La despedida

Me hiciste duples en señal de despedida, sabias que al día siguiente nos volveríamos a ver.
La fatalidad de las cosas hizo que no hubiera un mañana, te marchaste para siempre, sin despedirte.
No hubo abrazos, no hubo risas, ni besos, solo hubo llanto.
Ha pasado el tiempo, a veces te miro como recorres la estancia de mi casa a modo de retrato, unas veces en lo alto, otras en una esquina, donde el aire que entra por la ventana parece atusarte el pelo.
Cuantos proyectos en el aire de aquella sala, que al abrir la ventana se fueron como tú.
Cuanta magia esparcida por donde pasabas, a veces difícil de explicar, de las que no tienen truco.
Los hermanos nos reunimos para recordar los buenos momentos que pasamos junto a ti, nos reímos, brindamos por ti con una cerveza en la mano y rock´n roll de fondo. Nos prometimos no llorar, pero a la hora de la despedida una lágrima furtiva atraviesa la mejilla, dejando una cicatriz no en la piel si no en el corazón.
En los sueños te hacía volver con tú chándal y tú bici morada.
Nunca te había escrito nada, por miedo a que lo escrito es como un legado que certifica un hecho sucedido, por muy malo que este sea.
Te dejo marchar, pero lo que nunca se marcharán serán tus recuerdos.
A mi hermano Juancar
Alberto Aller.
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Escritor de relatos

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