos azules de Fernando Carajito viéndolo como a un héroe. Con los años, El Chapetón ascendió a segundo piloto, a primer piloto y finalmente a Capitán, dio tres vueltas al mundo y en una de ellas encontró a un ser mitológico, se hicieron compañeros y sólo así puede entenderse todas las hazañas que se le atribuyen. (‘El Chapetón, fundador de ciudades, El Demonio de Los Andes, …no hubo guapo ni matón ni pícaro que no tuviera que rendir tributo a los puños y al mal genio del iguñés, … cuando un representante del gobierno intentó hacer cierta fechoría administrativa, El Chapetón lo arrojó por un balcón a la vista de la multitud…’. Víctor de la Serna bajo el seudónimo de Juan Pérez, Diario La Región, Santander, 8 de enero de 1925, tres años después de la muerte de El Chapetón).

La vida continuó en La Marinera. Javier Carajito nació, cumplió dos años y tenía a toda la familia perpleja por la palabra que usaba cada vez que se sorprendía, ni El Intelectual con toda su erudición pudo saber qué significaba a pesar de buscarla en todos los diccionarios: ‘¡Híjole!’. Era mil ochocientos sesenta y nueve y El Intelectual fundó su segundo periódico con Enrique Carajo como redactor. Esta vez se trató de un bisemanario que fue considerado por algunos conservadores como un ‘agitador liberal’ y las amenazas anónimas comenzaron a llegar tanto a los diarios como a la casa de la familia. La Divina Providencia sufrió un patatús creyendo que a lo mejor éste era el aviso de que el tiempo del espanto estaba por iniciar, pero descontando el soponcio que ella sufrió, nada más grave pasó. El Chapetón escribía con frecuencia y El Intelectual leía sus cartas en voz alta para la familia, eran escritos entretenidos y cargados de ternura, un mal de familia, eso de expresar mejor las emociones en el papel. Los Carajo vivían a través de las cartas de El Chapetón todos los detalles exóticos de los lugares que él iba conociendo. La más sorprendente de todas sus misivas incluía algo así: ‘Hace varias semanas encontré un animal muy extraño, parecía estar enfermo y tenía cara de cachorro, me conmovió y lo traje conmigo. Lo instalé en mi camarote y lo alimenté como hacíamos en casa con los hermanos menores. Ahora está sano, ha perdido su expresión desvalida y parece quererme mucho, me sigue como un perro faldero. Llegué a dudar de mi cordura y estoy seguro de que no vais a creerme, pero creo que se trata de un dragón. Ésta es la segunda hoja que les escribo, la primera la quemó el condenado, la marinería está espantada pero ya me encariñé con él…’ ‘¡Híiijooole!’ dijo Javier Carajito y El Intelectual y los hijos mayores abrieron la enciclopedia intentando encontrar algún animal que coincidiera con la descripción pero sólo lograron hallarlo en la sección de mitología. La Divina Providencia recordó entonces que su hija Julia habló desde antes de nacer, recordó también cómo el cielo se metió en los ojos de sus hijos y ella tuvo que convencer a la ciudad entera: ‘¿Que el color de los ojos de mis hijos ha cambiado?’ ‘¿Es que sois todos locos o qué?’ ‘¡Que así los parí yo, con ojos de cielo, vaya!’, observó al menor de sus hijos hablando lenguas, llegó a la conclusión de que sus hijos eran estrambóticos y por eso ella fue la única que no dudó de la cordura de su hijo marino. Se sentó a escribirle una carta… ‘Hijo querido, adiestrad a tu mascota, no vaya a quemaros el barco…’

