Un sólido secreto

Oscureció el cielo de repente como si una gran mano ocultara la luz del sol y, en unos minutos, un ruido de granizo convirtió las calles en una venganza de piedras cayendo sobre la ciudad. Era mediodía de una jornada de primavera pero el alumbrado público se encendió a las órdenes de la luz, de la ausencia de luz, sin respetar los tiempos y las actividades de la población. Y fueron sorprendidos: unos, en el mercado; otros, en el trabajo; otros más, en sus casas mientras hacían la comida; los niños, en los patios de las escuelas; las floristas, preparando los centros para decorar los banquetes de las bodas ya que junio es un mes propicio para los enlaces. Pero aquel junio había sido excesivamente cálido y murmuraban las pescadoras del puerto que algo barruntaba el cielo. Veían venir, olían en el aire salado y denso, alguna fuerza misteriosa que excedía la inteligencia de los hombres. Y ocurrió como se cumplen los presentimientos de los espíritus sensibles, sin previo aviso pero con los indicios ciertos que, una vez materializados, nos hacen sumar aquellas pruebas que no tuvimos en cuenta y llegar a la conclusión de que algo nos avisaba.

Ya nada se podía hacer sino pensar en ello, evocar los matices de aquellos momentos e imaginar la vida tan distinta que uno podría haber llevado de no ser por aquella tormenta tras la que vivimos una vida que, quizá, no nos correspondí

II

–          Yo, cuando era joven, siempre soñaba con vuelos rasantes, por encima de los coches, detrás de las personas, elevándome y descendiendo a mi antojo.

Era mi tía Emilia la que centraba la atención de los que nos habíamos reunido para celebrar el veinticinco aniversario de la boda de mis padres. En realidad, era tía de mi madre pero todos la llamábamos [JCMB1]tía Emilia. Quizá por esas ansias de libertad se había quedado soltera, aunque por entonces a mí se me antojaba que su vida era la más interesante de cuantos llenábamos la sala. Vivía sola y hacía su santa voluntad en la medida de sus posibilidades, que eran muchas, ya que sus padres, los abuelos de mi madre, le habían dejado dinero, rentas y negocios para pasar, holgadamente, el resto de su vida.

Cádiz era un hervidero de comerciantes procedentes de Cantabria que contrataban los envíos de hierro desde las ferrerías cántabras, allá por el año 1770, cuando había que mandar mercancías a América y el puerto de Santander no estaba habilitado todavía para ello ya que sólo Cádiz y Sevilla controlaban todo lo relacionado con las Indias a través de la Casa de Contratación que registraba cada envío. Se dedicaban al comercio del hierro, a la construcción de buques, o montaban negocios con los productos que traían y llevaban ultramar…, un comercio floreciente que continuó después de cerrarse la Casa de Contratación, animado por familias adineradas que buscaban no sólo consolidar su situación económica, sino ascender y situarse en lo más alto de la escala social casándose con pobres herederas de familias nobles que ellos enriquecían y saneaban. En Cantabria, a los que emigraban a Andalucía se les llamaba jándalos; a ellos, a sus hijos, a los hijos de sus hijos.

La tía Emilia era un buen partido y no le faltaron pretendientes, por lo que ella contaba. Pero no tenía un espíritu dócil, así que su vida amorosa debió causar algunos disgustos en la familia. Era la hija menor; su hermana, Estela Abad, mi abuela, hizo el camino de vuelta al Norte, interna con las monjas y, enseguida, casada. Y fue en Santander, en el origen, donde parecía prolongarse la rama familiar, a donde todos regresaban los veranos, donde se alimentaba esa especie de arraigo acunado entre el verde húmedo y la piedra de la casa solariega. Cuando murió la madre de tía Emilia, todos pensaron que ella sentaría la cabeza, pero ocurrió lo contrario: apartó los prejuicios de la imagen y se puso su Cádiz natal por montera, viajaba, acudía a las fiestas, volvía al amanecer y ayudaba a su padre con tanta firmeza que, cuando éste se jubiló unos años después y decidió volver a su tierra para pasar los años que le quedaban, toda la familia tuvo la seguridad de que tía Emilia sería perfectamente capaz de llevar los negocios, de viajar a América, cuando las mujeres no daban un paso solas. Y lo hizo.

