Amparo Sánchez-Monroy

La idea era entrevistar a Amparo Sánchez -Monroy de forma académica. Yo preguntaba y ella respondía. La grabadora de mi móvil estaba a punto, mi boli y cuaderno también  (por resaltar cosas que me impresionan, por escrito) Todo a punto, incluso tenía una batería de preguntas preparadas. Llegó en compañía de amigas comunes, que nos pusieron en contacto, a una cafetería poco adecuada a la reunión, en la que yo las cité por eso de no pensar mucho y aparcar bien. Nos dimos cuenta, al cabo de unas horas  que las mesas cercanas andaban perplejeando con nuestras historias, así como el camarero que casi nos barre con su cara de asco cuando habían pasado cuatro horas de charla. Conocía a Amparo Sánchez -Monroy de escucharla en alguna charla anterior. Su viveza, su apasionado discurso, las emociones que trasmite en persona son intensas. Es una mujer  veterana, bella, culta,  ágil, e inteligente que nació luchando y morirá sin arriar  bandera. https://www.youtube.com/watch?v=5M8mPS586EE

 

Al abrazarla en saludo tierno, pensé que sobraba la grabadora, hasta el cuaderno. Había que escuchar, había que sentir con esta mujer y empaparse de sus vivencias. El problema es trasmitirles a ustedes lo que es Amparo, lo que representa Amparo Sánchez -Monroy y tantas españolas que viven y respiran un patriotismo dolorido y espasmódico que parece que no tenga fin. La tarea ingente que tengo delante,  es ser capaz de contarles ese trozo de vida que Amparo puso en palabras para que yo hiciera esta crónica.

 

Hija de capitán (solo fue reconocido como teniente, ya que el grado de capitán lo obtuvo en la guerra) del  glorioso  Quinto Regimiento,   Andrés Sánchez- Monroy, comunista y español de militancia hasta la muerte en ambas cosas. Su madre, Andrea Martínez, catalana bella, culta, amante de la lectura, de la música,  socialista implicada en la lucha y entusiasta de los valores republicanos, aún vive aunque envuelta en las nieblas del olvido.  El padre se negó a nacionalizarse francés, renunciando a los privilegios económicos y sociales que eso suponía en unos momentos de grave precariedad en la familia, hablan a las claras de ese amor patriótico que los exiliados han profesado a este país, España, que no devuelve favores. Hasta el idioma se le hizo cuesta arriba al capitán Sánchez. En casa se hablaba español, por derecho; se respiraba español y se sentía en español. Añoró y amó a su país por el que luchó y sufrió hasta el final. No pudo regresar a España hasta la muerte del dictador.  Cuando duden del patriotismo de esos luchadores, pregunten a alguien que los conociera. Pregunten, cuanto amor cabe en esos viejos corazones a esta España cruel, que destroza a sus mejores hijos. No conozco mayor patriotismo que el de este exilio que se mantuvo fiel a la idea de hacer un país vivible, un amor intenso, que perdura y no se disfraza con banderines de opereta o pulseritas de muñeca. No importaba cuánto dolor, cuanta valía personal se llevara por delante la patria añorada. Llevaban  España en el corazón   junto a los jirones que quedaban de la República por la que lucharon y a la que soñaron.

 

Andrea, la madre, se integró más en el nuevo país. Hablaba y escribía a la perfección francés; se acomodó a la sociedad gala aún sin renunciar a la nacionalidad española ni a la esperanza de volver. Tuvo merito, no se crean, porque la dulce y liberalota Francia recibió a la familia Sánchez- Monroy,  de forma muy cruel.  Salieron de España, desde Barcelona , la pareja, la abuela por parte de madre (marido desaparecido, hijo fusilado…) y la pequeña Amparo que cruzó La Junquera, en brazos de sus padres, con solo un año de vida, ya que había nacido en el Prat de Llobegrat en 1938. Mal año para nacer, querida Amparo. Malos años para vivir y para ser española.

 

Cruzaron con lo puesto. El padre, Andrés, iba de uniforme,  con una chamarra de cuero que cambió a poco del camino por un bote de leche para su niña que bramaba de hambre. Era Febrero,  un invierno crudo y ellos, como los cientos de miles de españoles derrotados, huían de la represión de postguerra. Sin nada. Con lo puesto. Humillados, derrotados y con la vida rota.