Fernando Carajo se debatía entre su amor a las letras y su amor al mar, él mismo explicó a un sobrino nieto cómo escogió su carrera: ‘Mira hijo, cuando me vi con la soga al cuello, me tiré al mar’. Quizás la vida esperaba que él optara por las letras y por eso le dio una carrera tan accidentada desde el inicio. En uno de sus primeros viajes como ‘Agregado’, navegando los mares del oriente la tripulación del velero se amotinó, asesinó al capitán y a los oficiales e hirió a Fernando Carajo, quien tuvo que hacerse el muerto para salvarse. Cuando los bandidos se descuidaron, Fernando Carajo, con la ayuda del carpintero del velero, logró reducirlos y condujo el buque hasta Manila. (‘El imberbe mozo cabuérnigo, rubio y enérgico, duro como una peña de sus montes dejó boquiabierto al Capitán de Puerto con la historia increíble del valor y la pericia de aquel rapaz que sin cumplir los veinte había sido capaz de semejante hazaña’ Rafael González Echegaray, Capitanes de Cantabria). Cuando la familia se enteró, El Chapetón Carajo quiso asegurarse de que su hermano estuviera a salvo en sus próximos viajes como practicante y lo llevó consigo en sus barcos, con resultados casi peores. En su primera travesía juntos, los hermanos discutieron por cuestiones técnicas, sus genes estrambóticos ganaron, se agarraron a golpes y Fernando Carajo terminó en el calabozo del que sólo salió al llegar a América (‘Que así eran de enérgicos y porfiados los hermanos… en cuestiones de amor propio.’ Manzanillo de Cuba, WordPress). Los marinos Carajo se amaron mucho pero su naturaleza les impidió compartir embarcación. Durante su larguísima carrera, Fernando Carajo no encontró ningún dragón, su hallazgo fue bastante más brutal: él conoció la naturaleza humana y de alguna manera logró sobrevivir al impacto. (‘Hombre duro, arrogante y orgulloso casi tanto como valiente, indomable e inflexible, vivió su particular aventura que le dio derecho a figurar como héroe de la patria y a sufrir también el crudo dolor del olvido de la misma’. Manzanillo de Cuba, WordPress)

En mil ochocientos setenta nació Domingo Carajo y con él sus padres cerraron con broche de oro su aporte al mundo. El bebé Domingo Carajito sufría de unos ataques de llanto al inicio inexplicables; de un momento a otro su carita se volvía roja y se hinchaba, los pelos se le paraban como si fuera un puercoespín y arrancaba un llanto desesperado y lo que era peor, contagioso. Toda la familia Carajo lloraba con él sin saber por qué; hasta El Intelectual, Enrique y Antonio Carajo sollozaban en sus oficinas en los diarios; El Chapetón, desde el otro extremo del mundo, envió un telegrama a su padre: ‘Informad qué sucede. Gimoteo sin razón ni control.’ Periodistas al fin, con los bolsillos llenos de pañuelos salieron a investigar por qué lloraba el niño. Su hipótesis era tan descabellada que tuvieron que realizar varios experimentos para comprobarla, cuando lo lograron, El Intelectual tuvo que aceptar que su mujer tenía razón, sus hijos eran estrambóticos: Domingo Carajito era alérgico a los militares y a los curas. Bastaba la presencia de alguno a cien metros del bebé para hacerlo berrear como un poseído, ‘¡Híjole!’ ‘¡Cómo chilla éste escuincle!’ sollozó Javier Carajito de tres años, su madre no entendió y ese fue el único llanto que no desperdició en ese tiempo. La Divina Providencia decidió dar láudano al bebé para poder bautizarlo, la iglesia andaba excomulgando periodistas y no se trataba de regalarle argumentos. Cuando cumplió su primer año Domingo Carajito había superado los ataques de alergia llorona pero durante toda su vida desconfió de cualquier uniformado y el tiempo le dio la razón.

En el año mil ochocientos setenta y tres El Intelectual fundó su tercer (aunque en realidad fue el cuarto) y último diario. Meses después fue el primer periodista de Cantabria invitado a formar parte de la Real Academia de la Historia. Al poco tiempo, La Divina Providencia eligió un marido para Julia Carajo, en la que posiblemente fue la decisión más injusta de su vida; Julia amaba a otro y su madre improvisó una respuesta: ‘Pues amad a éste, hija mía, que el amor es una decisión’ sin imaginar que más de cien años después las parejas insatisfechas usarían esa frase como bálsamo para sus corazones agrietados. Enrique Carajo se enamoró perdidamente de una mujer de ascendencia franco-polaca; rubia y casi translúcida; La Divina Providencia estuvo de acuerdo con la elección. El Chapetón escribía que le gustaba mucho el sur de América. Fernando Carajo navegaba en correos de una compañía trasatlántica. Los demás hermanos Carajo estudiaban o ejercían de periodistas aunque uno de ellos andaba encerrado en la cocina inventando platillos y aturdiendo a las sirvientas para conseguir sus secretos culinarios, tiempo después pondría un restaurante. La dulce Ana, muy distinta a su hermana, crecía sentada al piano. Tres años después, El Intelectual murió. Tal vez la vida, en una de esas contadísimas ocasiones en las que muestra misericordia, quiso ahorrarle al hombre el tiempo del espanto.

Continuará.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Arequipa, 12 de marzo 2018 / Santander, febrero del 2020

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Sobre Ursula Álvarez 38 artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

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