¿Qué es el neoliberalismo?

¿Qué es el neoliberalismo? ¿Es lo mismo el neoliberalismo en la Unión Europea que en Chile o en Singapur? La respuesta es no. ¿Qué es entonces lo que define al neoliberalismo en todo el mundo? ¿Cuál es su esencia? Ya sea mediante el expolio del Estado del bienestar o mediante una política de subsidios (financieros, como los rescates a los bancos o las obras civiles sufragadas por el Estado, o legislativos, como regular el coste del despido) para incrementar la rentabilidad del capital, y sirviéndose ora de construcción de consenso ideológico, ora de coacción militar-policial, el neoliberalismo es una forma de intervencionismo estatal para garantizar la ganancia de la clase capitalista. En ese sentido no difiere de lo que ha sido el capitalismo a lo largo de su historia, en la que el Estado siempre ha actuado como lo que Engels llamó “capitalista colectivo ideal”.
Hay quien cree que, al cargar en un sector de la población la decisión de qué segunda dosis ponerse, si AstraZeneca o Pfizer, el Estado ha fallado, el Estado se ha ausentado, el Estado ha incurrido en dejación de funciones. Un Estado fuerte, un Estado con agencia, piensan, debería haberse plantado ante el chantaje de las farmacéuticas que, con su guerra comercial, han conseguido que les compren varias vacunas cuando con una hubiera bastado. Un Estado soberano, dicen, reúne comités de peritos para que asesoren al mandatario sobre el asunto y luego trata de suministrar a su población una determinada vacuna según criterios que nada tienen que ver con las fluctuaciones del mercado. Todo eso en teoría, claro. La realidad es muy distinta: el Estado no es menos Estado por este tipo de gestión en favor de las multinacionales y en contra del bienestar de sus ciudadanos. Pagar un pastizal a las farmacéuticas, responsabilizar a su población de qué vacuna ponerse, minimizar así los riesgos políticos de su gestión sanitaria (y de los fabricantes de vacunas) y disfrazar el negocio de libertad de elección de los ciudadanos devenidos en consumidores. Es función del Estadohoy” (¡hace décadas que lo es!) externalizar los costes de los oligopolios y privatizar sus beneficios aunque eso se cobre con vidas humanas. Es esa su naturaleza, así ha sido desde que los monarcas europeos empezaran a sufragar financiera y militarmente las grandes empresas comerciales de banqueros y mercaderes en los siglos XV y XVI. Así nació. Así morirá. Agarrarse a fantasías de soberanía solo puede conducir a la inoperancia o, mucho peor, a la reacción.
Si alguien habla de capitalismo “global” y de “agenda globalista”, contraponiéndolos a “soberanía nacional” y “soberanismo”, no lo dudes: estás ante un socialchovinista desnortado, ante un cantamañanas que sabe que nada de eso es posible pero quiere engañarte o, mucho peor, ante un nazi consciente que encubre el racismo, la xenofobia y el nacionalismo fingiendo preocupación por los servicios públicos y el empleo local. Soberanía nacional, es decir, la del Estado-nación, y capitalismo global van de la mano. No explota mejor el patrón local que el patrón extranjero. El patrón local y el patrón extranjero se necesitan, y dividen a los trabajadores locales y extranjeros en nacionalidades, razas y credos para que no se unan y golpeen juntos al capital en pro de sus intereses comunes. Obviedades que guiaron la práctica política de los socialistas hasta que se despegaron del movimiento obrero y prefirieron gestionar el Estado y sus presupuestos de guerra imperialista… hace 100 años.
Recuerdo que en 2015 o 2016 en una asamblea andaluza de las Marchas de la Dignidad, en Gilena si no recuerdo mal, dos grupos que gobiernan o han gobernado (no diré cuáles) propusieron una resolución para defender el aceite con denominación de origen andaluz frente al etiquetado de Italia y tal. “Soberanía alimentaria”, decían. Como si eso mejorara la vida del que coge las aceitunas. Si se pierde de vista la división internacional del trabajo y que el capitalismo solo puede tumbarse con una estrategia internacionalista, se cae en la ficción del corporativismo de corte fascista, la unidad de destino en lo universal, o, más patético aún, se acaba haciéndole una campaña de marketing a los dueños de Carbonell.
Alberto Lavin Compae

 

Sobre Alberto Lavin 3 artículos
Alberto Lavín Compae vive en Andalucía, donde trabaja como profesor de Enseñanza Secundaria y es militante político y sindical por un mundo justo.

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