MANUEL MARTÍNEZ MURGUÍA, ENTRE ROSALÍA DE CASTRO Y EMILIA PARDO BAZÁN J. R. Saiz Viadero*

                                                             Rosalía es uno de los más delicados,
de los más intensos, de los más originales poetas     que ha producido España (Azorín).
                                                             Cuando todos declamaban o cantaban, ella se atrevió sencillamente a hablar
                                                           (Enrique Díez Canedo).
El día 2 de febrero de 1923, a la edad de noventa años, fallecía en su domicilio de A Coruña el escritor e historiador gallego Manuel Martínez Murguía.
Periodista, novelista, poeta, historiador y costumbrista gallego, fue, además,  nombrado jefe del Archivo de Simancas en 1868. Pero, sobre todo, su personalidad estaría siempre directamente asociada a la de su esposa, la poetisa gallega Rosalía de Castro, -“la más reverenciada de las letras peninsulares”, según el estudioso Mauro Armiño- y con la cual había contraído matrimonio en el año 1858.
Rosalía había nacido en Santiago de Compostela en 1837; era, por lo tanto, cuatro años menor que su marido, pero tenía en su existencia unas circunstancias muy peculiares que habrían de resaltar en el contenido de su poesía. El 24 de febrero, fue inscrita en el libro de nacidos como hija “de padres desconocidos”, hasta que pasado un tiempo se supo que su madre -que luego la reconocería y con la cual viviría hasta el final de su existencia- era una muchacha de la nobleza gallega, mientras que su padre era un hombre que seguía los estudios eclesiásticos (el presbítero José Martínez Vioxo), por lo cual le resultaba imposible el reconocimiento del fruto de unos amores que ya de por sí eran suficientemente escandalosos. Dicen que de su padre heredaría un cuerpo robusto, rostro ancho y sólido, mientras que de su madre, la señorita María Teresa de la Cruz de Castro y Abadía, de estirpe hidalga, el alma frágil y una sensibilidad refinada. Habiendo transcurrido gran parte de su existencia en los valles y ríos de Galicia, no es extraño que su presencia sea frecuente en su poesía, así como el mar.
No obstante tales antecedentes, cursaría estudios de música, dibujo y francés en las aulas de la Sociedad Económica de Amigos del País, de Santiago de Compostela. En abril de 1856 se trasladó a Madrid y allí publica La flor, un manojo de poesías que Murguía elogiaría en el periódico La Iberia. Se casaron el 10 de octubre de 1858, y viajaron por algunos lugares de España antes de ubicarse nuevamente en Santiago.
En el momento de contraer matrimonio Rosalía ya tiene publicado un folleto titulado La flor y un poema titulado A mi madre, aunque todavía se expresa en castellano. Pronto les llegarán los hijos: Alejandra (1859), Aura (1868), Gala y Ovidio (1871), Amara (1873) y Honorato (1875), pero también los libros: Cantares gallegos (1863),Follas novas (1880) -ambos escritos en lengua vernácula- y  la que ha sido considerada su obra maestra en castellano, publicada poco antes de morir: En las orillas del Sar (1884), a la par que cinco novelas: La hija del mar (1859), Flavio (1861), Ruinas (1866), El caballero de las botas azules (1867) y El primer loco (1881).
Murguía residió en Madrid entre 1879-1882, pero Rosalía ya no salió de su tierra, retirándose con sus hijos primero al pazo de La Hermida, en Lestrove, y finalmente a la casona de La Matanza, donde falleció en la localidad de Padrón en 1885, víctima de un cáncer, y su marido se dedicará a preservar la memoria y la obra literaria de la que, sin duda, fue la madre de las letras gallegas. No habiendo sentido en vida el reconocimiento que tuvieron, por ejemplo dos poetisas contemporáneas como fueron Carolina Coronado o Gertrudis Gómez de Avellaneda, o el respeto inspirado por la jurista y también poeta Concepción Arenal, ella respondió con un desdén manifiesto hacia la vida social y la frecuentación de los círculos literarios. Sin embargo, ella como nadie ha representado con más profundidad el espíritu gallego: más que Curros Enríquez, Castela o Eduardo Pondal.
El 2 de setiembre de 1885, el Círculo de Artesanos de A Coruña celebra una velada de homenaje a Rosalía, invitando en calidad de mantenedora a otra personalidad de las letras de la tierra gallega, aunque a diferencia de su colega, ésta no se expresaba en la lengua vernácula sino que prefiere utilizar el castellano para su extensa producción literaria y periodística: Emilia Pardo Bazán.
Emilia Pardo Bazán (1850-1922), pese a su juventud, es ya una figura altamente conocida entre la intelectualidad española y francesa, porque es además una viajera impenitente y domina por lo menos dos lenguas extranjeras. Según Benito Varela Jácome, en aquel acto de homenaje a Rosalía, la autora de Los pazos de Ulloa “se entusiasma con los Cantares, pero silencia la mejor lírica rosaliana”.
Si hacemos caso a la biógrafa de la Pardo Bazán, la recientemente fallecida Carmen Bravo-Villasante, entre el auditorio que compone un acto presidido por el tribuno Emilio Castelar, solamente hay una persona que no estaba  de acuerdo con el contenido de la perorata de la escritora, que había elogiado la personalidad de la escritora desaparecida: se trata del marido de Rosalía, a quien “le han parecido escasos los elogios que doña Emilia ha prodigado a su mujer, con lo que de paso le rebaja a él”. “En realidad -continúa diciendo la citada biógrafa- siente una antipatía instintiva por la oradora”.
El valiosísimo Murguía, noble erudito, escritor de buena pluma, tiene un carácter orgullosísimo. Con este marido erudito y literato, de genio soberbio e irascible, la humilde Rosalía se cohibía y a la vez, gustosamente, se replegaba a segundo lugar para dejarle brillar. En eso doña Emilia fue de entereza y decisión más varonil: sacrificó a su marido.
Al decir de algún contemporáneo, Murguía era un cascarrabias que no podía tolerar que doña Emilia brillase, ni soportar su talento y osadía.
Murguía era un hombre muy bajito: le llamaban tarrito de esencia. Llevaba siempre una chistera alta, en la que mantenía enhiesto su orgullo y amor propio y una susceptibilidad quisquillosa. Añádase a esto el contraste entre la modestia de la poetisa fallecida y la ostentación de la escritora, que a él le parece vanidosa -cuando no es sino plenitud de vida-, para cimentar la antipatía. Si hay afinidades electivas, también hay antipatías electivas. Y doña Emilia le es profundamente antipática.
Antes de pagarle en la misma moneda, Emilia hará esfuerzos por congraciarse. Es inútil. Se mueven en el mismo terreno, y ella suele ser presidenta honoraria y permanente de asociaciones que el mismo Murguía pudiera haber presidido, como la del Folklore Gallego. Añádase a esto que doña Emilia no ha escrito jamás en gallego ni es separatista.
Con la antipatía de Manuel Murguía, manifestada abiertamente, y las polémicas de aquella cuestión palpitante, Emilia ya sabe lo que es entrar en liza. Y empezará  a darse cuenta de que su personalidad despierta grandes simpatías y antipatías profundas. Como la amistad de Castelar o la enemistad del marido de Rosalía, nacidas en una misma noche (…)
Hay antipatías electivas que duran toda la vida. Aquel antiguo rencor -recíproco con los años- que sintió Murguía hacia doña Emilia, persiste y es correspondido con creces, como lo prueba la carta que el marido de Rosalía dirige a doña Emilia con motivo de la fundación de la Academia Gallega.
 