Llevaba pantalones, fumaba y tenía fama de extravagante, quizá porque cuando venía a Santander en verano nos traía regalos poco corrientes: pieles de cocodrilo, telas de colores tejidas a mano, pulseras de piedrecitas engarzadas en cuerda, frutas que no habíamos visto antes, colgantes de plata, máscaras, pipas, bolsitas de abalorios, cacao… y un sinfín de cosas que hacían nuestras delicias. Además, le encantaba contarnos historias de viajes interminables -“fantasías”, según mi madre-, de gentes de otros mundos que tenían costumbres desconocidas para nosotros, mientras nos cepillaba la melena y nos hacía peinados con lazos de colores y horquillas de coral, con esa entonación gaditana sin eses, llena de dulzura caribeña.
Fue uno de esos veranos de historias y risas, cuando hablamos de los secretos. Ella decía que si uno no quiere que algo se sepa, no debe decirlo; nunca; a nadie. La cuestión era poder cargar con su peso durante toda la vida o, al menos, el tiempo necesario para que perdiera su importancia y pudiera dejar de serlo. Porque el tiempo es como un líquido poderoso, como el mar que va erosionando la roca, en unos casos, o como el aceite caliente que disuelve la harina y se hace más espeso. Hay secretos que se diluyen en el tiempo como el azúcar, la sal o la aspirina en el agua, dejando sólo un sabor dulce, salado o la sensación de que el dolor desaparece. Pero hay otros que no se disuelven nunca, como la manzanilla o el té: quedan siempre los posos y cuanto más tiempo pasa, más amargan. Poco antes de volver a Cádiz, me regaló un libro que no leí inmediatamente pero que miraba como si en él estuvieran reunidas las señales y soluciones de todos los problemas y complejidades de la vida. Estaba encuadernado en piel de color siena y, grabados a fuego sobre el lomo y la portada, el nombre de su autor y el título: El Manuscrito escondido, de Fernando de Villena. Sólo, algunos años después, en uno de los traslados, comencé a ojearlo y descubrí, entre sus páginas, una fotografía. No sé si la dejaron ahí distraídamente o fue escondida de forma intencionada, seguramente tía Emilia la guardó pero al entregarme el libro, no fue consciente de que estuviera. Eran tres niños: dos niñas y un niño que sonreían a la máquina enlazados. Por detrás estaba anotada una dirección de Cádiz, con una letra pequeña y ordenada como una oración.

III

Emilia salió de su casa con ese paso orgulloso y ligero de los que están seguros de sí mismos, o fingen estarlo. Llevaba el pelo recogido bajo un canotier, y una indumentaria masculina que, en una veinteañera como ella, no sólo no pasaba desapercibida, sino que hacía todavía más notoria y provocativa su presencia. La calle estaba despoblada a esas horas del atardecer en las que las gentes se recluían en sus casas para cenar y descansar en compañía de su familia hasta el día siguiente. Algunos grupos de amigos deambulaban, los pescadores preparaban su partida o esperaban a que remitiera el levante, los comerciantes daban por concluido el día, una vez cerradas las cuentas y recogidos los comercios, los chavalucos se apresuraban a terminar las tareas encomendadas… La ciudad se replegaba sobre sí misma con monotonía, casi bostezando, de no ser por aquel viento que obligaba a Emilia a sujetarse con una mano el sombrero mientras con la otra sostenía firmemente un cestillo. Y, de todas formas, qué importaba, aceleró el paso y dejó que el viento le revolviera el pelo arrojando el sombrero hacia delante y haciéndolo girar sobre sí mismo hasta desaparecer debajo de algún seto, entre las ramas de algún árbol o directamente, al mar, donde debía estar ella misma, en el fondo del mar, sola, en silencio y sin ese peso que mantenía en tensión todos los músculos de su cuerpo.

Entró en el número 11 de la calle Nueva, guardó un papel en la canasta, junto al bebé y se lo entregó a un hombre del que se separó apresuradamente. No quería hablar, no podía, así que su actitud fue fría, firme. De nuevo en casa, terminó de recoger sus cosas para emprender un nuevo viaje a América en el barco que zarparía al día siguiente y que le haría alejar esos tristes pensamientos, esa culpabilidad de la que creía haberse desembarazado.

IV

Cuando descolgó el teléfono no sabía muy bien qué decirle y, tras las frases de rigor, se imponía afrontar el verdadero motivo de la llamada, sobre todo porque yo no solía llamar a la tía Emilia. Le recordé el libro que me regaló y le hablé de la foto que había encontrado en su interior. Como mujer de recursos, hábilmente cambió de tema y no volvió a referirse nunca más a aquella llamada ni, por supuesto, a la foto que seguía en mis manos y que, quizá por su reacción, acentuó mi interés a pesar de intuir que se trataba de su intimidad, seguramente de un secreto que me prometí no remover. Pero todo cambió al morir tía Emilia. En su testamento había una carta dirigida a mí en la que hablaba de la foto. Decía que, si quería saber algo, podía ponerme en contacto con la dirección escrita por detrás, con dos condiciones: sólo podría escribir una vez, sin anotar ningún remite y tendría que deshacerme de la foto una vez hubiera enviado la carta. Supongo que ideó esa especie de juego porque dudaba que respetase una prohibición; sin embargo, ella sabía que yo asumiría fielmente las normas de un juego.

Se me presentaba el dilema de cómo forzar un encuentro a través de una carta sin remite, con datos muy vagos sobre a quién dirigirla y sobre quién la leería. Pero era un reto para mis dotes de investigadora en ciernes así que, después de explicar mi parentesco con la tía Emilia y dar algunas notas sobre ella, conté cómo había llegado a mis manos la foto, que enviaba junto a la carta, y concerté una cita, una mañana de junio, a las doce, en el embarcadero de Los Reginas, en Santander, precisamente esa desafortunada mañana que una tormenta de granizo me impidió llegar a la hora convenida para quizá desentrañar el misterio que rodeaba la vida de la tía Emilia. Pero algunos secretos están tan férreamente guardados que se solidifican y se enfrían hasta convertirse en granizo.

 

 Rosario Gorostegui

Sobre Rosario de Gorostegui 1 artículo
Licenciada en Historia del Arte y Filología Hispánica. Poemarios publicados: Cien raíces para quedarse, col. Guiomar, Santander, Tantín, 1999; Pago del Viernes, Granada, Diputación de Granada, Col. Genil de Poesía, 2006; El futuro que adivinas, Granada, Asociación Cultural del Diente de Oro, 2008; Mirador del vigía, Santander, La Grúa de Piedra, 2014

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