Suicidios: pandemia mundial.

Hay una pandemia de la que muy pocos hablan. Podríamos afirmar que hay una conspiración de los gobiernos y las grandes empresas para que no se sepa. Una verdadera “plandemia”. La industria farmacéutica se está forrando a costa de millones de enfermos. Nos narcotizan. Nos lavan el cerebro con su propaganda en los medios de comunicación. Nos están matando sin que nos demos cuenta. Nos dicen que no pasa nada, que todo está bien, que sonriamos mientras todo a nuestro alrededor se derrumba. Hay una pandemia de la que se lucran y de la que no quieren que seamos conscientes: se trata de la pandemia de la salud mental.
Según la Organización Mundial de la Salud, el 12,5% de todos los problemas de salud corresponde a los trastornos mentales, una cifra mayor que la de cáncer y la de las enfermedades cardiovasculares. Hasta el 10% de la población global tiene algún problema de salud mental y el 25% lo tendrá en algún momento a lo largo de su vida. De entre todas las enfermedades, la depresión es la segunda causa de carga de enfermedad y la principal causa de discapacidad a nivel mundial. Más de 300 millones de personas viven con depresión, una prevalencia que no ha parado de crecer desde los 1990.
Esta pandemia se está cebando en los jóvenes. La OMS estima que entre el 10% y el 20% de los adolescentes padece algún trastorno mental, pero no se diagnostica ni se trata adecuadamente. En efecto, hasta la mitad de los trastornos mentales se desarrollan a los 14 años o antes, y el 75% antes de los 18, pero en la mayoría de los casos no se detectan ni se curan. El suicidio es hoy la tercera causa de muerte para los jóvenes de edades comprendidas entre los 15 y los 19 años, y ha habido años recientes en que la estadística ha oscilado hasta ser la segunda causa de muerte más frecuente.
La falta de inversión en un sistema sanitario público que atienda adecuadamente los trastornos mentales, además de la estigmatización social de estas enfermedades, se traduce en que menos de la mitad de los enfermos con depresión reciben el tratamiento necesario. Se calcula que los países gastan de media menos del 2% de sus presupuestos en salud mental. En España, de hecho, el 90% de las labores de atención y apoyo las realizan cuidadores informales, como familiares y amigos.
En nuestro país, según la última Encuesta Nacional de Salud (2017), el 7% de la población, casi 3 millones de personas, sufre ansiedad; el número es exactamente el mismo para las personas que padecen depresión, la enfermedad más prevalente en España, siendo la cifra de mujeres más del doble que la de hombres. Más de la mitad, sin embargo, o no reciben el tratamiento adecuado o no reciben tratamiento alguno.
La depresión conlleva un riesgo de suicidio 21 veces superior al de la población general según informa la Sociedad Española de Psiquiatría. España, por fortuna, es el tercer país en la Unión Europea con menor número de muertes por suicidio de acuerdo a un estudio del EUROSTAT de 2017. No obstante, el suicidio es la causa de muerte externa más frecuente en nuestro país, por encima de los accidentes de tráfico. En España se suicida una persona cada dos horas; en todo el mundo, hay una muerte por suicidio cada 40 segundos.
De nuevo, estos datos cobran dimensiones terribles en la juventud. El suicidio es la principal causa de muerte en los jóvenes de entre 15 y 29 años. Alrededor de un 60% de los jóvenes deprimidos refieren haber pensado en el suicidio, y un 30% intentó suicidarse. Según el último Barómetro Juvenil de Vida y Salud, de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, el 30% de los jóvenes españoles con edades comprendidas entre los 15 y 29 años, unos dos millones de personas, afirman que en el último año han sufrido síntomas claros de algún tipo de trastorno, con más incidencia entre las chicas que entre los chicos. El estudio colige que el 22% de los jóvenes españoles y españolas presentaría un cuadro de sintomatología depresiva moderada, moderadamente grave y grave.
Según un estudio del Instituto Nacional de Estadística, el 82% de las personas con problemas de salud mental no tienen empleo. Huelga decir que tener trabajo, sin embargo, tampoco es garantía de buena salud mental. De acuerdo con la Secretaría de Salud Laboral de UGT, entre el 11% y el 27% de los problemas de salud mental tienen su causa en las condiciones de trabajo. La situación económica derivada de la pandemia de la COVID-19 ha agravado lo que se conoce como riesgos psicosociales. Una encuesta del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud, de CCOO, con una muestra de 25.100 participantes, concluye que el riesgo de padecer trastornos mentales derivados del trabajo es de un 61% para la población estudiada en 2021, siendo el riesgo más elevado para mujeres y menores de 34 años. Todas las profesiones excepto una muestran prevalencias de riesgo de mala salud mental por encima del 50%, y las que presentan un riesgo mayor son las gericulturas y auxiliares de geriatría, los ayudantes de cocina y comida rápida y los trabajadores de tiendas de alimentación y supermercados. El salario resulta un factor determinante a la hora de sufrir mala salud mental, especialmente cuando no cubre las necesidades básicas, y también tiene un impacto muy importante en los problemas de sueño, que afectan sobre todo, otra vez, a las mujeres y los jóvenes. Podemos, por tanto, aseverar que, para el tratamiento de la salud mental, disponer de un servicio psicológico y psiquiátrico público es tan importante como tener sindicatos fuertes que defiendan el bienestar de la clase trabajadora.
El malestar indica que algo no va bien. Algo no es bueno para nuestro organismo y, parece ser, tampoco lo es para nuestra sociedad, pero pocos quieren admitirlo y si lo admiten, pretenden solucionarlo con pastillas, ‘coaching’ y autoayuda. Tras siglos de estigmatización de las enfermedades mentales, los ricos han encontrado la manera idónea de tratar el problema: haciendo negocio con nuestra salud y responsabilizando a los individuos de un asunto que es claramente, a la luz de los datos antes expuestos, social. Si estás triste, nos dicen, es por tu actitud. Si eres pobre, es porque quieres. Si tienes un contrato de mierda, es porque no te esfuerzas lo suficiente. Sonríele a la vida y la vida te devolverá la sonrisa. Estas frases no son de mi invención: pueden escucharse en las charlas de un cantamañanas llamado Víctor Küppers, cuyos vídeos se han convertido en el recurso favorito de algunas empresas para motivar a sus trabajadores por la mañana. Y si nada de eso bastara, siempre puedes atiborrarte de ansiolíticos y antidepresivos, apoyos sin duda importantísimos en los tratamientos pero que se toman como soluciones definitivas. La alternativa, pues, a un servicio público de atención a la salud mental es el abuso de drogas, que deja pingües beneficios a las farmacéuticas, y la violencia del Estado, que se encarga de reprimir las anomalías mediante la policía y el sistema penitenciario; la publicidad de los trastornos mentales soliviantan al Estado porque meten el dedo en la mismísima llaga de un orden social injusto e ineficaz.