La pequeña Amparo,  lloraba de hambre porque la leche que costó la chamarra, se acabó pronto. No había más, en Argelés-sur-Mer,  les esperaba una arena mojada, viento, agua, frío. Ni tiendas de campaña, ni barracones, ni letrinas. Cavaban con sus manos un hueco en esas arenas frías para encontrar un liviano refugio a las inclemencias de ese invierno inolvidable. Su techo, un cielo inclemente. Las necesidades orgánicas  se hacían en el mar, dejando que el agua se llevara, junto con los detritus, la dignidad y tornara un embrutecimiento atroz de aquellas personas que malvivían en una playa inhospita. En las primeras semanas de estancia en la playa de Argelés-sur-Mer, Amparo nos dice que le contaron que vieron morir a más de 75 niños. De hambre, de frío…

 

Los recuerdos le brotan a Amparo a borbotones, nos refiere retazos de lo que fue esa marcha, esos meses en Argelés-sur-mer. Nos cuenta  una anécdota que nos pone los pelos de punta. De camino a Francia, unos aviones, no sabe si italianos o alemanes, los ametrallaban mientras huían.  Una madre con sus pequeños de la mano, y un bebé en brazos, fue alcanzada, muriendo ambos. Los pequeños que caminaban de su mano, soltaron el cadáver y siguieron caminando,  amparados por  la gente que huía con ellos. Nunca supieron que fue de aquellos niños que vagaron su orfandad por un país hostil. Nunca supieron que se cruzó en el corazón de unos pequeños que ven morir a su madre,  tienen que dejar su cadáver y seguir huyendo. El horror a veces no tiene palabras para describirse. Nunca olvidó Andrea a esos pequeños. Hasta el final de su nublada vejez los recordaba.

Son recuerdos que desgrana Amparo, en esa tarde de primavera oculta que nos encojen el corazón porque sabemos que no fueron solo su drama, que miles, decenas de miles, sufrieron el horror que nos refiere. Solo su risa cascabelera y su empuje nos hace seguir de forma hipnótica sus palabras. Sigo sin grabar, porque mi cabeza registra las palabras de la mujer que tengo enfrente. Creo que no las olvidaré jamás. Ni a ella.

 

Para que la pequeña Amparo, cesara en sus lloros de hambre y frio, el capitán del Quinto  Regimiento, Andres Sánchez- Monroy,  hacía jirones a su camisa y con los trocitos componía pequeños  saquitos que rellenaba con un poco de azúcar, conseguido a base de esfuerzo,  introduciéndoselo en la boca a la pequeña Amparo, que lo chupaba con delectación. Me lo contaba con la risa alegre de quien dio la vuelta al dolor: “nadie ha tenido un chupete tan honroso como yo, María, con jirones de la camisa del Quinto Regimiento, de un capitán del glorioso ejercito republicano: mi padre. Con eso alimentaban mi hambre, con eso me calmaba el frío”

Un poeta dijo que alimentaba al hijo con sangre de cebolla,a Amparo  le dieron  azúcar envuelto en la camisa de la Quinta… Terribles tiempos en que se calma el hambre de un niño engañando el estómago con cualquier cosa.

 

Andrea, la madre, era mujer de recursos, nos cuenta Amparo. Cosía, tejía…hacía de todo. Con sus mañas tejió calcetines para el ejército francés, que le pagaban con miseria, apenas unos céntimos pero todo contaba en la penuria vivida.  Con los restos que apañaba,  hacía vestiditos a Amparo para intentar, a pesar de la escasez, construirse una dignidad que les arrebataban  a trompicones. Eran los tiempos del régimen de Vichy, a los españoles se les trataba como  apestados que había que  aprovechar como mano de obra barata o hacerles volver. En todo el campo, había carteles que animaban, con cínicas palabras, a volver a España, porque Franco les acogería con “amabilidad”. Algunos cayeron en la trampa, hoy yacen sin gloria en cunetas. Los Sánchez- Monroy,  resistieron a las inclemencias.

 

Al comenzar la Guerra Mundial, el padre, que trabajaba,  casi de esclavo, construyendo parapetos, decide huir y unirse al maquis. Es posible que no lo hiciera por Francia  , pero sí   por la libertad, por derrotar al fascismo y volver a casa con la victoria sobre la dictadura y liberar de cadenas a su España del alma. El capitán de la Quinta, vuelve a la guerra como emboscado. Incluso, una vez acabada , se une a la aventura que protagonizaron unos locos románticos en el Valle de Arán  a las órdenes del desconocido y nunca redimido Jesús Monzón. La familia se apaña como puede. Antes han recluido a   Amparo con su madre en una prisión hacinada con rejas y oscuridad. Nos cuenta, que jamás ha podido con los espacios cerrados, que duerme aún hoy con la ventana abierta, con luz, sin puertas, sin cerrojos. Tenía dos años cuando la encarcelaron con su madre, salió con cuatro,  pero el encierro se le registró en esa alma pequeña que tienen los niños.

 

Los demócratas, ganaron la guerra mundial;  la familia se asienta en Francia, con la esperanza rota de volver a España de la mano de las naciones  vencedoras que entenderán que Franco, fue capitoste del Eje. El capitán Sánchez, nunca dejará de decirles: “el año que viene volvemos a casa. Seguro. De el año que viene no pasa que podamos volver a España, estoy seguro…”  Un año, otro año, el tiempo seguía. Y no volvieron hasta la muerte del tirano.

