Llegar a casa

Para cumplir el sueño, primero había que llegar. Es nuestro segundo día aquí y creo que ya estamos completas. Los que aterrizaron en Santander el jueves veintitrés fueron nuestros cuerpos y nuestras maletas, con los siete kilos de exceso que costaron más de doscientos dólares, qué lomo fino ni lomo fino, no he visto kilos más caros. Nuestros cerebros demoraron un poco más. El corazón de Pimienta estuvo a punto de explotar a gritos en el aeropuerto de Santander, tanto, que el personal del aeropuerto se apresuró, “sacad a la perruca, sacad a la perruca…” Abrazos para Pimientuca, “acá estoy Pimienta, ya llegamos, agua para la perruca”. El personal del aeropuerto de Santander más preocupado por el bienestar de Pimienta que por sus documentos, que revisaron, claro, como manda la ley, esperanzador ver funcionarios con prioridades claras. Tierruca, tierruca, no en balde sentí tan fuerte tu llamado. Lo lamento tanto Pimientuca, era lo que nos tocaba, los espíritus reclamaban que volviéramos al hogar, y es éste, Pimienta. Mi amiga María, sonrisa y generosidad, ayudando a cargar las maletas pesadas más caras del mundo, nos dejó en  casa pero antes, claro, al levantar la vista, el edificio de Bomberos Voluntarios de Santander me hizo una venia. Presente, Chapetón Cueto, siempre guiando a tu bisnieta favorita.

Llegar a una ciudad propia pero ajena es bastante complicado sobre todo si una llega sin cerebro. Mi cuerpo quería dormir en pleno día y organizar el armario a la una de la mañana. La calefacción, que aquí se dice calefazión, no funcionaba, manan*. No había agua caliente para ducharme, lo que en realidad era una bendición porque cuando vi la cantidad de caños y botones en el tablero de la ducha pensé que eso era el tablero de un avión y que no me bañaría jamás, sonamos, sonaron, cántabros, ésta se queda cochinuca porque esa ducha luce muy complicaduca. Se arregló, claro, vinieron en tropel, María, la señora Teresa, madre de la dueña de casa y un técnico, todos dispuestas a ayudar cuando yo no había terminado mi primer café del primer día, completamente idiota la Gutierruca, vaya. Me enseñaron a usar la ducha. Compré las perchas que faltaban, una cama para Pimientuca, una cosa para enchufar y que nuestra buhardilla huela rico. Aún no siento el olor, será que ando medio acatarrada, que el aroma es muy suave o que todo huele tan distinto que me tomará tiempo acostumbrarme.

Pasé como dos horas intentando pasar telepáticamente el internet del teléfono celular (que acá se llama móvil) a la computadora (que acá se llama ordenador). Falló la telepatía, llamé por teléfono a la compañía y me dieron el remedio pa´burro: “conecta el móvil al ordenador como si fuera un usb”. Magia pura, computadora con internet. Oooh qué maravilla, asombráronse a mi lado toditos mis espíritus, intelectualísimos pero ineptos cibernéticos que me legaron todo menos la brújula, hoy intentamos pasear en el parque de los Bomberos Voluntarios y no di, manan*, me perdí, media vuelta Pimientuca que el Chapetón nos escondió su parque porque así es él de jodidito.

Este lunes me presentaré donde manda la ley para conseguir mi carnet (que acá se dice carné) de extranjería, que soy cántabra pero peruana, que soy Oscar* aunque Gutiérrez,  que soy un montón de cosas santas, mezclada con cosas humanas, cómo te explico, cosas mundanas*.

Pocas veces me he sentido tan feliz. A ratos muero de miedo, claro, camino atenta como hacemos las peruanas, está en nuestro ADN. Paseamos ayer y hoy, Pimientuca y su mamuca, sonrisas y mimos para la perruca, qué linda es, todos notan sus canitas y su afán por olerlo todo, todito: “estamos en un lugar donde todo huele distinto, mamá”. Más bien lo de la calefazión me tiene un poco lela, ayer hubo un incendio en la cafetería de enfrente, bomberos y todo. A la pucha, eso de la calefazión es complicaduco por lo visto, yo creo que mis espíritus alborotaos andan afectando los aparatos.

Respondí al llamado de los míos, heme aquí, queridos, lista para seguir sus pistas. Me siento en casa gracias a ellos, al amor y al respeto que legaron. En el sitio de honor de nuestra buhardilla, el retrato con cara de lobo feroz de mi abuelo el clarividente, he venido en tu nombre, Guapo, viviste, vives en mí. Escribo sentada al lado de lo que los peruanos llamamos radiador: el aparato de la calefazión. Frente a mí, tejados santanderinos y al fondo Peña Cabarga y el mar de los Capitanes Gutiérrez Cueto. De rato en rato, gaviotas cantaoras vuelan por acá. No sé de dónde llega el sonido de música clásica, ha de ser Oscar, mi papá, demostrando que él también está. Dejé un pedacito de mi corazón cuidando y al cuidado de una barba y sin embargo, está completo. Llegamos a casa, segunda Gutiérrez (que se sepa) en una buhardilla.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 25 de enero 2020

* manan: quechua para no, imposible.

*Oscar Álvarez Bisbal, mi papá.

*Yo soy, canción de Piero cantada por Mercedes Sosa.

 

Sobre Maria Toca 807 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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