No es fácil rechazar ese relato individualista acerca de la salud mental y transformarlo en una cuestión social y por ende política; una fracción muy grande de la población tiene mucho miedo de subvertir el estado de cosas y prefiere seguir negando su malestar, hincándose los índices en las comisuras de los labios para dibujarse a la fuerza una sonrisa. Por eso la retirada de los Juegos Olímpicos de la gimnasta estadounidense Simone Biles, alegando problemas de salud mental, ha sido un acto revolucionario en un sistema que sostiene el lujo y el bienestar de unos pocos sobre las espaldas de los muchos, que echa a sus miembros más débiles a competir por un espejismo inalcanzable de éxito social, que convierte a las personas en números macroeconómicos, que expulsa de sus márgenes a los que no se someten, que expropia hasta el agua de la lluvia y te la vende a cambio del alma. El deportista de élite representa todos esos ideales del sistema capitalista que, en momentos de crisis, se revelan una mala broma: el esfuerzo hercúleo para alcanzar el podio y el peldaño más alto de la pirámide social, la competición con el igual en pos de la gloria individual, la meritocracia como justificación de la desigualdad social de la que se parte, el ansia por ser un producto perfecto, inasequible al fracaso y al desaliento, por encajar en unos estándares de calidad y cumplir los indicadores de productividad. “Citius, altius, fortius”. Biles no ha podido continuar engañándose a sí misma, enajenándose, negando su malestar. Reconocer nuestro malestar nos sitúa fuera del sistema. Reconocer nuestro malestar significa impugnar el sistema. Es hora de exigir una cura para nuestra enfermedad. Es hora de politizar el malestar.

Alberto Lavin Compae
Sobre Alberto Lavin 3 artículos
Alberto Lavín Compae vive en Andalucía, donde trabaja como profesor de Enseñanza Secundaria y es militante político y sindical por un mundo justo.

1 comentario

  1. Hola Alberto, te escribo para felicitarte por la valentía de este artículo, por las grandes verdades que se expresan en él. Es muy necesario que aparezcan este tipo de escritos y aclaraciones sobre la situación psico-social tan horrible en la que vivimos.
    Soy un colega tuyo, colaborador en la pajarera.
    Un abrazo amigo y gracias!!!

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