 

Francia fue dura con el exilio español. Los consideró indeseables, aptos para trabajos pesados, casi esclavos, reprochando que comían el pan francés…Como hoy hacen tantos compatriotas con los nuevos “indeseables” los que llegan a las fronteras de la sorda Europa.  Que historia más circular, nos apunta Amparo quien afirma que en su presencia nadie puede decir nada malo sobre la inmigración. No lo soporta, ella  ha sido y es inmigrante. Ella es paria de un país en guerra, con las ideas derrotadas. Le avergüenza comprobar que hoy, después de tanto dolor, Europa, la civilizada Europa recibe en campos, como Argelés-sur-Mer, con alambradas, con frío, con hambre a los que huyen de nuevas guerras. O de viejas, porque son ideas antiguas, son crueldades que se repiten una y otra vez. Somos duros para aprender del dolor, de la historia. La repetimos constantemente.

 

La niña crece, llegan dos hermanos más a la familia. Francia que los desclasó, les ofrece lo más valioso para Amparo: educación, cultura. Nos cuenta que sus maestros eran hijos de la ilustración, de los valores republicanos; la enseñaron y la formaron de forma admirable. Afirma, que debe mucho a esa escuela francesa, a la Universidad, a aquellos magníficos profesores. Pronto destaca  en el colegio. La maestra llama a los padres para decirles que puede estudiar, que tiene capacidad…pero que para tener acceso a estudios superiores debe ser francesa. Y ahí salta de nuevo el patriotismo del capitán Sánchez. No, ni hablar, ellos  son españoles y su hija es española. La madre discute, le insiste;  se impone una solución salomónica. La niña, corría 1956, volverá a España, residirá en casa de un hermano de Sánchez, en Toledo, vivirá y estudiará en su patria de origen,  luego, conociendo ambos países que decida ella. Andrea, no las tiene todas consigo, amenazante le dice a  Sánchez que si le pasa algo a su pequeña lo lamentará.

Amparo, sale de Francia, aprovechando un viaje de su instituto, camino de Barcelona, donde la recogerá una tía y luego seguirá hacia Toledo. En la frontera, comienza a darse cuenta que ese país soñado por sus padres no existe,  cayó amordazado por unos señores muy oscuros, que visten gabardina , sombrero,  y caminan callados y torvos. Le hacen sacar las  maletas, revisan su equipaje, en su mayor parte eran libros,  con detalle y después del exhaustivo examen,  llega sin más novedad a Barcelona. El aviso está dado: la vigilan. La dictadura tiene un filtro fino para la gente libre.

 

En Toledo, tiene que hacer méritos para ganarse el derecho a vivir en España. Es hija de rojos y eso pesa.  Le obligan a hacer  el Servicio Social, con las “amables” chicas de la Sección Femenina, hasta se bautiza, bajo el consejo del atemorizado tío. Da igual. No hay redención para la proscrita, aunque sea una joven que salió de España con un año. Es culpable  de no se sabe qué. Un amigo de la familia avisa a sus primos: que se vaya. Es hijo de militar, relacionado con las altas esferas toledanas, e insiste. Que se vaya, que no se quede en España, que hay peligro. Amparo no puede irse, porque los hombres de oscuros y torvos rostros  le arrebataron los documentos. Es detenida  y durante toda una noche es interrogada por la   Brigada Político Social (BPS), suceso que no olvidará nunca.

Tienen que pasar cuatro años para que pueda huir de nuevo. Salir de esta España que vive asolada por el silencio y el miedo. Vuelve a Francia, conoce al que será su compañero de vida , estudia Derecho, funda  las   FFREE (Fils et Filles des Republicains Espagnols en Exil).  Consigue la doble nacionalidad, que para entonces ya está permitida. Tiene hijos, dos, trabaja, sigue su vida y ahora es delegada de AGE en Francia.

Su vida se define como una gran lucha en pos de la libertad.  En estos momentos, da charlas, conferencias, lucha  para que la memoria de los derrotados, no se pierda, que la historia nos devuelva la paz que nos arrebató el fascismo y también por el advenimiento de esa III República que añora: no pienso morir sin verla, nos dice y es tal su fuerza que nos convence de que es posible.

Seguimos hablando de mil cosas, algunas actuales, riendo, a veces emocionadas. La grabadora sigue apagada, tan solo escribo en mi cuaderno una frase que me dice al marchar: “nos quitaron lo nuestro, María, era nuestro país. Nos impidieron vivir aquí, nos arrebataron todo,  por eso lo amamos tanto”.

Me cuenta, como un día se  percató de  que tenía una vecina española “franquista”, me dijo, “tú crees, ¡qué mala suerte!”. Le dio igual su ideología, quedaron en no hablar de política. Se juntaban  para escucharse hablar en español. Porque Amparo nunca dejó de soñar en español ni de querer volver. Ni de amar la lengua de su familia.

 

Amparo tiene ahora 80 años esplendidos. Es bella, rebosa alegría, vida, salud. Y me digo, que las derrotadas somos muy fuertes. Nos despedimos entre risas brindando como aquél viejo luchador de las Brigadas Internacionales: ¡por la derrota!

¡Y por la III República! Me dice Amparo con  ojos picaros.

 

María Toca

 

Sobre Maria Toca 403 Artículos
Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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