Genoveses en Granada.

Si tiene usted la dicha de visitar la Catedral de Sevilla, advertirá un curioso detalle en la tumba de Cristóbal Colón. Las estatuas de cuatro heraldos cargan con el féretro donde, se dice, reposan los restos del almirante genovés; corresponden, como indican los blasones de sus petos, a los cuatro reinos unidos bajo la Monarquía Hispánica: Castilla, León, Aragón y Navarra. Para el Reino nazarí de Granada el escultor reservó un lugar especial: a los pies de un heraldo, una granada está siendo apuñalada por la cuchilla de una lanza, una lanza rematada en su otro extremo con la santa cruz. Simboliza la toma del último sultanato peninsular, cuya rendición tuvo lugar el 2 de enero de 1492, el mismo año que Colón desembarcó en América por vez primera. Para entender la relación entre ambos eventos, debemos remontarnos a 1248, año de la conquista de Sevilla por Fernando III de Castilla.

Génova era entonces una próspera república cuyos marinos y mercaderes acumulaban una larga historia de asistencia y financiación de las empresas militares de otros reinos. De este modo, contribuyendo a la estabilidad política del Mediterráneo, afianzaban su presencia en las distintas escalas de las rutas mercantiles y aseguraban sus intereses económicos en la región. Tras la toma de Sevilla, Fernando III concede a la comunidad genovesa establecida en la ciudad numerosos privilegios, que incluían reducciones arancelarias, edificios, cónsules y jurisdicción propia. Desde entonces la influencia de los genoveses sería decisiva para el devenir de Castilla.

El legado genovés en Andalucía llega hasta nuestros días en forma de símbolos, arquitectura y hasta apellidos, como Bocanegra. El escudo de Almería debe la cruz de San Jorge a los genoveses, cuya flota ayudó a Alfonso VII de León en la conquista de la ciudad mediterránea en 1147. La colonia italiana también dio nombre a una importante vía sevillana: la calle Génova, hoy avenida de la Constitución, donde se encontraba su barrio y en el que establecieron su alhóndiga y su consulado. En Granada queda como testimonio, cerca del campus universitario de Cartuja, la casa conocida como el Mirador de Rolando Levanto, acaudalado comerciante genovés y señor de Gavia la Grande y el Marchal. También fue notable la presencia genovesa en Cádiz, donde podemos encontrar la Capilla de la Nación Genovesa, en la Catedral Vieja.

Para el Reino nazarí de Granada el escultor reservó un lugar especial: a los pies de un heraldo, una granada está siendo apuñalada por la cuchilla de una lanza, una lanza rematada en su otro extremo con la santa cruz. Simboliza la toma del último sultanato peninsular

La amistad genovesa jamás fue una cuestión de fe. Los genoveses se habían asentado en el reino de Granada mucho antes de la llegada de los Reyes Católicos. Allí los genoveses fueron la comunidad foránea más rica y poderosa desde que la república ligur y los nazaríes firmaran su primer tratado en 1279. La burguesía genovesa abrió el Reino de Granada al mercado internacional y el sultanato supo recompensárselo. Los ligures recibieron un tratamiento fiscal privilegiado y les fueron concedidos monopolios, como el comercio de frutos secos, gestionado por la Sociedad de la Fruta. Desde su lonja en Granada, junto a la Mezquita Mayor, dominaron el mercado de la seda. Desde los puertos de Málaga y Almuñécar controlaron el tráfico comercial mediterráneo y su conexión con el Atlántico.

Su peso en la sociedad granadina fue tal que llegaron a participar del cuerpo diplomático del sultán: varios miembros de la familia Spinola sirvieron como embajadores nazaríes ante los reyes cristianos y fue un Centurione el emisario enviado por Mulhacén para negociar el rescate de Boabdil. Sin embargo, como sugieren las historiadoras Blanca Garí y Roser Salicrú, parece que la colaboración granadino-genovesa empezó a torcerse a mediados del siglo XV, cuando, en medio de la creciente inestabilidad interna y la agudización de las tensiones con Castilla, los italianos intensificaron su coordinación con la Corona castellana ante la inminente descomposición del sultanato y en pos del mantenimiento de sus intereses en la zona.

De la mano de los monarcas europeos, las redes de la burguesía genovesa se extendieron desde Southampton y Brujas a las Molucas y Nagasaki. Los banqueros genoveses llegaron a ser importantes acreedores de la Corona de Castilla y de los reyes de Portugal. Financiaron la guerra de Granada y la colonización de las Canarias, así como la toma de Madeira y las Azores. Alcanzarían el cénit cuando, tras la bancarrota de los Fúcares, Felipe II los convirtiera en sus principales prestamistas. Durante siglos los genoveses se labraron un puesto muy destacado en los nacientes aparatos estatales de las monarquías ibéricas, y la colaboración entre el capital privado y los estados en formación acabó volviéndose imprescindible para la expansión de ambos. No sería fruto de una feliz casualidad que confiaran a un genovés la ejecución de la operación mercantil más audaz de su tiempo.