Sra. Doña Emilia Pardo Bazán. Meirás.
Muy Sra. mía y de todo mi respeto: Acabo de saber que se ha negado Vd. a suscribir la invitación, que algunos escritores de esta ciudad, dirigen a sus paisanos, con objeto de crear una Academia Gallega; pensamiento que según dicen merece, sin embargo, su más completa aprobación. Contradicción tan extraña, se me explicó, asegurándome, que Vd. había manifestado con entera franqueza -lo cual no deja de ser una virtud- que lo hacía así, porque no quiere que su firma aparezca en documento alguno en que yo ponga la mía. Añadieron que ni ruegos amistosos, ni observaciones más amistosas todavía, fueron bastantes a hacerla desistir de su propósito.
 
Respeto desde luego los motivos que para tanto puede Vd. tener, aunque no se me alcanzan, mas como en su negativa y motivo en que la funda, hay algo que puede molestarme en el concepto público, yo estimaría a Vd. muy mucho, se dignase decirme si es cierto lo que me han asegurado; pues en verdad me parece la cosa tan enorme, que sean los que quieran los motivos de resentimiento que tenga para conmigo, no puede creer, sin que Vd. me lo confirme, que se haya alargado a hacer tan singular manifestación.
 
Sin ningún género de disgusto, pues en cosas tan pequeñas no hay motivo para ello, vería hoy y siempre mi firma al pie de un documento en que apareciese la de Vd., pero le confieso a mi vez, que tengo la seguridad de que nadie, por mucho que se estime, tendrá nunca porqué avergonzarse de poner la suya al lado de la mía, por ser ésta tan honrada como la que lo sea más.
 
Espero de Vd., señora, que aun cuando no sea sino por la gravedad que este asunto reviste para todos, se dignará contestarme. Dos solas palabras serán bastantes. Apelo para obtenerlas a la noble franqueza que una persona de su educación sabe usar en semejantes casos: advirtiéndole al propio tiempo que su silencio de Vd. lo tendré como una prueba tácita de la verdad de la afirmación que le atribuyen.
De Vd. atento y seguro servidor.
Manuel Murguía. Coruña, 12 septiembre 1894.
El documento prueba el antagonismo que existió entre Murguía y doña Emilia, como otros servirían para probar la fobia de Clarín, o la manía persecutoria de Pereda contra la escritora gallega, que acabará en ser pagada con la misma moneda”.
No conocemos la respuesta dada por la Pardo Bazán, si es que la hubo, pero aunque nunca rehuyó la polémica bien cabe considerar que su orgullo le conduciría a dejar hablar el silencio como mejor comunicador de cuanto sentía por su contradictor. Por otro lado, la casualidad haría que veinte años después de fallecidos ambos, el pazo de Meirás pasaría primero a ser propiedad de la esposa del General Franco, y al parecer fueron quemadas muchas cartas que allí se conservaban, para después de fallecido el dictador ser destinado el inmueble a sede de la Academia Gallega, algo que tampoco hubiera podido soportar Martínez Murguía de haber tenido conciencia de ello.
Conferencia impartida por José Ramón Saiz Viadero en el Centro Gallego de Santander.
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Escritora. Diplomada en Nutrición Humana por la Universidad de Cádiz. Diplomada en Medicina Tradicional China por el Real Centro Universitario María Cristina. Coordinadora de #LaPajarera. Articulista. Poeta

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