Segunda semana

A Pimienta y a mí nos nacieron los pies  y las patitas en Cantabria. Google maps me dice en essspañol: sssalid hazzzia el essste. Ooossstiasss, le contesto, ¿cuál será el este? A mí por favor desídmelo (los latinoamericanos pronunsiamos todo con /s/) como para  arequipeña: pa´rriba o pa´bajo, que eso sí lo entiendo. Pero manan*, no entiende arequipeño. Y así, sin entenderme, Google me cuenta después que hemos caminado tres kilómetros, sin considerar las perdidas, que cinco kilómetros, que un montón de kilómetros y la Miss Norma, mi profesora de educación física, jamás lo creería pero es verdá.

En la segunda buhardilla habitada por una Gutiérrez, el sol siempre está, cuando está. En España, cuando el clima es bueno, se le llama: “hacer bueno”. El Chapetón Cueto ha ordenado que el pedacito santanderino que cobija a su bisnieta favorita no gire, porque a él no le da la gana de que gire, porque él me quiere calientita y a salvo. Así, cuando hace bueno, el sol está en nuestra terraza en la mañana y en la tarde también, allá los comunes mortales que necesitan mantitas y abrigos y andan persiguiendo al sol. El marino legendario, ese renegón que aventaba gente al mar, ese mismo, es dulcísimo conmigo. En compensación y porque no puede con su genio, me mueve las calles y siempre que salgo me pierdo. Me muero de la risa y camino tres o cuatro veces más de lo que debería porque Santander es mi alfombra mágica; en ella subo, bajo, doy vueltas de carrusel y entro en laberintos. Las cuestas son tan acentuadas que si camino de bajada, lo hago abriendo mucho las piernas y tocando las paredes para no aterrizar hecha un nudo de  faldas, pelos, piernas, brazos y una perrita feliz, Pimienta.

El amor es la mejor herencia del mundo. Fui al Centro de Estudios Montañeses y al presentarme, por primera vez, agregué: la peruana. Ojos de plato llenos de respeto y de amor me regalaron un libro y respondí con un abrazo rompe costillas. No pude comenzar a leerlo tan rápido como quería porque demoré en llegar a mi buhardilla, nos perdimos, claro. Un día no hizo bueno, justo cuando tuve que hacer trámites. No llovió: me llovió, porque soy arequipeña y los arequipeños no vemos llover, nos llovemos. Tuve que exprimirme en mi buhardilla, prendí nuestra chimenea y se me acabó la leña. Como mi bisabuelo vio eso, al día siguiente volvió a hacer bueno.

En Santander mi ropa no es rara, la mayor parte de las mujeres viste como yo. También hay muchas, incluyendo a sus perros, con peinados igualitos al mío y andan tan felices como yo con los rulos al viento sin nadie que les mande a peinarse. Anuncio a las peruanas que estarán de toda moda unos pantalones de tela que parece cuero pero no es. Lo digo por lo que veo en la calle, he decidido  no volver a entrar a una tienda de ropa porque mis finanzas podrían desgraciarse.  Hablando de finanzas… peruanucos, dejad de quejaros de nuestros bancos, que son unos santos comparados con los bancos de la tierruca.  Acá en Cantabria, compatriotas, el BCP compite en santidá con la madre Teresita, os lo juro.

Y ésta es la prueba de vida de nuestra segunda semana. Como Dios eziste y nuestros espíritus son poderosísimos, encontré un restaurante peruano en la esquina de mi buhardilla. Se puede vivir, diría Guille, el hermanito de Mafadita.

Úrsula Álvarez Gutiérrez

Santander, 6 de febrero 2020

Sobre Ursula Álvarez 38 Artículos
Arequipeña de origen cántabro (sobrina de Consuelo Bergés y sobrina nieta de Matilde de la Torre) Profesora de inglés en la Universidad del Pacífico de Lima Publica en Mujeres Mundi y en diversas revistas peruanas. Corazón partido entre el origen cántabro y su Arequita natal

Sé el primero en comentar

Deja un comentario