Nacido alrededor de 1451 en Liguria, Colón creció en el seno de una familia dedicada a la tejeduría de lana. Hacia 1476 sus contemporáneos lo sitúan en un viaje de negocios a Inglaterra junto a los banqueros Nicola Spinola y Giovanni Antonio di Negro. Su barco fue interceptado por piratas franceses; los supervivientes, Colón entre ellos, se refugiaron en Lisboa, donde había una extensa colonia genovesa. Colón fijó su residencia en la capital y casó con una mujer de la nobleza portuguesa cuya familia tenía posesiones en la isla de Porto Santo.

Los genoveses se habían asentado en el reino de Granada mucho antes de la llegada de los Reyes Católicos. Allí los genoveses fueron la comunidad foránea más rica y poderosa desde que la república ligur y los nazaríes firmaran su primer tratado en 1279. La burguesía genovesa abrió el Reino de Granada al mercado internacional y el sultanato supo recompensárselo

Colón buscó entonces en la corte portuguesa el patrocinio de su empresa marítimo-comercial hasta dos veces: la primera vez en 1482 y la segunda en 1484. Propuso la búsqueda de una ruta occidental a las Indias, Catay y Cipango y contempló la posibilidad de encontrar tierras ignotas, pero el rey Juan II, asesorado por matemáticos y cartógrafos, rechazó su proyecto; probablemente ya poseían información más certera sobre tierras occidentales que la del genovés. Dos años después, de hecho, el monarca autorizó la exploración de una ruta occidental hacia la legendaria Isla de las Siete Ciudades o Antilia, que, en efecto, daría nombre a las Antillas. La expedición, comandada por Fernão d’Ulmo y João Afonso do Estreito, fracasó y, según Charles Verlinden, las carabelas jamás volvieron a las Azores. Ese mismo año, también al servicio del rey portugués, los intrépidos Pêro da Covilhã y Afonso de Paiva iniciaron un viaje secreto al Índico a través del Mediterráneo y Etiopía, desde donde remitieron información cartográfica muy valiosa, y el marino Bartolomé Díaz alcanzó el Cabo de Buena Esperanza.

Por su parte, Colón hallaría mejor fortuna en Sevilla. Allí conoció a su paisano Francisco Pinelo, banquero y codirector de la Santa Hermandad, la policía de Castilla, que desarrolló un papel fundamental en las conquistas de Granada y las Canarias. El principal socio de Pinelo era ni más ni menos que Luis de Santángel, el tesorero real. Pinelo, quien después sería el factor de la Casa de la Contratación de Indias, arreglaría la primera audiencia ante Isabel y Fernando, que tuvo lugar en Alcalá de Henares en 1486, y sufragaría junto a Santángel la aventura colombina.

En las Indias Occidentales los españoles volcarían toda la experiencia acumulada durante el ensayo general que fue la guerra del moro: sometimiento militar, centralización del poder político en la autoridad monárquica, iniciativa privada, monopolio compartido, exclusión racial y expropiación

Tras un rechazo inicial y arduas negociaciones que se prolongarían años, los Reyes Católicos acogieron la propuesta de Colón. Desde su primer encuentro la situación política había cambiado sustancialmente. El genovés fue convocado al campamento de la Santa Fe en un momento crucial para los monarcas: tras la toma de Granada necesitarían de una fuente de capital que les permitiera forjar un aparato estatal centralizado e independiente de sus rivales de la aristocracia local. La Corona otorgaría al futuro almirante derechos feudales sobre los territorios descubiertos a cambio de compartir las riquezas.

En las Indias Occidentales los españoles volcarían toda la experiencia acumulada durante el ensayo general que fue la guerra del moro: sometimiento militar, centralización del poder político en la autoridad monárquica, iniciativa privada, monopolio compartido, exclusión racial y expropiación. Para convencer a la reina Isabel de la necesidad de su empresa, Colón, hombre de celo religioso, afirmó que Dios se la había inspirado. La propaganda posterior se encargaría de convertir el azaroso negocio, pergeñado por banqueros y cortesanos arribistas, en una gesta heroica dispuesta por la Divina Providencia. Los genoveses desaparecerían del relato. Y el resto es historia por todos conocida.

Alberto Lavin Compae

Sobre Alberto Lavin 4 artículos
Alberto Lavín Compae vive en Andalucía, donde trabaja como profesor de Enseñanza Secundaria y es militante político y sindical por un mundo justo.

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