No al adostrinamiento marxista y homosesual

Corría el año 2015. Una tarde cualquiera en el campus universitario de Granada, estábamos repartiendo octavillas. Un señor mayor se nos acercó con un papelillo en la mano y nos propuso un intercambio. El suyo era también un impreso de propaganda política, pero no llevaba la firma de ninguna organización. El diseño era muy cutre: una tira de papel amarillento, un corte irregular, los renglones torcidos, faltas de ortografía. Ponía algo así: «NO AL MARXISMO CULTURAL. NO AL ADOSTRINAMIENTO HOMOSESUAL Y JUDEOMASON EN LA UNIVERSIDAD». Nos reímos. Un chalado. Algunos compañeros míos no sabían ni qué era eso de marxismo cultural.
Marxismo cultural es un término que la ultraderecha ha importado de los Estados Unidos. Sugiere que hay un plan bien urdido por unas élites perversas para extender la corrupción moral a través de las instituciones educativas y así afianzar su dominación mundial. En el campo de las ideas, este concepto se refiere a las corrientes de pensamiento que, inspirándose en el marxismo, el psicoanálisis y Nietzsche, surgieron en los 1960, los 1970 y los 1980 en las Humanidades y las Ciencias Sociales: posestructuralismo, feminismos, poscolonialismo, etc. En resumen, con marxismo cultural se denomina, como si formaran un cuerpo homogéneo, al conjunto de las variopintas y a menudo contradictorias teorías que ponen en cuestión los valores tradicionales del Occidente.
Seis años más tarde, podemos escuchar dicho concepto en la tribuna del Parlamento y miles y miles de españoles suelen recibir cadenas de WhatsApp con disparates como los de aquel panfleto. Pero, che, no vayan tan rápido, que el delirio paranoide no es exclusivo de la derecha. Tiempo ha que tal teoría de la conspiración ha hecho nido y criado también en el seno de la izquierda. La versión izquierdista propone que el postmodernismo, sinónimo de marxismo cultural, es funcional al sistema neoliberal porque ahonda la fragmentación social y por ende dificulta que los individuos se organicen colectivamente en pro de sus demandas comunes.
 Hace un tiempo publicaron en el periódico de Pedro J. un artículo titulado «Carta a un joven postmoderno«. El autor es un profesor de Ética de la Autónoma de Madrid, pero a mí me recuerda más a un catequista. El texto, que, pese a su calidad, ha gozado de gran predicamento, relata la evolución intelectual de un mozuelo que consume literatura postmoderna a lo largo de su formación académica: que si Foucault, que si Butler y Preciado, que si Deleuze y Guattari (se reserva una ponzoña especial para estos dos últimos). La historia pretende ser paradigmática. La intención de la epístola es claramente moralizante: que el lector se vea reflejado en las experiencias descritas, advierta las raíces de su degeneración espiritual y se decida a abandonar las prácticas impuras y la vida disoluta. Entre las muchas tonterías que el autor escribe, llega a afirmar esto:
«Has pasado los últimos años creyendo que deconstruías cánones, convenciones, normas y sentidos, pero en el fondo ya no puedes engañar a nadie. Lo único que has destruido es tu propia vida«; lo que viene a significar que si tus condiciones materiales de vida son paupérrimas, es porque leíste a Nietzsche; o, dicho sin ambages ni eufemismos de la corrección política, que eso también es muy posmo: que tu sueldo es inversamente proporcional a tu amariconamiento. Que si te tocas, te quedas ciego. En fin. Si suena simplón, no es porque haya escogido una cita que suene así adrede, sino porque el artículo es todo así. Todo así. Todo un disparate, como la tira de papel que nos dio el chalado aquel, pero esta vez publicado en un diario digital. En miles de tuits. En la tribuna del Parlamento. Trincheras de quienes temen perder privilegios tras la irrupción de nuevos agentes en el tablero de juego.
Alberto Lavin Compae
Sobre Alberto Lavin 7 artículos
Alberto Lavín Compae vive en Andalucía, donde trabaja como profesor de Enseñanza Secundaria y es militante político y sindical por un mundo justo.

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