Una cama inhabitada.

Estoy leyendo, durante mis turnos de noche en el hotel que trabajo media jornada – el
periodismo solo no paga la renta- “Una cama inhabitada”, de Jesús R. Delgado. Pasar la noche
en blanco – blanco, blanquísimo como el pueblo nevado del libro: Saezillos- acompañado por
esta novela policiaca es más sufrible.
Apunta este número”, me dice el encargado del bar del hotel después de echar a un borracho
avinagrado, “es mejor que lo tengas, por si acaso: es el número de la policía”. Las noches en el
centro de Ámsterdam son salvajes, divertidas, tristes, ridículas: gritos, vasos rotos, menudeos,
prostitución legal, alegal, ilegal. Franceses, ingleses, alemanes, españoles, australianos, indios:
todos forman parte de un hervidero de cabezas, cuernos y serpientes. De 23:30 a 02:00 el
tráfico de huéspedes es constante. Entran, salen, vuelven y se vuelven a ir. La puerta del hotel
está cerrada por la noche, tienen que llamar a un timbre para entrar. Al otro lado de ese
timbre estoy yo: diligente y sereno. Desde mi mando a distancia, con cámara y altavoz,
controlo que solo entren los que están hospedados aquí.
A partir de las 03:00 el hotel empieza a descansar. Me quedo solo. Rescato la novela, que
hasta ahora solo he podido leer con cuentagotas y, con los pies en alto, me muevo sin esfuerzo
por sus tramas y subtramas. El café despista a Hipnos y me concentra en la lectura. Sentado en
la silla de la recepción me traslado al norte de España: un secuestro mediático, una pandemia
totalizante, una policía pertinaz, una tormenta de nieve, una cama inhabitada; diálogos,
escenas, capítulos que se superponen: una novela puzle de muchas tardes de lluvia. Me
imagino al autor sentado en el porche de su pueblito – el de las mentiras- ensamblando las
piezas; habitando sus personajes, desgranando sus comportamientos, conversando con ellos,
dándoles vida. La soledad y la escritura son como las papas fritas y el kétchup: compañeras por
necesidad, por profesión. ¿Cuántas horas a solas estuvo el autor para pensar, escribir y
corregir esta novela? Estar solo da, con frecuencia, mucho más de lo que quita. Como cuando
dicen: el delantero está solo. No destacan su solitud, destacan el universo de posibilidades que
se presenta entorno al jugador; su soledad es su mayor ventaja.
Son las cinco de la mañana, poca gente quedará leyendo. La luz del final del pasillo titila. La
pantalla del ordenador hace rato que se apagó. En la novela, la inspectora estrecha el cerco; la
intriga aumenta, la nieve sigue cayendo. Cuando escucho un ruido, uno suficientemente fuerte
para arrancarme de las desventuras del secuestrado, apoyo el libro sobre la mesa y miro las
cámaras: 25 cuadraditos multiplican mi mirada, mis ojos. Por suerte, ninguna muestra
movimiento.
Como en toda buena novela, y esta lo es, ansío llegar a su desenlace: saber qué, quién,
cuándo, dónde y por qué. Devoro las páginas y solo paro para releer algún pasaje que me
satisface especialmente: el autor compara al secuestrado con una mosca veraniega que
insistentemente intenta salir de la casa, zumba y se golpea una y otra vez, hasta que, vencida,
se apoya en la ventana: “se negaba a ser ese moscón rendido frente a cristaleras”, dice el
autor a través del secuestrado -o dice el secuestrado a través del autor.
Ding, dong, el timbre me saca de mi ensimismamiento. El trabajador que cada día trae sábanas
limpias y lleva sábanas sucias aparece puntual a las seis de la mañana “¿Qué pasa, tío, te pagan
por leer?”, pregunta jocoso mientras empuja un par de carros. “Y ojalá algún día por escribir”,
mascullo, y me levanto a ofrecerle ayuda.

Son las 07:30, no he terminado la novela, pero sí mi turno. Aún no descubro el misterio de
“Una cama inhabitada”, sin embargo, voy a poner remedio a la absurda ironía de que, a estas
horas, haya dos camas inhabitadas. Buenos días, buenas noches.

Juanjo Herranz

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